El encuentro inesperado
El encuentro inesperado
La Universidad de Blackridge era un lugar donde los destinos se entrelazaban sin pedir permiso. Un campus enorme, moderno, donde las élites y los soñadores compartían pasillos sin saber cuánto podrían cambiarse mutuamente la vida. Allí, entre miles de estudiantes, dos mundos opuestos estaban por chocar.
Angelo Moretti caminaba como si el mundo le perteneciera. Porque, en muchos sentidos, así era.
Dueño de una fortuna que los rumores no alcanzaban a dimensionar, su apellido cargaba peso en la política, los negocios… y también en la oscuridad de la ciudad. Último año de criminología y administración, solo iba a clases para cumplir con lo que le exigía su fachada pública. Era frío, calculador y brillante. Tenía a todos comiendo de su mano: profesores, alumnas, e incluso algunos directivos. Había tenido amantes, novias hermosas, incluso modelos, pero ninguna le dejaba más que el eco del vacío.
Su mirada era intensa, afilada como una daga. Y nadie se atrevía a sostenerla más de unos segundos. Nadie... todavía.
Alec Rivera, en cambio, era un contraste viviente.
Tranquilo, casi invisible entre la multitud, prefería las bibliotecas a las fiestas, el café con leche a las copas caras, los silencios cómodos a las charlas forzadas. Estudiaba literatura y pedagogía, soñando con enseñar en alguna secundaria lejana, alejada del caos del mundo. Vivía con lo justo, becado, trabajando medio tiempo en la cafetería del campus. Nunca había tenido una pareja, mucho menos un romance. Las indirectas sociales lo confundían y el amor le parecía un concepto hermoso… pero lejano. Irreal.
Lo suyo era la fantasía de los libros, no las pasiones que quemaban.
Esa mañana, Alec iba apurado. Llevaba un cuaderno lleno de poemas sueltos y una tostada a medio comer. Se disculpaba torpemente con cada persona que rozaba mientras corría al aula equivocada. Otra vez.
Angelo estaba allí por error. Una clase que no le interesaba, pero que uno de sus “asociados” le pidió supervisar. Se apoyó en la pared, con su abrigo negro sobre los hombros y los auriculares colgando. Su presencia dominaba la sala aunque no hablara. Todos lo miraban… menos uno.
Alec entró de golpe, tropezando con la mochila de alguien. El cuaderno se le cayó al suelo, las hojas se desparramaron como mariposas en fuga.
—Ah… ¡Lo siento! —dijo con voz suave, agachándose a recogerlas.
Angelo frunció el ceño. Su mirada se posó en el chico arrodillado en el suelo, que ni siquiera parecía notarlo. El silencio se cargó de algo nuevo. De curiosidad.
Un par de hojas cayeron junto a sus zapatos italianos.
Alec las recogió sin mirar al dueño de los zapatos… hasta que lo hizo.
Y entonces, el tiempo pareció detenerse.
Ojos oscuros como la noche, que lo miraban como si pudieran leerlo completo. Ojos dulces, casi temerosos, que no sabían lo que estaban enfrentando.
Por unos segundos, solo se miraron. Sin palabras. Sin entender por qué el mundo afuera parecía desvanecerse.
El jefe... y su alma inocente.
Apenas comenzaba la historia.