PÉTALOS DE NIEVE [SatoSugu - Mpreg]

Summary

En la magia hay muchas reglas que no se pueden romper. Satoru ha aprendido por las malas lo que hacerlo conlleva. Aislado del mundo, solo desea acabar de vivir sus días en una tranquila soledad. Sin embargo, eso no impide que se compadezca del pobre zorro herido hallado en medio del bosque.

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Pétalos de nieve

La suavidad de la nieve hundiéndose bajo sus patas hace que finalmente sienta algo de paz. Los días como este, donde el espesor del manto blanco envuelve todo con la suavidad de una gruesa manta recién tejida, son sus favoritos.

Baja la montaña con calma. Tornando su ánima a su forma más primitiva, la esencial, avanza a cuatro patas por la simpleza de los montes cubiertos de ese blanco regalo hasta llegar al bosque. Como siempre, las primeras hileras de árboles se presentan tan separadas entre sí que uno llegaría a pensar que podría considerarse invitación. Sin embargo, cualquier que se hubiese adentrado un par de metros en su interior sabría que no se trata de más que de un engaño.

Mientras más investigaras en sus fauces, ese recóndito lugar del planeta jugaría con tus sentidos y mente, llevándote a cometer cualquier clase de imprudencias. Rocas propensas al derrumbe, pozos disimulados entre la maleza y algún que otro risco de varios metros de altura son algunas de las cosas que componen tal trampa natural germinada al pie de la montaña. Y esa, entre otras muchas razones, es el porqué a su gusto por tal lugar. La dificultad para acceder a su madriguera le da gran disfrute a su alma. Un retiro solitario es lo mejor para quienes ya no buscan otra cosa por la cual vivir y pretenden acabar sus días en tranquilidad.

Y es esta, a su vez, la razón que lo lleva a sorprenderse tanto con el hallazgo tan insólito que realiza esta mañana. Entremedio de la nieve y casi por completo cubierto de hojas congeladas, hay un cuerpo. Su olfato y sentidos le advierten que esa pequeña y redondeada bola de pelos continúa con vida, por lo tanto, no solo no es comestible aun, sino que logró, de alguna manera, adentrarse lo suficiente en el bosque como para no ser descubierto por otro depredador y, a su vez, ser salvado por uno.

Porque, estúpidamente, es lo que hará.

Se acerca con cautela a la mancha negruzca que interrumpe la pura blancura de la nieve. El indefenso ser tiembla débilmente y el vaho de su respiración es tan débil que calcula no debe de quedarle mucho tiempo de vida dentro. Después de todo, desde la poca espesura de su pelaje hasta su constitución le advierten que no se encuentra ante un animal de este hábitat; lo que lleva a otras cuestiones importantes tales como de dónde viene y, la peor, ¿está solo?

La segunda es la más fácil de responder. De no estar solo ya alguien habría salido en su rescate. Por lo tanto, toma el riesgo de acercarse. Empuja el cuerpo para desarmar su postura enroscada y comprobar un par de cosas. Es un zorro, pero no de montaña y tiene, por lo menos, una pata rota. Dada la posición que demuestra uno de sus miembros inferiores es una rotura limpia. Limpia y dolorosa. Su pelaje negro azabache disimula el color de la sangre que se extiende por su abdomen en un tapiz que presagia la muerte. Bien, está medio muerto ya, no hay mucho que puedas hacer por él, ¿verdad?

¿Verdad?

-o-o-0-o-o-

Cuando comenzó con toda esta locura, nunca pensó que realmente lo lograría.

Abrir los ojos se siente bien en un primer instante e incómodo en el siguiente. Un ramalazo de dolor atraviesa su cuerpo al intentar moverse. Comienza desde la pierna hasta, atraviesa la columna e impacta el interior de su cabeza. Como resultado, un pequeño quejido escapa por entre su garganta reseca, llamando la atención de alguien más.

No ha notado que estaba acompañado. Apenas si ha tenido tiempo de reconocer que todas las partes de su cuerpo continúan unidas entre sí, por suerte. Podría haber sido mucho peor. La otra criatura se acerca al instante, y unas manos frías se posan alrededor de sus mejillas ardientes.

—Tienes fiebre —dice la voz. Es cálida y reconfortante y se siente llenar con su textura como de miel—. No te muevas mucho, estás herido. Te traeré agua.

