Night Carrier

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Summary

Las cicatrices de Marcus Damian van más allá de lo visible. Mitad demonio, mitad ángel, se adentra en un mundo donde lo imposible se hace real. ¿Qué secretos oscuros oculta Portaworld? Con fragmentos de recuerdos atormentándolo, Marcus debe encontrar un propósito para sus poderes antes de que una amenaza mortal destruya lo que más ama. ¿Quiénes son sus verdaderos aliados? ¿Podrá enfrentarse a las verdades inquietantes y proteger a sus seres queridos? En un mundo lleno de sombras y revelaciones, Marcus descubrirá el verdadero precio de su destino.

Status
Complete
Chapters
31
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: ¿Soy un portador?

En una noche oscura y fría, un pequeño chico corría desesperado por las calles destrozadas. Los gritos desgarradores y los gemidos de dolor resonaban en el aire, creando una sinfonía de horror.

El niño, de tan solo ocho años, observaba con terror los cuerpos inertes esparcidos por el suelo. Asustado y anonadado, intentaba comprender la pesadilla que lo rodeaba. Sin detenerse, siguió corriendo en busca de ayuda, mientras una sombra poderosa con ojos rojos destellantes lo perseguía implacablemente.

Al llegar a su casa, el niño, temblando, deslizó la puerta lentamente. Lo que vio lo dejó paralizado: su padre, despedazado por la mitad, y una figura con la boca ensangrentada sobre él. Frente a esa figura, una mujer gritaba con desesperación: “¡HUYE!”

La figura se levantó lentamente, como un imponente oso, con un instinto asesino y ojos rojos brillantes. La habitación comenzó a llenarse de una estática inquietante mientras la sombra se acercaba cada vez más al niño. Paso a paso, el crujido de la madera resonaba en sus oídos.

Completamente aterrado, el niño cerró los ojos y tomó un fuerte respiro.

En esta historia contamos la vida de Marcus Damián, un joven moreno y carismático, de ojos negros y pelo corto. A sus doce años, Marcus aún lucha con los recuerdos de una noche aterradora que sigue acechándolo en sus sueños. Había algo especial en Marcus, un brillo dorado en sus ojos que reflejaba su destino, un presagio de las aventuras y desafíos que estaban por venir.

El sonido de su propia respiración acelerada lo despertó abruptamente. Con el corazón martillando en sus oídos, Marcus abrió los ojos, encontrándose en la penumbra de su habitación. Se incorporó de un salto, sintiendo el sudor frío recorriendo su espalda. Todo había sido un sueño... o eso pensaba.

Las imágenes de esa noche seguían atormentándolo, más vívidas que nunca. Cada detalle, cada grito, cada sombra... era imposible olvidarlo. Se sentó al borde de la cama y se pasó una mano temblorosa por el rostro, intentando despejar las pesadillas que seguían acechándolo. A pesar del tiempo transcurrido, el miedo seguía presente, latente en cada rincón de su ser.

Marcus se levantó lentamente. En su mesa de noche, recogió sus lentes y se los puso con un gesto decidido, como si al hacerlo se preparara para enfrentar el día que tenía por delante.

―¡Marcus, levántate ya! ¡Vas a llegar tarde a la escuela! ―llamó su madre desde la cocina.

―Ya me levanté ―respondió Marcus, mientras caminaba hacia su clóset, aún pensando.

Mientras se alistaba, sus pensamientos seguían confusos, forzándose a recordar aquella noche. La sentía familiar, como si la hubiera vivido en carne propia. Su mente repetía una y otra vez: “¿Y si no era solo un sueño?”

Con una mezcla de confusión, comenzó a alistarse rápidamente, ya que su madre lo esperaba para llevarlo a la escuela. En el coche, mientras miraba por la ventana, observó su mano izquierda, donde tenía una pequeña quemadura, producto de un evento muy extraño en su vida.

Aquel verano, dos años atrás...

Era un día común de verano, el 20 de agosto de 2016, cuando Marcus, de tan solo diez años, estaba relajado en casa, jugando con su amigo Michael. Michael y Marcus llevaban más de cinco años de amistad, compartiendo juegos y aventuras. Michael era un joven de piel blanca, con el pelo negro ondulado y corto, ojos negros y una apariencia un poco rellena que daba la impresión de ser despreocupado. En ese momento, disfrutaban de una consola de videojuegos, enfrentándose en un juego de peleas ficticias con poderes. Tras un emocionante duelo, Michael se despidió y se fue a su casa.

