E.S. (ENIGMATICO SOBREVIVIENTE)

All Rights Reserved ©

Summary

El mundo cayó en cuestión de horas. Nadie sabe exactamente cómo empezó. Lo único claro es que los muertos no se quedaron muertos. Las ciudades colapsaron. Las conexiones desaparecieron. Las reglas dejaron de importar. Entre el caos, tres niños muy distintos deben sobrevivir al nuevo orden. Pero esto no es solo un apocalipsis. Es el inicio de algo mucho más oscuro.

Genre
Fantasy
Author
Connor
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

PROLOGO

PROLOGO: EL ULTIMO DIA DE PAZ



"NO CONTE NI EL 10% DE LO QUE VIVI, SABIENDO BIEN QUE ME LA QUITARIAN"


-FRANK WEST

EN SU LECHO DE MUERTE, 2012...


El crujido del metal era lo único que rompía el silencio. Un sonido lento y ominoso, como el que hace una soga a punto de romperse.


Un tren colgaba al borde de un abismo, sostenido apenas por el último vagón que seguía en las vías. La niebla era espesa, se metía entre los huecos del tren destrozado y ocultaba el vacío que esperaba abajo.


Dentro del vagón inclinado, un niño yacía en un asiento. Un hilo de sangre le corría por la frente, pegándole mechones de cabello a la piel pálida. Sus ojos se abrieron lentamente.


Dolor...


Era lo único que sentía. Un latido sordo en su cabeza, una presión punzante que lo mareaba. Intentó moverse, pero el simple acto de levantar la mano le costó un mundo entero. Parpadeó varias veces, tratando de entender dónde estaba.

Luego sintió un líquido tibio corriendo por su frente, deslizándose hasta su mejilla y goteando al suelo metálico del vagón. Levantó una mano temblorosa y la pasó por su cabello empapado. Cuando la apartó, sus dedos estaban manchados de rojo.


Sangre...


No supo por qué, pero la visión lo dejó paralizado por un instante. Su respiración se aceleró y el dolor en su cabeza latió con más fuerza, como si algo dentro de su cráneo estuviera intentando abrirse paso. Cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes.


Cuando volvió a abrirlos, se encontró rodeado de sombras deformes y figuras borrosas. Parpadeó varias veces, pero la visión seguía nublada. El aire olía a óxido, a humedad, a algo más que no lograba identificar…algo rancio... Era putrefacción de cadáveres...

En su mayoría irreconocibles debido al avanzado estado de descomposición, parecían haber sido víctimas de un destino lento y doloroso. Las pieles de los cuerpos, hinchadas y desgarradas en algunas partes, se pegaban a los demás asientos y el suelo del tren. Los restos de ropas rotas y mohosas colgaban de sus esqueletos. Al fondo, la visibilidad era escasa debido a la neblina que se había acumulado entre las grietas de las paredes y el techo del vagón

Algunos de los cuerpos aún mantenían una postura grotesca, como si hubieran sido arrastrados por la desesperación de su último aliento.


El niño ignoro los cadáveres y intentó moverse. El cuerpo le dolía como si lo hubieran golpeado con un martillo, pero logró sentarse mejor apoyando la espalda contra el asiento inclinado. Solo entonces se dio cuenta de la posición del tren.


El vagón estaba torcido, colgando en un ángulo imposible.


Más allá de las ventanas rotas, solo había niebla. Una neblina espesa que parecía tragarlo todo, como si ocultara algo que no debía ser visto.


Su corazón latía con fuerza. Miró a su alrededor, buscando respuestas, pero lo único que encontró fueron maletas esparcidas, cuerpos inmóviles viejos entre los asientos...y silencio.


Pero no había respuestas... No recordaba nada... Ni su nombre. Ni cómo llegó ahí... Lo único que sabía era que estaba solo…y que algo estaba muy mal...


El tren tembló de repente, sacándolo de sus pensamientos. Un chillido metálico recorrió el vagón, haciendo eco en la niebla que rodeaba el tren. El niño sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Y un estruendo rompió el silencio del vagón...


Un estante metálico, que había estado apenas sostenido contra una de las puertas, cayó de golpe. Su peso forzó la apertura de las puertas inferiores con un crujido oxidado, dejando al descubierto el vacío bajo el tren.


El niño contuvo la respiración. Por un instante, el estante quedó suspendido en el aire, como si el mundo se detuviera un segundo antes de la tragedia. Luego, sin advertencia, cayó.


El sonido del metal chocando contra las rocas fue tragado por la niebla. El eco se perdió en la profundidad del abismo, arrastrando consigo una sensación de vértigo que le revolvió el estómago. El tren comenzaba a temblar. Las estructuras debilitadas protestaron con un quejido metálico, y el niño sintió cómo el suelo bajo él vibraba. La realidad golpeó su mente de golpe. Si el tren caía…él caería con él.


Respiró hondo y trató de moverse. Sus manos temblorosas buscaron apoyo en los asientos inclinados, usando toda la fuerza que le quedaba para trepar hacia la parte más estable del vagón. Pero cuando empujó con los pies, algo se desprendió...


La silla en la que se apoyaba chirrió y, en un segundo aterrador, se soltó del suelo metálico. Sintió cómo la gravedad tiraba de él. Y el vacío lo engulló.


—¡¡NO!! ¡¡NO!!


Un grito ahogado escapó de su garganta, y en un acto de puro instinto, extendió los brazos. Sus dedos arañaron el metal… y se aferraron a algo.


Unas vigas de seguridad al final del vagón. Su cuerpo quedó colgando, con las piernas balanceándose sobre la nada. El corazón le latía con tanta fuerza que podía oírlo en sus oídos.

Por un instante, solo hubo silencio.


...