Reconoce el origen del dolor como un punto ubicado en uno de sus muslos. Allí donde el impacto de una flecha acabó por abrir la carne hasta llegar al hueso. Sin ninguna duda el hueso se partió. Con movimientos pausados, logra alcanzar el vendaje que recubre la zona y halla que ha sido colocado pulcramente y con mano experta. El aroma de hierbas curativas invade su olfato.

—Aquí. Ven, te ayudaré.

Con servilismo amistoso, su salvador lo ayuda a elevarse lo suficiente como para beber agua de un pequeño tazón que sostiene contra sus labios. Un nuevo aroma llega hacia sí, esta vez, el de aquel ser humanitario. Mientras el fresco líquido resbala al interior de su garganta, se concentra en registrar este perfume. Es suave, con un ligero tono picoso, pero nada que resulte desagradable. Todo lo contrario.

—¿Cómo te sientes? —Ah, aquí es donde las cosas se ponen complicadas.

Su amable rescatista es hermoso. No existe palabra mejor para describirlo. Por las peludas orejas que salen de su cabeza y la larga cola que ondea por detrás, ambas blancas con manchas negras, se da cuenta de que se trata de un leopardo. Esto podría acabar siendo un problema si no actúa con rapidez.

—Nunca había visto a uno como tu por aquí antes. —Al no obtener respuesta, el leopardo continúa la conversación por su cuenta—. No voy a comerte, si es lo que estás pensando. Si me disculpas las palabras, la carne de zorro no es tan sabrosa. Sin mencionar que ya eres demasiado viejo. Además, tu color...

Dijo que no iba a comerlo, lo que no significa necesariamente que no pudiese matarlo.

Si, es un zorro negro. Y eso es con certeza un problema.

—Sigues pensando demasiado. ¿Qué puedo decir para convencerte de que estás a salvo aquí conmigo? —Nada. Es innecesario porque ya lo sé—. Eres muy callado, ¿cierto?

Bueno...

Para aclarar ese punto con rapidez, intenta emitir algún sonido, fracasando en el proceso.

—No puedes hablar. Entendido. —Astuto—. Una lástima. Juraría que tienes una hermosa voz.

Pero tu puedes arreglarlo. Solo necesito que lo entiendas.

—Ah, el té está listo. Espera, te serviré un poco.

Con rapidez, el leopardo se dirige hacia la chimenea que arde frente a la cama. Una enorme tetera de plata se calienta al fuego antes de que la quite para preparar una infusión. El humo escapa de los tazones bailando en el aire cuando le entrega uno de ellos. El contenido quema, pero está realmente delicioso. Aunque un poco dulce para su gusto personal.

—Es curativo. Te ayudará a recuperarte más pronto. La herida en tu pierna... Tienes suerte. El hueso fue partido limpiamente por la mitad. Eso ayuda mucho. —Tomando un sorbo del tazón, los ojos de ese semihumano lo analizan. Son azules, muy claros. La fiebre hace que luzcan como dos estrellas titilantes—. Soy Satoru, por cierto. ¿Sabes escribir? Así podrías decirme tu nombre.

Eso también estará difícil. Todo es demasiado difícil.

—Entiendo... —No. De hecho, no.

Sus ojos pasean sobre el cuerpo de Satoru hasta detenerse en un punto específico del mismo. Concretamente, en el collar que reposa en sus clavículas. Es una pieza de artesanía algo rústica, pero no por eso menos hermosa. Una sucesión de piedrecillas blancas conforma la cadena y en el centro a modo de dije, un círculo tallado en piedra negra con un trozo de amatista incrustado se llevan toda la atención. Es un artículo simple y se nota que fue confeccionado a mano; lo que es, para ser exactos, lo que le otorga todo su valor. Es un collar de compromiso.

El púrpura de la amatista refulge con gran fuerza. Algo en su garganta se cierra al ver el collar. Sus dedos comienzan a presionar el tazón de té con demasiada fuerza, volviendo sus nudillos blancos.

—¿Te gusta esto? —Satoru nota su atracción hacia el adorno. Tomando el dije, lo acerca a su rostro lo suficiente para que pueda apreciarlo de cerca. Un nuevo dolor lo atraviesa entonces, aunque no tiene nada que ver con su pierna esta vez—. Es a juego con otro. Aunque no se encuentra aquí en este momento.

