Parte única
Caminé por las calles con paso rápido. Las campanadas del pueblo habían marcado ya las ocho y media. Los últimos rayos del sol incidían en mis ojos, obligándome a entrecerrarlos para distinguir el camino. A lo lejos, la silueta de la Academia Cloakblue se adivinaba entre las sombras, apenas a unos metros. Cuando estuve lo bastante cerca, vi que la cerradura de la puerta exterior había sido forzada con un hechizo arcano. Sonreí al percibir los rescoldos de la magia, aun vibrando en el aire, como un eco casi imperceptible. Cerré los ojos, respiré hondo y aparté la tentación de investigar. No debía permitir que nada me desviara de mi misión. A medida que avanzaba hacia la puerta principal, hice danzar a mi alrededor pequeñas esferas de luz, como luciérnagas, para apaciguar los nervios que se enroscaban en mi estómago y se esparcían lentamente por mi cuerpo.
Las reglas de la academia dictaban que nadie debía cruzar sus puertas el último día de octubre. Estaba terminantemente prohibido. Sin embargo, todos los estudiantes habíamos recibido una invitación para una fiesta secreta. No solía ser alguien que buscase compañía, pero vi en aquella noche una oportunidad que no podía desaprovechar. Llevaba semanas siguiendo el rastro de un libro concreto, un tomo antiguo cuyos secretos parecían palpitar entre sus páginas, siempre a punto de revelarse, siempre esquivos.
Mis pasos resonaban sobre el mármol, acompasados con el latido insistente de mi corazón. Las voces lejanas serpenteaban por los corredores, deslizándose por las paredes con ecos amortiguados. Me detuve un instante, conteniendo la respiración, antes de reanudar la marcha. Las escaleras al primer piso se dibujaron a mi izquierda, envueltas en penumbra. Eché un vistazo rápido a mi alrededor y ascendí con cautela. Cada peldaño me acercaba más a la biblioteca, y con ella, la zona invisible a ojos incorrectos.
El primer piso bullía con más vida que la planta baja. Avancé por el pasillo bañado en reflejos anaranjados, destellos que se filtraban entre las puertas entreabiertas y los ventanales que miraban al ocaso. Me detuve al pasar junto a la sala de estudio. Algo en aquella estancia me atrapó. Cuatro mesas habían sido dispuestas en el centro, formando un cuadrado. Sobre ellas, un tablero de güija aguardaba con una quietud solemne, como si la propia madera contuviera el aliento contenido de quienes lo habían colocado allí. Alrededor, manos cuidadosas repartían velas apagadas, poblándolo todo con un orden ritual. Las cortinas corridas amortiguaban la luz, envolviendo la sala en una penumbra densa. Un escalofrío me recorrió la espalda, como si algo antiguo e invisible se removiera en el aire. Retrocedí un par de pasos cuando vi llegar a más alumnos. Poco a poco, la sala se fue llenando. Un murmullo bajo flotaba entre ellos, como si compartieran un secreto que no debía ser pronunciado.
Uno de los presentes, murmurando hechizos, hizo arder todas las velas a la vez. La llama danzó en cada pabilo, tiñendo las sombras con una luz temblorosa que parecía convocar algo que aún no se había atrevido a aparecer.
Iba a acabar mal, sin importar lo que invocaran. No se debía jugar con los muertos, y mucho menos con los espíritus. Me sorprendió ver que la mayoría de los estudiantes reunidos allí eran de mi curso, quinto; por lo que sabían bien los riesgos que implicaba ese tipo de ritual. En cuanto la multitud de gente me impidió ver el tablero, me alejé. Preguntas algo inútiles resonaban en los pasillos: querían saber si el ser al que se dirigían era amable, o cuál era su nombre. Me crucé con un par de chicas antes de abrir la puerta hacia la sala contigua.
El campanario de la academia marcó las nueve y media de la noche. La puerta se cerró tras de mí con un suave clic. Adoraba la biblioteca; sus estanterías estaban llenas de volúmenes fascinantes. Sorteé un par de mesas antes de que un estrépito; el sonido de una botella de vidrio rompiéndose, y un grito, me hicieran dar un respingo. Me giré hacia la puerta, deseando que nadie entrara detrás de mí. Más gritos incomprensibles resonaban a lo lejos.
