Capitulo I - ORIGENES

Los cadáveres no solo caían. Se pudrían en las calles.
La guerra había devorado la ciudad, y ahora solo quedaba el eco de disparos lejanos y cuerpos abandonados como basura. El caos no era una consecuencia, era la nueva ley.
Un soldado de bajo rango, acorralado por el miedo y la desesperación, hizo lo único que pudo, y fue mandar a su familia lejos. Muy lejos. Al exilio, si querían sobrevivir. Así, Marc, demasiado joven para entender lo que dejaba atrás, terminó solo, cargando una maleta vieja, un puñado de ropa y su resortera, como si ese trozo de madera pudiera protegerlo de algo. Su destino fue un pueblo perdido en el viejo oeste, donde el sol parecía inmóvil y el viento arrastraba rumores de muerte.
Su tío lo esperaba frente al cine que administraba, un edificio viejo y algo descuidado, con letras faltantes en el cartel y un olor persistente a humedad. El hombre, notoriamente afectado por el alcohol, apenas le dijo unas palabras de bienvenida antes de volver a ingresar. Marc se instaló en la casa de al lado, una choza triste que olía a madera podrida y descomposición.
Puso sus cosas en orden. Cerró puertas y ventanas. Contó cuántas salidas había.
Viejas costumbres para un niño que ya sabía que el mundo no era un lugar seguro. Acomodó sus pertenencias, sin prisa. Y salió a recorrer el lugar.
El pueblo no era mejor. Tiendas clausuradas. Miradas hostiles desde las ventanas. Silencio, tanto silencio que dolía en los oídos.
No conocía a nadie, y tampoco tenía algún plan. Caminó por las calles principales, observando los comercios, algunos cerrados, otros abiertos pero con muy escasa clientela. El ambiente era tranquilo, perfecto para su gusto. Pasó por la plaza central, donde unos adolescentes hablaban entre sí, sentados en un banco.
Nadie lo llamó. Nadie lo saludó.
Hasta que llegó a la escuela.
Apenas cruzó el umbral, un chico se le plantó enfrente sin pena alguna, con una sonrisa socarrona y aires de confianza.
—¿Qué hay? Soy Jake —dijo, como quien no tiene nada que perder.
Marc no respondió. Siguió caminando. La indiferencia era su escudo.
Pero Jake lo alcanzó de un salto, bloqueándole el paso.
—Soy el encargado de mostrarte este agujero.
Marc, sin emoción, simplemente asintió. —Ok. Soy Marc.
Jake soltó una risa seca.
—Te vi ayer en la plaza. Parecías asustado y solo… vamos… sígueme.
Jake le dio un tour por la escuela muy breve, debido a que se concentraron más en conocerse mutuamente en ese pequeño lapso de convivencia juntos.
Lo llevó al salón de clases que estaba subiendo una escalera hacia el costado derecho del edificio. Al girar en una esquina, un niño pequeño, casi sepultado bajo una torre de libros, bajaba con pasos torpes.
Jake alargó una mano, revolviendo los rizos del chico con evidente posesión.
—Adiós, algodoncito —la voz de Jake sonaba coqueta.
Marc se quedó mirando intrigado ante la escena. Su estómago se le revolvió.
Jake, divertido al ver su reacción, se acercó a Marc a susurrarle sin pudor alguno: —Ese niño me gusta… Se llama Steven. Así de chiquito como lo ves, es un año mayor que yo, pero aún no quiero hacer nada, ya sabes, no sé si salir del clóset… No se lo digas a nadie.
Marc elevó ambas cejas ante su secreto y asintió. —Ok.
Jake sonrió como un gato satisfecho.
—¡Perfecto!
Esa tarde se organizaron para ir a la casa de Marc y jugar un juego de mesa. Ambos se sentaron en el suelo usando una caja como mesa improvisada. Entre risas y bromas sueltas, lanzaron los dados una y otra vez, sumidos en su pequeño mundo.