Luego, el tren volvió a crujir... Sus brazos ardían por el esfuerzo, y el frío metal le mordía las manos. Pero soltar las vigas significaba caer… y sabía que no había un "después" si eso pasaba. Respiró hondo y comenzó a moverse. Con un último impulso, estiró el brazo izquierdo y se aferró al borde de una de las puertas abiertas del vagón. La bisagra oxidada se quejó bajo su peso, pero aguantó. No podía detenerse. Con movimientos torpes, tanteó con los pies hasta encontrar un soporte en la estructura inclinada del vagón. Se impulsó con toda la fuerza que le quedaba y logró trepar hasta el marco de la puerta.


El tren crujió de nuevo. El niño se aferró con todas sus fuerzas y avanzó, luchando contra el vértigo. El interior del vagón estaba desordenado y oscuro, con los asientos inclinados como obstáculos en su camino. Su respiración se volvio agitada, pero siguió trepando. Cada músculo le dolía. Cada centímetro ganado parecía una eternidad. Cuando sus manos tocaron el último asiento inclinado, sintió cómo este se deslizaba bajo su peso. El metal rechinó y, en un abrir y cerrar de ojos, el asiento se desprendió del vagón...


El niño cayó junto con él y los cadaveres que estaban ahi. El aire se le escapó en un grito ahogado mientras su cuerpo se precipitaba al vacío. Pero, en el último instante, su instinto lo hizo estirar las manos y aferrarse a lo primero que encontró.


Vidrio. Una ventana rota...


Los bordes filosos atravesaron su piel al instante, abriendo cortes profundos en sus palmas. Un ardor insoportable le recorrió los brazos, pero no soltó. No podía soltar...

Se quedó suspendido, con la niebla bajo él devorando la caída del asiento. El tren tembló otra vez, protestando por el movimiento. El chirrido del metal retumbó en el aire espeso. Las gotas de sangre resbalaron de sus manos y cayeron al vacío. Pero el niño no tenía tiempo para el dolor. Apretó los dientes y siguió avanzando. Cada movimiento era un tormento. Las heridas en sus manos le ardían como fuego, y cada vez que se sujetaba de otra ventana rota, los cristales se clavaban más en su piel. La sangre resbalaba por sus dedos, haciéndole más difícil aferrarse.


Pero no se rindió...


De ventana en ventana, trepó con dificultad, luchando contra el temblor en sus brazos y la sensación de vértigo que le nublaba la mente. El tren seguía crujiendo, como si estuviera a punto de desmoronarse...


Finalmente, alcanzó las puertas superiores del vagón suspendido. Con un último esfuerzo, se aferró al borde y empujó con todas sus fuerzas hasta que logró impulsarse al interior. Su cuerpo cayó pesadamente contra el metal, pero estaba a salvo… por ahora. Respiró con dificultad, sus pulmones ardian por el esfuerzo. Se sentó en el suelo, al final del vagón, y miró sus manos ensangrentadas. Pedazos de vidrio seguían incrustados en sus palmas. Mordiéndose el labio, comenzó a sacarlos uno por uno. Cada cristal arrancado era una punzada de dolor, pero el niño no emitió ni un solo sonido. Solo apretó los dientes y aguantó. Cuando terminó, sus manos temblaban y sangraban aún más, pero al menos podía moverlas. Se puso de pie con dificultad. El vagón seguía suspendido en un equilibrio precario, sostenido apenas por el vagón superior en las vías. Un mal movimiento… y todo caería. El niño sintió cada músculo de su cuerpo gritar de agotamiento mientras trepaba las escaleras del último vagón. Sus manos, aún sangrando, apenas podían sostenerlo, pero no tenía otra opción. Cada paso era una lucha contra el temblor en sus piernas. Cuando llegó a la entrada, el sonido más aterrador lo hizo detenerse.


CRAAACK


El tren crujió una última vez… y comenzó a moverse. El niño vio con horror cómo el vagón en el que estaba empezaba a deslizarse lentamente por las vías oxidadas. No había duda. Se estaba yendo al vacío... El instinto tomó el control y corrió. Pisó entre los escombros tambaleantes, saltando sobre los restos de asientos y equipaje esparcido. Cada paso hacía retumbar el vagón, acelerando su caída...


—¡¡Ay, mierda!!


El final estaba cerca y con un último impulso, saltó. El aire frío le golpeó el rostro mientras volaba hacia el borde del puente derrumbado. Extendió los brazos, estirando los dedos ensangrentados hasta que… Sus manos chocaron contra una roca del borde. El impacto fue brutal. Sus dedos resbalaron sobre el polvo y las grietas, pero se aferró con todas sus fuerzas. El niño jadeó, colgando del precipicio. Debajo de él, el tren desapareció. Los vagones cayeron al vacío como bestias condenadas.El estruendo fue ensordecedor cuando golpearon el fondo. El impacto sacudió la tierra, enviando una vibración a través del puente derrumbado. El niño cerró los ojos con fuerza y se aferró aún más fuerte. Por un momento, todo quedó en silencio...


Solo el viento, la niebla… y su respiración entrecortada... El luchaba por mantener su agarre, sus dedos ensangrentados, resbalando sobre la roca fría. El dolor era insoportable. Cada movimiento de su mano solo hacía que las heridas en sus palmas se reabriera, intensificando el ardor. Su cuerpo temblaba, agotado por la tensión, mientras el vacío bajo él se alzaba como una amenaza inminente. Los segundos pasaban como si fueran horas. Pero, a pesar de su esfuerzo, sus dedos no podían más. Con un grito ahogado en su garganta, los dedos resbalaron de la roca. Un último intento desesperado por aferrarse a algo, pero no había nada más a lo que aferrarse.


Y entonces, la gravedad reclamó su victoria...





2 AÑOS ANTES...




Argentina… un país sudamericano de vastos paisajes que combinan las imponentes montañas de los Andes, lagos cristalinos nacidos de antiguos glaciares y las extensas Pampas, hogar del legendario ganado argentino. Conocida por su pasión por el tango, su cultura vibrante y su historia rica, Argentina se alza como una nación de contrastes y belleza. En su corazón, Buenos Aires se erige como una metrópolis cosmopolita, donde la Plaza de Mayo se rodea de imponentes edificios de diferentes épocas, como la Casa Rosada, el emblemático palacio presidencial.


