1. 𝙿𝚒𝚜𝚝𝚊𝚌𝚑𝚘 𝚢 𝚌𝚊𝚛𝚊𝚖𝚎𝚕𝚘
Notas:
Estos escritos son un reflejo de mi realidad deseada, un mundo construido a partir de vivencias, emociones y fantasías personales. Aunque aborda temas complejos mi intención no es romantizarlos ni trivializarlos.
Cada línea escrita explora emociones y perspectivas que forman parte de mi universo interno, revelando la conexión única entre mi esencia y las realidades que he experimentado.
Playlist del capítulo:
Últimamente he estado incorporando canciones a mis escritos, como un acompañamiento sutil para el ambiente de cada historia. Esta vez quise hacerlo también aquí.
Espero que disfruten el capítulo, y, si lo desean, pueden acompañarlo con estas canciones:
• Talk To Me – Bolden
• Dawn in LA – Bolden
• Toi Et Moi - Paradis
• La Valse Perdue – Claudio Constantini
• La Danse Magique – Claudio Constantini
Aún recuerdo el calor del césped aquella tarde.
Jugábamos en Mónaco, en el Stade Louis II, durante uno de esos torneos juveniles internacionales donde convergían las academias más prometedoras de Europa. Un escaparate para ojeadores. Un escenario diseñado para que los jóvenes con futuro jugaran como si el mundo los estuviera mirando. Y a veces, lo estaba.
Yo formaba parte del PXG Academy, categoría U-15. Jugaba como delantero. Lo había sido desde que entendía el juego, desde que pisé por primera vez una cancha en Japón. Mi nombre comenzaba a circular en ciertos círculos, pero no por lo que hacía con el balón… sino por lo que significaba mi apellido.
Beaumont.
No lo había elegido, pero lo cargaba como un uniforme invisible. Era el hijo de Gilles Beaumont, un hombre que ascendía sin freno en el mundo del fútbol europeo. Para algunos, yo era su reflejo. Para otros, apenas un proyecto personal.
Y frente a mí, en aquella cancha, estaba él.
Sae Itoshi.
No lo conocía en persona, aunque su nombre ya era leyenda entre los nuestros. El prodigio japonés que había dejado su país para probarse en Europa. A diferencia de mí, que era visto como una promesa del fútbol francés por el linaje que me respaldaba, Sae se había ganado ese lugar con sus propios méritos. O al menos, eso decían.
Ambos teníamos quince años. Ambos jugábamos de delanteros. Ambos vivíamos dentro del mismo sueño, aún intacto. Todavía no sabíamos cuánto dolería cuando empezara a resquebrajarse.
Nos cruzamos en uno de los partidos del torneo. Recuerdo haberlo marcado sin querer, en una jugada breve, casi sin intención. Nuestras trayectorias se intersectaron durante unos segundos. Sostuvo la mirada. Era afilada, como si todo lo analizara con una calma quirúrgica. Yo la sostuve también, sin pensar demasiado en ello.
Fue un cruce fugaz. Nada más. Y sin embargo… algo quedó.
Después del torneo, como era costumbre, se celebró una reunión entre todos los equipos. Una especie de fiesta formal, más pensada para los adultos y ojeadores que para nosotros. Pero mi padre insistió en que asistiera.
—Es bueno que te vean, Hazuki —dijo.
Yo sabía que en realidad quería decir: es bueno que sepan quién es el hijo de Gilles Beaumont.
Fui.
La música era suave, la luz, tenue. Nadie bailaba. Nadie reía de verdad. Solo chicos incómodos en ropa formal y entrenadores que hablaban de talento como si se tratara de mercancía.
Fue ahí donde lo vi de nuevo. Sae estaba apartado, observando todo en silencio. No parecía incómodo, pero tampoco interesado. Simplemente… estaba.
Y fue él quien se acercó.
—Tú eres el hijo de Gilles Beaumont, ¿no? —preguntó, sin rodeos.
Lo miré con calma. No con hostilidad, ni con esa alerta que a veces se activa cuando alguien dice tu nombre como si ya te conociera.
—Sí. Y tú eres el chico del que todos hablan —respondí, sin pretensión.
No lo dije para impresionarlo ni para marcar distancia. Solo enuncié un hecho. Y eso, al parecer, le llamó la atención.
No hubo admiración. Ni tensión. Solo dos chicos mirándose sin prejuicios. Sin necesidad de medirse.
A veces pienso que fue precisamente eso lo que marcó el inicio.
No parecía tener intención de irse, así que se quedó ahí, frente a mí. Como si esperara algo, aunque no dijera una palabra.
—¿Qué te pareció el partido? —pregunté al final, solo por romper el silencio.
—Pudo ser peor —respondió, esbozando una sonrisa apenas visible.
No hablaba mucho, pero no era por timidez. Había en él una sobriedad casi natural, como si midiera sus palabras con cuidado, evitando desperdiciar energía en conversaciones que no llevaran a ningún lado. Aun así, no se movía. No parecía tener prisa.
—¿Te quedas más días en Mónaco? —pregunté, más por inercia que por verdadera curiosidad.
—Dos. Luego regreso a Madrid —contestó, y luego me miró con una curiosidad que intentó disimular, pero no del todo—. ¿Y tú?
—También dos. Después vuelvo a París.
Asintió apenas, con una seriedad tranquila. Por un segundo, flotó entre nosotros algo parecido a la complicidad. Éramos dos forasteros en un lugar elegante que no nos pertenecía. Dos chicos que no se sentían parte del espectáculo.
—¿Te gusta vivir en París? —preguntó entonces.
Me tomó por sorpresa. No porque fuera una gran pregunta, sino porque no esperaba que viniera de él.
—No lo sé. A veces sí. Otras veces siento que no estoy realmente viviendo ahí… solo cumpliendo con algo —respondí, más honesto de lo que planeaba ser.
Sae bajó la mirada un instante, como si mis palabras le resultaran familiares.
—Madrid se siente así también, a veces —dijo en voz baja—. Pero al menos puedo jugar.
No agregó nada más. No hacía falta. Había algo escondido en su tono, una presión que no quiso nombrar.
En ese momento, uno de los entrenadores del Real Madrid pasó cerca y le hizo una seña con la cabeza. Sae respondió con un gesto breve. Luego volvió a mirarme.