Seguí avanzando entre muebles cubiertos de polvo. Sabía exactamente lo que buscaba: un libro con portadas negras y letras doradas. El libro que contaba la historia de la academia mejor que cualquier estudiante o profesor. Le insuflé la magia suficiente para que un clic y el crujir de la madera llenaran la estancia. Eché una última mirada atrás y me deslicé por un pequeño hueco entre una estantería y la pared. Era un pasillo estrecho, apenas lo suficientemente ancho para pasar de lado. Justo antes de llegar a la sala oculta, un golpe seco resonó por el pasillo. Lo ignoré y entré en la habitación.
La sala era pequeña, sus paredes estaban vestidas de estantes, salvo por un escritorio, al fondo, con dos sillas, que se abría paso entre ellos. Una luz cálida bañaba cada rincón visible. En el centro, un sillón acogedor, en el que podrían caber dos personas, descansaba sobre una alfombra redonda color tierra. La academia, en su totalidad, se abrazaba al mármol pulido, pero allí, en ese refugio secreto, todo era madera. Era una de las razones por las que me gustaba perderme en ese lugar. La otra, los libros que guardaba: magia oscura, arcana, prohibida.
Pasé los dedos por los lomos perfectamente alineados, dejando que el tacto me guiara mientras caminaba entre ellos, hasta que me detuve frente al libro que había ido a buscar. Magia arcana avanzada. Una sonrisa se insinuó en mi rostro al retirarlo con cuidado. Lo abrí al azar, buscando una página cualquiera, y me sumergí en sus secretos. Estaba justo donde quería estar.
Más ruido se oía fuera de la sala. Me sorprendía sobremanera que se dedicasen a armar tanto jolgorio sabiendo que hoy estaba el prefecto de último curso haciendo ronda. ¿No sabían el significado de fiesta secreta? Dicho muchacho no era precisamente benevolente con este tipo de cosas, y menos un día como hoy. Una de las razones por las que quería ocultarme era justamente él. No porque le tuviera miedo, por supuesto.
—Índigo.
Me giré hacia el origen de la voz, levantando la vista de mis investigaciones. Mis ojos se enfocaron en el muchacho que acababa de materializarse en la entrada. Dos esferas luminiscentes flotaban a su alrededor, otorgándole un aura intrigante, casi etérea.
—Alistair, has sabido abrir la puerta. —dije con sarcasmo, tratando de ocultar la emoción y el nerviosismo que me invadía al verlo. Por mi mente cruzaron imágenes del curso pasado, cuando él y yo...
—Sí, claro... ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien?
Lo observé durante unos segundos, intentando leer su estado de ánimo, mientras insuflaba la magia necesaria en uno de los tablones de la pared para que la puerta de madera, camuflada como parte de la estantería que nos ocultaba, se cerrara a sus espaldas. Estaba ligeramente distraído, como si un torbellino de pensamientos recorriera su mente a gran velocidad. Podría decirse que estaba confundido, incluso.
—¿Y tú, estás bien?
—¿Yo? Sí. El chico muerto de primer curso que está en el pasillo, no.
Dejé el libro sobre el escritorio, sin apartar la mirada de él. Algo no encajaba, aunque él insistiera en lo contrario. Me acerqué despacio, y, con una mano apoyada en su antebrazo, le hice un gesto con la cabeza, invitándole a sentarnos en el sillón.
—¿Chico muerto? —repuse, imitando su expresión confusa.
Alistair hizo una breve pausa. Cogió aire y me miró.
—Mientras hacía mi guardia, me dirigí hacia la sala de armas mágicas, solo para descubrir que la antigua güija; una herramienta poderosa que había pertenecido a la antigua orden de Morgana, la única capaz de invocar, ya no estaba allí. Recorrí el edificio en su búsqueda, y fue entonces cuando llegué a la sala de estudio, abarrotada de gente.
»Cuando entré, ya era demasiado tarde. Habían invocado algo... y no parecía amistoso. Un espíritu poseyó a una de nuestras compañeras de herbología, Nora, y con voz fría proclamó su venganza: destruir la academia para siempre. Si alguien se interponía, los arrastraría consigo.
»Al regresar al pasillo, encontré a Hugo tendido en el suelo. La chica que lo acompañaba apenas pudo decirme que... estaba muy frío. Al tomarle el pulso, supe que ya no había nada que hacer. Lo único que pude decir fue: «Es que es tarde».
Enterró su rostro entre las manos.
