Ojos malditos, cadenas rotas. Libro 2 [HxH fanfic]

Summary

Aquel fatídico Septiembre en YorkShin, trazó nuevos puntos de partida en el camino difuso de June y Kurapika. Ante la incapacidad actual de darle caza a la araña o a Sion, la recolección de los ojos kuruta parece ser el último atisbo de esperanza de ambos jóvenes; y el último lazo que todavía les une. Decepción, soledad, y sentimientos sepultados bajo falsas capas sólidas marcan el compás emocional que apunta peligrosamente hacia la autodestrucción. ¿El final del camino es aquello que sus almas perdidas necesitan?

Status
Ongoing
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
18+

Los ojos del doctor parte 1

—¡Es la maldición de una bruja! ¡lo digo en serio! —un hombre vestido de negro exclamaba en agonía. Llevaba días enteros con un dolor de estómago tan insoportable, que se había desmayado ya varias veces por la intensidad de sus cólicos—.

—¿Solo una maldición? ¡es el karma manifestado de generaciones anteriores! —otro hombre, al que las piernas le dejaban de funcionar por ratos, fue el siguiente en quejarse—.

—La justicia divina ha venido a por nosotros por nuestras malas acciones —en coro, otros dos rezaban el rosario. A estos, la vista se les había quitado de la noche a la mañana—.

—Por favor, estén tranquilos. Estamos tratando de hallar la causa de este problema.

Senritsu hacía lo posible por mantener los estribos en la mansión, sin mucho éxito. Todo se remontaba hacia un par de días atrás, cuando tres guardias, encargados de la entrada principal, quedaron mudos de la nada.

Después, algunas damas de compañía de la señorita Neón amanecieron con ronchas gigantes en la piel que, con el paso de las horas, se abrían cual llagas ponzoñosas. La cocinera principal, perdió el sentido del gusto al poco rato; sus asistentes ni siquiera podían tomar un cuchillo sin sufrir de calambres espantosos; el chofer estaba postrado en cama con dolor de espalda similar a “ser pisoteado por un elefante sin parar”, en sus palabras.

Para colmo, desde que Neón había perdido de forma inexplicable su capacidad de predecir la fortuna, el jefe había entrado en estado tal de enajenación, que no era capaz de dar una orden coherente a ninguna situación presentada, por lo que fue Kurapika quien tuvo que hacerse cargo.

Tan solo de hablar con los caóticos afectados, no tardó en averiguar dos cosas fundamentales: primero, que no se trataba de un mal contagioso; y segundo, a partir de las últimas dos semanas, los “enfermos” habían solicitado permisos, o utilizado sus tiempos libres, para salir de los aposentos Nostrade después de las tres de la tarde. De todos aquellos, solo tres todavía no presentaban mal alguno.

Una de esas personas era una sirvienta mayor que era supersticiosa hasta la médula. Apenas oyó la sospecha de que sus salidas pudieran generarle una maldición, cantó como loro sus movimientos: A las 3:33 de la tarde, una tal “Madam A” escogía un café al azar del centro de la ciudad y leía la fortuna a buen precio. Los rumores de sus compañeras de trabajo decían que eran 100% verídicos, por lo que la mujer se aventuró a tomar una lectura.

— ¡Solo quería saber si no iba a perder mi trabajo! —su voz temblaba en desespero—. ¡Por favor! ¡Ayúdennos!

—Descuide —el joven rubio posaría una de sus manos, a modo de consuelo, en el tembloroso hombro de la pobre anciana ansiosa—. Investigaremos a fondo a esa mujer; si tiene algo que ver con todo esto, la detendremos de inmediato.

Sin perder tiempo, ese mismo día, varios empleados camuflados de civiles se dispersaron por todas las cafeterías donde se había visto a la misteriosa adivina. A las 3:33, el grupo del joven Kuruta divisó a una mujer que cumplía con las características dadas: joven de 18 años, piel morena, ojos esmeralda, delgada y alta como una figura de arcilla. Además, en esta ocasión, cargaría un bebé peli rojo y de su mismo tez en sus brazos.

En un pestañeo, la mujer fue rodeada por varios clientes quienes, de manera anormalmente ordenada, se disponían a hacer fila. Kurapika fue rápido, y antes de que se formara el primer cliente, se puso al frente de todos.

