EL SUSURRO DEL TIEMPO

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Summary

Sinopsis: Xanthe jamás había visto El Susurro del Tiempo en la tienda de perfumes de su madre. Ni en los estantes ni en los registros. Era un nombre que pertenecía a los susurros, a las advertencias que su madre nunca explicó del todo. Pero entonces, una noche, Malach Kaïn entra en su tienda. Su presencia es inquietante, su voz cargada de un eco antiguo. No pide cualquier fragancia. Pide El Susurro del Tiempo. Y aunque Xanthe nunca ha tenido ese perfume en sus manos, algo—una fuerza que escapa a su control—la impulsa a buscarlo. A encontrarlo. El momento en que Malach lo huele, el aire se rompe. Algo despierta en él, algo que nunca debió volver. La maldición que lo ata se retuerce con furia, recordándole el precio de su condena. Xanthe siente la energía cambiar, ve las sombras arremolinarse a su alrededor, y comprende que él no es humano. Las brujas como ella detestan a los de su especie. Debería expulsarlo. Debería destruirlo. Pero Malach la observa con una intensidad hambrienta, y Xanthe siente que su destino acaba de enredarse con el suyo de una forma que no podrá deshacer. La pregunta es: ¿ha sido engañada… o ella misma ha condenado su propia alma?

Genre
Romance
Author
OfrahRox
Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El Precio de la Inmortalidad

La eternidad de Malach comenzó mucho antes de la aparición de la bruja.Su maldición no fue solo el castigo por el fratricidio que había cometido al matar a Abel, su único hermano, sino también la consecuencia de su terquedad y de su linaje mancillado.

Malach no era un hombre cualquiera; había nacido con sangre real, aunque su existencia era una afrenta para la dinastía. Su madre, una concubina de baja cuna, fue despojada de toda dignidad cuando el rey descubrió su embarazo. A pesar de que su sangre lo vinculaba al trono, Malach nunca fue reconocido como heredero. En su corazón ardía la furia de un príncipe bastardo, condenado a vivir a la sombra de aquellos que le habían negado su derecho.

Solo Abel lo amaba. Y cuando perdió a la única persona que le había brindado afecto, todo se quebró. Su padre, el rey, lo maldijo.

Los tres ángeles enviados por el Cielo lo marcaron con un castigo aún mayor: no solo le impusieron una sed de sangre eterna, sino también la inmortalidad, una condena que lo privaba del sol y lo arrastraba a una existencia vacía y sin fin.

Lo desterraron a una vida de sombras, donde nunca podría reclamar lo que le había sido arrebatado. El sol, que iluminaba los reinos que podrían haber sido suyos, ahora se había convertido en su enemigo. Cada amanecer quemaba su piel, recordándole que no era más que un espectro errante en la penumbra.

La sed se convirtió en su mayor tormento. Ya no podía caminar bajo la luz del día sin sentir el ardor de su condena. Con cada noche, su necesidad crecía, pero nunca podía saciarla. La marca de la inmortalidad lo unía al destino que, al principio, había rechazado, pero que ahora no podía eludir.

Fue entonces cuando Lilith, la madre de todos los demonios, por primera vez sintió compasión. Tomó a Malach bajo su ala, guiándolo en su tortura eterna. Le enseñó a cazar en la oscuridad, a deslizarse entre los hombres sin ser visto y a dominar su sed sin caer en la locura. Pero, a pesar de sus esfuerzos, la sed seguía siendo su condena, y Malach se sentía cada vez más atrapado en una jaula sin fin.

Siglos después, su búsqueda de una solución lo llevó a cruzar caminos con criaturas antiguas que susurraban secretos prohibidos. Finalmente, su destino se encontró con el de una bruja que cambiaría su maldición para siempre.

Ella apareció cuando la desesperación de Malach alcanzó su punto máximo. Se presentaba como una sombra en la oscuridad, moviéndose con una gracia ancestral, casi sobrenatural. En lo profundo del bosque, la encontró, rodeada por el susurro de los árboles y la quietud de la noche.

Estaba en el centro de un círculo de runas antiguas, su figura envuelta en una túnica de tul que danzaba con el viento. Cada movimiento era fluido y etéreo, como si las sombras mismas la siguieran. Malach sabía que su voluntad no podía ser doblegada por hechizos, pero algo en la forma en que ella se movía lo mantenía cautivo. Cada giro, cada paso, era un susurro ancestral que resonaba en lo más profundo de su ser. Por un instante, la desesperación de su existencia se desvaneció.