—Tal vez nos volvamos a ver en la cancha —dijo antes de alejarse.
—Tal vez.
Y fue eso. Una conversación breve, sin adornos. Pero quedó grabada. Porque había algo extraño —casi reconfortante— en cruzarse con alguien que parecía llevar sobre los hombros un peso similar al tuyo, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.
Y porque, sin saberlo todavía, esa sería la primera de muchas veces en que nuestras vidas se cruzarían.
Pasaron los días. Volví a París. Y con la rutina, regresó también esa sensación conocida: el ritmo interminable de la escuela, los entrenamientos, los torneos. Un año entero que, en su momento, pareció eterno.
Vivía entre dos mundos, dos idiomas, dos expectativas. Y aunque ya llevaba cinco años en Francia, había cosas que todavía me costaban.
En casa, era como si Japón nunca se hubiera ido. Mi madre insistía en que se hablara japonés.
—Aquí no estamos en Francia —decía—. Aquí estamos en casa.
Aseguraba que esa era la única forma de no olvidar quiénes éramos, aunque estuviéramos lejos.
Con mi padre, todo era más medido… al menos por un tiempo. Fue él quien me abrió las puertas al PXG, y por eso me esforzaba. Pero a medida que pasaban los meses, su ambición comenzó a sentirse como un eco constante. Quería ascender. Llegar más alto. Y con eso vino también un control más rígido sobre mi camino. Aún no discutíamos, pero algo en su mirada empezaba a tensarse, como si esperara que todo en mí fuera impecable.
Ese mismo año ascendí del equipo U-15 al U-16. En teoría, solo era un número. En la práctica, era otro mundo. El ritmo cambió. Las exigencias también.
Uno de los partidos amistosos —organizados entre academias europeas— nos llevó a España. A Madrid, para ser exactos. No recuerdo el nombre del campo. Solo recuerdo el calor, el sol que pesaba sobre la espalda.
Y a él.
Sae.
No pensé en él antes de llegar. Estaba concentrado en lo mío, en el partido. Había pasado un año desde la última vez que lo vi. A veces, su recuerdo aparecía sin aviso, en clase, mientras dibujaba o al caminar solo por la calle. Un destello fugaz. Nada más. Pero al pisar esa cancha, no lo esperaba. Y, aun así, ahí estaba.
De pie, cerca del banquillo contrario. No vestía el uniforme, sino ropa del club, como si no fuera a jugar. Entonces nuestras miradas se cruzaron. No fue una escena dramática ni un reencuentro cargado de significado. Apenas un segundo. Lo suficiente para reconocernos.
Él no sonrió. Yo tampoco. Solo un gesto leve, como diciendo ah, eres tú. Pero bastó para remover algo. No porque lo hubiera estado esperando, sino porque hay encuentros que simplemente ocurren, incluso cuando uno ya dejó de pensarlos.
Jugamos ese día. No contra su equipo directamente, pero él estuvo ahí, observando. No sé si fue casualidad, pero sentí su mirada durante todo el partido. No me incomodaba. Solo me hacía más consciente de cada paso, cada toque.
Al final del encuentro, lo encontré en el pasillo que conectaba los vestuarios. Estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, como si llevara un rato esperándome.
—Has mejorado —dijo, sin preámbulos.
Lo miré, alzando una ceja, mientras me acomodaba la camiseta. Me tomó un segundo ubicarme en ese instante.
—Supongo —respondí con calma—. Me sorprendió no verte en la cancha.
Sae desvió la mirada un momento. Su voz bajó ligeramente cuando respondió:
—Una lesión menor. Nada grave.
Asentí. No dije nada más enseguida, pero justo antes de girarme para irme, lo solté, sin pensarlo demasiado:
—Hasta hace un año eras el chico prodigio del que todos hablaban. Ver jugar a tu equipo sin ti… se nota.
Me sostuvo la mirada. No había orgullo. Tampoco soberbia. Solo una sombra leve, como si no supiera del todo qué decir.
No dijimos nada más. Me fui.
Más tarde, como era costumbre tras los partidos, se organizó una reunión entre equipos y entrenadores. Nada formal, pero lo suficientemente estructurado como para que todos estuviéramos ahí.
Lo vi de nuevo, esta vez más relajado. Sin uniforme, sin esa tensión habitual en los hombros. Estaba apoyado en una mesa alta, con un vaso en la mano y la mirada recorriendo el lugar, como si buscara a alguien. No me sorprendió que, al encontrarme, dejara de mirar.
Me acerqué. No había razón para no hacerlo.
—¿Ya no te escondes en los pasillos? —bromeé.
Sae dejó escapar una risa breve, apenas un destello de humor que se esfumó tan pronto como apareció.
—Solo cuando quiero evitar preguntas innecesarias.
—¿Y esta cuenta como una?
—Depende de lo que me vayas a decir.
Me apoyé a su lado, mientras observaba el ambiente. Voces cruzadas en distintos idiomas, risas, gestos amplios. Una mezcla de culturas tan variada como los escudos en las camisetas.
—¿Qué ha sido de ti este año? —pregunté al fin.
—Subí de nivel. Ahora estoy con el Juvenil B. Es… diferente.
Asentí despacio.
—Yo también. Estoy en el U16. El ritmo cambió mucho.
Sae giró ligeramente el rostro, como si hasta ese momento no me hubiera mirado de verdad.
—Supongo que era inevitable —dijo, con un tono bajo, como si pensara en voz alta.
—¿El qué?
—Crecer.
No supe qué contestar. Así que dejé que el silencio se acomodara entre los dos. Y cuando volvió a romperse, ni siquiera estaba seguro de por qué lo dije.
—Es raro que siempre nos crucemos así. Una vez al año, en lugares distintos. Casi parece un patrón.
—Tal vez lo es —respondió, sin dudar—. ¿Te quedas más tiempo en Madrid?
—Un día más. Luego vuelvo a Francia.
Asintió, esta vez más lento. Se instaló un silencio distinto entre los dos. No incómodo, pero sí lleno de algo que no sabíamos nombrar. Como si ambos intuyéramos que había más, pero ninguno quisiera empujarlo del todo.
Fue él quien habló de nuevo.
—¿Ya conoces algo de Madrid?
Negué con la cabeza.
—Primera vez.