Pero la historia que contaré no ocurre en la gran capital, sino en el centro del país, en la provincia de Córdoba.


Córdoba es un punto donde la esencia argentina se entrelaza con influencias foráneas, dando forma a una ciudad con identidad propia. Su capital, de mismo nombre, es conocida por su arquitectura colonial española, pero también por la presencia de estructuras modernas inspiradas en el estilo estadounidense. Edificios neobarrocos conviven con rascacielos de cristal y estructuras de ladrillo rojo al más puro estilo americano.


En el corazón de la ciudad, la Plaza San Martín sigue siendo el alma del casco histórico, rodeada de calles empedradas, cafeterías con el aroma del mejor café argentino y luces de neón que recuerdan a las grandes avenidas estadounidenses. La Catedral de Córdoba, con su fachada neobarroca, se alza imponente, mientras que no muy lejos de allí, centros comerciales de diseño moderno y urbanizaciones con casas de estilo suburbano estadounidense reflejan la globalización de la ciudad.


Las calles de la ciudad ofrecían un espectáculo fascinante: avenidas anchas con autos clásicos argentinos, como Fiat y Renault, compartiendo el camino con enormes SUV y pickups americanas. En las esquinas, carteles en español e inglés guiaban tanto a locales como a extranjeros, y era común escuchar conversaciones en ambos idiomas, salpicadas de una jerga propia donde el "che, boludo" convivía con el "dude" y el "buddy".


Los barrios reflejaban la fusión arquitectónica de sus habitantes. Casas de estilo suburbano estadounidense, con césped impecable y porches amplios, se alineaban junto a construcciones coloniales con balcones de hierro forjado y fachadas coloridas. En los patios, asadores tradicionales argentinos se alzaban junto a parrillas al estilo texano, donde el aroma del asado criollo se mezclaba con el de hamburguesas y costillas bañadas en salsa barbacoa.


La gastronomía misma era un testimonio de esta unión. En los cafés, algunos pedían su infaltable mate con bizcochos, mientras otros optaban por un café americano con una dona glaseada. En los restaurantes, las milanesas se servían con papas fritas al estilo estadounidense, y los panchos venían acompañados de salsa criolla. Había algo para todos, y la comida se convertía en el idioma universal que todos entendían.


El trabajo también reflejaba esta mezcla de mentalidades. La calidez argentina seguía presente en cada conversación, en cada sobremesa de negocios, pero el enfoque organizado y pragmático estadounidense ayudaba a que las cosas funcionaran con mayor eficiencia. Córdoba se convirtió en una tierra de oportunidades, donde el espíritu emprendedor encontraba su hogar sin perder la esencia de la amistad y la cercanía.


Los días de ocio traían consigo el choque de tradiciones. El fútbol seguía siendo el rey indiscutible, con hinchadas apasionadas que vivían cada partido como una batalla épica. Sin embargo, poco a poco, el béisbol y el fútbol americano comenzaban a ganar terreno, con estadios repletos de jóvenes que soñaban con ser las nuevas estrellas de estos deportes importados.


En las noches, la música era el alma de la provincia. En un bar, alguien tocaba la guitarra entonando un tango melancólico, mientras en otro, una banda de country hacía bailar a la multitud. En los festivales, el cuarteto cordobés y el rock nacional compartían escenario con bandas de hip-hop y pop estadounidense, creando un sonido único, un eco del mestizaje que era ahora el alma de la provincia.


Pero lo más fascinante no era la comida, la arquitectura o los deportes. Era la gente. La calidez y el humor argentino se habían mezclado con la determinación y la mentalidad de progreso estadounidense, formando una sociedad en la que la espontaneidad y la disciplina iban de la mano. Las risas llenaban las calles, los debates sobre política y cultura eran intensos pero respetuosos, y cada persona encontraba en la otra una oportunidad de aprender, crecer y compartir.


Córdoba, a diferencia de la realidad, era un punto de encuentro entre lo clásico y lo contemporáneo, donde la tradición argentina y la influencia americana coexisten en una mezcla única. Y es aquí, en este crisol de culturas, donde la historia de un simple niño está por comenzar.


Pero antes de ir con nuestro protagonista, nos dirigimos a la Escuela Primaria Rojas. Era un edificio de dos pisos, construido con una combinación de ladrillo rojo y concreto blanco, reflejando una mezcla de arquitectura colonial argentina con toques modernos. Sus amplios ventanales de vidrio permitían la entrada de luz natural, iluminando los pasillos repletos de murales hechos por los propios estudiantes, donde se representaban escenas de la historia argentina, también estaban las figuras icónicas de Estados Unidos... Y paisajes de la provincia de Córdoba.


Sobre las puertas principales, en un asta metálica bien mantenida, ondeaban tres banderas al viento: la celeste y blanca de Argentina, la roja, blanca y azul-celeste de Córdoba y las franjas rojas y estrellas de Estados Unidos.


Un adolescente de unos 15 años, de piel negra y vestido con un uniforme escolar, sale de la escuela cargando su mochila en la espalda. A medida que se sube a su bicicleta para dirigirse a su trabajo de repartir periódicos, una niña de unos 10 años, con trenzas y un vestido colorido, lo intercepta con una sonrisa en el rostro.


—¡Hola! —dijo la niña emocionada, extendiéndole una pequeña invitación decorada con colores brillantes—. Estamos haciendo una fiesta en la casa de mi amiga hoy. ¿Quieres venir?


El chico, un poco sorprendido, toma la invitación, la observa brevemente y luego asiente con una sonrisa.


—Claro, suena divertido. Nos vemos ahí. —Respondió, guardando la invitación en el bolsillo de su chaqueta.


La niña sonríe ampliamente, agradece y se despide mientras corre hacia la dirección opuesta. El chico se monta de nuevo en su bicicleta, toma una bocanada de aire fresco y sigue su camino, listo para comenzar su ruta de reparto de periódicos por el vecindario.


