El ultimo hálito de justicia
GOTHAM, AÑO 2045.
—¿Están preparados? —señaló la joven, sosteniendo con fuerza su arma—. A la cuenta de tres...
Un camión transitaba por las herrumbrosas calles de la ciudad, fuertemente custodiado por soldados que portaban esas terribles armaduras acorazadas. Tres de sus compañeros apuntaban desde una azotea y otros cuatro esperaban instrucciones, escondidos en las sombras.
—¡Ahora!
Los francotiradores comenzaron a disparar y un lanzacohetes hizo explotar la parte anterior del vehículo, volcándolo. Los soldados heridos comenzaron a repeler el asalto, pero fueron eliminados por los hombres que vestían ropas militares corroídas por el tiempo.
—¡Por la carga! No se distraigan. Sin prisioneros, y tomen las armas de los caídos.
Los guerrilleros abordaron el sector de transporte del vehículo y alcanzaron a ver unos ojos rojos en la oscuridad antes de caer por los disparos enemigos. Un pequeño batallón de cyborgs descendió y comenzó a disparar a los rebeldes.
—¡Emboscada! —gritó la mujer—. ¡Retirada!
Los hombres comenzaron a correr por las calles, perseguidos por los soldados, y en los cielos aparecieron drones que se unieron a la persecución.
La mujer corrió por los callejones, sintiendo a sus espaldas los pasos de sus perseguidores. Entró en un viejo edificio y comenzó a buscar un lugar en que pudiera estar protegida de la visión de calor de los cascos de sus enemigos.
—¡Maldición! —gruñó en voz baja, cuando la luz de las linternas de los soldados comenzó a iluminar la sala.
Aguantó la respiración y se arrastró, intentando llegar a alguna salida, cuando escuchó una voz mecánica decir:
—¡La tengo!
Una luz le iluminó el rostro y, cuando intentó levantar su arma, un golpe la hizo caer de bruces. Sintió el inconfundible sonido del arma láser al cargarse, y cerró los ojos, empuñando las manos en espera del golpe final. Fue entonces cuando lo vio. Era como un fantasma, corriendo por la oscuridad, golpeando a los soldados que lo duplicaban en tamaño, haciéndolos caer.
El soldado que la apuntaba dejó de hacerlo y se concentró en buscar a la figura que había desaparecido en las sombras, cuando, desde el techo, se dejó caer sobre el cyborg, que intentó repelerlo con los disparos de su arma. Pero fue inútil: en cosa de segundos, yacía inconsciente en el suelo.
—¿Quién diablos eres? —gritó la mujer.
—¿Estás herida? —preguntó el hombre.
Estaba oscuro. Solo pudo ver su pelo cano y ropa raída; parecía un hombre mayor.
—¿Cómo pudiste hacer eso? —volvió a gritar la mujer—. Se necesita un batallón y varias bajas para poder derrotar a cuatro cyborgs como esos.
—Guarda silencio, aún no estamos a salvo —dijo el hombre, apuntando a las luces en el exterior—. Sígueme.
El hombre le tendió la mano y ella la tomó para ponerse de pie. Lo siguió hasta una escalera que llevaba al subterráneo del edificio.
—Necesito volver por mis hombres —señaló la mujer—. No puedo dejarlos en manos de esos monstruos.
—Es imposible por ahora —respondió el hombre—. Si no están muertos, están en camino a Arkham. Es donde mantienen a sus prisioneros, al menos hasta que obtienen lo que desean de ellos.
—¡Debo intentarlo! —dijo la mujer entre lágrimas—. ¡Tú puedes ayudarme! ¿Eres él, cierto? El hombre de las historias, el Batman.
El hombre, de rostro duro, dibujó una mueca triste que duró solo un segundo, para luego responder:
—Lo siento, no lo soy. Batman murió hace muchos años, junto a la mayoría de los héroes de ese tiempo. Yo solo soy un sobreviviente como tú... un anciano.
—¿Qué anciano puede despachar a un grupo de soldados así?
—Es mejor ponernos en marcha —respondió el hombre—. ¿Eres de la comunidad que vive en las alcantarillas o no?