Marc frunció el ceño al ver que Jake había ganado otra ronda. No dijo nada, pero no le gustaba perder, ni siquiera en algo tan simple como un juego.
Competir estaba en su naturaleza, ganar, casi una necesidad.
—¡Te gané! ¡Soy buenísimo en esto! —exclamó Jake, levantando ambos brazos en señal de triunfo—. ¡Debería dedicarme profesionalmente!
—Sí, claro... como sea. Igual no es importante. Solo es un juego, ¿no? —murmuró Marc, esforzándose por sonar indiferente, aunque el fastidio se le escapaba entre líneas.
—¿Es en serio que te vas a enojar, Marc? —Jake, al ver su indiferencia, en especial al recoger su juego, se lanzó sobre él sin pensarlo dos veces y empezó a hacerle cosquillas.
Marc soltó una risa involuntaria, intentando apartarlo entre carcajadas y jadeos, pero ese escuincle tenía una fuerza sorprendente para su tamaño. —¡Ya, basta! —gritó entre risas, mientras trataba de zafarse sin éxito.
Esa tarde selló algo que ya venía creciendo entre ellos, un vínculo fraternal, sólido, casi instintivo. Pasaban cada vez más tiempo juntos, compartiendo risas, secretos y silencios cómodos. Sin embargo, había algo que Jake todavía no sabía...
Marc no era bueno compartiendo.
A simple vista parecía tranquilo, pero debajo de esa calma palpitaba una necesidad feroz de pertenencia, un hambre silenciosa de aferrarse a quienes dejaba entrar en su mundo. Y Jake, sin saberlo, ya se había convertido en “suyo”.
Después de una semana, al salir del colegio, Jake divisó a Steven del otro lado de la calle y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia él, dejando a Marc detrás, sin una palabra ni una mirada.
Marc se quedó inmóvil, observando la escena en silencio. Sintió una punzada en el pecho, como un latido errático, pesado. Pensó en ir tras Jake, reclamarle ahí mismo, gritarle si era necesario. Pero tenía asuntos pendientes con su tío, y no podía perder tiempo.
Así que apretó los dientes, dio media vuelta y se marchó directo a su casa, con el ceño fruncido y una tormenta en el pecho. Estaba furioso. Más de lo que quería admitir.
Al día siguiente, Jake se acercó a él en el aula.
Marc estaba sentado, los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada fija en el pizarrón, aunque las clases aún no habían comenzado. Parecía una estatua, fría y distante.
Jake lo saludó, pero no obtuvo respuesta.
Arrastró un pupitre hasta sentarse a su lado, dejando que el chirrido áspero del metal rasgara el silencio. Lo miró de reojo, esperando que Marc reaccionara de alguna manera. Nada.
—¿Ni siquiera me vas a decir qué hice mal? —preguntó al fin, en voz baja, sincera.
Marc ni parpadeó.
Jake se inclinó un poco más, bajando el tono como si nadie le hablara.
—Ayer... ni siquiera te despediste. Solo desapareciste.
Marc lo miró de reojo, alzando una ceja con indiferencia fingida.
Luego simplemente se giró, dándole la espalda.
—No hiciste nada —respondió, seco, cortante.
Pero su cuerpo, rígido como un resorte, contaba otra historia.
Marc se dedicó entonces a acomodar sus lápices sobre el pupitre, moviéndolos con una precisión casi obsesiva, como si cada color tuviera que alinearse perfectamente. Como si ordenarlo todo fuera la única manera de no mirar a Jake.
Jake, frustrado pero incapaz de rendirse, sonrió de medio lado y, en un impulso, le picó el costado con dos dedos.
Marc apretó los labios, luchando contra la risa, inclinándose sobre el pupitre para ocultarla.
—¡Marc! —exclamó Jake, entre risas y un fingido reproche—. ¡Me vuelves loco! ¡Esto no es lo que hacen los buenos amigos!