Estoy casado, es lo que significan esas palabras. También, que es viudo. Si el collar gemelo de ese estuviese cerca ya se habría manifestado. Casi le dan ganas de reír ante este pensamiento.

—Suficiente charla por hoy —dice Satoru, riendo para sí ante su propio chiste—. Es hora de dormir. Tienes que regresar pronto a tu casa. Cuando caiga la nevada fuerte no habrá dios que atraviese el bosque.

Con rapidez, lava los tazones y utensilios usados para preparar el té y los coloca en su sitio. Hay gracilidad en sus movimientos. Y fuerza. Solo entonces nota que está descalzo. Sus pies rematados en garras se mueven con suavidad sobre una alfombra de grueso pelaje color blanco que atenúa la frialdad de suelo.

Las palmas heladas de Satoru vuelven a posarse en su rostro. La diferencia de temperatura es agradable, aunque no tan notoria como al principio.

—La fiebre ha disminuido un poco.

Luego revisa su pierna. Cambia los vendajes, aplica una nueva dosis de hierba medicinal y lo ayuda a acomodar su cuerpo para dormir. Hay un cuidado excesivo en cada uno de sus movimientos. Tanto, que logra hacer que olvide que sus especies son enemigos naturales. Si otros lo supieran, seguramente ridiculizarían al buen leopardo blanco.

—Estarás bien —informa finalmente Satoru cuando acaba el trabajo. Le cree. Puede sentir como el efecto de su tratamiento va haciéndose presente. Eso sumado al té, lo sumen en un enorme estado de relajación. Los párpados le pesan.

Cuando está seguro de que está todo en orden, Satoru rodea la cama para abrir las sábanas y meterse en ella. El aroma de su cuerpo se intensifica debido a la cercanía y una calidez se posa en el interior de su estómago.

—Si necesitas algo, despiértame.

No pasa mucho tiempo antes de que caiga dormido. Las palabras continúan flotando en el aire durante largos minutos aun después de eso.

Sí, hay algo que necesito, pero temo lo que puedas hacer cuando descubras lo que es.

El perfume de las flores impregna el mundo a tal punto, que es difícil discernir donde acaba uno y comienza el otro. Si hay algo que lo enorgullezca y moleste a partes iguales es su capacidad de recordar.

Satoru recuerda todo. Absolutamente todo con una claridad tan intensa que acaba siendo dolorosa. En esta ocasión, sus sueños lo transportan a ese recuerdo una vez más. Ha pasado tiempo desde que estuvo aquí. El paisaje continúa siendo precioso. El valle recubierto en su totalidad por lilas es hipnotizante. Sus frágiles pétalos ondean al viento, acariciando suavemente su piel.

—No estás escuchando.

Cuando Suguru se enoja una tierna arruga se forma en su entrecejo. Ahora no podrá dejar de mirarla hasta que se borre.

—Hablabas de magia —responde, acercándose un poco más a ese otro cuerpo cálido que se recuesta en el valle.

Suguru siempre habla de magia, y eso le encanta. De entre todos los suyos, Suguru es sin duda el más inteligente. Sabe cosas, pero no se queda solo con esas cosas. Quiere más, mucho más, y no teme salir a buscarlas. El valle de lilas, por ejemplo, fue su idea. De alguna manera se las ingenió para hacerlas florecer en mitad de la montaña. La blancura de la nieve a contraste con el color de las flores es la segunda cosa más hermosa que ha visto.

—Esto es importante —puntualiza Suguru, y la arruga no hace sino marcarse más.

—¿Por qué estás tan apresurado por tratar ese tema? Seguimos siendo jóvenes.

—¡Ese es justo el punto! Comenzar ahora es lo ideal. Se requiere de años de práctica e investigación.

—¿Práctica? —Satoru alza una ceja, entre divertido y dudoso—. Suguru, ¿planeas morir pronto o...?

—No te hagas el tonto. Sabes a lo que me refiero.

Sí, pero también, no le gusta.

Entre su gente hay una creencia: manifiesta la muerte y muerte tendrás. Alguien debió mencionárselo a Suguru. También que...

—Está prohibido —recita por millonésima vez. La magia negra, todo aquello alejado de la luz es impensable—. ¿Quieres hablar de muerte? Pues pon a prueba tu idea. Estoy seguro de que habrá cazadores más que dispuestos a discutir el tema contigo.

—Te enojaste.

—Sí.