—Eres de la familia Nostrade —antes de que él se sentase, ella habló—.

—Si lo sabe, me ahorra largas explicaciones —sin tomar asiento, la miró directo a los ojos—. Las extrañas situaciones dentro de la familia han sido su obra, eso es evidente. Por lo mismo, le pido que...

—¿En qué te basas para esa acusación? soy adivina; saber lo básico de mis clientes es lo primordial en este negocio. Que sepa tu identidad, no me hace culpable de nada.

Sus palabras le generaron un extraño escalofrío.

—Porque su nen está esparcido por todo este lugar —manteniendo la compostura, aclararía su voz—. Puedo ver parte de su aura impregnada en varios objetos que llevan los clientes, y coincide con el aura desprendida en el cuerpo de mis compañeros; es tan evidente, que cualquier novato lo notaría. Sobre todo, si alguien libera su nen de una manera tan descuidada como lo está haciendo ahora.

—¿Ah, sí? —no se inmutó ni un poco. Su boca solo expidió una sonrisa tranquila—. ¿Me pedirás que quite el maleficio? verás, recibí un pago interesante a cambio de este trabajo ¿Qué puedes ofrecer tu para que cambie de bando?. Advierto que no ofrezco servicios baratos —dejando ver la cara de su pequeño, enfatizaría—, tengo una boca que alimentar.

—Podemos llegar a un acuerdo. La familia Nostrade no escatima en ningún tipo de gasto. Sin embargo, aconsejo que no hagamos un trato en un sitio público. Nuestra organización es dueña de este café. Hay una sala VIP en el tercer piso que nos puede servir para ello.

—Bien, no soy una persona de conflictos tampoco.

Ni corta ni perezosa, la mujer despidió al resto de su clientela con una corta disculpa. Sin embargo, mientras se levantaba, enredada con su bebé y demás objetos que llevaba consigo, pareció tropezar de bruces contra el suelo; más sería la pronta respuesta de Kurapika la que evitaría algún daño. El pobre chico no salió librado del todo: el susto de la caída, hizo que el bebé lo halara del cabello. Si bien el agarre no era fuerte, si era incómodo como para hacerle tener una suave expresión de dolor.

—Lo lamento —ya incorporada, la morena apartaría gentilmente la manito de su primogénito que ya lloraba a mares—. Los bebés tienen más fuerza de lo que parece; gracias de todos modos por la ayuda —e igual de calmada que antes, retomaría su marcha; arrullando al mini humanito en el proceso—.

“Es demasiado fácil” era la frase que todos los miembros de la familia Nostrade, hasta el Kuruta, pensarían como por telepatía. Esto los iba poniendo en extremo tensos.

Una vez en la sala VIP, iban a empezar las típicas proposiciones de negocios, no obstante, antes de siquiera pronunciar palabra, la adivina habló primero:

—Te propongo algo, chico rubio —con cara de hartazgo, la mujer se reclinaría hacia él—. Como veo que eres algo nuevo en estos temas, te daré el chance de vencerme en una apuesta. Con suerte, el resultado será más entretenido que esto.

—¿Qué clase de apuesta? —detrás de su espalda, el Kuruta haría una seña con sus manos, de tal manera que sus compañeros se mantuviesen atentos en ciertas posiciones—.

—El vudú es otra de mis especialidades —sacando aguja, hilo y demás utensilios hablaba—. Si logras adivinar el tiempo que me tomará armar un muñeco, retiraré mi trabajo.

Al analizar sus latidos, Senritsu se acercó a su compañero.

—Hay algo que... —antes de terminar de susurrar a su oído, dio un paso atrás y sonrió—. No, descuida, es seguro.

Kurapika no se creyó su repentino cambio de actitud; de inmediato, apuntaría su cadena contra la mujer.

—Los juegos sucios no están permitidos en esta negociación. Libera a mi compañera de lo que sea que le hayas hecho.

Aún más tranquila que antes, la adivina le pasó su bebé a Senritsu. Ella y los demás en la sala lucían encantados con la criatura, como ajenos a lo que sucedía.

¿En qué momento habían caído en su trampa?

—¿Vas a hacer algo? o ¿Solo te vas a quedar ahí con cara de estúpido?

—¿Cuál es tu verdadero propósito? ¿Quién te ha enviado aquí?