Volvió a asentir, y luego bebió un sorbo con tranquilidad. Después, me miró de reojo, con esa serenidad que tenía cuando no estaba en modo competencia.
—Podrías ver algo antes de irte.
—¿Ahora?
Alzó ligeramente una ceja, como si la pregunta no necesitara respuesta.
—A menos que prefieras quedarte aquí con los demás.
Lo pensé un instante.
—¿Entonces, vamos? —preguntó, luego de esa pausa en la que el tiempo pareció alargarse más de la cuenta.
—Vamos.
Asentí, dejando que una sonrisa leve se dibujara en mis labios. Había algo en su tono que no sonaba a simple cortesía. Y, sin embargo, tampoco parecía haber apuro. Era como si supiera —con esa calma suya tan peculiar— que esa noche no debía quedarse ahí. Que tenía que llevarnos a otro lugar.
Nos separamos un momento. Yo debía avisar, aunque no tenía intención de pedir permiso.
—¿A dónde vas? —preguntó uno de mis compañeros al verme dirigirme a la salida.
—Hazuki, no se puede salir —añadió otro, bajando la voz como si lo que iba a decir pudiera meternos en problemas—. Dijeron que nos quedáramos aquí.
Incliné ligeramente la cabeza, como si no entendiera la gravedad del asunto.
—No voy a tardar —mentí. Ni siquiera sabía a dónde iríamos, pero tenía claro que no volvería pronto.
Se miraron entre ellos, pero no intentaron detenerme. Me fui.
Sae me esperaba afuera, bajo la luz tenue de una farola. No llevaba nada que llamara la atención: camisa, pantalones oscuros, el pelo un poco revuelto. Parecía fuera de lugar, sí, pero de forma natural. Como si su sitio no fuera dentro de ninguna estructura, sino justo en momentos como ese.
Caminamos sin rumbo fijo. Las calles de Madrid estaban vivas, pero no ruidosas. El bullicio era un fondo, no una interrupción. Cafés aún abiertos, parejas paseando, músicos callejeros en alguna esquina. Me pregunté si él también escuchaba la música lejana de un piano que no sabíamos de dónde salía.
—¿Vienes seguido por aquí? —pregunté, más por romper el silencio que por curiosidad real.
—No tanto. Pero conozco algunos lugares —respondió, y luego se quedó pensando unos segundos—. Nunca he salido por aquí con alguien del equipo.
—¿Y con alguien que no sea del equipo?
Soltó una risa baja, más parecida a una exhalación divertida.
—Tampoco.
Seguimos caminando.
Nos detuvimos frente a una pequeña heladería abierta hasta tarde. Sae me miró.
—¿Te gusta el helado?
—¿A quién no?
Pidió uno de pistacho. Yo elegí vainilla con caramelo salado. Nos sentamos en un banco frente a una pequeña plaza vacía. El silencio era cómodo. De esos que no pesan. De esos que hacen que todo parezca en su sitio, incluso si no sabés qué estás haciendo.
—¿Qué tipo de lesión tuviste? —pregunté, dándole una lamida distraída al helado.
Sae bajó la mirada, pensativo.
—Una distensión en el aductor. Nada grave, pero lo suficiente para dejarme fuera esta semana —respondió, y luego ladeó la cabeza, como restándole importancia—. Los médicos se pusieron intensos. Supongo que ahora me cuidan más.
—Tiene sentido.
Sae giró apenas el rostro. Sonrió leve, y no supe si fue por mi comentario o por el helado.
—Voy a ir a Francia en unos meses —dijo de pronto, como si no tuviera relación con lo anterior.
—¿Sí?
—Unos días nada más. Un evento con el equipo… y reuniones, creo. No me han dado los detalles —hizo una breve pausa, y luego añadió, con un tono que parecía deslizar algo más sin decirlo del todo—: París, probablemente.
No dijo más. Su forma de decirlo cargaba más significado que las palabras.
—Quizá te vea por allá entonces —dije, sin mirarlo, pero dejando que una media sonrisa se asomara.
Y de ahí, como si fuera lo más natural del mundo, seguimos caminando. Dejamos la plaza atrás y nos metimos por calles más angostas, menos transitadas. La ciudad se sentía distinta de noche. Más suave. Más íntima.
Nos detuvimos frente a una librería cerrada, con un escaparate lleno de libros viejos y postales. Me acerqué al cristal.
—¿Lees? —preguntó.
—Cuando tengo cabeza. Pero no tanto como antes.
—Yo tampoco.
Después de la librería, caminamos un poco más. Había algo en la forma en que el silencio se instalaba entre nosotros que ya no se sentía como un hueco. Al contrario, parecía abrir espacio para que habláramos, aunque fuera de a poco.
—¿Piensas volver a vivir en Japón algún día? —pregunté, sin pensarlo demasiado.
Me miró de reojo, sin contestar enseguida.
—Sí… supongo que sí. No lo tengo claro, pero… sería bueno. Hace mucho que no veo a mi familia. Sobre todo a mi hermano.
—¿Tienes un hermano?
—Sí. Rin. También juega fútbol.
—¿Mayor o menor?
—Menor —respondió, con una sonrisa tan leve que casi se perdía—. Pero no lo parece. Siempre va unos pasos delante.
Asentí. No tenía mucho para decir. Pero me gustó cómo lo había dicho. Ese “pero no lo parece” sonaba a admiración, aunque él no lo dijera así.
—Yo no he vuelto desde que me mudé a París —comenté, después de un momento—. Tenía diez. Ya van seis años.
—Es bastante.
—Sí. Pero mi mamá se encarga de que no me olvide. Me habla siempre en japonés, no permite otro idioma en casa. Cocina como si aún viviéramos allá. Y no tolera que entre con los zapatos puestos.
Sae rió por lo bajo, una risa apenas audible, como si le saliera sin pensar.
—Suena a una buena mamá.
—Lo es.
Entonces lo sentí. Ese pequeño cambio en el aire.
Porque él no dijo nada más.
Y de pronto lo supe. Él estaba solo en Madrid.
Solo.
No lo había pensado hasta entonces, pero ahora me golpeó. Y dolió, un poco.
Antes de regresar, hubo otro silencio breve. Caminábamos juntos, con calma, como si ninguno quisiera ponerle punto final a esa noche.
—Si vas a Francia —dije, intentando sonar casual—. Podrías avisarme.