Inspirado por su personaje favorito de videojuego, uno que lanzaba fuego por las manos y era increíblemente veloz, Marcus decidió intentarlo él mismo. Con determinación, levantó la mano izquierda al aire y cerró los ojos, concentrándose en la sensación cálida y vibrante de las llamas. De repente, una pequeña llama surgió en su palma. Al abrir los ojos y ver el fuego, Marcus sintió cómo el pánico lo invadía.

—¿Y esto? —dijo, mirando el fuego sin poder creerlo. Poco a poco, acercó su mano hasta tocar la flama con su dedo, hasta que se quemó.

—¡AHHHH! ¡ES REAL! —gritó, agitando su mano asustado y con dolor, arrastrándola por todos lados y haciendo un desastre con las llamas—. ¡NO SE QUITA! —gritó al ver que todo el lugar se estaba quemando—. ¡AYUDA, MAMÁ!

Su madre abrió la puerta rápidamente al escuchar los gritos, y quedó paralizada al ver las llamas devorando todo a su paso.

—¿Qué pasa? —gritó, sin poder creer lo que veía.

—¡NO SÉ! ¡AHHH! —respondió Marcus, aterrorizado.

Sin perder tiempo, su madre corrió a la cocina y regresó con una jarra de agua, lanzándola sobre el fuego con la esperanza de apagarlo. Pero, para su sorpresa, las llamas en la mano de Marcus no se extinguieron.

—El fuego en mi mano es a prueba de agua... grandioso —murmuró Marcus, resignado.

—Vale, vale, Marcus, intenta calmarte poco a poco —dijo su madre, ocultando su pánico—. Inhala y exhala.

Marcus siguió las instrucciones de su madre, inhalando profundamente y exhalando lentamente. Poco a poco, la llama en su mano comenzó a disminuir hasta que finalmente se extinguió. Marcus suspiró aliviado, pero antes de que pudiera decir algo, su madre le dio un golpe ligero en la cabeza.

—¡Marcus, casi me matas del susto! —dijo ella, con la voz todavía temblorosa—. ¿Estás bien? —Tomó la mano de Marcus y la observó, notando una pequeña quemadura.

—¡Ay, ay! —intentó retirar su mano del agarre de su madre.

—Ven ―dijo ella, sacando a Marcus de la habitación y buscando en un cajón unas vendas que luego puso alrededor de la mano—. No vuelvas a hacer eso.

—¿Qué culpa tengo yo? —replicó Marcus, mirando a su madre.

—Será porque te quemaste la mano, ¿no? —replicó su madre, mirándolo fijamente.

—¿Crees que soy loco para quemarme la mano? ¿O qué?

—¿Acaso no te acuerdas? La vez que lanzaste un huevo para ver si salía un pollo después de jugar al Minecreate.

—Sí, pero...

—O la vez que le jalaste la cabeza a un calvo pensando que era un marciano usando máscara.

—Sí, pero...

—¡PERO NADA! —concluyó su madre, saliendo del cuarto.

Desde ese día, Marcus supo que tenía dones, aunque su control sobre ellos era limitado. Intentó buscar respuestas en internet para entender lo que le estaba ocurriendo, pero solo encontró historias de personas que afirmaban tener poderes sin pruebas reales. Al final, decidió que aquello que experimentó solo había sucedido esa vez y continuó con su vida, dejando atrás la curiosidad por sus poderes.

Mientras acariciaba su quemadura, los pensamientos comenzaron a invadir su mente: “¿Esto tendrá algo que ver con los sueños que tengo? Cada vez estos vuelven más y más… no es la primera vez que tengo este sueño.”

Después de un rato, su madre lo dejó en la escuela, donde tuvo una agradable sorpresa al encontrarse con Michael, su amigo de la infancia, y con Daniel, un compañero de su antigua escuela. Daniel era un joven de piel morena oscura, con cabello corto café oscuro, ojos cafés y una complexión ligeramente rellena, lo suficiente para sugerir que practicaba deporte, aunque no llegaba a parecer atlético. Los tres amigos se reunieron y comenzaron a adaptarse juntos a su nuevo entorno escolar.

—¡Qué sorpresa! ¿Estás en esta escuela? —preguntó Marcus a Michael, con una sonrisa.

—Pura casualidad, supongo —respondió Michael.

—Jajá, quién lo diría. Espero que no me hayas acosado porque allí tendríamos un temita.

—Claro que sí, nah mentira. Mi papá dijo que esta escuela queda cerca de mi casa y como vendió la moto en la que iba a la anterior escuela, ahora venimos caminando.

