Takeshima
Año del gallo de agua, mes del tigre, hora del gallo en vuelo.
(Año 1643 de la era actual).
Kenjiro se despertó nuevamente de esa terrible pesadilla que lo atormentaba hacía varias semanas. Se limpió el sudor de la frente y notó cómo instintivamente, en sueños, había llevado las manos buscando su katana. No pudo volver a dormir y decidió cubrirse con un haori y salir a tomar un poco de aire nocturno, esperando así poder calmar su espíritu. Se instaló con su pipa en un asiento de piedra con vista privilegiada al jardín del castillo y respiró profunda y pausadamente. Sin embargo, el aire seguía cargado de malos augurios y no hizo más que aumentar sus preocupaciones. Algo se estaba gestando cerca de la frontera norte de Takeshima. En sus bosques, mercaderes y pequeños poblados habían perdido contacto con Edo y ahora un importante templo del lugar, dirigido por un familiar de Kazuhiro Okumura, el principal sacerdote de Tokugawa Iemitsu, estaba completamente incomunicado, por lo que el mismísimo shogun le había pedido al daimyō de esas tierras, Daisuke Takahashi, que alistara a sus tropas y marchara en dirección al monasterio, eliminara cualquier tipo de revuelta que pudiera existir y trajera al sacerdote sano y salvo. El día que el mensajero del shogun se había presentado en el castillo de su señor, fue su alumno a quien amaba como si fuera su propio hijo, Noboyuki Akiyama, quien le informó lo que estaba sucediendo.
—Marcharemos al norte, maestro —le dijo Noboyuki en ese momento—. Me han encomendado la tarea de dirigir las tropas.
Algo en su interior relacionaba irremediablemente ese pesar en su alma que últimamente estaba sintiendo, con lo extraño que estaba sucediendo en esos apartados bosques.
—Algo malvado ocurre en esas tierras y no es solo a causa de bandidos o insurrectos, algo oscurece en esos páramos, algo que lo consume vorazmente —le había respondido—. Creo que deberías llevar un pequeño grupo de monjes para que protejan al ejército y bendigan esas tierras.
—No tenemos monjes capaces de actuar en batalla y llevar civiles sería un riesgo, maestro, usted lo sabe mejor que nadie —el joven samurái, al ver el rostro apesadumbrado de su mentor, le puso suavemente una mano en el hombro y agregó—: Pero por su solicitud, después de eliminar a lo que sea que nos encontremos allá, llevaré a un grupo a que ore por la tierra y los muertos. Es una promesa.
Kenjiro había sonreído sin poder sentirse tranquilo e hizo una reverencia a su alumno, quien sorprendido le devolvió el gesto con el mayor de los respetos.
Kenjiro Hattori tenía casi sesenta años y era un samurái de renombre en todo Japón. Había realizado importantes proezas en batalla en los tiempos de los albores de la era Tokugawa y se había ganado el aprecio del anterior shogun, quien le había encomendado servir tras sus éxitos al joven daimyō Takahashi, y con el tiempo había abierto su propia escuela y se había enfrascado en la tarea de entrenar a sus soldados. De muchas formas era un afortunado: con su espada se había abierto un camino en la vida, y ahora, en su vejez, disfrutaba de tranquilidad y respeto. Ya no existían batallas a las que enfrentarse... o eso creía, hasta que el mal augurio lo había comenzado a acechar.
La mañana que el ejército comenzaba su partida rumbo a Takeshima, Kenjiro abrazó a su alumno y le entregó un pequeño amuleto de buena suerte.
—¿De verdad piensa que hay algo sobrenatural en esas tierras? —sonrió Noboyuki, tomando una especie de ofuda de género con oraciones escritas con tinta, que guardó en la muñequera de su armadura—. Lo llevaré conmigo en todo momento. Gracias, maestro.
Kenjiro sonrió y no perdió de vista a su alumno hasta que su silueta desapareció en el horizonte.
Nada se supo del ejército de Noboyuki por casi tres días, ni tampoco noticias de los mensajeros enviados en su dirección, ni siquiera de las aves entrenadas con ese fin, de las cuales no había vuelto ninguna. El señor Takahashi, preocupado de que su ejército hubiese sido emboscado y derrotado, envió un segundo cuerpo de samuráis e infantería pesada, y él mismo se había enfundado su armadura para dirigirlos, por miedo a fallar en una misión solicitada por el mismísimo Tokugawa Iemitsu. Kenjiro había solicitado una audiencia con su señor, quien escuchó atentamente los miedos del viejo maestro samurái, y ante su genuino temor, le había hecho caso y había ordenado que cinco de los veinte monjes del templo central del feudo los acompañaran en un ritual indefinido de oración hasta el término de la batalla.