—Luego, me encontré con un grupo de chicos y les pedí que buscaran alguna solución. Acordamos reunirnos en la puerta de entrada antes de la medianoche.
—¿Sabes qué fue lo que Hugo hizo para enfurecer al espíritu?
—No, supongo que plantarle cara.
—No fue su mejor idea, sin duda. —Traté de bromear, para aligerar el ambiente, sin mucho éxito. Me arrepentí en el mismo momento en el que acabé de pronunciarlo. Clavó sus pupilas en las mías, como respuesta, con una seriedad que nunca le había visto antes.
—Se supone que soy vuestro prefecto. Estáis a mi cargo... —repuso, con la voz quebrada. Sin apenas procesarlo, le rodeé con mis brazos, en un gesto protector, apretándolo contra mi cuerpo.
—No es tu culpa, Alistair. —Susurré, al borde del llanto. Verle así era como sentir puñales clavándoseme en el pecho.
Me devolvió el abrazo con fuerza, como si yo fuera el último refugio en medio de un naufragio. Con la mano derecha, acaricié su espalda, trazando líneas suaves, buscando calmar su tormenta interna. Cuando se separó, nuestros rostros quedaron a escasos dos palmos de distancia. Me habló de lo que había hecho antes de llegar a la biblioteca, pero sus palabras se desvanecían como ecos lejanos. Pistas, piscina, herbología... nada más. Sus cabellos castaños, más desordenados que nunca, denotaban que sus manos se habían perdido entre ellos demasiadas veces como para contarlas. Las pecas alrededor de sus ojos se arrugaban con cada mueca, como si el dolor marcara su piel. Tenía facciones que rozaban lo hermoso, pero eran sus ojos verdes los que atrapaban mi alma, como un abismo del que no podía apartar la mirada sin sentir que me precipitaba en él. Asentí, aunque cada palabra suya se deslizaba por mi mente sin llegar a arraigar, perdida en el eco de su voz. Nuestros alientos entremezclándose me distraían más de lo que me gustaría reconocer.
—¿En qué estás pensando? —dijo con curiosidad, con una sonrisa asomándose en su comisura derecha.
Me sonrojé, en respuesta, dejando escapar palabras que no tenían sentido. Carraspeé, intentando recomponerme, aferrándome a la poca dignidad que me quedaba. Me levanté del sillón y caminé por la sala, luchando contra los nervios que amenazaban con desbordarme.
—¿No será que te siguen perdiendo mis ojazos? —me provocó con altivez e ironía.
—No te lo creas tanto, no eres el único con ojos verdes en el mundo —repliqué, sacándole la lengua. Una risa se le escapó, pero no duró mucho. Se serenó, suspiró y pasó la mano por su cabello, como si intentara borrar lo que acababa de suceder.
Adoraba tener estos momentos con él, a pesar de lo que provocaba en mí. Tenía la certeza de que mi expresión facial debía reflejar a la perfección el estupor con el que me dejaba cada vez que compartíamos espacio juntos, a solas. Sabía que esta situación no era la correcta para llevar a cabo nada de lo que mi mente me proponía y sus reacciones me confirmaban que así era.
—Sabes que tenemos que solucionar esto antes de las doce, ¿verdad?
Me acerqué a él y, sin pronunciar palabra, le ofrecí mi mano. Un gesto simple, invitándole a levantarse, a unirse a mí en la búsqueda de algo que, tal vez, ni sabíamos cómo nombrar, en ese oasis de información prohibida. En silencio, recorrimos la estancia, nuestros pasos flotando en el aire, como una danza etérea. Solo el susurro de las hojas, el crujir de los libros, nos acompañaba. Pero dentro de mí, el silencio era otro; mi cuerpo, una tormenta. Una corriente eléctrica recorría mis nervios, impidiendo cualquier intento de concentración. A veces, al cruzarnos, le encontraba observándome con una sonrisa boba danzando en sus labios. Y entonces, me preguntaba si esa misma expresión se reflejaba en mi rostro al mirarle.
Después de unos minutos de vagar sin rumbo, mi mirada se desvió hacia la puerta de entrada. Tal vez la respuesta no residía en esa sala, sino en la biblioteca principal. Me quedé allí, inmóvil, unos segundos más, dejando que mis pensamientos se deslizasen, buscando una revelación.