Suguru se rinde entonces. Ajustando su cuerpo, logra encontrar la manera de intensificar el abrazo. El cuello de Satoru es cálido contra su mejilla. Las piedras blancas del collar de compromiso lo rasguñan un poco.

—¿Aun quieres seguir siendo mi esposo?

—Sabes que sí —dice Satoru luego de un largo minuto de silencio—. Pero no me gusta lo que estás intentando. Piensa en la aldea. Lo que harían. ¿Qué pasaría si supieran...?

Si supieran que intentas encontrar una manera de revivir a los muertos.

—Lo extraño —susurra Suguru. Su voz se quiebra al final de las sílabas y Satoru siente sus entrañas retorcerse. Las lilas se agitan una vez más contra sus cuerpos. Cada pequeño roce de esos pétalos asemeja un latigazo contra su espalda. Cada golpe un recuerdo.

—También yo —responde de igual manera—. Con más razón deberías dejar de lado esas ideas. Él no querría esto.

—Lo sé... —Suguru se aprieta todavía más contra él. Parece querer poder fusionarse con Satoru. Unirse en uno solo. Sus vidas, su dolor—. Quiero irme. Ya no soporto vivir aquí. Lo veo en cada pequeña cosa y es... Es como...

Es como si le arrancaran el corazón de cuajo. Lo entiende bien.

Una brisa se levanta, y una lluvia de pétalos arrancados cae a su alrededor como una risa. Otro latigazo de dolor. Un pequeño de pelaje blanco y ojos color violeta. Sus mejillas regordetas elevadas en una tierna sonrisa. Satoru se tensa ante la imagen de ese niño precioso atrapado para siempre en la infancia. Congelado para toda la eternidad.

Intenta recobrarse. Se centra en Suguru, que ha ocultado el rostro en su pecho. Sus orejas le rozan los labios y las besa. Pone todo su esfuerzo en memorizar los detalles. La tersura de su piel. El blanco cristalino de su largo cabello, idéntico al de sí mismo y a la vez tan diferente. Las hebras se enriendan en sus dedos cuando acaricia su cabeza. Ojalá no levante la vista, no se cree capaz de soportar ver esos ojos en este momento. A veces, una parte suya se arrepiente de haber deseado parir un hijo idéntico a Suguru. Aunque claro, jamás lo dirá en voz alta.

Suguru vuelve a hablar, pero su voz queda ahogada. Hay algo diferente en este sueño. Está temblando y una avalancha de nieve se dirige a ellos con mortífera velocidad. Satoru abre los ojos para descubrir dos cosas: no está en el campo de flores y alguien está a punto de tirar la puerta abajo a punta de golpes.

Asustado, intenta levantarse de golpe, pero algo lo tira para atrás. Es el zorro, que lo agarra por la camiseta, impidiendo que se levante.

—¿Qué-?

Los golpes contra la puerta se renuevan. ¿Quién podría ser a esta hora de la noche? Quiere ir a averiguarlo, pero sigue presa de esas manos que arden en fiebre. Esta vez ha tomado su brazo y presiona con fuerza suficiente para romperlo mientras niega enfáticamente con la cabeza. Hay temor en su mirada y Satoru comienza a sentir que algo no está bien.

—Tengo que ir —dice, y parece una disculpa. Los dedos se aprietan todavía más, rogando.

El zorro parece querer moverse para sujetarlo por completo, pero su pierna herida se lo impide. Soltando un siseo de dolor se retrae sobre sí mismo. La desesperación de sus actos despierta algo en el fondo de la mente de Satoru. Una corazonada.

—Tengo que ir —repite con firmeza, liberándose del agarre con violencia. Se siente un poco mal por el gesto, aunque se tranquiliza pensando que si se equivoca entonces todo tiene solución.

Espera equivocarse.

—¿Quién es? —pregunta con fuerza, para que se oiga a través de los golpes. El aporreo a la madera se detiene y una voz profunda se oye a través de ella.

—La ley. —Simple. Conciso. Y Satoru desearía poder gritar. Nadie puede negarse ante esas palabras.

Mierda.

Abre la puerta con reticencia y una persona que se le antoja descomunal pasa por ella. En realidad, no lo es tanto. Ese hombre, esehumano, no es tan alto como él, sin embargo, impone. Su cuerpo, su presencia parece llenar el pequeño espacio. Comprimirlo. O quizás es solo Satoru, que siente que le han quitado todo el aire del pecho.