—Nadie me ha enviado —a la par, empezó a coser a tal velocidad, que al chico le costaba seguir el movimiento de sus manos—. Vine aquí por mi propio interés; sin embargo, si un truco tan ordinario es capaz de desestabilizar al supuesto gran cazador del Ryodan, puede que solo esté perdiendo mi tiempo con un adolescente depresivo cualquiera.

—¿Ryodan? ¿Vienes de su parte? —Kurapika tensó su cuerpo por inercia—.

—¿Eres imbécil? Aborrezco a esos tipos desde hace más de cinco años —con el ceño fruncido, lo miró desafiante—. Estoy en búsqueda de alguien que tenga la capacidad de hacerles frente. Por ciertos motivos, estuve muy cerca de los acontecimientos de YorkShin en Septiembre. Fue ahí donde me enteré que dos de sus miembros fueron aniquilados por un cazador novato que usa cadenas como hatsu. Sonaba tan ridículo, que tenía que verlo por mí misma.

—No se supone que mi habilidad sea de dominio público —a la cabeza, la imagen de June llegó ¿ella tenía algo que ver?—.

—Vaya, típico de un materializador: desconfías hasta de tu propia sombra.

El chico no pudo evitar mirarla perplejo. La contraria le ofreció una risa burlona, mientras mostraba la cara de su muñeco. Era idéntico a él.

—La respuesta corta es: no, Nana no tiene nada que ver con mi conocimiento. De hecho, ni siquiera ha de saber que estoy por estos lares.

—¿Nana?

—La respuesta larga es: mi hatsu, como ya habrás adivinado, es del tipo manipulador. Con uno o dos cabellos de mi víctima, puedo coser un muñeco vudú con su apariencia. La cara sola, me da información de la “cabeza”; con eso, puedo saber a voluntad lo que piensan, y otro tipo de cosas relacionadas a su proceso mental. ¿Adivinas que podré hacer una vez lo termine?

El negocio de la adivinación no había sido nada más que la tapadera de su poder. De seguro, luego de identificar a los empleados de la familia Nostrade, habría intentado un truco similar al del bebé para tener algún cabello de los mismos e imponerles una maldición. Por la manera de comportarse de los demás clientes en el café, parece ser que ella podía manipular a una gran cantidad de personas con sus muñecos si las instrucciones eran simples; algo como: fórmense o hablen sobre mí, sería una orden que no requeriría mucha aura de su parte.

Eso, no obstante, seguía sin explicar el extraño comportamiento de los demás. Ninguno había tomado sus lecturas, ni la había visto antes de hoy, entonces ¿Cómo logró hacerlos comportar a su antojo? antes de tratar de observar algo en sus compañeros, se halló con solo la presencia de su adversaria dentro de la habitación.

—Te propongo otra cosa —avanzando más y más en su muñeco, prosiguió—. Déjame unir a tu causa. A cambio, no solo evitaré que caigas en manos de otros manipuladores, sino que seré de gran utilidad para obtener información. Solo tengo algunas condiciones: primero, la seguridad de mi hijo, segundo, el manejo total de la casa Nostrade, y tercero, que no te tiemble la mano para eliminar insectos estorbosos.

—Me temo que pides demasiado —de un ágil movimiento de su mano, la cadena arrebató de entre sus manos el muñeco a medio terminar—. No hago tratos con desconocidos que amenazan a mis camaradas, y tampoco incumplo mis pactos. Si deseas alguien que cace activamente al Ryodan, tendrás que buscar a otra persona; solo por ahora.

—Ya sé que tienes un trato con ellos —apareciendo tras de él, recuperaría su manualidad—. Por eso, no estoy pidiendo que los ataques; mi requisito es que no te tiemble la mano si tienes que volver a manchar tus manos de sangre. Hay muchas formas de destruirlos; matarlos es solo un camino, pero yo puedo mostrarte otras maneras, quizás más efectivas, de erradicarlos.

—¿Otras maneras?

Con sonrisa incrédula, hizo otro intento por recuperar su muñeco. Esta vez, usaría sus cadenas como distracción para quedar detrás de ella, sujetándola de las muñecas para evitar un segundo contra ataque de su parte.

—No estoy interesado. Mi propósito con esos bastardos está lejos de ser una obra de caridad para el mundo: no quedaré satisfecho hasta que no quede rastro alguno de su existencia. Por lo mismo, no busco aliados a mi causa.

