Un esposo fugitivo, adaptación al HaeHyuk

Summary

Lee Donghae era el marido que Hyukjae había soñado… guapo, poderoso y adinerado. Hasta que el escuchó por casualidad algo que lo hizo comprender que él cruelmente lo había atraído al matrimonio para sus propios fines. Entonces, él decidió irse… Seis meses después el esposo fugitivo se encontró cara a cara con su esposo. Bueno, se parecía a su marido, hacía el amor como él… pero afirmaba que era el hermano gemelo de su esposo.

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Prólogo

La carta destacaba de las demás, porque iba en un sobre gris.

Yoona estuvo dudando unos segundos, se encogió de hombros y la abrió. Como secretaria personal de Lee Donghae, tenía permiso para abrir todo el correo que llegara a la empresa, salvo que fuera privado y confidencial. De hecho, Donghae había insistido en ello. También le había dicho que se encargara él de solucionar todos los asuntos que no requirieran su atención personal. El jefe de Sunshine Enterprises no quería preocuparse de asuntos triviales.

Yoona supo, sin embargo, nada más leer las primeras palabras que era una carta que no debía abrir. Pero ya lo había hecho y no podía volverse atrás. La carta decía:

Estimado Donghae,

Cuando leas esto, te habré dejado. No trates de encontrarme. No lo vas a conseguir. Aunque me encuentres, no volveré contigo. No quiero volver a verte nunca más. Ya oí lo que le dijiste a Kangin el domingo, cuando hablabas de amor y matrimonio. Y de los esposos. Que Dios te perdone lo que me has hecho, porque yo nunca lo haré

—Dios mío —murmuró Yoona.

Cerró los ojos durante un segundo, dio la vuelta a la silla y se levantó. Lo hecho, hecho estaba. Donghae no podía echarle la culpa, aunque sí podía criticar su falta de intuición femenina. Sin embargo, se pondría furioso si no le daba inmediatamente aquella carta.

Se fue hacia la puerta que separaba su despacho del de su jefe y llamó, dando unos golpes precisos.

—Sí —se oyó la respuesta.

Yoona se estiró y entró, con una expresión muy confiada. Donghae era un jefe muy exigente, un adicto al trabajo y un perfeccionista. No admitía fallos. El hombre que se iba a convertir en el rey del sector turístico en Jeju era una persona despiadada cuando se enfadaba, haciendo comentarios muy cáusticos cuando alguien no estaba a su nivel.

Por fortuna, Yoona era una secretaria de dirección muy competente, tranquila en tiempos de crisis, que nunca se alteraba. Durante los ocho años que llevaba en aquel puesto, rara vez su jefe le había criticado su trabajo.

En una ocasión, en la que comprobó en su propia piel el sarcasmo de Donghae, estuvo a punto de dejarlo. Había estado casada con un hombre un tanto desagradable y no le gustaba que nadie descargara su enfado en ella.

Pero tenía cuarenta y seis años, y por tanto pocas posibilidades de encontrar otro trabajo. Era una asistente muy cualificada, pero también lo eran las secretarias más jóvenes.

Así que no tuvo más remedio que morderse la lengua y trató de olvidarse. Sin embargo, no le gustaba aquel hombre. Preparándose para lo peor, abrió la puerta y entró en el despacho de su jefe.

Donghae no levantó la mirada, concentrando su atención en unas fotografías que tenía encima de la mesa. Seguro que alguna ciudad costera estaba a punto de recibir una oferta que sus habitantes no podrían rechazar. Después de la cual sus vidas tranquilas y no contaminadas, nunca volverían a ser lo mismo.

—¿Qué ocurre, Yoona? —le preguntó, con tono un tanto brusco.

—Se ha recibido esta carta en el correo de la mañana, Donghae —le respondió, muy tranquila—. Pensé que querrías leerla cuanto antes.

—¿De quién es?

—De tu esposo.

—¿Hyukjae? —preguntó, con cara de sorpresa.

