🌍 Elementales II: Tierra 🌍

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Summary

Los Elementales son la raza que guarda la seguridad de los habitantes de las siete islas. Tras el nacimiento de uno de ellos, una bruja hace una profecía, pero ésta no es seguro que se cumpla y, menos, si la bruja no pone de su parte para ello. Después de rescatar a Samara y a su hermano gemelo Jonathan, en Isla Pyrena, Andrew debe regresar a su trabajo y terminar la próxima misión que le habían asignado en Isla Mercurio. Sin saber cómo, llega a rescatar y conocer a la hermana de su cuñada Miriam, Anabel. Ésta ha sido retenida por un traficante mientras ayudaba a su primo, encubierta en la mansión. Sin embargo, Javier Vega no será el único que está interesado en la familia de la chica. Bernard volverá a intentar acabar con ellos aunque sea lo último que haga en la vida. Tras el rescate de ambos primos, Héctor decide volver a la selva para iniciar una nueva misión: detener a un escurridizo y casi anónimo traficante de armas. Ezio Colonomos no se lo pondrá fácil, ya que descubre el plan e intenta matarlo. Mientras Héctor escapa del fusilamiento, éste es herido en una pierna y Megan, una veterinaria, hará todo lo posible para curarlo, sin saber que ese chico es su destino.

Status
Complete
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
18+

Tierra sacudida. Capítulo 1

El chasquido del látigo sonó en el silencio de la habitación seguido por el grito de una mujer.

—Ya basta, por favor —sollozó la muchacha—. ¿Por qué me haces esto?

El hombre dejó el látigo a un lado y se acercó a ella. La cogió del pelo negro azabache, le echó la cabeza hacia atrás para tener acceso a su boca y la besó con fiereza.

—Porque me has mentido. Este es tu castigo.

El hombre volvió a besarla con agresividad y la joven le mordió el labio inferior dispuesta a arrancarlo. Estaba sangrando. Cogió el látigo de nuevo y le asestó un golpe en la espalda desnuda, furioso.

—Pagarás por todo lo que me estás haciendo, Javier —le dijo la chica conteniendo el dolor con los dientes apretados.

Javier se llevó la mano al labio para comprobar que seguía sangrando en abundancia, agarró el látigo con fuerza, lo levantó por encima de su cabeza y lo bajó rápida y ferozmente hasta golpear con él la espalda de su víctima.

—Nunca escaparás de aquí. ¡Nunca! —le gritó golpeándola una y otra vez con rabia.

El hombre tiró el látigo hacia la cama cuando se cansó de golpear a la joven, se encaminó hacia la puerta a grandes zancadas y salió de la habitación dando un portazo.

La chica seguía de pie, colgada por las muñecas y desnuda entre esas cuatro paredes blancas y rojas. Las lágrimas le recorrían el rostro inflamado y magullado. Cerró los ojos apoyando la cabeza en su brazo, esperando que todo aquello solo fuera una pesadilla. Pero no lo era. La espalda le ardía de dolor. Todo el cuerpo le dolía. Lo sentía agarrotado y como si tuviera todos los huesos rotos. Había perdido toda la noción del tiempo encerrada en esa estancia. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Y, para ser sincera, tampoco encontraba ninguna esperanza de que los encontraran en la selva de aquella isla.

No sabía qué le había hecho Javier a su primo Héctor ni tampoco dónde estaba, ni si seguía vivo.

Aún no podía creer que los hubieran descubierto. El plan estaba bien desarrollado y no había ningún motivo para que los descubrieran. No era la primera vez que lo hacían, sin embargo, nunca habían estado en una situación tan mala. Su primo siempre se las ingeniaba para dejarla al margen cuando las cosas se ponían feas, pero en esa ocasión, no lo había visto venir. Javier los descubrió y, en su última cena, los drogó. La chica se había despertado en la enorme cama de esa habitación insonorizada y acolchada como las de un psiquiátrico. No sabía cómo había llegado hasta allí. Había intentado levantarse, no obstante, las piernas le pesaban. En ese momento, Javier había entrado sonriendo y con dos juegos de esposas de oro en las manos; se acercó a ella, la agarró del pelo y la arrastró hasta unas anillas plateadas que colgaban del techo. La esposó a las anillas y la desnudó rompiendo su ropa.