—¿Avisarte cómo? —preguntó, medio sonriendo, como si ya supiera hacia dónde iba todo.
—Pásame tu número —solté.
—Eso pensé.
Sacó el teléfono y me dictó los números. Los anoté rápido. Él hizo lo mismo con los míos, sin decir nada más.
Solo entonces seguimos caminando.
Volvimos al hotel donde se había organizado la reunión con los equipos. Mis compañeros seguían en la terraza, riendo y comiendo lo que quedaba del buffet.
Uno de ellos me vio y soltó un comentario que no alcancé a oír del todo. Me limité a levantar una mano como saludo. No estaba de humor para explicaciones.
—Nos vemos —dije, girándome hacia él.
—Nos vemos —repitió Sae, sin moverse aún—. Cuídate, Hazuki.
Volví con los demás, y nadie pareció notar mi ausencia. La reunión seguía su curso: música, risas, jugadores moviéndose de un lado a otro como si todos acabáramos de ganar un título. Solo uno, con quien tengo más confianza, me miró con curiosidad en cuanto me acerqué.
—¿Tú conoces a Itoshi Sae?
Lo dudé por un segundo. ¿Conocer? No exactamente. Pero tampoco era como si no lo conociera.
—Nos hemos cruzado un par de veces. Supongo que… sí.
Me observó con los ojos entrecerrados, como si intentara descifrar algo más, y luego soltó:
—Vaya. Eso no se ve todos los días. ¿Te vas a unir al Real Madrid o qué?
Solté una risa breve, más irónica que divertida.
—No lo creo.
Y ahí quedó. Nadie más preguntó. Nadie dijo nada. Todos siguieron como si nada hubiera pasado.
Tal vez, porque para ellos, realmente no pasó nada.
Nos quedamos un día más en Madrid.
Estaba en el itinerario. Tuvimos una actividad por la mañana con el equipo, comimos todos juntos, y por la tarde-noche volvimos a Francia.
Y entonces… todo siguió igual.
Clases. Entrenamientos. Las mismas calles. Las mismas voces.
La rutina retomando su lugar como si nada se hubiera interrumpido.
Como si lo que pasó con Sae solo hubiera existido dentro de una burbuja.
Y ahora, de vuelta en mi mundo, me preguntaba si esa burbuja había estallado…
O si todavía flotaba en algún rincón de su cabeza, como flotaba en la mía.
No esperaba un mensaje al día siguiente. Tampoco al tercero.
Pero al quinto, ya revisaba el celular con más frecuencia. No por eso, claro.
O eso me decía.
Al séptimo día, traté de justificarlo.
Debe estar ocupado.
Al décimo, me convencí de que seguramente esperaría hasta venir a París.
Lo dijo, ¿no? Que vendría en un par de meses…
Pero el mensaje no llegaba.
Y yo tampoco escribía.
Porque si él no lo hacía primero, ¿por qué lo haría yo?
Y además… ¿para qué?
¿De qué íbamos a hablar?
¿Iba a parecer que lo estaba esperando?
Pero, por mucho que intentara convencerme… sí lo estaba esperando.
En silencio.
Con el celular en la mano entre clases, al salir del entrenamiento, fingiendo que lo usaba para cualquier cosa menos para eso.
Y entonces, justo cuando pasaron dos semanas…
[Mensaje nuevo]
Sae Itoshi: “Hey. ¿Cómo estás?”
Me quedé mirando la pantalla un rato. Sin moverme.
Tenía que calmarme. Respirar.
Al final, le respondí:
“Todo bien. ¿Y tú? ¿Cómo has estado?”
“Bien. Volviendo al ritmo.”
Lo leí sin pestañear y contesté.
Ese mismo día, en medio de clase, me llegó otro mensaje.
“Por cierto, perdón por no haberte escrito antes. No sabía si hacerlo. No sabía qué decirte, sinceramente.”
Lo leí dos veces antes de responder:
“Está bien. No pasa nada.”
Sin darme cuenta, empezamos a hablar.
No nos escribíamos todo el día. No era eso.
Los dos teníamos nuestras cosas: entrenamientos, clases, la vida real.
Pero hablábamos todos los días.
A veces era solo un mensaje corto: una queja sobre el clima, una foto de lo que estaba comiendo, un comentario sin importancia.
Otras veces, eran conversaciones largas que se extendían hasta que uno de los dos se dormía con el celular en la mano.
Yo le contaba de la escuela, de las materias que me costaban, de un profesor que me caía mal.
Él me hablaba de los entrenamientos, de su hermano… incluso se quejaba de un compañero que lo tenía harto.
Un día terminé un dibujo. Lo escaneé y se lo mandé.
No sé por qué lo hice. Solo… quería enseñárselo.
Me respondió enseguida:
“¿Eso lo hiciste tú? Está increíble.”
Días después, me mandó una foto.
Era su habitación. El dibujo estaba impreso, pegado en la pared, junto a su escritorio.
Lo había puesto ahí.
No dijo nada más. Pero tampoco hacía falta.
Y así empezó:
La tontería, la confianza, los pequeños rituales.
Una notificación, una sonrisa.
Una conversación que ya no sabía si quería que terminara.
La charla continuó al día siguiente. Y al otro.
Y al siguiente también.
Ahí estábamos, cada noche, casi sin falta, había algo: un mensaje, una foto, una nota de voz.
Un “buenos días” cuando alguno se levantaba más temprano, un “descansa” en medio de la madrugada.
Una imagen al azar.
Una frase que se nos quedaba dando vueltas.
Un emoji sin sentido.
Su voz, la mía, unos segundos grabados entre clases o entre partidos.
Pasaron dos meses así.
Y en ese tiempo, hablamos de todo.
De cosas banales. Pero también de cosas que no me esperaba.
De nuestras metas, de lo que queríamos lograr.
De cómo el fútbol nos había salvado… pero también nos había roto más de una vez.
De lo que nos daba miedo.
De lo que vendría después, cuando dejáramos de ser “promesas” y tuviéramos que convertirnos en algo más.
Hubo días en los que no pudimos hablar tanto, cuando los horarios no coincidían o la vida simplemente se atravesaba.
Pero incluso en esos momentos, siempre había un mensaje.
Uno que me esperaba en la bandeja como si dijera: sigo aquí.