—Tal vez en el libro sobre la academia haya alguna pista que pueda guiarnos. —Las palabras escaparon de mis labios antes de que mi mente pudiera procesarlas, justo cuando mi mirada volvía a cruzarse con la del muchacho.
Sin pensarlo, corrí hacia el pasillo. Estampé mi mano abierta sobre el tablón que abría desde dentro, insuflándole magia con urgencia. Me asomé a la biblioteca. La luz tenue de las lámparas apenas tocaba las estanterías polvorientas, creando sombras largas y misteriosas que se movían al ritmo del silencio. Mis ojos recorrían el espacio, buscando un rastro, un susurro de movimiento; cualquier indicio de que alguien o algo estuviera allí, con nosotros. Cada sombra, cada respiro del aire parecía esconder más de lo que debía.
La sala a la que acaba de asomarme estaba mucho más fría que la anterior. El eco de mis pasos resonaba extraño. Cuando mis dedos tocaron el libro, lo abrí sin pensar. Pasé sus páginas con prisa, mi mente en un torbellino, buscando desesperada la sección que necesitaba. Cada vuelta de página parecía interminable, hasta que, finalmente, mis ojos se detuvieron en la página correcta. «Entrenamiento». La clave. El siguiente paso. El lugar donde, tal vez, las respuestas nos esperaban.
Corrí de nuevo, libro en mano para volver a la sala dónde Alistair me esperaba. Me deslicé por el pasillo, activé el mecanismo sin cuidado y continué, sin esperar a ver si la puerta se cerraba. Estaba sentado en el escritorio del fondo, rodeado de libros. Me deslicé en la silla contigua, y sin preguntar, le planté el libro que traía encima del que estaba leyendo él. Lo abrí de nuevo y pasé las páginas hasta encontrar el esbozo de la sala que podría ayudarnos a deshacernos del espíritu. Le señalé lo que había encontrado con energía y urgencia.
—Podría ser un buen punto de partida; dicen que dentro de los maniquíes que utilizan los de primero para practicar encerraron espíritus. Quizá podamos usarlos para confinar a este.
Una sonrisa amplia se dibujó en su rostro. Pude sentir cómo mi corazón latía desbocado. ¿Era por la carrera, o por él?
—¡Oh, Indy, eres espectacular! —exclamó, cautivo de mi misma euforia. Sus manos me cogieron cada lado de mi rostro y me besó el nacimiento del pelo. Mi respiración se detuvo, y un fuego suave recorrió mi cuerpo.
Se levantó de la silla con gracia. Emocionado, caminó hacia la estantería que teníamos frente a nosotros. Lo observé, perdida en un estupor dulce, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir. Alistair estaba buscando algún libro, pero lo único que mi mente alcanzaba a retener era la curva de su espalda, ancha y segura, oculta por la capa azul marino que caía de sus hombros como una sombra protectora. El sonido de sus pasos me envolvía, pero yo seguía atrapada en el eco de su presencia, en la forma en que el aire parecía volverse más denso cuando él estaba cerca.
Tratando de ocultar mi descontrolado pensamiento, aparté la mirada en cuanto se dio la vuelta, con un libro entre las manos, y se acercó de nuevo hacia mí. Pero, aunque intenté disimular, el ardor de mis mejillas era imposible de esconder.
—Este tratado habla de como sellaron una cueva de las montañas del pueblo, para evitar que se siguieran utilizando como sacrificios en los días como hoy, donde los hechizos son más poderosos e inestables.
Me recompuse.
—Recuerdo de clase de historia que fue justo después de que sacrificaran a un forastero que se coló en el pueblo... —divagué—. Sí, creo que podría funcionar.
—Vale, necesitaremos: fuego, sal, velas, sangre, cenizas de caléndula... Y seguir los pasos del libro.
—Se te olvida algo importante, ¿no? —le miré, alzando una ceja—. ¿Cómo atraeremos al espíritu a la sala de entrenamiento?
—Ah, claro. Bueno, yo me encargo de eso. —repuso con voz firme, aunque algo desafiante. Le observé con escepticismo, sin poder evitar que la duda se reflejase en mi rostro. Él pareció ofenderse, una chispa de irritación cruzó su mirada—. No solo he llegado a prefecto por los chanchullos de mi padre. Confía en mí.
—Bien, iré al invernadero a por las caléndulas y buscaré velas. Me llevo yo el libro para ir preparando el hechizo para cuando llegues con la sal y, espero, con el espíritu.
