Capítulo 1
Mi canal donde subo memes y actualizaciones de mis fics, pasa el QR para estar al pendiente:

Bill se miró al espejo, dándose fuerzas mientras se ponía sus anillos.
Llegó al hospital y vio a la mujer acongojada sentada.
—¿Se despertó? —preguntó Bill, con el nudo en la garganta.
—No, todo sigue igual —respondió la aludida.
Bill la abrazó y la tomó por los hombros con delicadeza, ofreciéndole una mirada de comprensión.
—Vivian, ve a tu casa, yo lo cuidaré. Descansa, toma una ducha y come algo —pidió el rubio.
—No hay un sólo día en que te separes de él, eres su ángel, siempre estás ahí cuando él te necesita —musitó Vivian de corazón, sintiéndose triste por su hijo, pero también al contar con Bill sabía que Tom no estaría solo nunca.
Bill sonrió de lado, con una opresión en el pecho, y asintió.
Bill entró al cuarto de color blanco, había un cuaderno sobre un escritorio, y se dispuso a escribir en él.
Diario de Bill: Día 1
Ya son cinco días que te veo postrado en esa cama, luces tan frágil como cuando te conocí...
Ese día estaba haciéndole berrinche a mi mamá porque no quería ir al colegio. El colegio apestaba para mí, era alejarme de mi cama querida e ir a compartir mi tiempo con niños que no conocía. La idea me desagradaba totalmente, y cuando llegamos al portón, ella te vio y te utilizó como ejemplo.
—Bill, mira a este niño, él no hace pataleta y está bien portado sin necesidad de que su mamá le diga algo, aprende de él. ¿Cómo te llamas, dulzura? —le preguntó mi madre al chico que estaba a su costado.
—Tom —respondiste y te odié desde ese instante.
Para joderla más, cuando entré al salón te vi y la maestra me sentó a tu lado, yo sólo quería golpearte o pellizcarte por ser el “buen ejemplo” que había utilizado mi mamá, haciendo que me jodiera demasiado el cómo parecías tan tranquilo con todo.
Sentía que era uno de los peores días de mi vida, sin embargo, cuando el recreo llegó, no quise salir al patio y tú te quedaste a mi costado.
—Hola, soy Tom. ¿No trajiste lonchera? —me cuestionaste y te fruncí el ceño, aguantándome las ganas de patearte.
—Qué te importa —te respondí frunciendo el ceño, sólo faltaba que te sacara la lengua para que fuera la cereza del pastel de mi berrinche de niño, que sí, ambos lo éramos, sin embargo, había algo distinto en ti, y que impidió que llegara a hacerte algo, y que de algún modo, hizo que también tú no reaccionaras negativamente frente a mi hostilidad.
—Bueno si no tienes nada qué comer, toma —dijiste y me ofreciste la mitad de tu sándwich. Fruncí más el ceño.
—Sí traje lonchera —respondí de mala gana, sacando mi lonchera de Los vengadores.
La abrí y te mostré que tenía dos sándwiches, a diferencia tuya que tenías sólo uno, quería presumir, cosas infantiles.
Y tú sacaste una paleta de tu lonchera, la lamiste y me supe vencido, ¿cómo podría luchar con mis dos sándwiches frente a tu paleta? Evidentemente una paleta superaba incluso hasta tres sándwiches.
Mordí mi mejilla interna por la ira de que no tenía una paleta y, antes de que llorara como un niño, que sí era, me pusiste la paleta en la cara y me ofreciste una sonrisa.
—Toma, te la regalo —soltaste como si nada.
Desde ese momento nadie pudo separarnos, lamí con gusto tu paleta, incluso sin molestarme el que ya estuviera con tu saliva, de hecho… Al final terminé por comerla a medias contigo y te invité la mitad de uno de mis dos sándwiches. Eras tan puro, incluso aunque tuviéramos la misma edad, había algo en ti, Tom, el que hizo que todo cambiara para mí. No es que hubiera sido un niño mimado… O tal vez sí, precisamente porque a veces era muy celoso con la atención de mis padres con respecto a mi hermana y a mí, haciendo que me costara relacionarme con otros, pensando que sería una disputa de egos como con mi hermana. Queriendo sí o sí sobresalir… Pero contigo no había esa lucha, tú brillabas sin proponértelo, y me entendías, cuando ni yo mismo lo hacía.
Nuestra amistad se volvía tan verdadera que daba miedo perderla.
Día con día te iba conociendo más y quitando esa imagen de niño pulcro de mi cabeza, volviéndote más real e imperfecto con el pasar de los días.