—Lo siento, Donghae. En el sobre no podía «confidencial» y lo he abierto —se acercó y se la entregó.

Yoona se puso un poco nerviosa cuando los ojos negros de su jefe fijaron su atención en la nota. Lo observó mientras la leía.

En un momento determinado sintió pena por él porque sabía que aquello le iba a sentar muy mal. Era un hombre que no le gustaba fracasar en nada.

Perder un trato era malo, pero perder a su doncel mucho peor.

¿Quién hubiera pensado que Hyukjae sería capaz de hacer algo así?

Porque era un doncel muy suave, casi infantil, comparado con su cínico marido. Él tenía veintiún años y él treinta y tres. Un niño perdido en el bosque. Un muchacho muy ingenuo, que Donghae pensó que podía moldear y convertirlo en un esposo que no le diera quebraderos de cabeza.

Un doncel para quedarse en casa, cumplir el papel de padre, amante y señor de casa a la perfección, que nunca se quejara cuando llegara tarde a cenar, o se tuviera que ausentar por razones de negocios. Un doncel que amara a su marido y que creyera ciegamente que él también lo amaba a él, sólo porque así se lo expresaba.

Yoona había observado que su jefe había sabido desempeñar aquel papel a la perfección, había sido el galán, el novio y el marido perfecto. Había comprado todo lo que el dinero podía comprar. Y, hasta cierto punto, le había dedicado gran parte de su tiempo.

No llevaban casados mucho tiempo. Tan sólo nueve meses. Yoona había estado esperando que Donghae mostrase su verdadera cara. Y parecía que ya había llegado ese momento.

Donghae se quedó mirando el papel en silencio. Cuando sus manos empezaron a temblar, hizo una bola con la nota y se levantó, con la cara roja de ira.

—¿Lo has leído? —gruñó, mirando a Yoona.

Ella asintió.

Juró por lo bajo y se fue hacia la ventana que daba al río Han. Pero no estaba mirando. Con las manos todavía temblando, estiró la nota y la leyó otra vez. De pronto se dio la vuelta y miró a Yoona.

—¿Tienes todavía el sobre en el que ha llegado esta nota?

Yoona asintió otra vez, temblándole las piernas. Si miraba el sobre se daría cuenta de su indiscreción.

—Tráemelo —le espetó—. Y llama a Kim Ryeowook.

Kim Ryeowook era el detective privado que Donghae utilizaba a veces, cuando necesitaba enterarse de algún trapo sucio de sus competidores. El hombre era concienzudo y siempre le traía información muy útil.

—¡No te quedes ahí, mirándome con esa cara! —gruñó Donghae—. Así no vamos a conseguir que Hyukjae vuelva.

—Pero él dice que no quiere volver —argumentó Yoona, saliendo en defensa de su condición.

—Lo único que quiere Hyukjae —empezó a decir Donghae, con su acostumbrado tozudez—, es ser mi esposo. Está claro que ha malentendido las palabras que le dije a un hombre que se acababa de divorciar. Cuando Ryeowook lo encuentre, yo me encargaré de explicárselo. ¡Tengo que asistir a una cena muy importante de negocios el sábado y mi esposo tiene que estar allí conmigo!

Yoona no podía hacer otra cosa que cumplir sus órdenes, pero lo hizo muy a pesar suyo, rezando para que Kim Ryeowook no lo encontrara.

Hyukjae era un doncel muy dulce, que se merecía otra cosa.

Donghae a pesar de que era un hombre guapo, rico e inteligente, no tenía un gramo de bondad en su corazón. Era un depredador despiadado, incapaz de querer a un doncel. Era un manipulador y un cínico.

Por desgracia, Hyukjae lo amaba. Incluso Yoona se había dado cuenta de ello. Seguro que seguía enamorado de él, a pesar de haberle escrito aquella carta.

Yoona rezó para que Donghae no encontrara a su fugitivo esposo.

Porque sólo Dios sabría qué iba a pasar con él cuando lo encontrara.

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