—Lamento la interrupción —dice, con un tono que no tiene nada de disculpas—. Estoy en busca de algo y sospecho que podría estar aquí.

Cazador. Un término que, sin importar el contexto, resultará nada más que odioso.

Los humanos tienen suerte. Es su número aquello que los mantiene en la cima del poder. No solo triplican a la población de ánimas, sino que también han logrado hacerse con el control de su magia. Ahora, a seres como Satoru no les queda más opción que acatar sus absurdas leyes y doblegarse ante toda su mierda.

—¿Qué es lo que estás buscando?

Lo que no quita que tenga la intención de ocultar el asco que le produce el simple hecho de verlo. Debe decir que es de admirar el hecho de que lograse llegar hasta su puerta. Satoru es el único habitante de esa montaña. Oculto dentro de su cueva, la pequeña casa que llama hogar queda escondida de cualquier posible visitante indeseado. Y esto es, a su vez, una prueba clara de lo peligroso de su invitado forzoso. Si logró no solo atravesar el bosque sino encontrar la cueva, su destreza es algo que temer.

—Un infractor demasiado astuto para su propio bien. —La burla queda implícita en sus palabras. Este hombre disfruta con su trabajo.

—¿El crimen? —La corazonada. La maldita corazonada.

—Transmigración. —Es decir, magia negra. La peor de las blasfemias. Robar un cuerpo. Intercambiar un alma por otra.

Mierda. Tenía razón. ¡Como pudo ser tan imbécil!

—Un astuto zorrito se creyó más astuto que yo. —El hombre se pasea por el lugar como si se tratara de su propia casa, lo que molesta a Satoru todavía más que el crimen de aquel que oculta.

—Eso no tiene sentido —espeta con brusquedad—. Un zorro jamás lograría sobrevivir en este ambiente.

—A menos, claro, que reciba cierta ayuda.

—Solo alguien que conoce el bosque lograría atravesarlo. —Y no existe verdad más absoluta que esa. Aunque Satoru solo la nota al acabar de decirla.

Solo alguien que conozca el bosque lograría atravesarlo.

Esta montaña...

—¿Esto es todo? —increpa el cazador cuando ha acabado de recorrer la casa. Un suspiro de alivio se atasca en el pecho de Satoru. No lo ha notado. Gracias, Suguru, gracias.

—Lo que ves es lo que hay —responde con acritud.

La cueva no es demasiado espaciosa. Una mesa, dos sillas, una cama, un minúsculo espacio para cocinar y una chimenea.

El cazador no parece convencido del todo, pero ¿qué más podría hacer? Sin muros o huecos adicionales tampoco se puede escarbar demasiado.

—¿Por qué alguien como tu tendría una cama? —Detesta ese tono burlesco. Le gustaría poder borrarlo de un zarpazo.

—No creo que eso sea de tu incumbencia.

La respuesta es que a Suguru le placía mucho más permanecer en sus formas humanas. Una costumbre que no ha podido quitarse. Al huir a esta montaña en soledad necesitó alguna manera de sentir que seguían juntos. Todavía le queman los recuerdos de aquella lejana aldea. Dos ánimas intentando replicar lo que las personas llaman un matrimonio feliz. Comer, beber, dormir y despertar. Algo simple y tranquilo. Hasta que la muerte los separe. Y la muerte los separó.

Manifiesta la muerte y muerte tendrás.

—Pasaré aquí la noche. —De nuevo, no hay disculpas en el tono del hombre. Sale un momento de la casa para volver a entrar segundos después con un saco de dormir hecho de gruesa piel peluda. Satoru solo espera que el material no provenga de donde parece. Corriendo la mesa, el cazador extiende el saco por el suelo. Ocupa tanto espacio que siente que podría ahogarse con solo verlo.

Satoru se queda de pie como un tonto hasta que el hombre se queda dormido.

No sabe qué hacer. Es decir, objetivamente, la solución es sencilla: entregar al transgresor. Ahora ha pasado de ser víctima de un engaño a cómplice. Morirá por culpa de ese estúpido zorro.

Con sigilo, retrocede hasta topar con un mueble a sus espaldas. Con cuidado, abre una pequeña caja que contiene fino polvo negro. Le gustaría no tener que echar mano a ese truco. Este mueble, todos los elementos mágicos que guarda, es lo último que dejó Suguru sobre la tierra.