El chico pedaleaba por las calles del vecindario, el aire de la mañana golpeaba su rostro mientras lanzaba los periódicos con precisión contra las puertas de las casas. Era su rutina diaria, su trabajo de medio tiempo que realizaba sin falta. Los periódicos volaban y se estrellaban contra las puertas con un suave golpe, uno tras otro, mientras las casas empezaban a despertar.


Al hacer una breve pausa en una esquina para tomar un sorbo de agua de una botella guardada, el adolescente echó una mirada rápida al titular de uno de los periódicos que llevaba consigo. En grandes letras rojas se leía:


"Niña asesina a su padre y a todo el campamento de Poole, Brasil. ¿La ONU y la milicia brasileña investigan el incidente?"


El muchacho frunció el ceño, intrigado. Desdobló el periódico y leyó en voz baja:


"Una tragedia sacude a la comunidad de Poole, Brasil. Una niña, cuya identidad aún no ha sido revelada, habría atacado brutalmente a su propio padre y, posteriormente, desatado una ola de violencia que acabó con la vida de todos los miembros del campamento donde se encontraban. Autoridades locales, junto con la ONU y la milicia brasileña, han tomado cartas en el asunto e investigan las causas del macabro suceso. Mientras tanto, el miedo y la incertidumbre crecen entre la población."


Él frunció el ceño. No solía prestar demasiada atención a las noticias, pero algo en ese titular lo inquietaba. Mientras continuaba repartiendo los periódicos, el incidente en Brasil seguía dándole vueltas en la cabeza. ¿Cómo una niña podía ser responsable de algo tan horrible? El mundo, pensó, estaba lleno de cosas que nunca entendería del todo. ¿Y por que tanta gente quería meterse en el asunto? Sin embargo, el trabajo era lo primero antes que sus sentimientos o pensamientos.


Con un último esfuerzo, lanzó el periódico restante hacia una puerta y se despidió de su ruta por el día. Sin embargo, mientras pedaleaba de regreso a casa, no podía sacarse de la mente esa noticia perturbadora.


El chico ciclista, sin sospechar nada, pedaleaba tranquilamente hasta llegar a un callejón que cruzaba el patio de una casa, un atajo que solía usar a menudo. Sin embargo, al pasar bajo un árbol, otro chico, más o menos de su edad pero con una expresión mucho más dura y astuta, se lanzó desde las ramas y cayó directamente sobre él. El impacto lo tiró al suelo junto con su bicicleta.


Antes de que pudiera reaccionar, el ladrón comenzó a golpearlo brutalmente. Unos cuantos golpes rápidos bastaron para dejar al ciclista inconsciente. Mientras el chico caía desmayado, el agresor rebuscó entre sus pertenencias hasta encontrar su billetera. Con una sonrisa de satisfacción, sacó el dinero y luego, al revisar un bolsillo, encontró la invitación a la fiesta.


—¿Una fiesta, eh? —murmuró para sí mismo, intrigado por lo que podría significar. Guardó la invitación en su chaqueta con un brillo malicioso en los ojos.


Antes de irse, miró al ciclista desmayado en el suelo y, con un gesto de desprecio, le escupió al lado de la cara. Sin perder más tiempo, el chico ladrón tomó su patineta, la lanzó al suelo y, con un impulso ágil, se deslizó por el callejón. A medida que avanzaba, realizaba acrobacias intrépidas sobre las escaleras y saltaba por las veredas, mostrando una agilidad que parecía burlarse de la gravedad.


Desapareció entre las calles, dejando al ciclista tirado en el suelo, inconsciente y despojado.




HORAS MAS TARDE


EN UNA CASA, EN ALGUNA PARTE DE CÓRDOBA




Dentro de la casa se celebraba una reunión de niños de mas de 10 años o menos. Mejor dicho una fiesta por la cantidad de gente, comida y bebidas. Todos estaban bailando, riendo por los chistes de un niño simpático o simplemente haciendo retos como beber rápido, las típicas actividades de diversión para infantes.


Pero nuestro protagonista, el mismo niño que vimos en el flash-forward, estaba en la cocina sentado solo en una barra, viéndose en un espejo tratando de peinarse. El es un niño de 10 años en este momento aproximadamente... En un charco de agua de la barra podemos ver su apariencia, de 1,60 metros, de cabello negro corto, ojos marrones y piel clara. Su ropa era innecesariamente elegante, tanto que sus compañeros de clase que estaban a pocos metros se burlaban de el por su exagerada vestimenta... Al igual que lo odiaban y envidiaban por ser el más "listo" en todas las materias de las clases.


Pero el chico ladrón que vimos antes, llegó... Y lo primero que hizo es buscar la barra para servirse una cerveza, pero al ver al protagonista se sorprende y al ver los demás niños los hace callar con una mirada seria... Luego se puso al lado de él.

—¿Te pagas la Coca Cola, Michael? —preguntó Josh con su típica sonrisa burlona. Michael levantó la mirada y, al reconocer a su amigo, sus ojos se iluminaron de sorpresa y alegría.


—¡¿Josh?! —exclamó Michael, levantándose rápidamente y abrazando a su amigo con un entusiasmo que no pudo esconder. La felicidad era evidente en su rostro, pero Josh lo separó con una mano, como si no estuviera muy cómodo con el gesto.


—¡¿Qué haces aquí?! ¿No te gustaban las fiestas? —preguntó Michael, algo confundido por la presencia de Josh en el evento.


—No, pero me enteré de que mi mejor amigo estaría solo en este lugar. —Respondió Josh, con una sonrisa pícara.


Michael, algo más relajado, le explicó que no estaba solo. Mencionó a Rusell y Maria, los otros dos chicos con los que había llegado.


—Rusell debe estar presumiendo sus habilidades de Taekwondo como siempre, y Maria seguro está con sus amigas en el jardín. —Comentó Michael con una ligera risa.