La mujer se sobresaltó, y el hombre le dedicó una sonrisa triste.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó la mujer con un escalofrío, sosteniendo su arma.
—No hay tiempo para explicar, pero te diré algo —señaló el tipo—: si uno de tus soldados habla, toda tu comunidad estará perdida.
—Mis hombres preferirían morir antes de entregar a sus familias —gritó la mujer, ofendida—. Además, no será fácil encontrar nuestro escondite, aun sabiendo la ubicación.
—En Arkham pueden ser muy persuasivos —señaló el hombre—. Créeme.
La mujer comenzó a temblar. Si el hombre tenía razón, estaban todos en peligro. Lo mejor era mover a los civiles a otro lugar seguro dentro de la red de alcantarillas.
—Está bien —respondió la mujer, resignada—. Necesito llegar a la torre del reloj. Ahí hay una red subterránea que puedo ocupar.
—Eso está lejos, más aún en estas circunstancias.
—Tengo un vehículo escondido a unas cuadras de acá que podemos ocupar —respondió la mujer.
—Las calles están plagadas de soldados y los cielos de drones. La única forma es a pie, en las sombras —señaló el hombre y se puso en movimiento.
—¿Tienes algún nombre por el que pueda llamarte? —preguntó la mujer—. Mi nombre es Rebecca. Gracias por rescatarme.
—Richard. Pero mis amigos me llaman Dick —y esbozó una genuina sonrisa, llena de amabilidad.
—¿Babs, me escuchas? —dijo Dick a través de un pequeño intercomunicador—. Necesito tus ojos, ¿puedes verme?
—Te escucho, y puedo ver tu ubicación —respondió una voz femenina al otro lado—. ¿Qué diablos haces?
—Yo pregunto lo mismo —señaló Rebecca a su lado—. ¿Acaso no sabes que la Gran Máquina puede rastrear cualquier tecnología?
Dick sonrió, negó con la cabeza y le hizo un gesto a Rebecca para que guardara silencio mientras respondía:
—Lo siento, cariño. No pude evitarlo esta vez. Solo quería buscar la cena en la ubicación que me mandaste y me encontré con problemas.
—Y supongo que esa voz que escucho a tu lado es parte de los problemas —respondió la mujer al otro lado del intercomunicador—. Pensé que los días de patrullaje habían terminado.
—No podía dejarla a su suerte.
Un suspiro al otro lado del comunicador antecedió a una respuesta:
—Ojalá pudiera estar ahí contigo.
—Babs...
—Está bien —dijo la mujer del otro lado del intercomunicador—. Como en los viejos tiempos. Puedo ver por las cámaras en el exterior. Hay múltiples tropas patrullando. Lo más seguro es viajar por el interior de los edificios. Estás en el viejo centro comercial de Old Gotham. Según los antiguos planos, en el tercer piso hay una escalera de incendios a pocos metros del edificio adyacente, donde solían haber oficinas comerciales.
Mientras avanzaban, Rebecca no pudo evitar preguntar:
—¿Eras policía, Dick? Antes del apocalipsis y la Gran Máquina, digo. Por eso de "patrullar" que escuché a la mujer al otro lado del comunicador.
—Algo así —respondió el hombre, sin poder evitar esbozar una sonrisa.
—¿Y esa... Babs? ¿Es tu esposa?
—Algo así —repitió el hombre, volviendo a sonreír—. Estamos cerca del lugar que nos señalaron. Debes guardar silencio.
Asomó la cabeza: había drones y soldados en las calles laterales.
—Avísame cuando sea seguro saltar, Babs.
Unas luces comenzaron a iluminar los pisos inferiores, y pudo escuchar las voces de los soldados al encontrar a sus compañeros inconscientes, pidiendo refuerzos.
—Babs, se nos acaba el tiempo...
—Espera... ¡Ahora!
Dick tomó a Rebecca por la cintura y saltó al siguiente edificio con increíble agilidad para un hombre de su edad.
—¡Oh Dios mío, Dick! ¡Deben escapar ya! —gritó la mujer por el intercomunicador.
—¿Qué sucede? —preguntó el hombre mientras corría con Rebecca en sus brazos.
—Es Victor. Va en camino.
—¿Quién es Victor? —preguntó Rebecca.