La muchacha había intentado hablar, mas las palabras no salieron de su garganta. Intentó darle una patada, las piernas no le respondieron.

—Tranquila, cuando el fármaco deje de hacer efecto podrás volver a hablar y andar —le había dicho él mientras le ponía un mechón de pelo negro azabache detrás de la oreja.

La rodeó observándola de arriba abajo mientras se mordía el labio inferior y se desnudaba lentamente. Le pasó la punta de los dedos por la cintura hasta llegar al vientre mientras con la otra mano le acarició un pecho y subió hasta su cuello para apartarle el pelo. Lo besó y lamió como si fuera de su propiedad. La chica olía a tierra mojada y sabía a fresas. El hombre se apretó más contra ella.

La joven abrió los ojos de par en par al saber lo que le iba a hacer. Sintió una protuberancia en el trasero, entre los muslos. Una lágrima cayó recorriendo su rostro. No podía hacer nada para evitarlo. Estaba drogada, con el cuerpo totalmente paralizado.

Javier continuó acariciándola y pegado a ella como una sanguijuela. La protuberancia se hizo más grande y el hombre, sin previo aviso, empujó. La embistió con fuerza.

La muchacha cerró los ojos al sentir el dolor en la entrepierna y las lágrimas brotaron sin control ante la impotencia.

El tipo embestía una y otra vez más, con más fuerza y más rápido.

La chica intentó pensar, a lo mejor sus pensamientos llegaban hasta sus hermanas o sus primos, pero entonces, otro dolor se apoderó de ella. El cerebro le dolía como si le estuvieran dando con un martillo.

El hombre culminó con la última embestida y se apoyó en el hombro de ella dejando besos en el cuello femenino. Estaba exhausto. Se retiró de ella, cogió la ropa del suelo y salió de la habitación con una gran sonrisa en la cara.

Esa escena se había repetido en muchas ocasiones, tantas que la muchacha ya no sentía nada. Javier estaba obsesionado con ella. La maltrataba y violaba un día sí y otro también. Las esperanzas de salir de aquella habitación con vida menguaban cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día que pasaba encerrada entre esas cuatro paredes. Intentó comunicarse con su familia, pero no lograba hacer que el mensaje llegase a su destino. Un dolor horrible envolvía su cabeza y no la dejaba pensar. No podía soportarlo.

Javier entró en la habitación, se dirigió hacia ella y le levantó la cabeza para limpiarle las heridas de la cara y la sangre que brotaba de su perfecta nariz.

—Deja de intentarlo. Sabes que no vas a conseguirlo. No puedes usar ninguno de tus poderes. ¿Por qué no aceptas de una vez que no voy a dejarte ir? Eres mía.

La chica sintió cómo la aguja penetraba su piel. El líquido naranja recorrió su torrente sanguíneo para mezclarse con su sangre. Los ojos se le cerraron involuntariamente para sumirla en un profundo sueño.

El hombre le dejó un beso en la frente y se acercó a la puerta para dejar pasar a José, su guardaespaldas, junto a su prisionero.

El chico estaba con las manos atadas a la espalda y con la cara hinchada y morada por los golpes. Miró a su alrededor y vio la espalda de la joven. Se le revolvió el estómago al reconocerla, apretó los dientes y se abalanzó hacia Javier.

—¡¿Qué le has hecho a mi prima, hijo de puta?! —le gritó agrandando sus colmillos.

El narcotraficante dio un paso hacia atrás para salir del alcance del elemental y sonrió maravillado al comprobar que era cierto lo que le habían dicho de él.

—No estás aquí para hablar de ella. Quiero que escuches la oferta que te voy a hacer.

—No quiero escuchar ninguna oferta tuya, a menos que sea para matarte. En ese caso, soy todo oídos —le contestó el joven mirándolo fijamente a los ojos negros y fríos.

Javier se echó a reír y se acercó a la muchacha sacando una pistola de su cinturón. La cogió del pelo para levantar su cabeza y le apuntó con el arma.

—Te lo voy a poner fácil. O me sirves a mí o tu prima no volverá a despertar. ¿Qué decides?