Josh no pudo evitar soltar una carcajada al escuchar a su amigo hablar tan seguro de la situación. A pesar de la broma, la conversación pronto cayó en un silencio incómodo, un silencio al que ambos ya estaban acostumbrados. No eran personas de muchas palabras, pero cuando las palabras llegaban, rara vez eran innecesarias. Fue Josh quien rompió ese silencio, mencionando algo que había estado guardando en su corazón por un tiempo. Su tono se tornó serio.


—Sé que estás harto de este tema, pero... extraño a mi madre. Era una mujer hermosa, y... —Josh trató de decir, pero Michael, con una sonrisa forzada, lo interrumpió.


—Perdón por interrumpirte, pero... ¿realmente no tienes otro tema más bonito para hablar? —dijo Michael con un tono que intentaba ser divertido, pero también reflejaba un poco de incomodidad.


Josh, un poco herido por la interrupción, se disculpó rápidamente, pero Michael, para aligerar el ambiente, no pudo evitar hacer una broma más.


—Perdóname tú, Mike. Pero te quedaste en silencio. —Dijo Josh, provocando una sonrisa de Michael.


—Y a ti te comió la lengua el gato y un loro parlanchín que te dice al oído que hables siempre de tu madre fallecida. —Respondió Michael, intentando aligerar el tono de la conversación.


Después de unos segundos, Josh miró a su amigo con una sonrisa ligera, como si lo estuviera desafiando a cambiar de tema.


—Bueno, Mike... ¿Qué quieres que te diga? ¿Cómo está tu papá? ¿Cómo están tus hermanos? —preguntó Josh con un tono más relajado.


Michael, ahora con una sonrisa de suficiencia, contestó sin pensarlo mucho.


—¡Sí! Esas son preguntas normales. Mi padre y mi hermano están preparando un viaje a Tucumán, mi hermana Mika está con su novio y Maria, seguro, está pintándose las uñas con sus amigas aquí. No hay persona normal que no haga esa pregunta. —Dijo Michael, riendo por su propia ocurrencia.


—¿Y quién te preguntó todo eso? Porque yo no fui. —Dijo Josh con una sonrisa socarrona, lo que provocó una risa contagiosa entre los dos.


El momento de humor pasó, pero pronto se tornaron serios nuevamente, con Josh mirando a Michael de manera más intensa.


—¿Te enteraste de lo que pasó en Brasil? —preguntó Josh, mirando a su alrededor antes de bajar la voz.


—¿Qué pasó? ¿Estabas viendo las noticias? —dijo Michael, curioso pero desconcertado por el tono de Josh.


—Sí, al parecer una niña mató a su padre y a todo el campamento de verano al que fue... —Comenzó a decir Josh, con la mirada perdida, como si no pudiera comprender completamente lo que estaba diciendo.


—No sabes hablar de otra cosa que no sea tragedias. —Bromeó Michael, pero Josh no respondió en tono de broma. En cambio, su expresión se volvió más grave.


—No, el problema no es eso... La milicia de Brasil y la ONU están detrás de ese suceso. —Susurró Josh, con un aire de preocupación.


—¿La ONU? ¿Por qué? —preguntó Michael, ahora más intranquilo por la seriedad de la conversación.


—Parece que la niña, después de matar a su padre, siguió atacando a otras personas. Las heridas que causó tenían efectos extraños y la ONU está enviando ayuda humanitaria para contener la situación. —Dijo Josh en un tono sombrío, pero Michael no pudo evitar fruncir el ceño ante tal explicación.


—Okay, ¿tienes algo importante para decir? O me voy mejor a ver a Rusell. —Dijo Michael, intentado escapar de ese tema extraño, pero Josh lo detuvo con una mirada seria.


—Okay, te voy a decir algo que quiero que tengas en cuenta para el futuro. —Dijo Josh, acercándose a Michael y susurrando algo al oído—. La lealtad está dentro de ti, y la fuerza que yo veo en ti... Todos los que te vieron, tienes buenas notas, eres inteligente y bueno físicamente debes usarla. Así es como sobrevives en esta sociedad, recuerda eso, hermano.


Michael, desconcertado por el tono críptico de su amigo, lo miró fijamente, tratando de entender el verdadero significado de sus palabras. "Josh parece extraño... A veces es raro, pero... No, siempre es raro" pensó Michael, antes de que el silencio volviera a caer entre ellos.


De repente, Rusell y Maria, los otros dos amigos de Michael, lo llamaron desde el otro lado del jardín. Estaban con una cámara Polaroid, listos para tomarse una foto juntos, como en los viejos tiempos.


—Ahora ve y sácate esa foto. —Dijo Josh, señalando a los otros dos.


Michael sonrió y, sin pensarlo más, se levantó de su asiento y fue a unirse a sus amigos. Los tres se abrazaron, como solían hacer, y Maria, con su cámara, capturó el momento. La foto quedó en sus manos, un recuerdo en papel, mientras el ambiente, aún lleno de risas, se preparaba para enfrentar lo que el futuro les depararía.




VARIOS DIAS DESPUÉS


23 DE DICIEMBRE DEL AÑO 2012


MIENTRAS TANTO EN UN BARRIO POBRE




Han pasado unos días de la fiesta y Navidad estaba a un día de celebrarse en la Argentina, pero desgraciadamente... Este fue el ultimo día de paz para la humanidad... Y para nuestro protagonista también... En cuanto a el estaba en su hogar, una casa rustica, pero bonita. Sin embargo, al vivir en un barrio no tan seguro, las ventanas tenían barrotes donde nadie podía meterse. Debido que la inseguridad seguía siendo un problema luego de décadas de políticas populares y anti seguridad en el país.


