Capítulo 1
Aidan se encuentra en la parte trasera del automóvil, recostando la cabeza sobre la ventana, contemplando con melancolía el paisaje exterior mientras escucha música a través de sus auriculares. Su padre ocupa el volante, mientras que su madre viaja en el asiento del copiloto. A lo largo de todo el trayecto desde Lima hasta Cieneguilla, un incómodo silencio ha prevalecido, envolviéndolos en un manto de tensión que persiste a lo largo de la travesía.
Bajo un cielo despejado y un sol resplandeciente, se gesta un marcado contraste con la expresión sombría que adorna el rostro de Aidan. El joven tiene diecisiete años, su melena, un alborotado manto de tonos castaños claros, ondea al capricho del viento, y sus ojos, de un verde profundo, parecen cobrar vida al reflejar los destellos dorados del sol. A pesar de su innegable atractivo, en ese preciso instante, su tez se muestra lívida, y las ojeras que se ciernen bajo sus ojos añaden un toque de melancolía a su semblante.
La familia Piagneri avanza aún más hacia el corazón del pueblo de Cieneguilla, lo que hace que el joven comience a sentir lágrimas brotar y una incómoda picazón en sus brazos. En busca de alivio, Aidan se rasca los brazos y seca sus lágrimas con las mangas de su camiseta.
Su madre, Maritza, percibe a través del espejo retrovisor la reacción de su hijo, reconociendo de inmediato su nerviosismo a medida que se acercan a su destino. Con una suave expresión de apoyo, Maritza se voltea en su asiento y extiende su brazo hasta tocar la rodilla de su hijo, brindándole consuelo.
—Todo va a estar bien cariño —dice Maritza.
Aidan no emite respuesta alguna, su mirada permanece fija en la ventana. Al notar la falta de reacción de su hijo, Maritza suspira con tristeza y se vuelve a acomodar en su asiento. Percy, el padre de Aidan, es consciente de la incómoda atmósfera, pero opta por no intervenir y continúa al volante.
De repente, Aidan siente cómo sus ojos se abren de par en par al divisar que, por fin, están llegando a su destino. Su corazón, inicia una frenética danza en su pecho, latiendo con una intensidad que hace que su respiración se acelere. Trata de tomar una bocanada profunda de aire para evitar que la ansiedad se apodere de él en medio del viaje en automóvil. Con manos temblorosas, Aidan retira los auriculares de sus oídos y los guarda con cuidado en su mochila.
El vehículo se detiene frente a un portón que se encuentra adosado a un imponente muro blanco que abraza el lugar. Justo por encima de la entrada, hay un rótulo con las palabras “Camino a Libertad”. Percy hace sonar el claxon, y al instante, un hombre ataviado con una camisa blanca emerge del portón, avanzando decidido hacia ellos.
—Bienvenidos a Camino a Libertad, —dice el sujeto, quien al notar la presencia del joven en la parte trasera, deduce rápidamente el motivo de su visita y pregunta:— ¿Usted es el pastor Percy Piagneri?
—Sí. El pastor Becerra nos está esperando —dice Percy.
—Por supuesto, me habían avisado. —El hombre saca un dispositivo de su bolsillo con un botón, lo presiona y el portón se abre—. Al entrar, a la derecha encontrarás los estacionamientos. Puedes estacionarte donde prefieras.
—Excelente, muchas gracias —dice Percy.
El auto se pone en marcha otra vez e ingresa al lugar.
El camino que recorre el automóvil serpentea a través de un frondoso bosque, donde los árboles se alzan majestuosos a ambos lados de la ruta. Cuando finalmente llegan al estacionamiento, Percy selecciona un espacio vacío frente a una pintoresca casa de diseño minimalista.
Después de estacionarse, la familia se dispone a salir del vehículo. El que requiere más tiempo para hacerlo es Aidan, quien continúa luchando por controlar su ansiedad. Su cabello se adhiere a su frente debido al sudor y es posible que en cuestión de minutos su camiseta blanca comience a empaparse.
Aidan sale del auto con su mochila antes de que sus padres lo obliguen a hacerlo. Percy abre el maletero, saca la maleta de Aidan y la coloca sobre el suelo.
De repente, emerge de la elegante morada minimalista un hombre de unos cincuenta años, cuyo cabello plateado le confiere un aire distinguido y una barba meticulosamente cuidada añade a su aspecto sofisticado. Viste una camisa blanca y pantalones negros.
A su lado, avanza otro individuo, de unos veinte años, con una llamativa melena rojiza que contrasta con su piel salpicada de pecas. Ambos se aproximan a la familia con sonrisas radiantes que parecen extenderse de oreja a oreja, aunque esta efusión de alegría provoca una incómoda sensación en Aidan.
