AQUEL QUE LO PERDIÓ TODO
¿Cómo fue que llegué aquí? ¿Cómo fue que me convertí en un criminal? ¿Cómo es que ahora mi cuerpo yace en esta torre de máxima seguridad, inmóvil, mientras escucho día y noche las gotas que caen desde el techo húmedo como un reloj cruel que marca mi condena?
Intento moverme… *(sonido de grilletes)*, pero las cadenas oxidadas me atan con fuerza a la pared. No puedo más que respirar ese aire rancio, cargado del hedor putrefacto de las alcantarillas. ¿Por qué? Si hay un dios… ¿por qué permite estas cosas? Lo único que mantiene mi mente unida a la realidad es el amuleto que cuelga de mi cuello, el símbolo de mi dios… una esperanza tenue, un recuerdo de fe entre tanta ruina. Y también, algo más poderoso: mi sed de venganza. Porque yo… soy aquel que lo perdió todo.
*(se escuchan llaves girando en una cerradura oxidada)*
La puerta chirría al abrirse. Dos guardias entran, vestidos con armaduras de combate, sus espadas desenvainadas, los rostros llenos de odio.
**Guardia 1:** —Bien… ¿Listo para ser juzgado, maldito enfermo?
**Guardia 2:** —Será mejor que no hagas nada estúpido.
Sin mediar palabra, uno de ellos me golpea el estómago con la empuñadura de su espada. El aire escapa de mis pulmones. Me toman del cabello y estrellan mi cabeza contra el suelo húmedo de piedra. No puedo resistirme. Aprieto los dientes. Siento las botas golpeando mis costillas, sus escupitajos en mi rostro mientras lanzan insultos que no escucho. Solo hay sangre… la mía… brotando de mi boca, mi nariz, de una herida en mi frente. Pero ese no es el dolor que me consume. No… el verdadero dolor es interno, silencioso, corrosivo.
Cuando se cansan de golpearme, me colocan nuevos grilletes, aún más pesados. Uno en cada pierna. Dos en los brazos. Luego, a tirones y empujones, me arrastran fuera de la celda, listo para ser juzgado por crímenes que ni siquiera recuerdo haber cometido.
Los otros reclusos gritan y se burlan. Me señalan. Me escupen. Me ven como a un monstruo. Pero no entienden… no saben lo que yo sé. No vieron lo que yo vi. No sintieron la pérdida como yo la sentí.
Si existe un dios… ¿por qué mis manos están manchadas de sangre? ¿Por qué no siento remordimiento cuando recuerdo sus cuerpos cayendo, uno a uno? ¿Por qué reía mientras morían…? Quizás… si hubiese matado a más, si hubiese empapado más mi espada con su sangre… tal vez… solo tal vez, la historia sería diferente.