Le mostré a Archie en una de esas conversaciones.
Mi gato. Mi otra constante.
Le mandé una foto donde estaba dormido encima de mis apuntes, y Sae solo respondió:
“Parece más listo que tú.”
Me reí. Le respondí con otra foto.
Y así seguimos.
Sae, por mensaje, era distinto.
Más suelto.
Más ligero.
Como si la pantalla le diera permiso de ser alguien que no podía mostrar en persona.
Y yo… bueno, yo también me sorprendía de lo mucho que me gustaba esa versión de él.
Y cuando menos lo pensé, llegó el mensaje:
“La próxima semana voy a París.”
Tuve que leerlo dos veces.
Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí, algo pequeño, como un hilo estirado justo en la boca del estómago.
Me quedé mirando la pantalla un rato, sin saber qué contestar.
Después de semanas de solo mensajes, de hablar de todo y de nada, de compartir fotos, bromas, silencios…
Ahora iba a estar aquí.
No contesté de inmediato. No porque no supiera qué decir, sino porque… no quería sonar demasiado obvio.
Tampoco sabía cómo escribir algo que no sonara a “¿quieres verme?”
Así que me quedé ahí, con el celular en la mano, mirando esa frase.
Estuve tanto tiempo pensándolo que no me di cuenta de que Sae ya había mandado otro mensaje.
“Entonces… ¿nos vemos? Me queda el jueves por la tarde.”
No sabía si reír o si ponerme nervioso.
¿Así de fácil? ¿Así de directo?
Como si me hubiera leído la mente.
Me pasé la mano por el cabello, tratando de disimular la sonrisa tonta que se me había formado.
Y luego contesté:
“Claro, yo también estaré libre esa tarde.”
El día llegó más rápido de lo que imaginé.
Jueves. Un día cualquiera, en teoría. Me levanté como siempre, con el sonido del despertador colándose por la ventana entreabierta. Me duché, desayuné algo a medias y salí rumbo a la escuela. Nadie notó nada raro. Ni mis amigos, ni los profesores, ni siquiera mi madre. Todo transcurrió con esa normalidad engañosa de siempre, como si por dentro no estuviera contando las horas, o los mensajes.
Después de clases, volví a casa. Saludé a mamá en la cocina. Me preguntó sin demasiada insistencia a dónde iba esa tarde. Le dije que tenía un trabajo en grupo para literatura, que me vería con un par de compañeros cerca del centro. No era del todo mentira. Solo que no era un trabajo, ni había compañeros. Pero ella no preguntó mucho. Solo me pidió que regresara a buena hora, y que llevara algo por si refrescaba.
Subí a mi habitación. Me encerré en el baño y me quedé unos minutos bajo el agua caliente, como si eso pudiera calmar la inquietud que empezaba a instalarse en el pecho. No entendía del todo por qué me sentía así. No era la primera vez que salía con alguien. Ni siquiera estaba seguro de que esto fuera una cita. Pero había algo distinto. Algo en el tono con el que Sae escribió ese mensaje. Algo en mí también, supongo. Una expectativa que no sabía cómo nombrar.
Me vestí con calma. No demasiado formal, pero tampoco con lo primero que encontré. No quería parecer que me había arreglado solo por él… aunque eso era exactamente lo que estaba haciendo. Me perfumé con algo sutil, revisé el celular al menos cinco veces. No había mensajes nuevos.
La mentira más grande fue para el entrenador. Le dije que me sentía mal. Dolor de cabeza, náuseas. Me creyó. No tenía historial de faltar, y eso ayudaba. A mi padre le mandé el mismo mensaje, breve y neutro. Sabía que, tarde o temprano, se enteraría de que no estuve en el entrenamiento, pero esa sería una preocupación para otro momento. En ese instante, solo podía pensar en una cosa: iba a ver a Sae.
No me dijo el lugar exacto. Me pidió que eligiera yo, lo que fuera fácil para él. Dijo que aún no conocía bien la ciudad, y prefería quedarse cerca del hotel donde se estaba hospedando con el equipo. Así que busqué un punto cercano: una placita discreta, con árboles altos que proyectaban sombra incluso en las tardes más claras. Había una fuente pequeña en el centro, y algunas bancas de hierro pintadas de blanco. No era un lugar especial, pero ese día lo parecía.
Salí de casa a las cinco y media.
Tomé mi bicicleta del garaje y pedaleé despacio, sin prisa. El aire era suave, templado, y la ciudad se cubría de ese dorado tibio.
Las calles estaban tranquilas. Los cafés empezaban a llenarse de gente; algunos estudiantes reían en grupos dispersos, y los árboles, ya verdes y plenos, dejaban caer una sombra amable sobre las aceras. París tenía ese algo que a veces dolía. Algo hermoso, pero también fugaz. Como si cada escena que se ofrecía ante mis ojos estuviera a punto de desaparecer, de convertirse en recuerdo.
Llegué a la placita cinco minutos antes de la hora. Me detuve a un lado del camino, bajo la sombra de un castaño. A un par de metros estaba la banca que había elegido. Blanca, con la pintura un poco desgastada, pero firme. Siempre me había gustado sentarme ahí, sobre todo en las tardes en que la luz jugaba entre las hojas. Era un lugar tranquilo, sin demasiada gente. Perfecto para alguien como Sae, que aún no se sentía cómodo caminando por la ciudad.
Apoyé la bici contra el tronco y me senté. Las manos me temblaban un poco. No de miedo, sino de anticipación. Tenía los auriculares puestos, pero la música no sonaba. No podía concentrarme en nada. Solo pensaba en cómo iba a ser verlo de nuevo. En qué íbamos a decirnos. En si eso que estaba sintiendo tenía nombre, o solo era una ilusión más.
El corazón me latía más rápido de lo normal, como si algo importante estuviera a punto de comenzar. A lo lejos, vi a un par de chicos con mochilas pasar riendo, una pareja besarse a media calle, una niña lanzando burbujas de jabón al aire.
Y entonces pensé que tal vez todo eso era parte de lo que estaba sintiendo.
No solo nervios.
Era esa sensación de que la vida, por fin, se estaba moviendo.
Apoyé los codos sobre las rodillas, entrelacé los dedos y dejé que mi cuerpo se relajara un poco. Había dado play a una playlist cualquiera antes de salir de casa, y aunque la música seguía sonando, no era más que un murmullo distante, ahogado por mis propios pensamientos.