Sonó el timbre, interrumpiendo su conversación.

—¿Dónde vamos a estar? —preguntaron Michael y Marcus.

Una maestra se acercó a ellos.

—¿Ustedes son de primero, no? —les preguntó.

—Sí —respondieron al mismo tiempo.

—Ustedes van allí —dijo, señalando una fila de alumnos.

La maestra los puso en la formación.

—Daniel, ¿también estás aquí? —preguntaron Michael y Marcus.

—Sí, ¿y eso? ¿Qué hacen aquí? —respondió Daniel.

—No, pendejo, que yo estoy trabajando aquí, obviamente que a estudiar —respondió Marcus con sarcasmo.

Daniel era un amigo que se unió en el último año de su anterior escuela y con quien habían conectado muy bien.

Cantaron el himno y recibieron las informaciones del primer día. Luego, fueron a los respectivos salones de cada sección.

El maestro guía los recibió con una sonrisa.

—Bueno, alumnos, hoy es el primer día. Como siempre, empecemos presentándonos.

Marcus se levantó primero.

—Mi nombre es Marcus Damián, tengo 12 años y vengo de la escuela Pilares del Ángel —dijo, y luego se sentó.

Michael fue el siguiente.

—Mi nombre es Michael Johnson, tengo 11 años y también vengo de la escuela Pilares del Ángel —dijo, tomando asiento.

Daniel continuó.

—Mi nombre es Daniel Williams, tengo 12 años y vengo de la misma escuela —se sentó después de hablar.

El maestro guía levantó una ceja, curioso.

—¿Ustedes tres vienen de la misma escuela? —preguntó.

—Sí —respondieron al unísono.

Luego, otros compañeros se presentaron.

—Mi nombre es Laura Brown y tengo 12 años —dijo una chica, tomando asiento.

—Mi nombre es Jill Miller y tengo 12 años —siguió otra chica.

—Mi nombre es Sofía Janes y tengo 12 años —continuó otra.

Después de las presentaciones, comenzaron las clases. Al sonar la campana, anunciando el recreo, el maestro guía les dio permiso para salir.

—Bien, es hora del recreo —dijo el maestro.

—Marcus, ¿vienes? —preguntó Michael.

—Sí, y tú Daniel, ¿vienes? —respondió Marcus.

—Sí, ya voy —contestó Daniel.

Los tres amigos se dirigieron al patio.

—¿Dónde nos sentamos? —preguntó Marcus, con su lonche en mano.

—¿Me vas a preguntar a mí? —respondió Michael, encogiéndose de hombros.

—¿Qué tal allí? —dijo Daniel, señalando una banca vacía.

—Me parece bien —respondió Marcus.

Se sentaron en la banca y poco después, unas niñas se les acercaron.

—Hola —dijo Laura.

—Hola —respondieron los tres amigos.

—¿Ustedes son los nuevos? —preguntó Laura.

—Sí —dijo Marcus.

—¿Nos podemos sentar con ustedes?

—Claro.

Laura, Jill y Sofía se sentaron frente a Marcus, Michael y Daniel. Laura era una joven de pelo marrón corto, ojos marrones claros, piel clara y una apariencia un poco rellena. Jill, por su parte, tenía el pelo corto café, ojos verdes aceituna y una piel clara; su delgadez y porte la hacían parecer una modelo. Finalmente, Sofía, con su pelo largo y negro, ojos negros y piel muy clara, tenía una apariencia un tanto sombría, casi no hablaba y su mirada parecía penetrante.

—¿Ustedes qué ven de series? —preguntó Daniel, curioso.

—Películas, animes, lo que entretenga —respondió Laura.

—Nosotras también —dijeron Jill y Sofía al unísono.

El grupo de amigos, aunque extrañados, disfrutaron de sus nuevas compañeras y continuaron hablando hasta que terminó el recreo y regresaron al salón para continuar con las clases. Después de varias lecciones, llegó el final del día escolar.

Así fue como Marcus conoció al resto del grupo. En los días que siguieron, se encontró riendo junto a ellos en los recreos, improvisando juegos o contando historias exageradas que siempre terminaban en carcajadas colectivas. Sin darse cuenta, Marcus comenzó a liderar al grupo, no con intención, sino porque su energía y buen humor eran un imán natural. Para ellos, estar juntos se volvió lo más divertido del día, y pronto, formaron un grupo inseparable.

Dos años después, en el cumpleaños número catorce de Laura, ocurrió algo que definiría el futuro de Marcus por completo.

