some might say
"Algunos podrían decir que el rayo de sol le sigue al trueno
Ve y dícelo al hombre que no puede brillar
Algunos podrían decir que nunca deberíams reflexionar
En nuestros pensamientos ahora pues ellos predominan al tiempo
Algunos podrían decir que encontraremos un día más esplendoroso"
—Some Might Say, Oasis.
Amaba ser libre como el viento, fuerte e intenso como un huracán y arrasador como un tifón. Pensar en ello le provocó fumar un cigarrillo mentolado, su favorito, ese que tanto le encanta para despejar y ponerse a dar metáforas de vida con los vagabundos, aquellos que vivían cerca a él. Como buen pobre que era, o así se considera actualmente.
No sentía pena ni culpa al encontrarse descendiendo de las escaleras eléctricas para llegar al lugar a donde quería estar cuando su mundo se veía desmoronar.
Muchos podrían decir que era un joven idiota que creía que la vida se basaba solo en sexo, drogas, alcohol y mujeres. Algunos podrían comentar que lo único que tenía de productivo era ser un Don nadie. Otros podrían hablar que de valor no tenía nada, como una moneda devaluada. Nadie apostaría por él en un futuro, ni en los más alocados sueños.
En realidad nadie apostaría por él porque no sabían quien era realmente.
Al caminar aspiraba con mucha frustración su cigarrillo, para tomar aire y después exhalar ese humo tan delirante desde su interior, solo podía concluir en lo que todo le estaba destinado para él e intentaba concentrarse en cierto modo en tratar de no reincidir en actos que no lo ayuden. Por algo está en esa ciudad tan vanal.
Lo que le encantaba del metro es que el ambiente de sus columnas y paredes era barroco, un arte que aprendió a disfrutarlo en las clases de Historia Universal, que lograba fusionarse a la perfección con el modelo renacentista en los cuadros y paredes del lugar; sabía apreciar aquello gracias a su profesor, luego de una ilustrativa cátedra sobre el tema logró comprender un poco más sobre la cultura de dicha ciudad amante del buen arte. Vivir en un lugar un tanto diferente al suyo era más que una realidad, su vida se tornó monótona y rutinaria al llegar aquí y aún más estando "solo". En su mente creyó que aquí tendría otra vida, otra forma de ver las cosas, empero no fue así. Seguía siendo la misma basura.
De su chaqueta de cuero tomó un pequeño envase que contenía un agradable licor, de sus favoritos por cierto. Un vodka que le fue obsequiado por uno de los hombres vagabundos que habitaban su humilde cuadra gracias a que le convidó un poco de su cigarrillo. Muchos de esos señores le aconsejaban que dejara la vida que tenía y se encamine al bien pues para ello servía mudarse, para dar borrón y cuenta nueva a lo dejado en el pasado. La única realidad era que ya se había amoldado a ese mundo en donde, o se es clavo o martillo, teniendo como predilección ser el martillo a como dé lugar, sin importar que clase de vida tenga o que es lo que tenga que hacer para ello.
En realidad nadie sabe sobre él y lo que su mente.
Después de beber, revocaba las palabras que pese a todo seguía rondando por su mente. Recordó que e había contado lo maravillosa que fue su vida antes de pasar a vivir por las calles de la ciudad y depender de las limosnas que algunas personas de buen corazón le otorgaban. De ser uno de los hombres más importantes del lugar pasó a tener la vida que actualmente llevaba.
«Muchacho, eres tan joven» también evocó a otro hombre de los que le decían que dejara la mundana vida que llevaba. «No desperdicies tu vida, tienes un largo camino por vivir».
Lo sabía. Aún lo recordaba.
Le dio un glorioso trago a lo último que quedaba de la transparente botella para retirarse de ahí. La verdad es que continuaría con su rutina pero en el callejón de siempre, donde disfrutaba totalmente de la compañía de los filósofos de la calle ya que creía que aprendía frente a ellos con sus historias, lecciones y moralejas de vida que cada uno le comentaba. También con los pocos amigos que llegó a hacer en su estancia y de los que obtuvo sin querer, como esos mensajes de ofertas y promociones bancarias que llegan a tu bandeja de entrada sin siquiera ser notificado.
Lo que lo hizo pisar tierra en ese momento fue su delgado trozo de nicotina, había acabado y solo le quedaba volver a casa a robarle el habano que su madre guardaba dentro de la cajonera de caoba pues no tenía dinero en sus bolsillos; lo único valioso que conservaba. Era mucho más intenso.
Estar caminando por el metro lo abrumaba, con tantas bellezas arquitectónicas, haciendo referencia a la decoración del lugar que ya no deseaba seguir viendo pinturas ni formas. Solo quería caminar y perderse ese día. El día seguía frío y ya tenía suficiente de la estación por hoy. No podía más y se dirigió a las simples escaleras ya que la escalera eléctrica de bajada estaba en mantenimiento. Subió el primer escalón.
Un aire frío le hizo sentir escalofríos por su espina dorsal.
Al subir el segundo peldaño un magnetismo sumamente desconocido provocaba que retroceda y volteara en cierta dirección, a encarar algo que no sabía de donde provenía y descubrirlo.
Una maraña de cabellos castaños caminaba lentamente ante sus ojos. Un abrigo de piel color marrón cubría su cuerpo dejando a la vista unos pantalones negros, una gorra de lana roja que cubría gran parte de su cabellera y zapatillas costosas. Pero lo que realmente lo dejó hipnotizado fueron esos hermosos ojos. Unos zafiros bastante intensos. Su andar era tierno y despreocupado, fusionándose a la perfección y creando en ella un aire fino, dulce, elegante y misterioso.
Pasó por su lado pero lejano. Una barra metálica los separaba. Llevaba dos enormes maletas, ambas en tela terciopelo color rojo y cubría su boca con una bufanda oscura que contrastaba a la perfección con su piel.
Subió tan rápido que al intentar seguirla logró apreciar a un joven con uniforme de modelo asiático; una camioneta la esperaba y ella muy fatigada y cansada ingresó dejando al pobre muchacho guardando sus cosas en la maletera. Después de ello el carro arrancó rápido y ya no pudo seguirlo. Esa mañana no le dieron ganas de ir tras él. Y ahora lo lamentaba.
La muchacha de ojos zafiro lo hizo delirar por un segundo y volar en su mundo. Quería conocer más de su rostro. Por su perfil supo que es una joven muy hermosa. Y parece provenir de buena familia.
Qué lástima.
Dio un último respiro y caminó directo a casa, pensando en ese amor fugaz, efímero y de los que así nomas no suelen ocurrirle en su día a día. No tendrá la oportunidad de conocerla, de ver más allá de sus ojos, de sus labios, de su piel, simplemente esa fémina no pisaría tierra sucia jamás.
—Mañana será un nuevo día.
Siempre se prometía a sí mismo que así sería, pero no lo cumplía.
Quizás en un futuro si pueda lograr volver a ver esos ojos que tanto lo impactaron hasta su mente, quizás tarde o temprano, o mejor dicho, algún día.