Pasaron unos minutos así. Revisé el celular un par de veces, solo para asegurarme de que no hubiera ningún mensaje nuevo. Nada. Ni un “voy en camino” ni un “me retrasé un poco”. Todo estaba igual. Cambié la canción sin siquiera saber cuál era la anterior. El tiempo parecía alargarse, como si esos minutos duraran más de lo normal. Cuando volví a mirar la hora, apenas habían pasado diez desde que llegué.
Y entonces lo vi.
Venía caminando desde el otro lado de la plaza. Llevaba el celular en la mano, con la vista fija en la pantalla, como si intentara ubicarse o confirmar que ese era el lugar correcto. Sudadera gris clara con capucha, el cabello peinado como siempre y una expresión neutra que, por un instante, me hizo pensar que no estaba tan nervioso como yo.
Pero entonces alzó la mirada.
Y me vio.
Nos reconocimos al mismo tiempo. Me puse de pie casi por reflejo, como si algo dentro de mí me empujara hacia él. Di un par de pasos en su dirección, pero me detuve enseguida. No quería parecer ansioso. No quería que notara cuánto lo había estado esperando, cuánto significaba para mí que estuviera ahí.
Así que me quedé quieto, fingiendo calma.
Sae guardó el celular en el bolsillo y caminó hacia mí. Lento. Sin apuro. Como si midiera cada paso con precisión.
—Hey —dijo, alzando un poco la mano.
—Hola —respondí, con una sonrisa que no supe contener.
Nos quedamos ahí, uno frente al otro, sin decir mucho más que ese hey. Un silencio breve, casi tímido, se coló entre nosotros, como si ambos estuviéramos midiendo la distancia que nos separaba. No la física, sino otra más sutil. Una que tenía que ver con los nervios, o con lo que no sabíamos cómo decir.
Sae desvió la mirada un instante y notó mi bicicleta recargada junto al árbol.
—¿Es tuya? —preguntó, señalándola con un leve gesto de la barbilla.
—Sí —respondí, con una sonrisa contenida—. Es mi compañera fiel para moverme por aquí. A veces es más práctica que cualquier otra cosa.
—Linda bici.
Asentí, sin encontrar mucho más que agregar. Nos miramos otra vez. Las palabras parecían escurrirse entre los dedos, como si se hubieran quedado atoradas justo antes de tomar forma. Y eso que por chat todo fluía sin esfuerzo: fotos, notas de voz, mensajes larguísimos que contestábamos a deshoras. Pero en persona… era distinto.
Más real.
Más vulnerable, tal vez.
—Bueno… —dije al fin, rompiendo la tensión suave que se había instalado entre nosotros—. ¿Quieres ir a tomar algo? Conozco un lugar cerca de aquí. Nada muy fancy, pero es tranquilo.
—Sí, suena bien —respondió, casi como si hubiera estado esperando que yo diera el primer paso—. Podemos ir un rato, y luego… vemos qué más.
Tomé la bici del manubrio, sin subirme. Solo la llevé a mi lado, como una extensión silenciosa de mí mismo. Empezamos a caminar por una calle lateral, envueltos en la luz suave de la tarde que comenzaba a inclinarse. El aire estaba fresco, lo justo como para sentirse cómodo sin abrigo, con ese matiz de los días en que la primavera ya es solo un recuerdo, y el verano empieza a adueñarse del aire.
—¿Y entonces? —pregunté, mirándolo de reojo—. ¿Cómo has estado?
—Bien… supongo. Ha sido una locura con los entrenamientos, los cambios de agenda, los traslados. Pero… no me quejo.
—Sí, me imagino. Aunque parecía que estabas más libre últimamente —le sonreí, recordando las fotos aleatorias que me había mandado en los últimos días.
Sae soltó una risa suave, como si se le escapara sin querer.
—Bueno, digamos que tengo una tolerancia estratégica al aburrimiento cuando estoy en hoteles.
Reí también, y por primera vez sentí que algo se aflojaba entre nosotros. Como si el peso invisible de la primera impresión comenzara a evaporarse. Como si estuviéramos, por fin, caminando hacia algo que ya conocíamos… pero también, hacia algo que no sabíamos cómo iba a terminar de nombrarse.
Caminamos unos minutos más. Llevaba la bici del manubrio, empujándola a mi ritmo mientras el silencio entre nosotros se sentía menos tenso que al inicio. No era incómodo, pero todavía no se sentía del todo natural. Supongo que pasar del chat a la vida real requería un pequeño ajuste.
La calle lateral por la que íbamos era más tranquila, con árboles alineados y edificios antiguos. Me gustaba esa parte de la ciudad. La conocía bien. Y aunque era un sitio bastante transitado, yo tenía mis rincones, mis pequeños refugios. Como el lugar al que lo estaba llevando.
Al doblar la esquina, señalé hacia una fachada de piedra clara. Sobre una pequeña puerta de madera, el nombre del lugar estaba escrito en japonés con letras pintadas a mano: あかり (Akari).
—Es aquí.
Frente a la entrada había una barra metálica para bicicletas. Me agaché para sacar la cadenita que siempre llevaba conmigo y aseguré la bici. No era una zona peligrosa, pero… por si acaso.
Subimos unos cuantos escalones de piedra. Las paredes, algo desgastadas pero bien cuidadas, estaban llenas de postales, carteles de eventos pasados, dibujos y poemas escritos a mano. Todo le daba al lugar una sensación de vida constante. Como si cada persona que pasaba por ahí dejara una parte suya antes de entrar.
Dentro, el aroma a café tostado, papel viejo y algo dulce nos envolvió de inmediato. El sitio era una mezcla entre librería y cafetería: estanterías con libros en japonés y francés, música suave de fondo, lámparas colgantes, mesas de madera y sillas que no combinaban entre sí, pero que encajaban perfecto en el ambiente. Saludé con una leve inclinación de cabeza, y el dueño, como siempre, me respondió con un ohayō cálido y una sonrisa.
—¿Subimos? —le pregunté a Sae, señalando una pequeña escalera de caracol que conducía al piso superior.
Él asintió, curioso. La terraza estaba arriba: pequeña, pero acogedora. Un par de mesas, macetas con lavanda y bugambilias, y una vista tranquila de la calle. El aire era fresco, de ese que te hace querer quedarte un rato más.