—“La araña podrá seguir viva aún sin su cabeza” Nana te lo dijo, sin embargo, eso no aplica nada más a Chrollo Lucilfer. Pueden surgir montañas de nuevas arañas aún si las originales perecen ¿Estás bien con eso, chiquillo ignorante? o ¿Tu único enfoque es hacia los miembros fundadores?

Traer a colación a los “miembros fundadores” sacudió su consciencia. Por June, conoció parte del funcionamiento interno de la organización; sabía que era plausible que algunos de los partícipes de la masacre ya no se hallasen en sus filas. A pesar de eso, su resolución primaría: por egoísta que fuese, se iba a centrar primero en los verdugos principales. Los faltos de voluntad que les siguieron sería preocupación para luego.

—Si tienes información sobre las arañas originales, quizás podría escucharte.

—Los conozco. A los doce miembros fundadores —echando su cabeza hacia atrás, alzó su mirada para hallarse frente al mismo tono escarlata que había visto hace tiempo en cierta peli castaña—. Y también, sé por qué de su formación; sé muy bien lo que aman, lo que temen. Su talón de Aquiles es a lo que debemos apuntar mientras el trato tenga vigencia.

—Todavía no he accedido a trabajar contigo ¿Por qué te interesa tanto el ryodan? ¿Qué historia tienes con ellos?

—Digamos que son los hacedores del infortunio de lo que juraron proteger ¿Viste a mi bebé? se quedó sin un padre por consecuencia de lo que esos malditos hicieron.

Sin que Kurapika lograse entender cómo, la mujer se hallaba cara a cara frente a él, y era quien, agarrándolo del cuello de su camisa lo acercaría a sus ojos.

—Deseo que el Genn’ei Ryodan pague por su ingenuidad —si ella fuese una kuruta, el rubio juraría que sus ojos también arderían en rojo—. No me interesa llevarme la gloria de tu venganza; así que, si no nos estorbamos, una alianza es lo más estratégico. Sobre todo porque, como espero que tu cabeza hueca haya captado, no puedes seguir sin un respaldo para acabar con esos bastardos. Además de Nana, solo yo los conozco demasiado —le soltó de un brusco empujón—. No propongo cosas al azar.

—Veo que eres una mujer precavida. En pocas palabras debo darte un si o no saldré de este lugar —viendo alrededor, sentiría cierta amargura en su alma. Desde el inicio, había estado a su merced—.

—Hasta que por fin lo notas, idiota —finalizó su trabajo con una última costura—. No soy fuerte en términos físicos; y tu eres un hombre demasiado inteligente para mi gusto. Si no te debilitaba mentalmente antes de encontrarnos, notarías mi intención desde el inicio. Por suerte para mí, sé lidiar con genios apresurados. Siempre son muy confiados.

Hizo arrodillar al muñeco; a la par, el chico imitaría su accionar. A pesar del control, el aura que sentía envolver su cuerpo era más cálida que hostil. Puede que hasta la intención fuese algo que dictaminara el éxito de la habilidad de la morena.

—¿Tenemos un trato? —extendió su mano hacia él—.

Asintió con un estrechón de manos. No fue obligado, ni controlado; podía sentir como la convicción en su pecho había sido la única causante del primer rompimiento a su promesa interna. Eso sí, la idea no le terminaba de agradar del todo.

—¿Cuál es el nombre de mi compañera temporal?

—Alois Wittingham. Pedazo de tonto.

En el siguiente parpadeo, volverían a la cafetería. Un desmayo repentino era la explicación vacía que los demás daban a lo acontecido. Desde que habían tenido contacto, Alois se había llevado su mente a algún lugar; Kurapika dudaba de la intangibilidad de su accionar, puesto que habrían vuelto con su muñeco recién hecho. No obstante, la mujer prefería no revelar mayor cosa al respecto. Senritsu solo pudo añadir que, mientras estuvieron inconscientes, sus corazones latían sincronizados. Aún lo hacían, cabe aclarar, más notaba que el motivo ya no radicaba en algún nen.

Como primer paso de su plan, ambos sabían lo que tenían que hacer: recuperar los ojos Kuruta. Para ello, contactar con June sería lo adecuado; después de todo, era quien sabía del paradero de los primeros ejemplares.