Marc bufó suavemente.
—¿Amigos, dices…? Justo eso pensé que éramos, cuando ayer me cambiaste por ir a ver a ese niño feo que te gusta —finalizó diciendo con evidente tono de molestia en su voz.
—¡Con que fue eso!... Marc está celosito.
Marc gruñó al verse totalmente expuesto ante su nuevo amigo, por lo cual decidió levantarse para irse inmediatamente de allí, pero Jake fue más rápido y lo alcanzó por detrás para abrazarlo con fuerza.
Marc, cansado, le metió un codazo en el abdomen.
—¡Ya! ¡No hagas eso!
Jake empezó a reír a pesar del dolor.
—Ay… lo haré todo el día hasta que seas feliz conmigo.
Entre risas imposibles de ocultar, Marc se dio vuelta para escapar de Jake. Ambos corrieron por todo el patio de la escuela hasta llegar al árbol de cerezos. Marc empezó a escalar, pero Jake no se quedó atrás. Treparon hasta llegar a una rama muy ancha y ambos se sentaron.
Justo una maestra se acercó al verlos forcejeando.
—Niños, bájense ya y vayan a sus clases —ordenó con firmeza y un notorio cansancio en su voz.
Jake la miró, atrapado junto a Marc en una posición incómoda, sin dejar de reír.
—¡No podemos, estamos atorados! —protestó.
La maestra suspiró, resignada.
—Muy bien, iré por ayuda. ¡No se suelten! —advirtió antes de marcharse a paso rápido.
Cuando la maestra se fue, Jake se acercó a Marc para darle un beso sobre su mejilla. La reacción de Marc… en realidad no supo cómo reaccionar. Su mejilla derecha se ruborizó, y en lo profundo de su pecho sintió un cosquilleo; aun así, quedó estoico, intentando fingir lo más posible lo que realmente estaba sintiendo ante aquella simple acción.
—Para que veas que te quiero más a ti por ser mi amigo —se atrevió a afirmar sobre el oído del chico.
—Ah sí… solo no lo hagas mucho… pronto seré un hombre y no necesito estos afectos. Quiero ser como mi padre. Él es un hombre rudo, por eso se fue a la guerra —mencionó de forma seria, observando fijamente a su amigo.
Marc no estaba acostumbrado a tantas muestras de afecto, pero, que lejos de incomodarle, sus sentimientos parecían dictar otra cosa.
—¿Y qué hay de tu madre? —Jake continuó indagando con verdadera curiosidad.
—Ella no quiso venir con mi tío, dice que es un perdedor borracho, y se fue con mi abuela… Yo no quise ir con ellas, solo iban a estar sentadas haciendo pan. Además, no les alcanza para mantenerme, y a mi tío sí; le va bien con esto del cine —se explayó con mucha confianza, quizá más de la que le gustaría aceptar que comenzaba a sentir por Jake.
—Mi padre también se fue, pero no a la guerra... —dijo Jake, bajando la voz—. Se fue del país. Mi madre está muy enojada, sobre todo porque dice que me parezco a él... y que algún día yo también me iré —terminó encogiéndose de hombros.
—Y… ¿tú piensas que eres igual a tu padre? —preguntó Marc, mirándolo de reojo, con curiosidad genuina.
Jake bajó la mirada, jugando con el borde de su manga.
—Sí… pero si me voy será para escaparme con alguien a quien ame, y será para viajar, hacer una familia y ser felices.
—No creo que Steven pueda tener hijos.
Jake soltó una sonora carcajada, pero prefirió no responder y dejar la pregunta al aire.
—Se estrenó una película en el norte, se llama Fuego en los Olivos. Es una película para adultos porque dicen que los actores se dieron un beso de verdad. Y mi tío la tiene y la pasará hoy en la noche… Si quieres… —Marc hizo una pausa antes de continuar—, puedo meterte a la sala, no creo que a mi tío le importe.