—Debemos escapar, no hay tiempo de explicar —respondió el hombre.
—Estoy hackeando el sistema de un automóvil a unas dos cuadras de distancia... también el sistema disruptor de emergencia.
—No, Babs. Sabes lo que podría pasar si Victor logra ubicar el origen... y lo hará.
—Espero que no sea necesario. Estoy guardando un respaldo de Oráculo y me dirigiré al punto de encuentro si no hay otra opción —respondió la mujer—. Ten cuidado, tonto. No sé qué haría si algo te pasa.
—Tú dirígeme y yo te sigo —señaló el hombre—. Todo saldrá bien.
—¿Quién es Victor? —volvió a preguntar Rebecca, desesperada.
—Cyborg —respondió Dick.
—La ciudad está llena de cyborgs...
—EL Cyborg —la interrumpió el hombre.
Y la mujer se quedó en silencio, pálida.
Tras unos segundos, se escuchó la voz de la mujer por el intercomunicador:
—He hackeado las cámaras del callejón trasero. Deben cruzar a toda velocidad. Cyborg sabrá que las intervine.
—Entendido.
Al llegar al lugar, las luces de las cámaras estaban apagadas, por lo que Dick corrió a toda velocidad pegado a los muros y cruzó escudándose en las sombras.
—Están cerca —señaló la mujer por el intercomunicador—. El automóvil está en un paso bajo nivel, a quinientos metros a la izquierda de la salida trasera del edificio en el que acaban de entrar. Está en modo manual. ¿Recuerdas cómo manejar, cierto?
Dick sonrió y le hizo un gesto a Rebecca para que lo siguiera.
—Estamos en el último edificio —dijo. Unos sonidos lo sobresaltaron—. Escucho ruidos en el exterior.
—¡Escapa, Dick!
De entre la oscuridad de la construcción, una figura inconfundible y brillante apareció frente a él.
—Dick Grayson —dijo la máquina con una voz que alguna vez fue la de un buen amigo—. Pensé que habías muerto.
—Victor, no quiero pelear contigo.
—¿Barbara también sigue con vida? Imagino que sí, es la única forma en que hayan pasado bajo el radar por tanto tiempo —dijo Cyborg con voz sarcástica—. Has envejecido... ¿queda algo de Nightwing en ti aún?
Rebecca miró a Dick sin poder creer lo que oía.
—¿Eres... Nightwing? —balbuceó.
—Estoy dispuesto a dejarte ir por ahora, por los viejos tiempos, si me entregas a la mujer —señaló el androide, riendo—. Estoy seguro de que nos volveremos a encontrar.
Rebecca estrechó la mano que Dick aún le sostenía.
—Sabes que no puedo hacer eso.
—Los tiempos de la Liga de la Justicia y los Titanes se acabaron. Los héroes se acabaron... ¿o no recuerdas lo que le pasó a Bruce?
—Victor, si aún hay algo de mi amigo en ti, déjanos ir —señaló Grayson, sacando un sable que comenzó a brillar.
—¿Crees que tu pequeña espadita de plasma puede asustarme? —rió Cyborg—. Tantos me han enfrentado a través de los años: Slade, Lawton... y cómo olvidar al bueno de Jason Todd.
Dick gruñó:
—Desearía poder recuperarte, Victor... lo siento. Te fallé como a todos —dijo Grayson, conteniendo las lágrimas—. La Gran Máquina te ha consumido como a un peón más, y no tengo las fuerzas para enfrentarlo, para rescatarte. Babs, cielo, prepara el dedo.
—Estoy lista.
—¿Bárbara Gordon? —dijo Cyborg, conectándose a la llamada—. ¿O será Oráculo? ¿O Batgirl?
—Hola, Victor.
—Preferiría no dejarte viuda, pero tu testarudo hombre no quiso aceptar mi oferta.
—Siempre fuiste un engreído, Stone —respondió Bárbara—. Desde mucho antes de que te volvieras una marioneta de Brainiac. Lamento no estar ahí con Dick para ver cómo te patea el trasero.
—No lo lamentes. Yo estaré contigo en breve. Nunca pensé que Oráculo estuviese tan cerca de la estación de policía de Gotham.