Abandonamos la sala secreta juntos. Mantuve los brazos cruzados sobre el pecho, apretando el libro con el hechizo contra mí, como si fuera lo único que me protegiera del caos que nos esperaba. Al salir al pasillo, el mundo se desmoronaba. Gente corría de un lado a otro, gritando, perdiendo el control por completo. Observé a mi alrededor, buscando cualquier señal que me dijera que el espíritu estaba cerca, pero no vi nada.
—Esto está peor de lo que pensaba. —comenté, sorteando cuerpos que se cruzaban a mi paso, cada cual más perdido en el caos.
A un lado, un cuerpo estaba oculto tras una de las cortinas del pasillo. Rastros de elementos rotos se amontonaban por doquier. Alistair se acercó a mí hasta que su hombro rozó el mío.
—Por favor, no te separes y abre bien los ojos.
Asentí en silencio y me mantuve cerca. Juntos recorrimos el tramo restante hasta llegar a las escaleras que descendían hacia la planta baja. Bajamos con premura, sin atrevernos a perder un segundo. Al llegar a los pies de las escaleras, me giré hacia él, buscando sus ojos.
—Nos separamos aquí, tengo que seguir bajando hacia las cocinas...
Ese sería nuestro punto de despedida. No quería hacerlo, pero teníamos que encontrar una solución a este caos en el que estaba sumida la academia.
—Nos vemos a la siguiente campanada en la sala de entrenamiento —traté de aparentar seguridad—. Esa caléndula no se va a quemar sola.
Vi la duda reflejada en sus ojos, pero, a pesar de ello, me giré para irme. Di un par de pasos, y, justo entonces, algo rozó mi muñeca; un toque suave, casi imperceptible. La inercia me hizo avanzar un poco más, haciendo que su mano se deslizara por mi piel, hasta que terminó envolviendo mis dedos, dejando el pulgar atrás. Me detuve girándome hacia él. Fijé la mirada en el lugar donde nuestras manos se unían, antes de alzarla hacia su rostro. En ese instante, Alistair, con una suavidad casi temerosa, tiró de mí, acortando la distancia entre nosotros hasta quedar a un suspiro. Sentí su respiración rozándome, el calor de su cuerpo envolviéndome, y de repente, el mundo entero se detuvo. Mi corazón latía desbocado. Un nudo intenso me apretó el estómago, como si estuviera a punto de desvanecerme en ese instante.
—Prométeme que tendrás cuidado. —susurró en mi oído, su voz cargada de una preocupación silenciosa.
—Lo prometo. —respondí, imitando su tono.
Se separó de mí, dejando ir mi mano poco a poco. Después, se giró para emprender la bajada del piso que le quedaba sin mirar atrás. Me quedé allí, inmóvil, observándolo hasta que su figura se desvaneció.
Cuando crucé el umbral de la sala de entrenamiento, el bullicio y el caos que me rodeaba enmudeció, como si el tiempo mismo hubiera detenido su curso. La oscuridad lo invadía todo. Con un simple gesto, las esferas de luz que siempre me acompañaban emergieron de nuevo, flotando en el aire.
Frente a mí, una fila de muñecos de entrenamiento descansaba contra la pared opuesta a la puerta, inmóviles, esperando. Dejé con cuidado las velas, el libro de hechizos y las caléndulas en el suelo. Me acerqué a los muñecos, sopesando cuál sería el elegido para el ritual.
Sumergirme en lo espiritual me ofrecía el respiro que necesitaba para silenciar el torrente de pensamientos obsesivos que me acosaban. Había venido a la fiesta con una sola intención: encerrarme en mi propio mundo, rodeada de libros, distante de todo lo demás, y sumergirme en el estudio de las artes mágicas. Como dicen, nada sale como lo habías previsto. Como siempre, nada salió como lo planeé.
Nunca imaginé que me encontraría con él, a solas, en una habitación oculta, como la última vez. Siendo prefecto, y con el caos que nos rodeaba, no esperaba encontrármelo allí. Alistair nublaba mis sentidos cada vez que lo tenía cerca. Apagaba mi cerebro, como si de magia se tratase. Sin embargo, estábamos ante un problema aún mayor que mi pérdida de razón... Teníamos un espíritu suelto dispuesto a destruirlo todo, y no sabía si sería capaz de llevar a cabo la misión que tenía encomendada.