—¿Un beso de verdad? —rió Jake, con tono travieso—. Algo me dice que la sala de cine se pondrá caliente.
Llegó la noche. Marc estaba en la sala de cine, de pie junto a la puerta trasera. Su tío ya había iniciado la proyección, y los primeros destellos de luz iluminaban la sala casi vacía. Pero Jake no llegaba. Marc esperó, inquieto, hasta que escuchó unos golpes suaves en la puerta. Se apresuró a abrir. Era Jake... pero no venía solo. Steven estaba con él. Y algo en Steven no cuadraba; sus ojos estaban rojos, como si hubiera estado llorando. Marc giró los ojos y los encaminó a sus lugares, pero antes de que se sentaran, Marc jaló a Jake del brazo y le susurró para que Steven no los escuchara.
—Llegas tarde… ahora entiendo por qué —murmuró Marc, más para sí mismo que para su amigo.
—Es que Steven no quería venir —se disculpó Jake, algo apenado, ignorando totalmente la molestia en Marc.
—No te dije que lo invitaras, mi tío me dio permiso de invitar solo a uno, y no a ese tonto —esta vez su voz salió como un leve susurro, para que nadie más que Jake lo escuchara.
—Bueno, ya está aquí, ni modo, Marc —Jake se sacó de su agarre y se fue a sentar al lado de Steven.
Marc bufó sarcástico y se sentó al lado de Jake a regañadientes.
Llegó la escena del beso y, como era de esperarse, todo el cine se estremeció de incomodidad. Algunos se removieron en sus asientos; otros soltaron risitas nerviosas, apenas contenidas.
Marc, en cambio, sonrió sin darse cuenta.
Un impulso magnético, irresistible, casi inconsciente, guió su mano hasta el brazo de Jake. Lo agarró con suavidad, como si temiera romper algo valioso.
Jake, absorto en la película, no reaccionó.
No apartó el brazo, ni siquiera miró a Marc.
Fue entonces cuando Marc, al notar su propio atrevimiento, se sonrojó violentamente. Soltó la mano de golpe, fingiendo acomodarse en su asiento, disimulando el temblor leve en sus dedos.
Al día siguiente, Marc no fue capaz de asistir al colegio; se sentía demasiado avergonzado por lo que había hecho la noche anterior. Su tío aprovechó para salir a pasear, dejándolo a cargo de transmitir las películas, y eso hizo.
La última función terminó pasada la medianoche.
Mientras guardaba las pesadas cintas de video en sus estuches, oyó que alguien golpeaba la puerta principal.
Frunció el ceño, extrañado por la hora.
Bajó las escaleras en silencio y, con algo de recelo, abrió.
Del otro lado, de pie bajo la tenue luz del letrero parpadeante, estaba Steven.
—Ho-... hola, soy Steven, el que vino con Jake la otra noche —saludó, jugando nerviosamente con sus dedos, apenado pero risueño. Sin darle tiempo a Marc de responder, se pasó de largo como si nada—. ¡WOW… qué lindo es!
Marc se quedó mirando cómo aquel niño de rizos esponjosos por el frizz causado por la lluvia pasaba a su lado como si hubiera sido invitado a entrar, cosa que logró sorprenderlo.
—Oye… ¡Steven!... No puedes pasar. Las películas ya acabaron. Si quieres ver una, tienes que comprar tu boleto y venir en los horarios que pusimos en la cartulina de afuera —le protestó Marc, cruzándose de brazos.
Steven se quedó quieto, a mitad de la sala de cine, y miró a Marc, quien, después de unos segundos, resopló con fastidio y se frotó los ojos, cansado de todo el drama que parecía perseguirlo incluso allí.
—Bien… te pondré una película. ¿Cuál quieres?
Steven mostró una sonrisita bastante adorable e inocente, y respondió con voz suave y dulce:
—La de ayer, la romántica donde se besan… ¡Adoro los finales felices!