La danza de la bruja era hipnótica, un hechizo en movimiento. La luz de la luna, tenue y plateada, se reflejaba en el tul que se enroscaba alrededor de su figura y en los collares de oro que adornaban su cuello, deslumbrando con cada giro. Sus rizos negros, como hilos de la noche misma, danzaban al viento, y cada vez que se movía, las joyas en su cuello—un collar dorado que realzaba la delicadeza de su piel—hacían resaltar la suavidad de su cuello, alargado como el de una diosa. Cada curva de su cuerpo, cada movimiento, era una invitación silenciosa, un juego de sombras y seducción. A través de la tela transparente, Malach podía distinguir la perfecta simetría de su silueta, como si ella misma fuera parte de la oscuridad que la rodeaba. Era como si el bosque entero hubiera caído bajo el hechizo de su danza, y él, marcado por la eternidad, no podía apartar la mirada, cautivado por su figura y la promesa que flotaba en el aire.

Cuando la danza culminó, la bruja lo miró fijamente, sus ojos brillando con una intensidad que parecía atravesar su alma. Su voz, suave y cargada de promesas, rozó su oído como un susurro tentador.

Las dos noches después a aquel momento habían sido un delirio febril, un hechizo más peligroso que cualquier promesa que la bruja pudiera ofrecerle. Malach, acostumbrado al dominio, al control absoluto sobre sus deseos, se encontró reducido a poco más que una bestia presa del encanto de esa mujer.

La primera noche, ella lo recibió con una sonrisa que no ocultaba la picardía de su juego. Su piel, pálida bajo la luz de la luna, tenía un fulgor etéreo, como si no perteneciera a este mundo. El perfume de especias y sangre flotaba a su alrededor, envolviéndolo en una bruma de deseo que él no podía resistir. Se movía con la gracia de una pantera, deslizando los dedos sobre su pecho, dejándolo al borde de la desesperación con cada roce. Cuando sus labios se encontraron, la sensación fue como un veneno dulce, un ardor que se filtraba en su ser y lo arrastraba sin remedio.

Ella se entregó a él sin reservas, pero cada vez que Malach creyó dominarla, ella lo llevaba al borde del abismo solo para retirarse, sonriendo con malicia. Se burlaba de su ansia, de su necesidad, y eso solo lo enardecía más. El deseo que sintió por la bruja no se parecía a nada que hubiera experimentado antes; era un hambre distinta a la sed que lo había atormentado durante siglos. Y cuando finalmente la tomó, cuando sus cuerpos se entrelazaron en la penumbra de la noche, supo que algo en él se estaba perdiendo en ese acto.

La segunda noche fue aún más peligrosa. Ya no era solo deseo lo que lo ataba a ella, sino algo más profundo, más oscuro. Malach no quería admitirlo, pero la fascinación que sentía rozaba el delirio. La bruja lo envolvía en sus caricias y susurros, prometiéndole placeres que ningún mortal o inmortal podría alcanzar. Sus uñas se hundieron en su piel, dejando marcas ardientes, su risa era un eco en la penumbra. A cada instante, parecía retarlo, incitarlo a cruzar los límites de su propia voluntad.

Cuando amaneció, Malach comprendió que había caído en su red. Ella no era solo una amante fugaz, ni una simple aliada. La bruja era un enigma, un fuego que lo consumía y lo mantenía encadenado a su hechizo. No supo decir en qué momento dejó de verla como una distracción y empezó a anhelarla con una intensidad que rozaba la obsesión.

Y así, la tercera noche, cuando ella se presentó con su oferta envuelta en veneno, él no dudó.

—Te ofrezco lo que más deseas, Malach —dijo ella, su tono profundo y lleno de enigmas—. Bebe de mi sangre y serás libre de tus maldiciones. No habrá sol que te queme ni sed que te atormente. Yo te concederé lo que los ángeles te negaron. Mi sangre te otorgará un poder inmenso, la inmortalidad eterna, y juntos gobernaremos el mundo.

Con un movimiento lento y calculado, alzó su muñeca hacia él, mostrando las venas marcadas en su piel, de un azul intenso que destacaba contra la suavidad de su carne. El resplandor de los aros dorados en sus orejas reflejaba la luz, como si fueran testigos mudos de su poder.

Malach sintió la boca llenarse de saliva. La sed lo devoraba desde lo más profundo, pero esta vez no era solo el hambre de siempre; era el deseo de poseerla, de hundirse aún más en su embrujo. La idea de poder caminar bajo el sol, sin temor, era un anhelo que los siglos de tortura no podían borrar.

La bruja, con una sonrisa que insinuaba más de lo que mostraba, le ofreció un cáliz de cristal oscuro, su interior rebosante de un líquido rojo y brillante, como si tuviera vida propia. La esencia de la promesa de libertad era tan palpable que parecía que el aire mismo vibraba con su poder.

—Bebe y serás libre —susurró ella, su voz acariciando sus oídos como un eco lejano.

Sin pensarlo más, Malach bebió.

