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Por el bien de nuestro país

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Summary

En una reunión crucial de un partido político, un joven y enigmático asistente propone una estrategia audaz y radical para alcanzar sus objetivos. Su plan, inicialmente desconcertante para los demás miembros, desafía las nociones tradicionales de unidad y colaboración. A medida que expone su visión, la tensión en la sala aumenta, y el grupo se enfrenta a una decisión que podría redefinir el curso de su movimiento. La historia explora cómo las percepciones sobre la fuerza y el poder pueden ser manipuladas de maneras inesperadas.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1



—Han pasado años —dijo un hombre de cabello entrecano durante una de las juntas del partido—. Tenemos que intentar cosas nuevas.


Un grupo de doce personas discutía alrededor de una mesa de cristal. En la pared a sus espaldas ondeaban los colores del partido. El murmullo de las voces comenzó a crecer tras la declaración del diputado Ortega.


—Deberíamos proponer una mejora en el sector salud —sugirió una mujer mayor.


Una risa ahogada se escuchó al fondo de la sala. Todos la ignoraron.


—Podríamos impulsar mejoras en la infraestructura —añadió un hombre bajito, de frente prominente.


Un bufido audible sonó de nuevo en la sala; esta vez todos giraron la cabeza al mismo tiempo. Ortega tomó el mando de nuevo.


—¿Tienes algo que decir? —preguntó con autoridad.


—Sí. Deberíamos lanzar una marcha en contra de los clientes que pagan menos del 15% de propina —gritó uno de los asistentes más jóvenes, con el rostro serio y la mirada fija.


—¿Qué dices, Antonio? —preguntó Ortega, sorprendido.


—Sí, y después lanzamos un contraataque contra los establecimientos que la imponen como obligatoria —continuó Antonio.


—Sigo sin entender —murmuró un hombre de bigote poblado a la derecha de Ortega.


—Después hacemos que los puestos sin meseros protesten, porque ellos ni siquiera reciben propina —dijo Antonio, con la respiración agitada—. Al poco tiempo, verán cómo los que venden botanas en los estadios también comenzarán a quejarse y dirán que los otros exageran —añadió, sonriendo.


Un murmullo de voces recorrió el lugar.


—Finalmente, los comedores industriales harán un paro y afectarán a las empresas —siguió, acomodándose el cabello que le caía en la cara—. Y entonces podremos culpar al gobierno actual. Para ese momento, la gente ya no buscará soluciones… solo culpables.


—Eso suena demasiado manipulador —dijo la mujer, con voz temblorosa.


—Pero imaginen las posibilidades —continuó Antonio, ignorándola—. Primero será el sector de alimentos, luego las bebidas… los que toman Pepsi contra los que toman Coca-Cola, los que comen tacos contra los que comen hamburguesas…


Uno de los focos comenzó a parpadear. El aire se volvió denso con el silencio que se había formado en la sala. Antonio seguía hablando, cada vez más exaltado.


Se puso de pie y elevó la voz.


—Quebrantemos el sistema, para que podamos recoger los pedazos —soltó una risa maniaca mientras blandía una pluma entre los dedos—. Porque no importa si los meseros cobran o no propina; lo que importa es que nosotros lleguemos al poder.


Hizo una pausa. Recorrió con la mirada cada rostro en la sala. El silencio reinaba, salvo por el martilleo de algunos pies en el suelo y el golpeteo nervioso de dedos sobre la mesa.


—Dicen que la unión hace la fuerza… pues bien, la división nos hace fuertes a nosotros —dijo, y apretó con tanta fuerza la pluma que esta se partió en dos.


Sin más, se dejó caer en su silla. Entrelazó los dedos frente al pecho, analizando cada expresión.


Una onda de calor se apoderó de la sala. Todos comenzaron a sudar. La mezcla de perfumes caros y cuero llenó el ambiente.


Finalmente, hubo silencio. Solo lo rompió un carraspeo de Ortega.


—Levanten la mano los que estén a favor de la propuesta de Antonio —dijo, con tono robótico.


Todos se miraron en silencio, había duda en sus ojos. Finalmente, doce manos se elevaron al unísono.


—Aprobado… se cierra la sesión.


—Qué cansado es trabajar por el bienestar del país —dijo Ortega, sonriendo como quien no quiere la cosa—. ¿Alguien quiere ir a cenar?

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