—Vaya pícaro… Toma asiento. Solo te pondré un pedazo porque tengo mucho sueño.
Steven asintió con la cabeza y, de un salto casi inhumano, llegó a un asiento, bastante emocionado y hasta feliz. Marc se fue al cuarto de proyección y puso las cintas en el proyector.
Se asomó por la ventanilla que separaba el cuarto de proyección del resto de la sala, y algo en aquella escena lo cautivó: solo se alcanzaba a ver una melena llena de rizos en medio de aquella sala vacía.
Marc se había comprado su cena, un par de hot dogs. Suspiró y decidió compartirlos con Steven. Se acercó cauteloso y cohibido, como si Jake estuviera presente, listo para reprocharle.
—¿Quieres?
Steven le sonrió ampliamente y, sin pensarlo demasiado, agarró un hot dog y empezó a comer.
Cuando llegó la escena del famoso beso, Steven suspiró e, inconscientemente, agarró la mano de Marc. Algo en su cercanía pareció calmarlo.
Al sentir su tacto, Marc lo miró de reojo. Debido a la oscuridad, no se alcanzaba a ver, pero mostró una leve sonrisa, y el momento, lejos de volverse incómodo, lo disfrutó.
Al terminar la película, Steven se quedó parado en la entrada. Marc apagó todas las luces y se acercó a él a paso lento.
—¿Qué pasa? ¿No te quieres ir? —preguntó Marc, mirando al chico con algo de duda.
—Sip, pero la lluvia dejó mucho lodo. La otra vez casi me hundo… Creo que estaré hasta que se seque un poco —respondió Steven, algo apenado.
Marc se frotó el rostro lleno de sueño.
—Te llevaré en mi bici —sugirió, cansado pero preocupado por el chico, aunque jamás lo admitiría.
—¿De verdad te dejan manejar una bici?... Pensé que solo los adultos lo hacían —comentó Steven, bastante sorprendido pero agradecido por el favor.
—Ya pronto seré uno. ¿Quieres que te lleve o no?
Steven asintió y señaló la dirección por donde vivía. Marc supuso que estaba cerca.
—¿Tus padres no se enojan porque andas afuera tan noche? —preguntó, mirándolo por unos instantes, fijamente.
—Solo vivo con mi abuela. Ella hace quesos y yo los reparto por el pueblo, sin importar la hora.
Marc fue por su bici, sentó a Steven mientras él pedaleaba parado hasta llevarlo a su casa, que estaba a veinte minutos del cine. En el camino, intentó hacer conversación.
—¿Y mañana piensas ir con Jake a ver otra película? —indagó con sorna y cierta duda en la voz.
—¡Oh! No, ese niño me da miedo. Siempre me jala el cabello, además es un bravucón —dijo Steven, totalmente honesto. No le agradaba Jake y solía ponerse bastante nervioso cada vez que este se acercaba.
—¿Qué? Espera… Jake no es un bravucón —dijo Marc, frunciendo el ceño.
Steven no respondió. Se limitó a apretar con más fuerza la parte trasera de la bicicleta.
—¡Oh, wow! ¡Esto va muy rápido para mí!
Marc soltó una carcajada y aceleró.
—¡Eres un anciano!
Cuando finalmente llegaron, Steven levantó la vista y se quedó asombrado.
Frente a una vieja choza de madera que olía intensamente a humedad y hongos, estaba su abuela, de pie, esperándolos bajo la lluvia ligera. Marc le habló desde la bici, algo nervioso.
—Buenas noches… Traigo a su nieto. La lluvia nos impidió llegar antes… Soy compañero de escuela de Steven.
La abuela, conteniendo su furia, apenas respondió el saludo. Agarró a Steven del brazo, lo bajó de un movimiento de la bici y lo metió en la casa, azotando la puerta.
Marc solo se quedó confundido y volvió a su casa.