Éramos como Bruce Banner y Tony Stark, sólo que yo era Tony por ser más genial que tú o así me alucinaba de pequeño.
Recuerdo que me puse muy triste cuando me fui de campamento con mi hermana, creí que nunca más iba a volver a verte. Lloré durante todo el viaje pero Emma me hizo bromas que me hicieron olvidarme todo. Por algo era mi melliza y me conocía muy bien, por lo que en el campamento me divertí bastante y recién cuando regresé pensé en ti de nuevo.
Cuando llegué a casa, te vi en mi sala, comiendo cereales y con ojos rojos. Habías llorado los tres días que yo me la pasé a lo grande en el campamento, sentí un dolor en el pecho, era culpa pero era muy niño para comprenderlo del todo.
Mamá decía que pudimos haber sido nosotros los mellizos porque éramos inseparables. Tú tenías gripe por lo que no pudiste acompañarnos, y por Emma fue mejor porque decía que te celaba porque pasábamos mucho tiempo juntos.
Antes de ti, ella era mi Bruce Banner y cuando llegaste tú la destronaste, por eso supongo que Emma te odiaba.
Te quedaste a dormir para contarte todo lo que hice, y que no lloraras porque temías perderme. Tus papás eran muy amigos de los míos por lo que había confianza y te cuidaban como si fueras un hijo más.
Esa noche no dormimos por estar hablando toda la noche con una linterna debajo de las frazadas mientras leíamos cómics en voz alta y nos contábamos de todo.
Al día siguiente papá prometió hacernos nuestra casa del árbol para que no despertáramos a Emma con nuestras risas sonoras en la madrugada.
Mi padre nos llevó a comprar los materiales, desde madera hasta clavos entre otras cosas que desconocía su nombre. Mamá nos puso cascos para evitar que nos lastimáramos.
Emma nos miraba a lo lejos poniendo un puchero y ojos fieros. Era curioso cómo ella era como yo, pero en niña, y sí, entendía que por ser hermanos existía el parecido, pero igualmente antes no tenía importancia para mí ese hecho, no lo tuvo por mucho tiempo.
[...]
Vivian entró al cuarto de Tom, Bill estaba dormido con un cuaderno entre sus manos.
—Qué buen enfermero eres —molestó la mujer mientras lo cubría con una manta.
Bill se despertó asustado y apretó el cuaderno y miró a Vivian.
—¿Qué hora es? —inquirió Bill con aspecto confundido.
—Son las diez de la mañana. No te preocupes, ya llamé a Dunja, le dije que no irías a la productora. Ella dijo que ya tenía cubierto todo, que cualquier cosa te llamaría —le tranquilizó Vivian con una sonrisa amable.
—Gracias, Vivi —soltó Bill, suspirando porque era una preocupación menos.
La mujer le guiñó un ojo y luego vio a su hijo en cama.
—Parece como si estuviera durmiendo. Se ve tan frágil —comentó Vivian, con el dolor en el pecho al observar a Tom echado en la camilla.
—Es frágil, lo somos. Siempre nos necesitamos mutuamente —farfulló Bill, siguiendo la dirección de la mirada de Vivian, con el dolor carcomiéndole por dentro al ver a Tom allí.
—Sabes que eres como mi hijo, y él siempre te ha querido como un hermano —masculló Vivian con una expresión triste.
Bill la miró con ojos cansados y llorosos, por más de lo que significaba aquella frase para él.
—Siento que te fallé, Vivian. Te dije que lo cuidaría y no fue así —farfulló Bill con la voz quebrándose.
—Los accidentes pasan, Bill —dijo Vivian con un tono lúgubre, con la sombra del pasado en aquella frase cargada de tanto.
—No quiero que pases por lo mismo otra vez —barbotó Bill, apretando sus puños, pensar en que Tom muriera lo destrozaba en el alma.
—No pasará, sé que Tom es fuerte. Lo que pasó con Roger fue muy doloroso y sé que eso hará que Tom no nos deje solos —arguyó Vivian, no queriendo pensar en Roger, porque sí, el peor dolor de un padre era enterrar a un hijo, y ella se mantenía con fe de que no tendría que volver a sucederle, no, Tom despertaría, tenía que hacerlo.
Se abrazaron y entró Jörg.
—Hijo, ¿aún sigues aquí? —le preguntó a Bill, el cual asintió.
—No hay otro lugar donde prefiera estar —soltó Bill con toda la honestidad que le salía por los poros.
Jörg le palmeó el hombro. —Ustedes como siempre inseparables.