Elegimos una mesa junto a la barandilla. Me acomodé mientras él hojeaba el menú, aunque noté que no lo hacía con demasiada intención.
—Yo voy a pedir un iced matcha con lavanda —dije sin mirar la carta—. Siempre lo pido.
—¿Lavanda? —alzó una ceja, escéptico.
—No está mal, lo juro. Es como… raro al principio, pero funciona. —Me rasqué la nuca, pensativo—. Si no te convence, también tienen un hojicha frío con crema batida. Ese es más seguro.
Se le escapó una risa entre dientes.
—Creo que iré por el hojicha.
—Y puedes probar el mont blanc de castaña con crema de sakura. Es ligero, pero tiene sabor. Combina bien con los dos.
—¿Mont blanc? —repitió, dudando.
—No es empalagoso. Prometo que no es trampa.
—Está bien. Confío en ti —dijo al final, todavía un poco escéptico, pero sonriendo.
Yo pedí el financier de yuzu con una cucharada de crema batida. Tenía ese toque cítrico que me gustaba cuando el clima empezaba a calentarse.
Sae asintió una sola vez, en señal de aprobación, y le hice una seña al mesero para hacer el pedido.
Una brisa suave agitó las hojas de las plantas a nuestro alrededor. Desde ahí arriba, París parecía más lento. Más amable. Sae se acomodó en su asiento, observando el entorno con ojos atentos.
—No pensé que te gustaban los lugares así —dijo, al fin, sin mirarme del todo.
—¿Así cómo?
—No sé… tan tranquilos.
Lo miré, sorprendido por la elección de palabras. Pero no dije nada. Solo me recargué un poco hacia atrás, dejando que el silencio volviera a llenarlo todo. Esta vez, sin tensión.
Sae apoyó los antebrazos sobre la mesa, observando el lugar en silencio, como si intentara descifrarlo todo. No hablábamos desde hacía un minuto, pero no se sentía incómodo. Solo… nuevo.
—¿Ya casi sales de vacaciones? —preguntó de pronto, sin mirarme del todo.
—Sí. Dos semanas más y ya —respondí, girando un poco la cabeza hacia él—. Aunque seguiré entrenando algunos días, supongo. No me gusta desconectarme por completo.
Asintió despacio, con esa expresión suya tan típica, como si procesara cada palabra antes de soltar la siguiente.
—Yo tengo dos semanas libres —dijo tras una breve pausa—. Bueno, libres, entre comillas. Todavía tengo que entrenar por mi cuenta, pero no hay concentraciones programadas.
—Dos semanas no están mal —comenté—. ¿Piensas irte a algún lado?
—No sé. Me preguntaron si quería ir a Japón, a ver a mis padres. Pero la verdad no estoy seguro.
—¿Hace mucho que no vas?
—Desde que me mudé a España no he vuelto. Pero no sé si quiero… estar allá. Es raro —se encogió un poco de hombros, como si no quisiera entrar en detalles.
No insistí.
—¿Y tú? ¿Te vas a quedar aquí?
—Creo que sí. A veces vamos unos días al sur con mi madre, pero este año no hemos hablado de eso —dije, apoyando un codo en la mesa mientras jugaba con la orilla del servilletero.
Sae asintió, pero no dijo nada, como si esperara que siguiera hablando.
—Mi padre suele llevarme de viaje un par de semanas en verano. Desde el divorcio lo hacemos cada año… vacaciones con su familia, ya sabes.
—¿Te gusta? —preguntó curioso.
Negué con una sonrisa leve.
—No mucho. Son… demasiado franceses —bromeé, y luego añadí, más serio—. No me llevo del todo bien con ellos. Lo hago por él, más que nada.
Sae me miró con atención, como si entendiera más de lo que yo había dicho en voz alta. Pero no dijo nada. Solo volvió a asentir y desvió la mirada hacia la barandilla, donde un par de hojas secas bailaban con el viento.
—Y también tengo cosas pendientes. Y entrenamientos, claro.
—Obvio —esbozó una media sonrisa—. Eres demasiado disciplinado.
—¿Y tú no?
—Sí. Pero también soy muy bueno procrastinando en vacaciones. O eso intento —se rió un poco—. A veces me gana la costumbre.
Lo miré un momento. Esa sonrisa que apenas se le formaba en los labios, el tono más relajado que empezaba a asomar.
—¿Y si en algún momento te quedas sin planes? —pregunté, sin darle demasiada carga a la pregunta—. ¿Qué harías?
—No lo sé —dijo—. Supongo que… me dejaría invitar un iced matcha raro con lavanda otra vez.
—Ya es progreso.
—Tal vez.
Nos quedamos en silencio un momento. Pero esta vez, se sentía cómodo. Como si el aire mismo supiera que no hacía falta llenarlo con palabras.
Mientras esperábamos, la conversación se volvió más ligera. Hablamos de cosas simples: del clima, de los entrenamientos, de las clases que casi terminaban, del verano que se acercaba. No fue una charla profunda, pero tampoco incómoda. Por momentos, caíamos en silencios, sí, pero no eran pesados. Se sentían como pausas naturales, como si ya no hiciera falta forzar nada.
Cuando nos llevaron los pedidos, todo se volvió aún más tranquilo. Él probó el hojicha y levantó una ceja, sorprendido por el sabor. El mont blanc resultó ser un acierto, y aunque no dijo mucho, noté cómo se relajaba un poco más con cada bocado.
Comimos sin prisas. El sol seguía bajando, tiñendo la ciudad de un tono más cálido. No teníamos que ir a ningún lado con urgencia. Solo estábamos ahí, compartiendo un espacio que, casi sin notarlo, empezaba a sentirse cómodo.
Y entonces, sin darnos cuenta, llegó el momento de irnos.
Cuando salimos de Akari, la brisa era un poco más fresca y el cielo empezaba a teñirse de un azul más profundo. Bajamos las escaleras con calma, y mientras me acercaba a la bicicleta, sentí que él me seguía con la mirada.
—¿Sabes andar en bici? —pregunté, girándome un poco hacia él, medio en broma.
—Sí —respondió enseguida, sin dudar.
—Bien. —Sonreí, mientras terminaba de quitar la cadena del marco—. Porque se me ocurrió un plan.