Sacudí la cabeza. Necesitaba claridad, confianza, si queríamos que el hechizo tuviera éxito. Alistair llegaría con el espíritu en cualquier momento, y entonces sería mi turno de expulsarlo, de desterrarlo al ostracismo, por el bien de todos. La calma era necesaria, pero el peso del destino me pesaba como una losa. Sabía que este momento cambiaría algo, y no podía permitirme fallar.
Arrastré el primer muñeco que mis manos alcanzaron hasta el centro de la sala. Abrí el libro de hechizos, dejándolo flotar a la altura de mis ojos, siempre acompañado por una luciérnaga de luz. Dispuse las velas en forma de estrella de cinco puntas alrededor del muñeco, dejándolo en el centro. Las había conseguido en el pasillo de la planta baja, gracias a dos chicas de cursos inferiores, Adelaida y Sage. Las recordé con una sonrisa mientras las colocaba. Todos sabían que algo ocurría entre ellas, aunque el rumor se apagó cuando Adelaida desapareció de la academia durante un año. Quizá resurgiera algo más que un espíritu por la academia.
Recogí las caléndulas y las amontoné cerca del muñeco, evitando el contacto con las velas. La tarea de conseguir las flores había sido mucho más tranquila de lo que esperaba. Me encantaba ir al invernadero. Era una estructura acristalada, siempre iluminada con luz cálida. El aroma de las flores impregnaba el ambiente, dejándolo pegado a las ropas que portaba. Más de una vez he transportado el olor del invernadero a la sala secreta, como si fuera una bolsita ambientador.
Sin embargo, aquella vez, se respiraba con densidad. Parecía otro lugar distinto; no me trajo la paz que esperaba. En algún rincón lejano, un maullido rasgó el silencio, pero nunca logré encontrar su fuente. Recolecté todas las caléndulas que necesitaba, traté de cortar los tallos con delicadeza, evitando destrozar las macetas o las flores que permanecerían allí. Cuando abandoné uno de mis lugares favoritos, obviando la biblioteca, lo hice con ánimos contrariados.
Me agaché al lado del cúmulo floral. Introduje una mano entre ellas, con cuidado.
—Ígnis—invoqué.
Las flores comenzaron a crepitar, el fuego las devoraba lentamente, un destello de calor controlado que las reducía a cenizas, a polvo. Me alejé un poco de ahí, admirando la iluminación y las sombras que creaba. Cuando la llama finalmente se apagó, observé el hechizo a medio formar, con duda. La confianza comenzaba a desmoronarse. Ante los demás, intentaba parecer fuerte, ocultar mi inseguridad tras una máscara de ironía, de bromas insustanciales que aligeraban el aire, como si eso pudiera disfrazar la fragilidad que me definía. Pero esa fachada se desmoronaba en soledad, cuando no quedaba nadie más que yo y mis propios miedos.
Cerré los ojos, cogí aire y me concentré. Era el momento de iniciar realmente el hechizo. Llené mis puños de cenizas y me acerqué aún más al muñeco. Empecé a trazar líneas con ellas, que conectaban las velas en línea recta, acabando de dibujar el pentagrama, encerrando las velas y el muñeco en un mismo círculo, mientras murmuraba la primera parte del hechizo.
—Que esta flor te brinde paz y se convierta en el refugio que ahora habitarás.
Invoqué de nuevo el hechizo del fuego, encendiendo una a una las cinco velas que conformaban las puntas de la estrella.
—Fuego que consume, esta energía queda atrapada, no cruzará más allá de este círculo.
Cuando me dispuse a entrar en el círculo, la puerta detrás de mí se abrió. Mitch entró con un paquete de sal en las manos. Le observé con confusión.
—Mis disculpas, milady. —hizo una reverencia algo extraña—. Me han encomendado encargarme de la sal.
Con rapidez, resollando por la posible carrera que acababa de hacer, se dispuso a hacer un círculo envolviendo el hechizo que había empezado y dejándolo sin cerrar cerca de la puerta. Le di las gracias con gestos, puesto que si hablaba una vez más, y no era parte del hechizo, se rompería.
—Alistair viene por el pasillo. El espíritu está dentro del cuerpo de una muchacha de cuarto, está más o menos aguantando, pero no sabemos si durará mucho —noté una sombra de miedo en sus ojos.