La casa de Michael, un hogar cómodo y algo modesto de una sola planta, tenía una sala de estar que actuaba como el corazón del hogar. Al entrar por la puerta principal, te encontrabas directamente en esta sala, un espacio amplio y cálido con muebles cómodos y una sensación de simplicidad hogareña. Un sofá grande, ligeramente desgastado pero aún cómodo, ocupaba el centro de la estancia, frente a un televisor de tamaño moderado. Los cojines desiguales en el sofá y la mesita de café llena de revistas viejas y tazas daban la impresión de que una familia pasaba mucho tiempo reunida aquí. A la izquierda de la sala, una gran ventana dejaba entrar la luz natural, iluminando el suelo de madera que crujía ligeramente al caminar. Al otro lado de la sala, una puerta corredera de vidrio daba acceso al patio trasero, un espacio abierto con un par de sillas plegables, una parrilla vieja y algunas plantas mal cuidadas, mostrando el desgaste de una familia ocupada. Había muros que conectaba otra casa vecina, pero no había acceso a ella.


A un costado de la sala de estar, la cocina se abría como una extensión más del espacio común. Lo curioso de la cocina era que no seguía el diseño típico: parecía una sala en sí misma, con un sofá adosado a la pared más cercana a la entrada. Este sofá era un rincón acogedor donde la familia a menudo se sentaba a charlar mientras cocinaban o compartían un café. La cocina en sí era práctica, con electrodomésticos antiguos pero funcionales, una mesa rectangular en el centro para las comidas rápidas y gabinetes de madera oscuros que daban un toque rústico. Las encimeras estaban generalmente limpias, pero había utensilios y algunos platos por lavar, señal de que la familia era grande y el hogar siempre estaba en movimiento.


Un pasillo conectaba la sala de estar con las cinco habitaciones de la casa, donde cada miembro de la familia Monroe tenía su propio espacio.


La habitación de Michael, uno de los menores, estaba llena de energía y creatividad. Las paredes tenían dibujos y recortes de sus programas de televisión favoritos, y en un rincón había un pequeño estante con figuras de acción y una colección modesta de cómics de superhéroes. Su cama individual estaba cubierta por una colcha de colores vivos con motivos de aventuras espaciales, y cerca de una ventana que lleva al patio exterior delantero. Había un escritorio con algunos lápices y hojas de papel en desorden. El suelo siempre tenía algo tirado, ya sea una pelota de fútbol o una camiseta, porque Michael nunca era muy organizado. Aunque la habitación era pequeña, tenía un ambiente vibrante que reflejaba su naturaleza curiosa y activa. "Debo admitir que la fiesta fue divertida, pero sigo confundido con lo que el dijo. ¿Qué me trataba de decir?" Pensó Michael, perdido en las palabras de su amigo.


En medio de su reflexión, el sonido del portón de su casa interrumpió sus pensamientos. La voz de Rusell, su inseparable compañero, llegó casi al instante.


—¡Michael! ¡¿Estás despierto?! —exclamó Rusell desde afuera.


Michael suspiró y se levantó de su cama rápidamente, aún confuso por los eventos recientes. Abrió la puerta y allí estaba Rusell, con su habitual entusiasmo.


—¿Qué haces aquí? —preguntó Michael, algo sorprendido.


—¡Vamos a la secundaria de Newbery! Quiero ver dónde vamos a estudiar el próximo año. —Respondió Rusell con una gran sonrisa en su rostro.


—¿En serio? —Michael frunció el ceño, pensando en la invitación.— Okay, pero déjame vestirme. Ah, por cierto, ¿ya te dieron la promo de 2013? A mí me dieron una chaqueta. —Dijo Michael mientras cerraba la puerta para volver a su habitación.


Rusell, esperándolo afuera, asintió con la cabeza.


—No, pero cuando volvamos, reclamaré la mía. Seguro ya la tienen lista. —Comentó Rusell, sin apartar la vista del paisaje tranquilo y silencioso.


Michael se cambió rápidamente, eligiendo una camiseta blanca en lugar de la chaqueta, como había pensado inicialmente. Al salir de la habitación, se unió a su amigo y ambos comenzaron a caminar hacia la escuela Newbery. Mientras caminaban, bromeaban sobre lo emocionados que estaban por haber pasado al último grado de primaria, también hablaban de sus bicicletas que las tenían arreglando en un taller de la avenida, tenían que ir por ellas en una semana...pero algo extraño interrumpió la conversación, un aire raro flotaba en el aire.


Las calles, que normalmente estaban llenas de vida, estaban desiertas. No había autos, ni motos, ni el ruido usual de los camiones de basura. Los dos niños notaron rápidamente la quietud que los rodeaba.


—¿Te has dado cuenta de que no hay nadie? —preguntó Michael, mirando alrededor.


—Sí, es raro, ¿no? —respondió Rusell, con un tono que reflejaba la sorpresa—. Es como si la ciudad se hubiera convertido en un pueblo fantasma. Solo falta la niebla y musica espeluznante.


Aunque los dos bromeaban sobre la extraña calma, no podían evitar sentir una leve incomodidad.

La avenida por la que caminaban Michael y Rusell, usualmente una de las más transitadas del barrio, estaba extrañamente vacía. Las aceras, que normalmente se llenaban de vecinos conversando o niños jugando, ahora parecían desiertas, como si la ciudad misma hubiera decidido detenerse. Las casas a ambos lados de la calle se alineaban en silencio, las ventanas cerradas con cortinas pesadas que evitaban cualquier vistazo al interior, y las puertas principales permanecían herméticamente cerradas.


El pavimento, antes cubierto de hojas secas y huellas de coches, ahora estaba casi sin marcas, como si la vida hubiera dejado de transitar por allí. No se oía el sonido de los motores de los vehículos, ni el zumbido de las bicicletas de los vecinos ni el murmullo constante de la vida cotidiana. Solo el crujir ocasional de los pies de los niños sobre las baldosas rotas interrumpía el silencio.


A lo lejos, las luces de los semáforos parpadeaban sin cesar, pero no había autos que las respetaran. Incluso las farolas, que normalmente daban un brillo suave a la calle, parecían apagadas, como si la ciudad estuviera sumida en un sueño incómodo.


