El gato del señor Johnson
Toda mi vida me han apasionado los animales. Desde temprana edad y hasta el día de hoy con casi cincuenta y ocho años siempre he vivido rodeado por ellos.
Claro, papá y mamá querían otra profesión para mi (abogado, arquitecto tal vez). Para ellos, cualquier opción habría sido mejor, creo que incluso si hubiese decidido asaltar bancos a punta de pistola les habría ilusionado más. Soy veterinario, llevo ejerciendo como tal desde hace ya más de veinte años y debo confesarles que para mí, no hay nada más placentero y que me llene de satisfacción que curar a un perrito, rescatar a un gatito abandonado o cuidar de un pajarito hasta que su ala rota se recupere y pueda echar de nuevo a volar. No creo que exista mayor felicidad que esta.
Toda mi vida se la he dedicado a ellos, a mis animales. Ni me casé, ni tuve hijos, nada en absoluto. Y la verdad es que no me arrepiento, ya tengo todo lo que un hombre necesita y no deseo más. Si, hace tiempo tuve una pareja y estuvimos a punto de casarnos, hasta que me di cuenta de cómo era ella realmente, menos mal que lo hice a tiempo. Una noche estaba conmigo en el sofá viendo cualquier cosa en la televisión y no recuerdo bien el motivo, pero, le dije: «Tesoro, hay algo que siempre quise saber ¿Alguna vez tuviste una mascota?»
Ella me miró extrañada, siempre me miraba así cuando le hablaba acerca de mi trabajo. Finalmente me respondió: «Bueno cielo ahora que lo mencionas. Cuando tenía cinco años, en casa tuvimos una tortuga. No era demasiado grande, cabía en la palma de mi mano, era bastante pequeña. Pero por aquel entonces yo era una niña muy traviesa, me gustaba sacar de quicio a mis padres, hacer trastadas, cosas que hacen los niños a esa edad. Y un día, no se me ocurrió mejor idea que darle la vuelta a mi pequeña tortuga y dejar que los rayos del sol en pleno verano le diesen de lleno, mientras ella quedaba pataleando sobre su concha, intentando recobrar la compostura. Y como era lógico debido al fuerte calor que hacía, mi pobre tortugita murió y desde entonces no volví a tener un animal en casa» .
Al escuchar aquellas palabras me volví loco de furia « ¿Cómo había sido tan estúpido de haberme dejado engatusar por una asesina? ¡Por una psicópata!» pensé. La increpé y la eché a patadas de la casa, le dije que ojalá se pudriese en el infierno por lo que hizo. Y no la volví a ver nunca más. Mejor, me la quité de encima.
Desde ese mismo momento no volví a tener una relación con ninguna otra mujer. Solo necesito a mis animales y a nadie más.
Mis clientes siempre me llaman por distintas razones, la mayoría son cosas triviales y sin importancia, aunque hay otras ocasiones en las que tengo que emplearme a fondo. No hay nada para mí más doloroso, que ver morir un animal. Me estremezco con tan solo pensarlo. Me he labrado una buena reputación entre mis clientes. Modestamente, creo que no hay nadie mejor que yo en todo el estado. Quizás sea por eso por lo que recibí esa llamada...
Yo estaba sentado en mi sillón contemplando las brasas de la chimenea, ya estaba por quedarme dormido cuando de repente sonó el teléfono de casa. Me sobresalté «¿Quién será a estas horas de la noche?» pensé adormecido.
— Consulta del doctor Smith ¿en qué puedo ayudarle?
— ¡Al fin doctor! — me contestó una voz peculiar — Estuve intentando ponerme en contacto con usted todo el día, pero me fue verdaderamente complicado, de no haber sido por mi sobrina, no habría podido hacerlo.
Era una voz única sin duda, de aquellas que se quedan contigo una vez acabada la conversación. Era áspera y rota, como de aquel que ha padecido mil tormentos y vividos miles de años para contarlo.
— Verá doctor necesito que venga a mi casa sin falta, mi pobre gatito Sir Daniel está enfermo, siempre que come hace un ruido muy raro, como si tuviese asma, como si sus pequeños pulmones no funcionasen bien. Temo que en una de esas se atragante con cualquier cosa y yo, por mi ceguera, no sea capaz de hacer algo por él. Por favor se lo suplico, venga lo antes posible.
Me quedé de piedra. Al instante y como es lógico ante tal problema no tuve más remedio que agarrar mi maletín y salir corriendo al encuentro del señor Johnson, pues así era como me dijo que se llamaba el pobre hombre. Eran las doce de la noche cuando llamé a su puerta, fue el mismo señor Johnson quien me recibió. Era un hombre ciertamente particular, su cara estaba llena de arrugas, parecía tener cien años, su pelo estaba enredado de forma salvaje y también me di cuenta de que en su piel había pequeñas manchitas, casi como verrugas, tal vez producidas por la edad. En su mano derecha llevaba una de esas lámparas de aceite, ya bastante oxidada y con una tenue llama que amenazaba con apagarse a causa del gélido viento que traía la noche. Era delgado y bastante huesudo, parecía una momia, me fijé que entre las transparencias de su ajado camisón se le podían ver las costillas, muy marcadas en su piel. «¿Cuándo había sido la última vez que había comido ese hombre?»
Ahora bien, les tengo que ser sincero, lo que más me aterró fueron sus ojos, pálidos y de un tono gris, casi como de plata. Yo sabía perfectamente que el viejo estaba ciego, pero, era la expresión de aquellos ojos, la forma en que miraban pero sin ver, los que me impidieron hablar.