Asentí en su dirección, con expresión grave. El mejor amigo de Alistair se alejó del marco de la puerta observando el pasillo. El muchacho que me traía de cabeza apareció con la muchacha detrás de él. Mitch se encargó de cerrar el círculo de sal, encerrándonos a todos con el espíritu, para después desaparecer pasillo abajo. Con rapidez, me hice un corte en la palma de la mano, poco profundo, haciendo que perlas de sangre emanaran de ella. Cuando levanté la vista, el espíritu revoloteaba a nuestro alrededor, la muchacha estaba inconsciente en el suelo, con Alistair a su lado sujetándola. Entré en el dibujo de ceniza y planté la mano contra el muñeco, dejando que mi sangre nos uniera. Por el rabillo del ojo vi que Alistair sacaba a la chica del círculo de sal, con cuidado de no romperlo.
—Te llamo a ti, espíritu errante, para que te quedes en este muñeco y no sigas causando malestar. Estás aquí para ser contenido y no cruzar más allá de este espacio. Quedas atrapado en esta forma, donde no podrás dañar ni perturbar más.
El muñeco absorbió al espíritu con rapidez. Me separé, lentamente, levantando bien los pies para no arrastrar las cenizas, con sumo cuidado para no pisarlas también. La quietud reinó en la sala. Una pequeña sonrisa orgullosa cruzó mi rostro. ¡Lo había conseguido! Seguí retrocediendo un poco más, hasta quedarme a unos pasos del círculo que había dibujado Mitch. Miré en dirección a Alistair, ubicado en el otro extremo de la sala, fuera del círculo.
Fue entonces cuando el muñeco empezó a tambalearse peligrosamente. Mi sonrisa se desvaneció igual que había aparecido. Algo no iba bien. Según el libro, debían pasar unos minutos antes de poder deshacerlo; sin embargo, no decía nada de temblores o espasmos. No tenía forma de controlar el tiempo, pero tenía certeza de que aún no era hora.
El muñeco se detuvo y solté el aire que estaba conteniendo, aunque no duró demasiado. Una onda de poder me hizo retroceder. Las ventanas a mi espalda explotaron, dejando que una brisa nocturna apagase las velas y removiera las cenizas, llevándose parte del círculo de sal con él.
—Muy bonito todo... Pero, la próxima vez, buscadme un hogar sin inquilino —se burló el espíritu, con ironía. Su halo azulado iluminaba la estancia.
No había funcionado. El hechizo no había funcionado. Se había roto, y con él, la protección que Mitch nos había brindado.
—Y yo que lo había decorado para ti... —traté de bromear, para ganar tiempo. Mientras, reculaba un poco más, tratando de salir del círculo.
Tropecé cayendo de espaldas al suelo. No aparté la vista del muchacho fantasmal que me acompañaba. Mi respiración se descompasó, el corazón me iba a velocidades sobrehumanas y el miedo nublaba mis pensamientos. El espíritu se fue acercando a mí, arrastrando los minutos con él. Oí a Alistair chillándome cosas a lo lejos, pero no llegaba a entenderle. Me pitaban los oídos como si llevase muchísimo tiempo bajo el agua.
—Ya no pareces tan valiente... —comentó con crueldad el espectro alzando el brazo para alcanzarme.
Iba a... ¡Iba a poseerme! Sin procesar lo que estaba haciendo, aun en el suelo, alcé una mano derecha hacia él, como si fuera a coger la suya. Aún tenía la mano manchada de cenizas y sangre. Quizá no había funcionado el hechizo con el muñeco, pero quizá... Podría funcionar algo más.
—A ti llamo, espíritu errante, de la oscuridad, ven, te imploro, ante mí, constante.—murmuré. Cuando sentí su frialdad sobre mis dedos, cogí aire, cerré los ojos centrando toda mi capacidad mental en él—.Por la sangre que corre, por el aire que sopla, vuelve a tu reino, donde nadie te toca.
Noté como la presencia desaparecía. Sabía que solo lo había ahuyentado, no nos habíamos librado de él aún. Me quedé en el frío suelo, sin apenas fuerzas. Mi cuerpo vibraba de puro pánico. No sabía como lo había conseguido, pero... Nos había librado de él. Tenía ganas de llorar, de salir corriendo de allí.