En cada casa que pasaban, a través de las ventanas entreabiertas o las rendijas de las cortinas, podían ver los rostros de las personas, pero sus expresiones estaban marcadas por la ansiedad. A pesar de que todo parecía tranquilo, había un aire palpable de inquietud. Los adultos, en su mayoría, estaban sentados frente a las pantallas de sus televisores o radios, con las cejas fruncidas, absortos en las noticias. Se escuchaban murmullos bajos, palabras como "incidentes", "peligro inminente", "extraños sucesos". La tensión era evidente en los rostros de los que asomaban por las ventanas, observando a los niños que caminaban por la calle con una calma que contrastaba con la creciente ansiedad en el aire.


Las noticias recientes sobre incidentes inexplicables y peligrosos, como altercados en otras zonas de la ciudad y avistamientos extraños en barrios cercanos, habían causado una creciente preocupación. Nadie sabía exactamente qué estaba pasando, pero todos sentían que algo estaba por cambiar. Algunos residentes se acercaban a sus ventanas, con la mano sobre la frente, como si intentaran ver más allá de lo que sus ojos les permitían. El rumor de que algo más grande estaba ocurriendo en la ciudad era inminente, pero nadie se atrevía a hablarlo en voz alta.


La sensación de desolación crecía a medida que avanzaban los niños por la calle. Los perros que antes solían ladrar desde los jardines, ahora se encontraban en completo silencio, observando desde las sombras. Los árboles, por lo general llenos de hojas en esta época del año, parecían más secos, como si la vida misma se hubiera detenido. La atmósfera parecía cargada, como si una tormenta se estuviera gestando en el horizonte, pero sin que nadie pudiera ver sus señales claras.


Los niños continuaron su camino, ajenos al creciente nerviosismo que los rodeaba, pero el aire pesado les indicaba que algo no estaba bien. Aunque las calles seguían vacías, las casas de a poco se iban llenando de una sensación de alarma silenciosa, como si todo estuviera esperando una chispa que lo desencadenara.

De repente...un sonido lejano comenzó a quebrar el silencio opresivo que envolvía la ciudad. Al principio, solo era un zumbido bajo, pero rápidamente se fue acercando, hasta que ambos niños levantaron la vista y vieron cómo un helicóptero militar sobrevolaba a baja altura. El aparato, de color gris oscuro, cortaba el aire con un rugido metálico que hacía vibrar el suelo bajo sus pies. La insignia de las fuerzas armadas argentinas brillaba brevemente en la parte lateral del helicóptero antes de que se desvaneciera en la distancia, sin hacer ningún intento de disminuir su velocidad.


El helicóptero no era el único. En intervalos de pocos minutos, otro aparato similar pasaba, seguido por otro más. Las aspas del helicóptero giraban ruidosamente, pero no parecía que estuviera realizando una patrulla común; había algo en la forma en que volaban que indicaba que la situación no era normal. La gente en las casas, ya de por sí nerviosa, asomaba con cautela desde sus ventanas para observar, aunque pocos se atrevían a salir.


A lo lejos, los niños escucharon un rugido mucho más fuerte, más penetrante que el de los helicópteros. Miraron al cielo justo a tiempo para ver tres cazas de combate, posiblemente de la Fuerza Aérea Estadounidense. Los aviones volaban en formación, sus alas recortaban el cielo azul, cada uno con una precisión milimétrica. El sonido de sus motores era ensordecedor, como si la misma atmósfera se estuviera sacudiendo. Los tres cazas atravesaron el cielo en dirección al Norte, sus líneas rectas perfectas eran casi hipnotizantes.


—¿Qué demonios…? —susurró Rusell, mirando hacia arriba, mientras el retumbar de los cazas desaparecía en el horizonte.


Michael no respondía de inmediato. Solo miraba el cielo, la boca ligeramente abierta, absorto en lo que acababa de presenciar. No era común ver tantas aeronaves militares sobrevolando tan bajo y con tanta frecuencia. Algo estaba pasando, y los cazas parecían estar en camino hacia algo, no solo patrullando.


El sonido de los cazas desapareció rápidamente, pero la sensación de que algo estaba fuera de lugar persistió en el aire, como si el mundo estuviera acelerándose hacia algo que nadie podía predecir. Los niños intentaron seguir caminando, pero ambos sabían que las cosas no estaban bien. La incertidumbre de las noticias, los helicópteros y los cazas flotaban sobre ellos, un presagio de que la calma de su rutina diaria estaba a punto de romperse.


Desde las casas, algunas personas salían un momento a la puerta o se asomaban, observando el cielo con rostros preocupados. La mayoría se apresuraba a regresar al interior de sus hogares, como si todo lo que ocurría en el aire fuera una señal de que ya nada sería igual. Las noticias seguían sonando por las radios, transmitiendo reportes de situaciones alarmantes en otros lugares, y en el fondo, en la mente de los habitantes, la duda comenzaba a ocupar más espacio que la esperanza.






MEDIA HORA MAS TARDE


ESCUELA SECUNDARIA DE NEWBERY





Michael y Rusell habían llegado al fin a la secundaria, en los barrios de Newbery la situación era la misma, ningún alma viva por la zona, ni siquiera personas en sus jardines delanteros. Pero se tranquilizaron cuando llegaron, en la entrada principal había dos oficiales de policía custodiando la entrada y prohibían a cualquier civil que no fueran del colegio a entrar.


Pero el director apareció y ordeno a que dejaran pasar a los dos jóvenes, ya que no era "seguro" estar fuera en las calles según sus palabras. El director los invito a entrar a su oficina, pero Michael le llamaba la atención las decenas de profesores en el Zoom, una gran sala donde los alumnos se reunían y saludaban al director para luego pasar a sus cursos o despedir la bandera Argentina y Estadounidense cuando terminaba el ciclo educativo.