Sae arqueó una ceja, expectante.
—Hay un lugar no muy lejos de aquí. Desde ahí se ve toda la ciudad. Llegaríamos más rápido en bici que caminando.
—¿Tú y yo en esta bicicleta? —preguntó, mirándome como si cuestionara seriamente mi juicio.
—Podría llevarte yo y tú te subes atrás —propuse, sin darle demasiada seriedad.
Sae soltó una risa breve, negando con la cabeza.
—Ni de broma. Mejor yo manejo —dijo, acercándose al manubrio con una sonrisa ladeada—. No pienso dejar que choques conmigo montado atrás.
—No planeaba hacerlo. Pero yo confío en ti. —respondí, divertido, mientras le tendía la bici.
Sae tomó el manubrio con naturalidad, se subió al asiento y comprobó los frenos, dejando claro que no había mentido sobre saber andar. Luego me lanzó una mirada rápida por encima del hombro.
—¿Qué esperas? Súbete.
Me acomodé detrás, subiendo a los pequeños soportes traseros y apoyando ligeramente las manos en sus hombros para mantener el equilibrio.
—¿Listo?
—Tú agárrate bien. —Lo dijo sin perder la calma, antes de empezar a pedalear despacio.
La bicicleta arrancó con un movimiento firme, seguro, y el viento fresco nos envolvió mientras avanzábamos entre las calles tranquilas, dejando que la ciudad se desplegara a nuestro alrededor.
Y aunque no hablábamos, se sentía cómodo. Ligero.
Casi como si esto… ya fuera una costumbre.
Mientras pedaleaba, guiándolo desde atrás, no pude evitar pensar en lo improbable que era esa escena. Sae Itoshi, con su rostro siempre serio y esa actitud que parecía decirle que no al mundo entero, estaba subido a mi bicicleta como si fuera lo más normal. Como si esto fuera algo que hiciera todos los días.
Y me gustaba. Me gustaba ese contraste.
Recordé la primera vez que lo vi: reservado, con ese aire de perfección impenetrable. Y ahora estaba ahí, siguiendo mis indicaciones susurradas, con las manos firmes en el manubrio y la mía apenas apoyadas en sus hombros para mantener el equilibrio. De alguna forma, se estaba dejando llevar. Literalmente.
No sabía si ese cambio era permanente o solo una tregua temporal, pero algo en mí quería seguir descubriendo esa versión suya. Esa que, por un momento, bajaba la guardia y se mostraba real.
Y aunque no lo dijera en voz alta, sentía que eso —ese pequeño momento sobre dos ruedas— valía más que mil palabras.
Avanzamos por las calles, sin prisa. Ya no quedaba ni rastro del atardecer, solo esa brisa que te acaricia la cara y se cuela entre la ropa, fresca pero no molesta. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse poco a poco, salpicando los edificios, las ventanas y los faroles con ese resplandor dorado artificial que solo París sabe dar.
Sin romantizarlo —porque París no es lo que todos creen, y yo lo sé bien—, había algo en ese momento que se sentía especial. Las flores en los balcones, los árboles quietos, la mezcla de voces y silencio, todo teñido por un aire que parecía suspendido entre la noche y la calma.
Le iba señalando las calles, guiándolo sin apuro entre avenidas tranquilas y callejones ocultos. A lo lejos, las luces de la Torre Eiffel ya estaban encendidas. Se alzaba entre los edificios como una promesa lejana, titilando sobre un cielo que ya era casi negro.
—Se ve increíble de noche —dijo Sae de pronto, desde adelante, sin girarse.
Asentí, aunque no pudiera verme.
—Sí. Nunca es la misma dos veces.
Seguimos así un rato más, avanzando entre caminos familiares, hasta que llegamos a un pequeño mirador, uno de esos rincones secretos que pasan desapercibidos para los turistas. Desde ahí, la torre parecía más cerca, aunque seguía siendo solo un fondo luminoso entre sombras.
Nos bajamos de la bici y la apoyó contra una reja baja. Sae se quedó unos segundos en silencio, mirando hacia adelante. Luego caminó unos pasos, con las manos en los bolsillos.
El lugar estaba casi vacío. Solo el murmullo lejano de la ciudad nos envolvía, mezclado con el sonido de algún coche y el zumbido suave del viento. No dijimos nada. No hacía falta.
Y mientras me apoyaba junto a él en la barandilla, volví a pensar en lo improbable de esa escena. En cómo alguien como él —tan estoico, tan contenido— podía mostrarse así. Presente. Abierto, aunque fuera por unos segundos.
Pero no dije nada. Me lo guardé. A veces, lo más importante no se dice. Se vive.
Nos quedamos ahí un rato más, sin hablar, solo mirando la ciudad desde ese rincón escondido. Las luces de la torre parpadeaban a lo lejos, y aunque el aire se sentía un poco más frío, ninguno de los dos lo mencionó. Era como si romper el silencio arruinara algo.
Después, retomamos el camino de vuelta. No dijimos mucho en el trayecto, apenas algunas palabras sueltas, un par de comentarios sin importancia. Llegamos cerca del hotel donde se estaba quedando, y por un momento, no supimos bien qué decir.
—Gracias por hoy —dijo de pronto, bajando ligeramente la mirada, como si admitirlo le costara más de lo que quería mostrar—. La pasé bien.
—Me alegra saberlo —respondí, sincero.
Hubo una pausa. De esas que se alargan un poco más de lo normal. Yo ya estaba por despedirme.
—Bueno… cuídate. Buenas no—
—Espera —interrumpió, alzando la mirada otra vez—. El sábado tengo tiempo libre. Si quieres… podríamos vernos de nuevo.
Me tomó por sorpresa, pero no lo demostré. Solo asentí, sonriendo apenas.
—Claro. Estaría bien.
Sae desvió la mirada, como si necesitara ocultar que eso también lo alegraba.
—Ahora me toca a mí elegir el plan. Buscaré algo… ya veré.
—Confío en ti.
Nos miramos una última vez. Fue breve, pero suficiente. Después, cada uno tomó su camino. Y mientras pedaleaba de vuelta a casa, con la ciudad ya dormida a mi alrededor, pensé en lo curioso que era todo eso.
En cómo algunas cosas empiezan sin hacer ruido.
🪻🪻🪻🪻
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