Levanté la cabeza cuando noté unas manos en mi cara. Alistair estaba arrodillado a mi lado, ocupando todo mi espacio visual. El aire era una mezcla entre cenizas, fuego y sangre; pero él era frescor, paz, hogar. Me apartó unos cuantos mechones de pelo que caían sobre mi rostro, colocándolos detrás de mis orejas. Con suavidad, retiró pequeñas lágrimas de mis ojos. ¿Cuándo había empezado a llorar? Parpadeé. Me toqué la cara con la mano izquierda, la que aún estaba medio limpia. Gotas se acumulaban en mis mejillas. Con el dorso de las manos, me sequé las lágrimas que me quedaban.
Observé a mi acompañante a los ojos. Me tendió la mano, ayudándome a ponerme en pie. Nos quedamos uno frente al otro, demasiado cerca, pero no lo suficiente. Necesitaba abrazarlo. Necesitaba que me dijera que todo iba a estar bien. Necesitaba... A Alistair, sin más.
—Creía que era mi final... —murmuré, fuera de mí. Intenté decir algo más, pero era incapaz de articular palabra.
Alistair contrajo su rostro. Me rodeó y me atrajo aún más hacia sí, juntando sus labios con los míos. Mi mente quedó completamente en blanco.
No podía procesar todos los eventos que acababan de ocurrir, pero este era el que más me costaba. Habían pasado demasiados días desde que esto mismo ocurrió, en la seguridad de la sala oculta de la biblioteca, y estaba pasando, de nuevo, en la frialdad de la sala de entrenamiento totalmente destrozada.
Un movimiento hizo que nos separásemos. La chica de cuarto estaba removiéndose en el suelo, dónde Alistair la había dejado para acercarse a mí. El chico se giró en su dirección. Se pasó las manos por la cara y se revolvió el pelo. Desvié la mirada hacia la muchacha, con el corazón pesándome dentro del pecho. ¿Estaba arrepentido por lo que acababa de ocurrir? Noté como empequeñecía en esa sala enorme.
—No tardará en despertar, debería quedarme con ella hasta que se recupere. —dijo, sin mirarme—. Adelántate tú... Avisa a los demás, esto no ha acabado.
—Nos vemos en la entrada antes de medianoche. Te estaré esperando.
Por detrás, me apoyé en su hombro y, de puntillas, le planté un beso en la mejilla, a modo de despedida. Sin mirar atrás, me interné en el pasillo. Me dejé caer, deslizándome por la pared. Recogí las piernas contra el pecho, abrazándolas y enterrando la cabeza en mis rodillas. Dejé salir el miedo, la frustración y todas las emociones negativas que se arremolinaban dentro de mí. Sentía un regusto amargo en el fondo del pecho.
No había podido reprimir al fantasma. Había permitido que se fuera, probablemente, enfadado. Siendo un peligro muchísimo más alto que antaño para la academia y los alumnos que allí se reunían. Era un fracaso, un fraude.
Subí las escaleras que me llevaban a la planta baja sin ánimo. No me sentía con ganas de encontrarme con Mitch en la puerta de entrada, no con este humor. Además, debía advertir a los demás alumnos que aún estaban en el edificio. Era lo mínimo que debía hacer, para evitar más pérdidas. Recorrí la academia. El aula de historia estaba completamente calcinada. Otras eran un completo caos de pupitres tirados por todas partes, estatuas partidas por doquier, puertas desencajadas... Fui dando la voz de alarma, indicando que debíamos reunirnos en la puerta de entrada con premura.
Una vez terminada la tarea, salí al frío que me esperaba en el exterior del edificio de mármol pulido.
—Estás aquí, y... Asumo que no ha salido bien —comentó Mitch, colocándose a mi lado.
—Le hemos dejado escapar, después de momentos... Truculentos —Negué con la cabeza, suspirando largamente. No quería entrar en detalles. Imágenes de mis momentos con Alistair, concretamente después del beso, cruzaron mi mente. Me mordí la uña del pulgar, aguantando las lágrimas.
—¿Es solo el hechizo o hay algo más?
Noté su mirada escrutándome. Apreté los labios con fuerza, mirando a un punto lejano.
—Puede que haya algo más, pero no es momento de pensar en ello —repuse—. Si no acabamos con el espíritu, nada de eso tendrá importancia.
Alistair salió con la muchacha, quien ya andaba por su propio pie, pálida y desgarbada. Era momento de acabar con ese espíritu de una vez por todas.