Tomando un puñado del polvo, lo esparce sobre el cuerpo del cazador. Repite el proceso una vez, solo para asegurarse. Debería ser suficiente. Bajo la influencia de la magia dormirá al menos tres días.

Le gustaría poder matarlo. Sin embargo, sabe bien que para tener la confianza de tirarse a dormir como si nada debe estar protegido de alguna manera. Porta un arco, seguramente el mismo con el que enterró una flecha en el muslo del zorro, y un cuchillo de caza. Si hay más armas no las nota a primera vista. No se atreve a moverlo, solo por si acaso.

Entonces, solo queda una última cosa. Inhala y exhala un par de veces antes de llevarla a cabo. Es mucho más difícil de lo que parece. Sobre todo, porque está tan enojado que podría cometer una terrible estupidez.

Camina hacia la cama y arranca las sábanas de un tirón. El zorro, que se había acurrucado dentro de ellas como si sirviera de algo, sale a la vista. Está asustado. Tiembla. Sin embargo, no puede enternecerse.

—¿Es cierto lo que dice? —Si el cazador tiene razón, si es un transmigrado, entonces ha robado ese cuerpo. Puede que incluso matase al portador original con sus propias manos para hacerlo—. Deja de mirarlo, no podrá verte hasta que yo lo diga.

De nuevo, gracias Suguru por tus enseñanzas. En momentos así es cuando lamenta no haber intentado aprender más. Si este zorro es tan astuto como para practicar magia negra la conclusión es que es mucho más poderoso que sí mismo. Quién sabe qué sería capaz de hacer para escapar con vida. Quizás incluso sería capaz de robar también su cuerpo.

—¡Responde! ¡Ni siquiera tienes que hablar! ¡¿Es que eres tonto o qué?! —Desesperado e iracundo se acerca a él. Sus garras se han vuelto más largas cuando se presionan contra los hombros del herido, aplastándolo contra la cama—. Responde la pregunta.

Los ojos del zorro son dorados, solo entonces lo nota. Dos perlas ámbar que parecen derretirse como miel ante la luz de la chimenea. Está totalmente aterrorizado. Su propio reflejo enloquecido en ese par de joyas lo sorprende. Ya ha dejado crecer sus colmillos. Si no se controla, acabará mutando sobre el otro cuerpo.

Para evitar esto, lo libera. Despega sus garras de los hombros ajenos, dejando espacio suficiente para que el zorro se incorpore hasta quedar sentado. Su rostro siendo una mezcla de emociones indescifrables.

Le gustaría poder decir que no va a entregarlo, pero es incapaz de hacerlo. No cuando fue exactamente ese tipo de magia la que le arrebató a su otra mitad. Un hecho así... es imperdonable.

El zorro reacciona finalmente de una forma inesperada. Su mano temblorosa se estira para cerrar los dedos en torno al collar que cuelga del cuello de Satoru.

La magia está compuesta de reglas. Algunas simples, otras complejas. Suguru le explicó todas y cada una de ellas con pasión a lo largo de los años. Incluso las que Satoru no quería saber.

La transmigración es, en esencia, una afrenta contra natura. Un alma pertenece a un cuerpo y cuando esta debe abandonar su prisión carnal ya no puede volver a este mundo. Quienes rompen esta regla tienen que pagar altos precios para poder conseguirlo y no todos lo logran. La misma naturaleza es reacia a dejar que se incumplan sus leyes. El infractor perderá algo como castigo. La mayoría acaban locos, otros se encuentran con sus cinco sentidos borrados, volviéndose poco más que un vegetal que respira.

—¿Y tú quieres que nuestro hijo corra ese riesgo?

Esa fue la última vez que pudo hacerle una pregunta. Si no hubiesen discutido... De no haber salido de casa cegado por el dolor y el enojo, Suguru no habría quedado solo, a merced del resto de la gente de la aldea, que ya sospechaban lo que podría estar sucediendo con ese leopardo de ojos violeta demasiado inteligente para su propio bien.

El zorro continúa tirando de su collar, ansioso. Su boca se abre y se cierra con desesperación, aunque ninguna palabra podrá salir de ella ya nunca. Una leve comprensión intenta anidar en su mente. Quiere negarse a dejar que ocurra. ¿Cuántos años han pasado ya? ¿Diez? ¿Cómo sería posible que...?