Los profesores estaban sentados en sillas mientras veían un televisor grande puesto en una mesa en el medio. Michael presencio lo que estaban viendo, al parecer un disturbio en la ruta 38 cerca de la ciudad de Tucumán, el disturbio prácticamente eran varios civiles agresivos asesinando paramédicos y policías, solo con sus manos. Un helicóptero estaba grabando en vivo en los cielos.


—No sabemos lo que esta sucediendo, lo que sabemos es que la policía, los paramédicos han acordonado la zona por lo que podemos ver hay varios heridos por un choque en cadena aquí en la ruta 38. —Dijo la reportera que estaba dentro del helicóptero de noticias.


El camarógrafo empezó a grabar hacia abajo, y lo que se veía era peor de lo que comentaba la reportera. Cada vez mas "gente" empezaban a atacarse entre si del mismo modo que los civiles violentos antes mencionados. El director se le acabo la paciencia y se llevo a Michael de la mano.


Y les explico a el y Rusell que una enfermedad extraña se expande por todo Brasil y países vecinos. Incluyendo el suyo y en caso de que sientan dolor en sus cuerpos o algún otro síntoma, no vayan al hospital y se dirijan de vuelta al lugar donde estaban. El les dio dos opciones o se quedaban en esta secundaria o volvían a casa y no saldrían hasta que las autoridades digan que todo esta en orden.


Rusell decidió la segunda opción, ya que veía a los adultos como exagerados.


El pensamiento de Michael es diferente, la realidad le demostraba pruebas de lo que decía el director. La falta de gente en la calle, los rostros desesperados de los adultos, lo que vio recientemente en las noticias... Todo esto solo le provoco una profunda preocupación, pero igualmente eligió la segunda opción y se fueron a la entrada principal de la secundaria; pero uno de los oficiales que custodiaba la entrada los detuvo diciéndoles:


—Niños... Si sucede algo en sus hogares... No lo duden... Regresen aquí sin importar lo que sus padres digan. —Dijo el oficial que parecía joven de unos 20 años aproximadamente, los dos niños se dieron cuenta de la placa en uno de sus bolsillos y ahí decía su nombre: "Alexander".


—Gracias, oficial Alexander. —Dijo Michael para luego irse con su amigo de vuelta a su casa.




OTRA MEDIA HORA DESPUÉS


DE VUELTA EN LA CASA DE LOS MONROE




Michael y Rusell regresaron a la modesta casa de los Monroe. A pesar de todo lo que habían visto, Rusell intentaba no pensar demasiado en ello. Quería relajarse, distraerse, así que comenzó a jugar con una pelota de tenis, pasándosela a su amigo una y otra vez.


—Oye, Mike… ¿Dónde está tu familia? No los vi por ningún lado. —Preguntó con curiosidad.


Michael atrapó la pelota y respondió con tranquilidad:


—Papá y Chris están en Tucumán por una entrevista de trabajo para mi hermano. María está en una pijamada con sus amigas, y Mika se fue con su novio a un campamento de verano en San Luis.


Rusell frunció el ceño.


—¿Te dejaron solo?


—No del todo. María vuelve en la tarde y Nikki mañana en la mañana. Y si aceptan a mi hermano, papá regresará la semana que viene.


—Entiendo, entonces me despreocupo.


Michael sonrió con cierta ironía.


—Siempre tan despreocupado, ¿no, Russ?


—Hay que vivir la vida al máximo, Mike. Cuando mueres, todo pasa en un segundo… En cambio, en la vida, podríamos llegar a vivir cien años. Tal vez más.


—Y siempre tan optimista.


—Así soy yo, amigo.


Mientras conversaban, Rusell notó algo en el jardín de los Monroe. Varios materiales de construcción estaban apilados cerca de la casa, junto con herramientas, fierros y clavos esparcidos por el suelo.


—¿Qué está construyendo tu papá, Mike? —preguntó con curiosidad.


—Quiere hacer una piscina. —Respondió Michael con una sonrisa—. ¿Te imaginas nadar todo el verano aquí?


—Espero que me invites, rata.


—Obvio que iba a invitarte, idiota.


Los dos rieron, pero en ese momento, Rusell falló un pase y la pelota de tenis terminó en el techo de la casa.


—¡Bien ahí, genio! —bufó Michael.


Sin pensarlo mucho, tomó una escalera que estaba apoyada contra la pared y la acomodó para subir. Sin embargo, justo cuando iba a alcanzar el techo, todo cambió de golpe.


El suelo comenzó a vibrar con una fuerza brutal. Los árboles, las herramientas y los objetos cercanos temblaban como si algo invisible estuviera sacudiendo la tierra. El viento se tornó violento, impredecible.


Y entonces, lo inesperado sucedió.


Tres helicópteros militares volaron bajo, rugiendo sobre el barrio. Sus enormes sombras cruzaron la casa de Michael en cuestión de segundos, sin detenerse, sin anunciar su presencia.


Michael perdió el equilibrio. Intentó sostenerse, pero cayó al vacío.


El impacto fue duro. Pero lo peor fue lo que siguió después.


Un grito ahogado escapó de su garganta cuando sintió un dolor insoportable atravesarle el hombro izquierdo. Uno de los fierros de construcción había perforado su carne como si fuera papel.


Su vista se nubló. El mundo se volvió un eco lejano, confuso. Y luego, la oscuridad lo consumió.


Rusell corrió hacia él, desesperado.


—¡Michael! ¡Michael! —lo sacudió con torpeza, sin saber qué hacer, sin poder procesar lo que estaba viendo.


Pero su amigo no reaccionaba.


Mientras tanto, los tres helicópteros continuaban su curso, alejándose hacia el norte, abandonando la provincia de Córdoba para siempre.


Así terminó el último día de paz de la humanidad.


Con el tiempo, los sobrevivientes—hombres, mujeres, niños y ancianos por igual—recordarían este día como el comienzo del fin. Y generaciones futuras, incluso aquellas que vivieran más de un siglo, seguirían creyendo que el mundo estaba maldito.




CONTINUARA...


CAPITULO 1: EL INICIO DEL MIEDO

Next Chapter