Durante la fiesta de cumpleaños, el día comenzó de manera increíble, con amigos bailando y jugando. Marcus y Michael, siendo los mejores amigos, hacían lo que mejor sabían hacer: jugar videojuegos.

—Bueno, Michael, ¿una partida de KOF? —propuso Marcus, con una sonrisa.

—Veamos quién gana —contestó Michael, confiado.

Marcus empezó liderando el juego. Michael, que estaba recostado en el sofá, se puso serio y se levantó de golpe. Con un combo magistral, venció a Marcus cuando apenas le quedaba un 1% de vida.

—¡Jajá, gané! —exclamó Michael.

—Fue el lag —se defendió Marcus.

—¿Cómo va a ser lag si estamos jugando en la misma consola? —replicó Michael, incrédulo.

—Tenía lag en los ojos —bromeó Marcus.

Laura, Daniel, Sofía y Jill, que observaban la partida, no pudieron evitar reírse.

—¿Cómo vas a tener lag en los ojos? Acepta que perdiste —dijo Laura entre risas.

—¡Mira en cuánto me ganó! ¡Me ganó con un 1% de vida! ¿¡Cómo es posible!? —protestó Marcus.

—Siendo posible —respondió Michael, con un gesto despreocupado.

—Esta situación me hizo recordar algo —dijo Marcus, cambiando de tema.

—¿Qué cosa? —preguntó Michael, curioso.

—Hace dos años, pasó algo raro en mi casa justo después de jugar a este juego.

—¿Qué pasó? —preguntó Daniel.

—Por razones súper normales pensé en este personaje —seleccionó al personaje en el juego— y en el fuego que lanza... y me salió fuego en las manos.

—Eres mentiroso —respondió Michael, escéptico.

—Es verdad —insistió Marcus.

—Hazlo, pues —lo retó Sofía.

—¿Crees que no he intentado eso desde hace tiempo? —respondió Marcus, frustrado.

—Ajá —dijo Michael, aún incrédulo.

—Está bien, pues —aceptó Marcus, resignado.

Más tarde, en la fiesta de adolescentes, pasaban el rato jugando y hablando locuras sin escuchar música. Cuando por fin decidieron escuchar algo, nadie se puso de acuerdo y salió la lista más aleatoria existente.

—Oigan, y si vamos a jugar en el patio, ya me duelen las nalgas de estar sentada —propuso Laura.

Todos estuvieron de acuerdo y salieron al patio. Después de jugar un rato, Marcus se sentía mareado y decidió sentarse.

—¿Te sientes bien? —preguntó Laura, preocupada.

—Sí, más o menos —respondió Marcus.

—¿Qué tienes? —insistió Michael.

—Nada, solo me mareé un poco, nada más eso —aseguró Marcus.

Marcus, un poco mareado, se sentó en un banco y trató de aclarar sus pensamientos. Entonces, en su mente, escuchó una voz.

—Hola, Marcus —habló la voz en su mente.

Marcus, confundido, miró a su alrededor, pero la voz aclaró que estaba dentro de su mente. Marcus cerró los ojos y logró entrar en su subconsciente. Al hacerlo, se sorprendió al ver a una figura con la piel morena rojiza, casi vinotinto, ojos dorados que brillaban como una fogata ardiente, una cola con punta filosa y alas que parecían de murciélago. La figura se posó imponente frente a él.

—¿Quién eres? —preguntó Marcus.

—Soy tu demonio guía... llamado… hmmm, no me acuerdo —dijo la voz, confundida.

La actitud imponente se desvaneció, y la figura parecía solo una persona algo confundida y dolida.

—¿Cómo que no te acuerdas? —preguntó Marcus, perplejo.

—No sé, creo que me llamo “Zazela” —dijo la voz, improvisando.

—¿Qué? Mejor te llamo Dash; ese nombre parece de mujer —dijo Marcus, amablemente.

—Ok, me gusta —respondió la figura.

—¿Eres una voz en mi cabeza? —preguntó Marcus, aún más confundido.

—No, soy un espíritu que llegó a ti para protegerte —dijo mientras miraba a Marcus.

—¿Qué haces por aquí? —preguntó, confuso, mirando a Dash.

—Me llamó la atención el poder que tienes dentro de ti.

—¿Cómo sabes que tengo poder? —preguntó Marcus, ingenuo.

—Tu aura es grande y puedo sentirla de lejos —dijo Dash, mirando a su alrededor.

—Si es tan grande, ¿por qué no puedo sacar mis poderes? —preguntó Marcus, mirando sus manos.

