¿mi vida era perfecta?
El lucero del día aún no había aparecido, pero mis pies ya me guiaban a la cocina, aún con sueño. Mis pequeños, dormían profundamente en su cama, envuelto en las mantas que mi madre había cosido para ellos. Sabía que, en cuanto despertara, no estaría solos; mis padres, mis hermanas y hasta mis tíos vivían cerca y siempre estaban dispuestos a cuidarlos, a mimarlos como si fueran el gran tesoro de la familia.
Alfonso se acercó y me dio un beso en la mejilla, acompañado de un dulce "Feliz cumpleaños."
—Gracias, pequeño tonto. —Y a usted, mi lady —respondió con su típico coqueteo.
Reí con ternura.
—Gracias, gordito. Ahora déjame, que tengo que preparar todo. —Déjame ayudarte. —Ya era hora. Bueno, apúrate, que llego tarde.
Preparamos todo como de costumbre, entre risas y bromas, hasta que fue momento de despedirnos. Mientras guardaba los últimos platos, me llevé la mano al vientre sin pensar, sintiendo el ligero peso de la vida que crecía dentro de mí.Me quedé en silencio un instante, como si el movimiento hubiera sido un recordatorio de todo lo que estaba por venir. Luego suspiré y sacudí la cabeza.
No había tiempo para distracciones. Ya debía salir.
Me dejé guiar por el ruido de los autos hasta encontrarme con aquella gente tan trabajadora. El aroma del café llegó a mí, animándome a seguir.
—¡Luisa, qué haces! Apúrate, que ya abrimos el local. —Oh, perdón, el olor del café me distrajo.
Terminé el trabajo como de costumbre y salí temprano para ver a mi familia, que celebraría mi cumpleaños. Todos estarían allí, como siempre. Mi madre seguramente habría preparado mi postre favorito, mi padre haría sus bromas, mis hermanos correrían con mis pequeños, y mis tíos darían consejos que no había pedido pero que, al final, siempre terminaban ayudándome.
Alfonso había prometido que nos reuniríamos para almorzar.
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Mientras cruzaba la avenida, una mujer desconocida pasó a mi lado y me llamó por mi nombre.
—Luisa.
Me giré, pero solo vi su silueta alejarse.
—Tienes que hacerme un favor —escuché antes de que su voz desapareciera entre el bullicio de la calle.
Fruncí el ceño por un momento, preguntándome qué había querido decir, pero enseguida descarté el pensamiento. Seguramente solo era alguien equivocada o algún tipo de broma rara, por lo que seguí mi camino.
A pocos pasos de mi destino, note que el aire se volvió denso por un instante. Un escalofrío recorrió mi espalda antes de escuchar su voz.
—¡Cariño! —gritó Alfonso con desesperación, su voz agitada mientras extendía los brazos y se acercaba rápidamente a mí.
Qué raro... eso no era propio de él. O al menos eso creía. No pensé que sentiría un mareo horrible en medio de la calle.
Jaja... qué estúpida fui.