Otros cuatro días pasaron desde la marcha del segundo ejército sin noticias, siete desde la partida de Noboyuki, y el caos corría por el feudo, aterrorizados ante la posibilidad de la pérdida del daimyō y todos sus hombres. Y ahora, además, parecían estar completamente aislados porque todos los intentos de pedir ayuda al shogun eran infructuosos, al igual que pasaba cuando intentaban comunicarse con el ejército perdido: al enviar hombres o aves mensajeras, nadie volvía. Los mercaderes habían recogido sus menesteres, y aquellos campesinos que habían podido cosechar, habían montado sus carretas y se agolpaban en las puertas sur del feudo. Y para el día diez posterior a la salida del daimyō, la población de Ryujinshu se había reducido a un puñado de artesanos y agricultores que no tenían los medios para escapar, y a los soldados que estaban apostados cuidando la integridad del territorio.
Esa noche, mientras fumaba su pipa en el jardín del casi abandonado castillo del daimyō, podía escuchar los carruajes de los últimos nobles escapar, tratando de llevar consigo la mayor cantidad de objetos de valor que podían. Kenjiro finalmente había tomado la decisión de viajar al norte en busca de su señor y su alumno, y llevaría con él a quien estuviera dispuesto a acompañarlo.
Los primeros rayos del alba lo encontraron en el dōjō del castillo, vestido con su antigua armadura de un color rojo sangre, y pronunció una última oración en el altar del lugar. Subió a su caballo y se dirigió en busca de los soldados que quedaban, pero todos, con vergüenza, se excusaron de acompañar al viejo maestro en esa misión suicida, escudados en la verosímil respuesta de que fueron designados por el daimyō para proteger el feudo y a su gente en su ausencia. Tampoco pudo convencer a campesinos ni civiles, que estaban aterrorizados ante la idea de que asesinos o, peor, demonios tuviesen algo que ver con el extravío del señor. Finalmente, se dirigió al templo, donde se encontró con su viejo amigo y jefe de los monjes, Goro Airashi, quien lo recibió con rostro preocupado al ver que finalmente se había materializado la marcha que Kenjiro le había comentado días atrás.
—No tengo monjes disponibles para poder acompañarle, maestro —respondió apesadumbradamente Goro—. Los únicos de mayor santidad acompañaron al daimyō en su marcha, y ahora solo tengo muchachos que correrían espantados ante cualquier batalla.
—Eso me temía —sonrió Kenjiro, conteniendo la amargura—.
—Pero tengo lo que me pediste.
Goro se levantó y trajo un largo paquete envuelto en telas que dispuso con mucho cuidado frente al samurái. Al desenvolverla, estaban sus armas: su katana, su wakizashi y su tantō, brillantes y bien cuidadas.
—Hice lo que me solicitaste —dijo humildemente el monje—. Las lavé con agua bendecida y he rezado sobre ellas sin detenerme los últimos tres días.
Kenjiro miró sus armas sonriendo y las ató a su armadura como en los viejos tiempos.
—Ahora, mi yoroi.
El monje asintió y comenzó a rezar mientras, con un pincel y tinta, escribía oraciones sagradas por toda la armadura. Por más de doce horas, solo el murmullo del sacerdote pudo oírse en la sala, ajeno a los gritos de la gente enfrentándose a los soldados de la puerta sur, que intentaban evitar el éxodo masivo de la ciudad. Al terminar el ritual, el samurái se puso de pie e hizo una reverencia, y se sorprendió al ver al viejo sacerdote darle la espalda para tomar con sumo cuidado una larga lanza naginata que colgaba sobre un altar. Tras una reverencia, caminó hasta Kenjiro, que lo miraba anonadado, y le dijo:
—No esperabas que te iba a dejar ir solo a este viaje de locura.
Kenjiro lo abrazó con los ojos húmedos y esperó pacientemente que el monje terminara sus oraciones y se colgara sus amuletos, antes que ambos montaran sus caballos rumbo a la puerta norte. Las calles estaban vacías y ningún soldado les impidió el paso.