—Necesitas un catalizador, o ir a otro mundo —explicó Dash, señalando a Marcus.

—¿Qué es eso?

—Es un propósito o un sentimiento grande hacia alguien o algo. Pero es raro, porque tú ya tienes ese poder.

—Ok, ¿y qué soy exactamente? —dijo Marcus, mirándose.

—Eres un portador —dijo calmadamente.

—¿Qué es un portador? —preguntó Marcus, aún más confundido.

—Es una larga historia, pero con gusto te la contaré. Las personas con poderes son llamadas “portadores” y se dividen en tres categorías. Los héroes son conocidos como “portadores”; los villanos, como “anti-portadores”, son criminales que usan sus poderes para obtener dinero. Aunque tengan sus motivos, sigue estando mal. Por último, están aquellos que no pertenecen a ninguna facción: “los mutantes”, que son más bien antihéroes o antivillanos. No son considerados ni héroes ni villanos, pero son muy mal vistos en el mundo de los portadores e incluso son cazados por los anti-portadores.

Hay tres tipos de portadores:

Nacimiento: Nacen con poderes y hay posibilidades de que estos dones se fusionen, creando un nuevo don. Es como la química: mezclas dos elementos para obtener uno nuevo. Por ejemplo, si tú tienes el poder del fuego y te casas con alguien que tiene el poder del agua, su hijo podría tener el poder del vapor, aunque también podría usar los poderes de fuego y de agua individualmente si lo desea.

Obtenidos: Los portadores de dones obtenidos heredan sus poderes de alguien más. Ceder un don no es común, ya que el donante pierde ese poder para siempre. Hay dos maneras de transferir poder: mediante un contrato divino, es decir, un acuerdo con un demonio o un ángel para obtener un gran poder a cambio de un precio, o simplemente cediendo el don.

Mutante: Los portadores mutantes son muy mal vistos debido a la manera en que obtienen sus poderes: robándolos. Para convertirse en un mutante, deben consumir el cuerpo o beber gran cantidad de sangre del portador original. Aunque los portadores pueden beber sangre sin llenarse, ingerir demasiada puede dañarlos, al igual que a los humanos. Sin embargo, al hacerlo, sus poderes se potencian a un nivel extremo. Por ejemplo, si tu don es causar sismos de magnitud 2.0, al ser consumido, el mutante podría usar ese don con una magnitud de 9.0 y su progreso sería casi el doble de rápido que el tuyo.

Los portadores están dispersos por todo el planeta Tierra, pero no pueden usar sus dones por un bloqueo dejado por el portador fundador llamado catalizador. Ningún portador puede usar sus dones fuera del mundo portador gracias a ese bloqueo, pero se dice que puedes encontrar portadores en estas cantidades.

—¿O sea soy un superhéroe? —preguntó Marcus, emocionado.

—Eso lo decides tú.

—¿Y qué poderes tengo? —preguntó aún más emocionado.

—No lo sé —respondió Dash, encogiendo sus hombros.

—Si me dices que tengo poderes, ¿cómo no sabes? —dijo Marcus, irritado.

—Te digo que no lo sé porque sin catalizador no puedo conocer tu poder, solo tu aura. Todos poseemos aura gracias al líder portador: Gold.

—Bien, no sé qué estás diciendo, pero bueno.

—¿Quieres que esté dentro de tu mente para darte más consejos en el futuro?

—Claro, ¿cómo dejar a alguien tan épico como tú? Te dejo pasar porque no conozco a más nadie relacionado con los portadores, así que quiero la información.

—Pues la tendrás, niño.

Fuera de la mente de Marcus, Laura lo llamó.

—Marcus… ¡MARCUS!

—¿Qué pasa? —respondió Marcus, volviendo a la realidad.

—Pensamos que te dormiste.

—Solo tengo sueño, jajá.

—Qué raro.

Después de la fiesta, Marcus fue a casa y siguió hablando con Dash sobre los portadores y el mundo surrealista en el que estaba viviendo. Se sentía contento, como un pirata que, después de más de 2000 capítulos de su serie, por fin encontraba un tesoro del que se hablaba desde el primer capítulo.

Dash comenzó a revisar su cuerpo y notó algo raro: Marcus poseía genes de ángeles y demonios en un mismo cuerpo. Le sorprendió demasiado ver que alguien tenía ambos genes y seguía vivo, ya que normalmente una persona debería morir con tal veneno en su cuerpo. Ambos seres son polos opuestos y guerreros destinados a matarse entre ellos.