El prisionero lo miró con las pupilas como dos pequeñas rayas verticales. Tenía la mirada de un depredador cuando caza a su presa. Sus ojos marrones con motas doradas cambiaron al ámbar. Sentía un gran desprecio por ese miserable. Habría sido muy sencillo escapar de allí matando a todos los que se pusieran en su camino, pero sabía que Javier mataría a su prima en un abrir y cerrar de ojos, antes de que él pudiera alcanzarla para ponerla a salvo. El desgraciado no estaba mintiendo.

Héctor sopesó todas las opciones en milésimas de segundos. No podía correr el riesgo. No podía perderla. Él tenía el deber de protegerla y de sacarla sana y salva de esa situación. Respiró hondo, llenando sus pulmones con el olor ferroso de la sangre.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó intentando calmarse.

—Eso me gusta más. Sé las “habilidades” que tienes, todas y cada una de ellas. Dentro de una hora y media va a llegar una avioneta con algunos turistas, entre ellos hay un testigo protegido. Quiero que me lo traigas de una pieza y vivo.

—¿Un testigo protegido? ¿Alguien te ha pillado haciendo alguna fechoría?

Javier se acercó a él furioso y le dio un puñetazo en la mandíbula.

—Eso no es de tu incumbencia. Tú solo limítate a traérmelo.

El joven contuvo las ganas de matar a golpes al bastardo mientras saboreaba la sangre dentro de su boca.

El guardaespaldas se lo llevó de la habitación después de la orden muda de su jefe y cerró la puerta detrás de él.

Javier le quitó las esposas a la chica, la llevó en brazos hasta la cama, la tapó con la sábana blanca de seda y se fue hacia la cocina.

***

Había pasado una hora cuando la joven despertó e intentó por enésima vez contactar con sus hermanas. «Amanda, Alicia, ¿podéis oírme?», pensó. Lo intentó por medio de la telepatía, pero ese no era su poder.

Aún sentía los efectos del sedante, mas logró sentarse en la cama con la espalda apoyada en el cabecero de madera blanca con muchos cuadrados pequeños. Miró a su alrededor y se sorprendió. ¿Cuándo la había cambiado de sitio? ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? Ya no sabía siquiera cuánto tiempo llevaba torturándola.

La joven se levantó despacio de la cama para ir al lavabo. Las piernas casi no la sostenían. Le temblaban como dos flanes y cada paso que daba era una agonía. Le dolía todo el cuerpo, cada músculo y tendón. Llegó a duras penas al lavabo y escuchó que se abría la puerta. Una cabeza rapada asomó por la puerta del baño.

—Querida, ¿por qué no me has llamado para ayudarte? —le preguntó Javier con suavidad y ternura mientras ella se echaba agua en la cara.

No lo soportaba, aunque tampoco quería que volviera a azotarla con el látigo.

—No quería molestarte —no podía creer que la torturara y, después, fuera tan tierno y cariñoso. Parecía tener doble personalidad; la encantadora, cariñosa y tierna; y la perversa, sadomasoquista y agresiva.

El hombre se acercó a ella cuando hubo terminado y se la llevó a la cama en brazos. La sentó y le limpió una gotita de sangre que tenía en la nariz. La tapó con la sábana y le dejó un pequeño beso en la frente.

—¿Estás bien, querida? ¿Necesitas algo? —le inquirió quitando un mechón de pelo de la cara femenina para dejarlo detrás de su oreja.

—No, gracias —contestó ella agarrando con fuerza la sábana y se tapó hasta el cuello, como si la tela pudiera detenerlo y protegerla de él—. Bueno, algo de ropa no me vendría mal.

—Lo siento, querida, eso no va a poder ser. Ya sabes que me encanta tu cuerpo. Me gusta que estés desnuda para mí.

La chica asintió con la cabeza y cerró los ojos cuando se apoyó en la almohada. No se quedó dormida, no podía. Se sentía atrapada y le dolía cada milímetro de su cuerpo. Estaba cada vez más pálida, como si se le apagara poco a poco la vida.

Javier se tumbó a su lado para rodear la cintura femenina con su brazo regordete y peludo.

La muchacha podía escuchar su respiración y sentirla en la nuca. Levantó un poco la cabeza para mirar por la ventana. La selva parecía tranquila. No podía escuchar a los pájaros cantar, pero ver los diferentes tonos verdes de las hojas de los árboles la hizo sentirse mejor. Mientras estaba sumergida en sus pensamientos, llamaron a la puerta y cerró los ojos de inmediato.