¿Y si...?

—¿Sug-?

Sangre. De nuevo, tiene el rostro pintado con sangre. El zorro está sangrando por la boca y le ha tosido este líquido rojizo a la cara. Paralizado por la impresión, Satoru solo logra rodar los ojos hacia abajo, descubriendo la punta de una flecha saliendo del pecho del otro.

—¿En serio pensaste que podrías engañarme con un truco tan patético?

El cazador está de pie. Las cerdas del arco todavía tiemblan un poco debido al disparo de la flecha. Con una sonrisa descarada, el hombre se limpia el hombro y restos de polvo mágico caen de su ropa. ¿Ha fingido todo este tiempo?

—Siempre pude verlo —explica al verle la expresión—. Necesitaba saber que tan idiota eres. Por lo que acabo de oír, diría que bastante.

El zorro se desploma, llevándose a Satoru con él debido a que sigue aferrado al collar. Sigue luchando por hablar. Necesita con urgencia decirle algo, pero la sangre no para de brotar. El hedor metálico lo impregna todo con demasiada rapidez.

—Tienes suerte. Soy un hombre justo. Te dejaré ir, pero deja de traer desconocidos a tu cama. Podría acabar mal.

Los humanos tienen un montón de excusas para justificar la brutalidad con la que tratan a los ánimas. Una de ellas es que los consideran principalmentebestias. Animales incapaces de contar con verdadero raciocinio. Satoru nunca ha querido darles la razón. Aunque tampoco es como que necesitase la etiqueta dehumanopara sentirse bien consigo mismo. Con vivir en paz era suficiente.

Bueno, ahora quizás podría llegar a considerar concederles algo de razón.

Se ha equivocado. Sí es más fuerte que el cazador. Al menos, es lo que los pedazos destrozados de ese cuerpo humano desparramados en la alfombra dictan. Se defendió bien. Pero nada se compara a la fuerza de unabestia, ¿verdad?

No sabe bien porqué lo hizo. Transformarse, saltar sobre el cazador, clavarle los colmillos hasta el hueso. Con el tiempo llegará a la conclusión de que se trató de un instinto básico. El deseo de proteger lo que es suyo.

Cuando el cazador se dio la vuelta para salir de la cueva, Satoru pudo ver que llevaba algo colgando del cinturón, sobresaliendo por entre el conjunto de pieles que lo recubrían. Un collar. Un collar idéntico al que porta él mismo. Con la diferencia de que, en vez de una amatista, en el centro del dije se encuentra un zafiro. El regalo que le otorgó a Suguru el día en que se comprometieron.

Cuando acaba la matanza regresa a la cama, donde el zorro... No, donde Suguru está muriéndose.

De nuevo.

—No tengo perdón —dice, abrazándolo.

De un tirón arranca la flecha, haciendo que el río de sangre se intensifique. Debió intentar aprender más. Su magia es demasiado rudimentaria como para luchar contra una herida mortal. Debió escuchar a Suguru cuando le pidió que huyeran. Debió hacer tantas cosas, mierda.

—Suguru, no mueras. —Que estupidez está diciendo. La sangre sigue manando y Suguru solo lo abraza de regreso en respuesta. Ya no intenta hablar, porque en realidad no hay nada que decir.

Siempre ha sido generoso. Suguru le ha dado siempre mucho más de lo que merece. Incluso en un momento así, con la vida escurriéndose entre sus dedos, se las arregla para entregarle una sonrisa. Llegado a este punto, es todo lo que tiene para ofrecer, y es a Satoru a quién se lo regala.

Puede sentirlo claramente. Como el alma de Suguru se desvanece de ese cuerpo. Una piel falsa profanada con el único fin de volver a su lado solo para tener que irse otra vez.

—¿De verdad crees que podrás salirte con la tuya? ¿Que no habrá consecuencias?

—No lo sabré hasta que lo intente.

—Tu mismo has dicho lo altos que son los precios. Harás que lo pierda de nuevo. Quizás llevándote a ti en el proceso.

—No será así. Yo...

No puede recordar el resto de la conversación. Por primera vez, un recuerdo se desvanece de su memoria, esfumándose como humo. Esas palabras no pueden conservarse, porque fueron nada más que una mentira. Su hijo no solo no ha regresado, sino que también ahora se llevó a Suguru con él.