Por nadie, para nadie
Llevaba media hora sentada en el balcón, con la computadora sobre las piernas, tratando de escribir algo con sentido para mi blog. Alguien discutía a lejos. Solo se oían voces indistintas que se mezclaban con los ruidos del tráfico, casi como si quisieran impregnarse en mi cabeza hasta que escribiera sobre ello.
Divagaba sin darme cuenta, hasta que mi gata cayó sobre mis piernas.
—Un rato más sentada en el suelo y eliminarás cualquier rastro de culo de tu cuerpo —Parpadeé, mirándola con odio.
—Al menos encuentro más interesante esa discusión que tus ronroneos.
—Terminarás vacía —dijo, lamiendose—. Sola, loca y sin una gata.
—Hablo con mi gata, dime si ya no lo estoy.
Me levanté del suelo, me sacudí el pantalón y volví adentro.
—Al menos dime si has visto a Lara. La he buscado por todas partes. No me dice a dónde va, ni cuándo vuelve. Cómo si no viviera bajo este mismo techo —me quejé.
—Ya la conoces, va y viene. Tal cuál como si esto fuese un hotel.
Me tiré a la cama. Estaba cansada de otro dia mas sin poder escribir algo coherente. Ví a mi gata subir sobre la almohada. Me quedé dormida tan pronto como mis ojos se cerraron.
Desperté horas después, alterada. Era de noche, hacía frío. Me levanté de golpe, miré el reloj sobre la mesita de noche, llegaría tarde a clases.
—No, no, no, he faltado demasiado. Tendré otra falta — fui interrumpida por unos quejidos más alarmantes.
—¿Cigarros? — Preguntó Lara.
—Sabes de maravilla que no fumo.
—Sí, sí, tampoco bebes, ni tienes vida social, ni novio. A llorar a otra parte.
La escuché maldecir en italiano, quejándose del capitalismo, y luego se lanzó por la ventana. Mi gata le aplaudió.
—No tengo tiempo para ti, Lara —grité para que me oyera mientras caía. Volví a la búsqueda de mis cosas—. Deja de aplaudirle y ven a ayudarme, no encuentro mi móvil.
Mi gata volvió a su actitud desinteresada.
—No lo he visto —dijo, subiéndose a la cama y estirandose mientras buscaba la posicion más cómoda.
Comencé a buscar sobre la cama, tal vez lo había tirado allí sin darme cuenta. Allí estaba, junto con una hoja de papel bajo mi almohada:
«Mientes como la mierda pero te queda bonito».
Sabía que yo no lo había escrito, obviamente, mi gata tampoco y mucho menos Lara.
No tenía tiempo para fingir ser una detective, agarré mi teléfono.
—Avísale a Lara que volveré luego
Mi gata, enrollada entre las sábanas, respondió
—Le diré a Lara, Lara la araña.
Salí de mi apartamento.