—¡Babs!
—Estoy lista.
Fue entonces cuando Dick saltó sobre Cyborg, que reía.
Bárbara había permitido que Stone se conectara a la llamada con la esperanza de que, mientras escaneaba su ubicación, ella pudiera conectarse a él. Al presionar el botón de la estación de Oráculo, introdujo una potente señal disruptora. En el momento en que Dick caía sobre él, los circuitos de Stone comenzaban a pixelarse, impidiéndole ver, escuchar o conectarse con otros.
—Malditos... no crean que con eso lograrán escapar.
Comenzó a disparar desde sus manos láser en todas las direcciones. Grayson los esquivó y, con un golpe de su sable, cortó uno de los brazos metálicos de Stone. Pero el Cyborg, con el otro, logró tomar una de las piernas de Dick y arrojarlo por los aires. Pudo levantarse un segundo antes de que un cohete explotara donde él se encontraba. Los ojos mecánicos de Stone parpadeaban.
—Vamos, Dick, muévete para mí —rió Victor, aún con los ojos parpadeantes—. Marco...
Cyborg se desplazaba amenazadoramente por todo el edificio. Dick le hizo un gesto a Rebecca, apuntándole la salida trasera, y luego tomó su sable.
—Polo —gritó Grayson, sacando una granada eléctrica y lanzándosela a Stone. El cyborg, al identificar el movimiento, apuntó el cañón que tenía en su brazo funcional, momento que Dick aprovechó para moverse a toda velocidad y, tras golpear el rostro de Cyborg, le cortó el otro brazo y posteriormente una de sus piernas.
—Quién lo diría... aún puedes pelear —rió Victor—. Pero sabes que es cosa de minutos antes de que logre resolver la disrupción y pueda reconstruir mis extremidades.
—Lo sé.
—¿Vas a matarme?
—Sabes que no lo haré. Aún está mi amigo dentro de ti.
—¿Sabiendo que maté a tus compañeros? ¿Y ahora que sé que estás vivo te cazaré a ti y a Bárbara?
—aún así —dijo Dick con lágrimas en los ojos—, es lo único que Brainiac no ha podido quitarnos a Babs y a mí.
—¿Qué cosa?
—Nuestra humanidad...
Dick se levantó y dio una última mirada a su antiguo compañero. Limpiándose las lágrimas, salió en busca de Rebecca. El automóvil estaba donde su mujer le había dicho.
—La torre está a algunos kilómetros al sur —señaló Rebecca.
—Lo siento, primero debemos hacer una parada.
—¿Vamos por la mujer del comunicador?
—Por Bárbara, sí.
Mientras conducían, Rebecca no dejaba de mirarlo, hasta que finalmente preguntó:
—Eres Nightwing, el compañero de Batman.
—Lo era.
—Estuviste con la Liga de la Justicia, con Superman y los demás.
—Sí.
—Mi madre siempre tuvo la esperanza de que volverían y nos salvarían a todos.
—No hay nadie. Superman, Batman, Wonder Woman... no queda ninguno.
—Tú sigues aquí —respondió Rebecca.
—Nightwing murió también. Solo soy un hombre de mediana edad que sobrevive para cuidar lo único que le queda.
—¿Bárbara?
—Sí.
—Batgirl.
—Batgirl ya no existe.
—Te vi pelear. Venciste al puto Cyborg. Tú puedes ayudarnos, salvarnos.
—Iré por Bárbara y luego te dejaré en la torre para que evacues a tu gente. No puedo hacer nada más.
—Ayúdanos. Hoy perdí a mis hombres intentando robar un camión de comida. Nos estamos muriendo. Guíanos. Podemos luchar. Me niego a pensar que solo queda esperar la muerte.
—¿Qué más queda?
—Matar a la puta Gran Máquina.
—Tú no entiendes. Los más grandes héroes murieron peleando contra él. Y los que sobrevivieron lo hicieron posteriormente, en la gran purga de metahumanos que llevó a cabo Brainiac. No queda nadie.
—Pensé que Nightwing era el Chico Maravilla. El de la esperanza, según mi madre.
—Lo siento. Solo quedo yo.