—Adelante —gritó él desde la cama.

La tabla de madera se hizo a un lado y José entró seguido por un hombre con el pelo canoso, rechoncho y unas gafas como el culo de una botella.

—Aquí está, jefe. Lo ha traído sano y salvo. Sin ninguna complicación —le informó el guardaespaldas mientras ponía al esposado delante de él.

El hombre rechoncho y canoso miró a su alrededor, vio a Javier tumbado en la cama y a una muchacha a su lado. José salió de la estancia cuando su jefe le hizo un pequeño gesto con la cabeza.

—¡Deja de mirar a mi prometida! —vociferó Javier mientras se levantaba para acercarse al testigo protegido.

—Lo siento, no sabía que era su prometida —contestó el hombre agachando la cabeza para mirar al suelo.

El narcotraficante le miró con sus ojos negros como el carbón y fríos como el hielo.

—Creo que es mejor que vayamos a otro lugar más privado para hablar de negocios —le dijo guiándolo hacia la puerta.

La chica abrió un ojo y vio a su carcelero salir de la estancia. Intentó incorporarse y escuchó que la tabla de madera se abría de nuevo. Se tumbó en la cama y cerró los ojos.

—¿Ana? ¿Estás bien? —le preguntó un susurro suave.

La joven abrió los ojos para poder ver al dueño de la voz, aunque la conocía como a la suya propia. Héctor se acercó a ella con rapidez y en silencio cuando su prima intentó bajar de la cama.

—No, no te muevas —la tumbó con cuidado y se le revolvió el estómago cuando vio la mueca de dolor de ella—. Lo siento, no debería haberte metido en esto —se disculpó abrazándola y viendo las heridas de la cara—. ¿Estás bien?

Anabel lo miró con las lágrimas resbalando por sus mejillas. «¿Cómo va a estar bien, estúpido?», se regañó a sí mismo recordando las heridas de su espalda. Su prima no era de esas mujeres sensibles que lloran con solo romperse la uña. Estaba mal, muy mal, y tenía que sacarla de allí cuanto antes. Le enjugó las lágrimas con los pulgares y la abrazó con fuerza.

—Lo siento mucho. Te prometo que haré todo lo posible para que vuelvas a casa sana y salva.

—Para que volvamos los dos a casa. No voy a dejarte aquí solo.

Héctor la abrazó con más fuerza, con cuidado de no darle en las heridas abiertas de la espalda. Aun estando la muerte merodeando a su alrededor, su prima lo protegía más a él que a sí misma.

—Lo sé. Voy a pensar en algo para que puedas escapar y pedir ayuda.

—Héctor… —Anabel lo miró con el ceño fruncido. No podía decirlo de verdad. No podía salir de allí al saber que él estaba aún en peligro.

Su primo se levantó dejándola sentada en la cama, se acercó a la puerta, abrió para mirar si había guardias y salió con sigilo al pasillo sin darle tiempo para protestar.

La chica se quedó mirando la tabla de madera cerrada, perpleja. No quería irse sin él. No podía pensar lo que le haría Javier cuando supiera que ella se había escapado. Se aovillar en la cama temblando, por primera vez en su vida, de miedo. Miró hacia la mesita de noche que estaba a su lado y vio una pequeña planta. «¿Esa planta estaba ahí antes?», se preguntó extrañada. Un pequeño papelito blanco sobresalía de una de las flores. Estiró el brazo y lo cogió para leerlo:

—”Espero que te gusten las flores como tú me gustas a mí. Tu prometido, Javier”.

Arrugó el papel en la mano, lo tiró al suelo con asco, miró fijamente a la tierra que envolvía a la planta y se concentró. «Chicas, os necesito. No puedo hacer…»

—¡Ah! —gritó llevando sus manos a la cabeza.

Estaba paralizada por el dolor de cabeza que esa concentración le había provocado. No podía contactar con ninguna de sus hermanas. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué le causaba dolor cada vez que intentaba usar sus poderes? Sintió un líquido caliente recorrer la parte superior del labio y se lo limpió con la mano. Sangre. La nariz le sangraba y no entendía por qué.