Cuentos para la luna

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Summary

Cuentos para la luna es una antología de relatos escalofriantes en los que la vida humana se entrelaza con la muerte. Pérdida y dolor, muertes y lunas que acechan desde lejos, con el objetivo de llevarse lo más humano de la sociedad. Prepárate para que la luna te sonría. "A pesar de todo lo que ella había hecho, la luna siempre estaba ahí para guiar su camino. La luna siempre se inclinaba ante ella".

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Lucidez

El pasillo estaba lleno de luz blanca, se podía ver que las paredes y el suelo estaban pulcros. Era de noche, aunque adentro no se notara.

Una mujer avanzaba con paso firme, vestía una blusa y pantalones blancos, encima de su ropa llevaba una bata igualmente blanca, pero lo que más la distinguía eran sus tacones, eran rojos como la sangre. Tenía una mirada seria, sus ojos eran fríos.

La mujer fue avanzando hasta llegar a una puerta blanca, la abrió y entró a la habitación. Del lado izquierdo había una silla de metal, en el lado derecho; tres. Ella avanzó y tomó asiento al final de las tres sillas, abrió su cuaderno de notas y esperó a su paciente para empezar la sesión.

A los pocos minutos entró una joven con un suéter y pantalones grises, su cabello negro destacaba en la habitación.

La chica miró a la mujer con amabilidad y tomó asiento frente a ella.

—Hola, señora Agnes —dijo la joven.

—Hola, Emily, ¿cómo te sientes?

—Un poco mareada, aunque aún los puedo escuchar —contestó un poco nerviosa—. ¿Dónde está la joven Adelaida y la niña Adara?

—Me temo que ellas no pueden estar aquí, no por el momento —dijo la señora Agnes—. Pero, dime, últimamente has hablado con ellas, ¿qué es lo que te dicen?

—No mucho —dijo Emily y miró hacia una de las sillas vacías junto a la señora Agnes, como si pudiera ver a una persona que no existía—. Sólo me hablan de cómo es su vida dentro de este lugar, pero la pequeña Adara, me cuenta lo divertido que es pasear por todos los pasillos.

Mientras Emily explicaba situaciones sobre su vida en ese lugar, la señora Agnes continuó evaluando a la joven, en su cuaderno hizo muchas anotaciones mientras asentía a sus palabras.

Al final de la hora, dos guardias tocaron la puerta y se llevaron a la muchacha a su habitación. La señora Agnes, como última nota, escribió: la jovencita Emily, a pesar de todos los medicamentos que se le administran, incluyendo una nueva pastilla con un característico color azul, no han dado efecto de mejora, su condición ha decaído, cree que la joven Adelaida y la pequeña Adara son reales. No puedo asegurar si esas nuevas voces tienen buenas intenciones o la obligarán lastimarse a sí misma como le dijo Dieciséis que lo hiciera. Sólo hay que esperar y vigilarla las veinticuatro horas para una posible mejora o recaída.

La señora Agnes cerró su cuaderno y se levantó de su asiento, a pesar de las varias sesionas que había tenido con la chica, aún no entendía el porqué se tenía que sentar en medio de las tres sillas. Por alguna razón, Emily decía que ese era su lugar, la primera silla era para la pequeña Adara, la segunda para la joven Adelaida y la tercera para Agnes.

La mujer abrió la puerta y se encontró con el guardia, cada noche que salía de esa habitación, él le ofrecía un dulce y le decía que después de un día amargo, merecía algo dulce. El guardia era muy amable con todos los trabajadores del lugar, obsequiando dulces de su color favorito; azul.

Después de algunos minutos y una que otra risa, la señora Agnes comenzó a sentirse cansada, los días siempre eran agotadores y terminaba rendida al descansar la cabeza contra la almohada. Sin embargo, esa noche se sentía más agotada de lo usual, sentía que iba a desmayarse del cansancio, por lo que se recargó en la pared en busca de soporte.

—¿Acaso ya no tiene ganas de correr y brincar por todo el pasillo? —dijo el guardia mientras le tomaba el brazo para evitar que cayera al suelo.

El rostro de Agnes cambió y el guardia no supo quién de las tres le devolvía la mirada.

—Algún día ella se dará cuenta.

Ante la incapacidad de mantenerse despierta por más tiempo, se desmayó en los brazos del guardia, quién la tomó con delicadeza y caminó hacia la habitación de la mujer.

Abrió la puerta con una de sus manos libres y entró, la arropó en la cama y se despidió de ella con un beso en la frente.

Al salir, el guardia cerró con llave la habitación y se dirigió a la oficina del director del psiquiátrico para anunciar el cierre de todos los cuartos y dar por finalizado el horario laboral.