La Caida
El mundo ya no se siente como un lugar donde vivir.
Es más bien un recuerdo… roto.
Todo está cubierto de polvo y ceniza, como si alguien hubiera apagado la luz para siempre. No hay colores. No hay sonidos, salvo el crujido del viento arrastrando pedazos de lo que alguna vez fue una ciudad, una casa, una vida.
El aire es seco, raspa la garganta. El suelo, duro y agrietado, parece doler con cada paso. La Tierra se rindió hace mucho, y solo unos pocos siguen caminando por lo que queda.
Entre esas ruinas, dos personas avanzan despacio.
Ella es alta, rubia, de piel blanca manchada por el sol y la mugre. Su cuerpo delgado aún conserva firmeza. Se nota que fue fuerte alguna vez, atlética… y a pesar del cansancio en sus piernas, todavía camina. Aunque le cueste.
Él camina a su lado. Es latino, con el cabello lacio pegado al rostro por el sudor, los ojos café medio ocultos por la suciedad. Lleva una mochila al hombro, y una cantimplora colgando del cinturón.
Ambos están cubiertos de polvo, con ropas que alguna vez fueron normales. Jeans gastados, camisetas rotas en los bordes, chaquetas ligeras para protegerse del sol y el viento. Llevan vendas en los brazos, y bufandas alrededor del cuello para taparse la cara si el polvo se levanta demasiado.
A pesar de todo… aún conservan algo de lo que fueron.
Pero cada día cuesta más.
Ella se tambalea. Se lleva una mano al pecho y se deja caer sobre una roca.
—Sinthia (jadeando): Cariño… por favor. No puedo más…
Alex la mira de reojo. Sus ojos recorren los alrededores con desconfianza. A su alrededor, solo piedras secas, viento y silencio.
—Alex: Está bien… descansemos un poco. Aquí nadie va a encontrarnos.
—se sienta a su lado, dejando caer la mochila con un suspiro.
Sinthia observa las rocas. No hay árboles. No hay sombra. Solo formaciones grises, partidas por el tiempo, como huesos saliendo de la tierra.
—Sinthia: Este lugar da miedo…
Estas piedras… se sienten como si nos miraran.
Alex saca la cantimplora. Muy poca agua.
—Alex: Toma. Bebe un poco. No podemos darnos el lujo de enfermarnos ahora.
—le tiende la botella con una expresión seria, pero suave.
Ella bebe un sorbo. El líquido le quema la garganta seca. Pero es vida. Todavía tienen un poco.
Silencio.
Entonces, Alex rompe el momento.
—Alex: ¿Te acordás de cómo empezó todo?
Sinthia cierra los ojos.
El mundo entero parece callarse cuando recuerda.
—Sinthia (en voz baja): Claro que me acuerdo…
Cómo olvidarlo.
Fue culpa nuestra.
De todos.
Y de pronto, todo vuelve.
El calor. Los gritos. El miedo.
El principio del fin.
14 de mayo del 2145.
Ese fue el día en que el mundo se partió.
Los ricos y poderosos ya sabían lo que venía. Dijeron que la Tierra solo tenía 90 años más de vida útil. Que estaba condenada.
¿Y qué hicieron?
Se salvaron ellos.
Crearon una colonia en otro planeta. En secreto. Para ellos.
Nos dejaron atrás. Ocho mil millones de personas… condenadas.
Yo me acuerdo.
Las noticias, primero, fueron vagas. “Proyecto interestelar”, “Futuro alternativo”. Después se empezó a filtrar la verdad: una huida masiva. Una mudanza al espacio.
Vi a la gente en las calles gritar, llorar, romper todo.
Vi a mi vecina vender a su hijo por dos cajas de comida.
Vi a un hombre pegarse un tiro en medio de un supermercado vacío.
Y los ricos…
Subieron a sus naves. Se fueron con sonrisas en la cara. Pensaban que escapaban. Que lo habían logrado.
Pero allá… ya había algo.
Un ser.
Una criatura que no quería visitas.
Las transmisiones desde la colonia fueron de terror.
Primero eran gritos.
Después, imágenes de cuerpos retorcidos.
Hombres llorando sangre.
Una mujer diciendo que los techos se movían.
Y luego, el silencio.
Y mientras ellos morían allá arriba, acá… los científicos jugaban con la tierra.
Querían revivirla. Hacerla fértil otra vez.
Crearon semillas nuevas. Mutaron bacterias. Inyectaron cosas en el suelo.
Pero el suelo escupió todo.
Y despertaron algo.
Una niebla negra empezó a salir de las grietas.
Primero murió la hierba. Luego los animales.
Luego… nosotros.
Gente caminando desnuda por las calles, hablando sola.
Otras se sacaban los dientes con las manos.
Yo vi a mi hermano parado frente al espejo.
Sus ojos… completamente negros.
Me dijo:
—“Ya no queda nada, hermana. Solo tierra vacía. Solo silencio.”
Y después se fue.
Desapareció.
El recuerdo se disuelve, como polvo entre los dedos.
Sinthia abre los ojos. Le tiemblan las manos.
—Sinthia: Lo rompimos todo.
Por codicia. Por jugar a ser dioses.
Y ahora caminamos sobre la tumba del mundo.