🩸 Capítulo 1 – El sótano también sangra
El sótano olía a humedad y polvo viejo. Las paredes de concreto rezumaban frío incluso en verano, y la única ventana era apenas una rendija, demasiado alta para ver el cielo, pero lo bastante baja como para dejar entrar el viento helado que se colaba entre las tablas mal clavadas. Allí dormía Alejandro, sobre un colchón tan delgado que las varillas del somier se le marcaban en la espalda. No se quejaba. Ya no.
Desde los dieciséis, ese había sido su lugar. “Ocupas demasiado”, había dicho su padre mientras señalaba la puerta al sótano. Sus hermanos necesitaban más espacio. Tres eran alfa, los otros dos beta, y él… él era el único omega. La palabra se decía en voz baja en su casa, como si fuera una enfermedad que debían soportar en silencio. Una vergüenza con nombre propio.
Alejandro.
El mayor. El invisible. El inconveniente.
—¿No piensas levantarte? —la voz de su madre atravesó la puerta del sótano como una aguja.
—Sí… ya voy. —respondió él, con la garganta seca.
No recordaba cuándo fue la última vez que comió una comida completa. Siempre llegaba tarde a la mesa, por costumbre o porque nadie lo llamaba, y lo que quedaba eran sobras frías que apenas daban para calmar el estómago. A veces, robaba un pedazo de pan. Otras veces, no comía nada en absoluto. Su cuerpo se había acostumbrado. Flaco, de huesos marcados, con ojeras que ya eran parte de su rostro.
Pero había aprendido a no quejarse. Aprendió que era mejor no pedir. No necesitar. No esperar nada.
Al subir las escaleras, una punzada en el abdomen le hizo temblar las piernas. No era dolor. Era calor. Otro aviso. Llevaba días sintiéndolo. Hormigueos en la piel, el corazón acelerado sin razón aparente, una sensibilidad incómoda a los olores, al tacto, al aire.
El pre-celo.
No se atrevía a decirlo. Si sus padres se enteraban, lo encerrarían. Otra vez. Como la primera vez, cuando apenas tuvo su primer rastro de calor y su madre lo ató a la cama con cuerdas de cocina mientras su padre cerraba las ventanas con clavos.
“Los vecinos no deben saber”, dijeron. “Nadie debe saber que eres esto.”
Alejandro pasó junto a sus hermanos sin que lo miraran. Uno de ellos lanzó una risa burlona al olfatear el aire.
—Parece que la perrita está entrando en celo.
—No seas asqueroso —gruñó el segundo—. Padre debería venderlo ya. Seguro algún viejo con hambre de omega lo compra.
Alejandro agachó la cabeza. Siguió caminando. No sentía ira. Sentía resignación.
Hasta que ocurrió lo impensable.
Esa noche, llegaron soldados.
Soldados reales.
Vestidos con armaduras negras con el emblema del trono: una corona rodeada de colmillos. El Rey Oscar no enviaba mensajeros. No advertía. Cuando sus hombres llegaban, algo estaba por cambiar.
—¿Alejandro, hijo de Mateo y Clara? —preguntó el capitán con voz de trueno.
—¿Yo? —balbuceó él, mientras su padre lo empujaba hacia adelante sin titubear.
—Él es. Llévenselo si quieren. Ya nos ha causado suficientes problemas.
No hubo despedidas. Ni lágrimas. Ni resistencia. Nadie preguntó a dónde lo llevaban. Porque todos sabían qué significaba que el Rey Oscar reclamara a un omega:
Tributo.
Oferta.
Pertenencia.
Y mientras el carruaje se alejaba, Alejandro no miró atrás. No tenía qué perder.
Solo una vida vacía. Solo un cuerpo cansado. Solo un corazón… que aún latía, sin saber por qué.
Pero en algún lugar del norte, en un castillo construido con piedra negra y leyendas, un vampiro inmortal, un rey sin consorte, alzó la cabeza y sus colmillos rozaron el aire.
Había olido algo.
Y le pertenecía.