— Pase doctor Smith, pase. Se va a quedar helado ahí fuera.
Y sin darme cuenta ya estaba sentado en un ajado sillón de terciopelo de vaya usted a saber qué de años habrían pasado por él. Sería de la época victoriana por lo menos (o incluso más), al igual que toda la casa, la cual estaba completamente a oscuras, cosa nada de extrañar ya que ¿Para qué querría la luz alguien invidente? Había un olor a cerrado que pululaba por todas partes. Casi vomité a causa del hedor.
— Me alegro de que haya venido doctor, la verdad es que de no haberlo hecho no habría sabido a quien más acudir. Usted es el único que puede ayudar a mi querido Sir Daniel.
El ciego se sentó frente a mí y colocó justo delante mío una taza de café bien caliente. Viendo el estado en el cual se encontraba todo no iba a tomar ni un trago de aquella bebida, ni, aunque me hubiesen pagado una fortuna lo habría hecho.
— Señor Johnson — dije entonces — puede contarme algo más de...
— ¿De Sir Daniel? — me interrumpió — ¡Oh! es lo mejor que me ha pasado en la vida doctor. Lamentablemente lleva unos días que no viene cuando le llamo, no se dónde estará, seguramente debe estar haciendo de las suyas en el piso de arriba. Aún recuerdo cuando entró por primera vez en casa. Yo estaba en mi sillón casi medio dormido, cuando de pronto escuché un ruido que parecía venir de la cocina. Sonó como si se hubiese roto el vidrio de la ventana. Al escuchar tal estruendo me levanté en el acto, agarré mi bastón con fuerza y dije: «¡Oiga, le advierto que estoy armado, si no sale de mi casa inmediatamente le atravieso el pecho de un escopetazo!» Lo dije a viva voz para amedrentar al causante de aquel estruendo, cuando se vive solo y más en mi estado uno nunca debe confiarse, pues quién sabe quién puede entrar en su casa de improvisto. De modo que me mostré amenazante. En vista de que nadie me contestó decidí ir tanteando hasta la cocina para intentar averiguar quién había sido el responsable de mi sobresalto. «Seguramente habrán sido los niños de los Brown» pensé «Esos pequeños diablos habrán estado jugando a la pelota otra vez en mi jardín» . Pero cuando finalmente entré en la cocina me ocurrió algo muy extraño, de pronto comencé a oler a pelaje mojado y a barro, lo cual me hizo pensar lo peor «Una rata, una rata ha entrado en mi casa y ahora destrozará mis muebles o mucho peor aún, cuando esté dormido en mi cama empezará a comerme vivo» aquello me hizo estremecer aún más hasta que escuché el suave ronroneo de Sir Daniel. Sentí como se frotaba contra mis piernas y entonces me agaché para acariciarlo y toqué su suave pelaje hasta llegar a su cabecita, entonces descubrí algo horrible: al pobre gatito lo habían apuñalado varias veces y habían quedado las cicatrices en su piel. Me dio tanta ternura que sin pensarlo dos veces lo lie en una manta y lo llevé junto al fuego. A partir de ese momento decidí hacerme cargo de él. Yo, que nunca había tenido hijos ahora, tenía a mi príncipe, a Sir Daniel. Al principio solo comía las sobras de mi comida y de vez en cuando cazaba algún pequeño ratón, pero hasta hace bien poco su apetito ha mejorado bastante ¡Y es algo normal! Ya es un macho grande y fuerte y necesita comidas más suculentas y sabrosas acordes a su condición. Yo mismo he dejado de comer por alimentarlo, por eso seguramente se haya fijado en el lamentable estado en el que me encuentro ¡Pero no me importa! Con gusto moriría de hambre por mi gatito ¡Por Sir Daniel! …. Lástima que últimamente ya no me hace caso y no viene cuando le llamo, no se dónde puede estar.
Entonces se hizo un breve silencio, hasta que el ciego volvió a decir:
— ¡Ah escuche! ¿oye eso? — me esforcé por prestar atención y si fui capaz de oír aquello que se acercaba lentamente y que en un primer momento no fui capaz de ver por culpa de la oscuridad. Hasta que se acercó a nosotros.
— ¡Ah, aquí está mi pequeño príncipe! — dijo el anciano mientras su mano comenzó a pasar por encima de aquel lomo arqueado y huesudo lleno de pelo color café. Al principio no fui capaz de verlo con claridad, hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Fue entonces cuando vi a aquella “cosa”.
De lejos se asemejaba a un gato, pero no lo era, tenía seis patas y poseía unas afiladas cuchillas por garras, su hocico era alargado, similar a la trompa de los osos hormigueros y la cual terminaba en seis finísimos tentáculos, como los de un pulpo y lo más escalofriante fue ver que poseía ocho ojos, pequeños y finísimos, colocados en forma vertical y que no paraban de observarme. Fuera lo que fuera, aquello comenzó a ronronear como un gato autentico.
— ¿Precioso verdad? ahora comprendo porque mi pequeño no acudía cuando le llamaba, no tenía comida para darle. Pero ahora, usted está aquí doctor Smith, mi pequeño ya no morirá de hambre, ya no tendré que preocuparme por el ruido de sus pulmones. Ahora usted, será... su alimento.
La criatura abrió la trompa dejando ver una hilera de colmillos afilados, finos como agujas. Comenzó a rugir con un sonido gutural que hizo vibrar su pecho. Mi amor por los animales me había traído hasta aquí y ahora serviría de alimento para el extraño gato del señor Johnson.
Escrito originalmente el 01/12/2018