La sangre de la bruja recorrió su cuerpo como un fuego helado, una sensación extraña y electrizante que lo invadió, otorgándole una fuerza desmesurada. Sintió cómo la maldición de la sed comenzaba a desvanecerse, y de repente, los primeros hilos del amanecer se asomaron sobre las copas de los árboles. En cuestión de minutos, el sol dejó de ser su enemigo.

Por primera vez en siglos, Malach creyó que había encontrado la paz.

Pero pronto, la verdad lo golpeó con toda su crudeza.

La bruja comenzó a reír, una risa profunda y gutural que resonó en el aire como un canto macabro. En su codicia por la inmortalidad de Malach, lo había engañado. Ella no deseaba compartir su poder, sino tomarlo para sí misma. El precio de la libertad de Malach era su propia perdición. Lo que él no había comprendido en ese momento era que, al otorgarle su sangre, la bruja lo había atado a un destino mucho más oscuro y terrible, uno del que no podría escapar.

Cuando Malach descubrió la verdad, se negó a completar el tercer día, aunque ya era demasiado tarde. La bruja lo había marcado, y el precio que debía pagar era mucho más alto de lo que jamás habría imaginado. La traición lo había condenado aún más.

—Tu inmortalidad no será una bendición, Malach —le dijo ella con una voz afilada como un cuchillo antes de desvanecerse entre las sombras—. Estarás atrapado en un ciclo interminable de sufrimiento, donde siempre perderás a aquellos que más amas. Todo lo que toques se desvanecerá ante tus ojos, como la esperanza misma. Y para recordarte tu error, te dejo este perfume que porto… El Susurro del Tiempo. Cada vez que su aroma te alcance, sabrás que todo lo que deseas estará al alcance de tu mano… pero nunca lo poseerás.

En su palma quedó un frasco pequeño de cristal oscuro. Al destaparlo, una fragancia amarga y densa emergió, tan pesada como el llanto de los condenados. No era un simple perfume; era una maldición encapsulada. Con cada inhalación, una visión lo desgarraba: la pérdida de alguien querido, una sombra que se le escurría entre los dedos, una vida que se extinguía a causa de su sed.

Pero el frasco no era solo un instrumento de tormento. Con el paso de los siglos, su significado cambió. El Susurro del Tiempo se convirtió en un recordatorio perpetuo de su condena, un vínculo inquebrantable con la promesa rota. Malach, consumido por su propia maldición, se volvió huraño. No tenía a nadie, ni quería a nadie cerca. Se convirtió en un prisionero de su propio destino, su peor enemigo, atrapado en la ironía de una inmortalidad vacía.

Sin embargo, con el tiempo comprendió la verdad más cruel de todas: aquel perfume no estaba destinado a impregnarse en su propia piel, sino en la de otro. El verdadero portador de esa esencia maldita sería aquel que osara entregarle su corazón, un alma atrapada en un ciclo de desesperación, condenada a convertirse, tarde o temprano, en el nuevo portador de la fragancia.

Malach se aseguró de que nadie se acercara demasiado, pero cuando alguien lo hacía, cuando una mirada se demoraba en él más de lo debido, encontraba la forma de extinguir cualquier atisbo de afecto antes de que echara raíces. Destruía lo que le ofrecían, despedazaba esperanzas con palabras envenenadas, traicionaba sin necesidad. No era solo miedo a su propio sufrimiento: era la certeza de que cualquier amor que naciera a su lado estaba destinado a marchitarse. Y si debía existir condenado, entonces lo haría sin debilidad. Aprendió que era mejor ser despiadado antes que humano, mejor ser temido antes que querido.

Con los años, su nombre se convirtió en presagio, su presencia en advertencia. No tenía que matar para destruir; bastaba con que alguien lo amara para condenarlo. Y así, con el tiempo, se convirtió en la sombra que anunciaba la desgracia, en el susurro antes de la tragedia.

Pero aunque Malach se convenció de que su destino era inquebrantable, en lo más profundo de su ser aún quedaba una chispa de rebelión. ¿Y si la bruja no había calculado todas las posibilidades? ¿Y si existía una manera de romper el ciclo? Tal vez no había escapatoria para él… pero ¿y si alguien más podía cambiar su destino? ¿Y si solo alguien con un corazón puro tenía el poder de deshacer la maldición?

Esa esperanza, por pequeña que fuera, era lo único que aún no le habían arrebatado.

Y así, la eternidad de Malach continuó, marcada por la sed, el sol que nunca lo tocaba, y el perfume que le recordaba su traición. La bruja, desde las sombras, esperaba el momento en que Malach finalmente cayera por completo.

La oscuridad, la sed y la eternidad seguían siendo sus únicas compañeras, pero el Susurro del Tiempo, un eco lejano y apenas comprendido, podría ser la única esperanza para su salvación. Pero la pregunta era: ¿quién tendría el coraje de buscar la verdad en las sombras y liberar a Malach de su condena?


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