—Pastores Piagneri, un gusto conocerlos en persona. Soy el pastor Becerra, y él es Paulo, un joven que también fue transformado aquí y que se ha quedado a servir al señor en esta comunidad —dice el pastor Becerra señalando con orgullo al muchacho pelirrojo que sonríe de una forma ridícula, Aidan se aguanta las ganas de poner los ojos en blanco.
—Un placer pastor Becerra —dice Percy estrechándole la mano. Maritza procede a hacer lo mismo.
Todos a su alrededor lucen sonrisas radiantes, excepto Aidan. El pastor Becerra, notando la excepción, desvía su atención hacia el joven y se aproxima para estrecharle la mano. Aidan, incómodo, se rasca el cuello y disimula una sonrisa forzada en respuesta al gesto del pastor.
—Tú debes ser Aidan —dice el pastor Becerra.
—Así es —dice Aidan estrechándole la mano.
—Un placer conocerte Aidan. Bienvenido a Camino a Libertad —dice el pastor.
A Aidan le suda la mano con tan solo escuchar el nombre del lugar.
El pastor Becerra guía a la familia a través del lugar mientras que Paulo ayuda a cargar la maleta de Aidan.
Si hay algo que Aidan no puede evitar reconocer, es la belleza sin igual del sitio: un campo encantador se despliega ante él, teñido con un mar de flores que abrazan una paleta de colores infinita. El aire parece más limpio que el de la ciudad, y la brisa acaricia con delicadeza la tela de su camiseta.
A medida que avanzan más adentro, el pastor explica el propósito de cada estructura: la capilla, de un minimalismo blanco, sirve de escenario para las prédicas y los cantos de alabanza. El comedor, un espacio cerrado con mamparas que se abren hacia el exterior, se encuentra contiguo al pasillo que conduce a amplias aulas, donde se imparten las clases. Finalmente, en la parte trasera, el pastor Becerra señala un edificio de tres pisos con numerosas puertas y explica que allí se encuentran las habitaciones de los jóvenes internos.
—Por cierto, más al fondo contamos con una piscina —dice el pastor Becerra.
—Lo vez hijo, el lugar es precioso como te dije —le dice Maritza a Aidan.
—Sí, es muy bonito —dice Aidan con poco interés.
Aunque el lugar es hermoso, Aidan no puede evitar sentir que se asemeja a un centro psiquiátrico u algo similar.
La familia Piagneri ingresa a la oficina del pastor Becerra, mientras Paulo se queda atrás, inspeccionando la maleta de Aidan para asegurarse de que no haya ningún elemento “inapropiado” ni dispositivos electrónicos como un iPad o una laptop que pudieran dar acceso a imágenes o videos que pudieran tentarlo hacia conductas impropias.
El pastor Becerra cierra la puerta tras de sí y toma asiento en su escritorio, extiende su mano e invita a la familia para que se acomode frente a él, donde hay exactamente tres sillas dispuestas. Aidan elige el asiento central, mientras que Percy y Maritza ocupan los extremos.
La oficina del pastor Becerra es un espacio íntimo, pero deslumbrante, donde la modernidad se entrelaza con la esencia religiosa. Las paredes están adornadas con una serie de imágenes que capturan al pastor en momentos de fervor mientras predica desde un púlpito y compartiendo abrazos fraternales con otras figuras eclesiásticas. Además, los versículos bíblicos decoran las paredes en forma de cuadros, añadiendo una profundidad espiritual al ambiente. En el corazón de la estancia, un crucifijo irradia su presencia.
—Está bien —comienza a hablar el pastor—. Ya les proporcioné toda la información por teléfono, pero quiero repasarla para que Aidan comprenda mejor nuestro propósito —El pastor fija su mirada en el joven, transmitiendo un sentido de seriedad.
El pastor prosigue:
—Aidan, en Camino a Libertad, nuestro objetivo es ayudarte a liberarte del estilo de vida que llevas —explica—. La homosexualidad es algo que vemos como contraproducente en la mirada de Dios. Entendemos que no eliges este camino por voluntad propia, sino que es influencia del mal que busca atraparte. La verdadera felicidad se encuentra en la cercanía con Dios, y alejarte de Él te llevaría a una vida de insatisfacción y sufrimiento. ¿Comprendes? Es por eso que todos los que estamos aquí, junto con nuestro Dios quien te ama, te ayudaremos a liberarte de los demonios que te tienen atormentado.
Aidan menea la cabeza y estira sus piernas.
—Yo intenté cambiar por muchos años —comienza a explicar Aidan hacia el pastor, sus padres lo miran—. Descubrí que era homosexual a los trece, desde ese momento, no paraba de orar para que Dios me cambiara, escuché testimonios de gente ex homosexual, me uní a grupos de apoyo por internet, seguí cada una de sus pautas, me quedaba hasta la madrugada batallando; pero nunca lo conseguí. Fueron en total cuatro años de lucha ¿Cuánto tiempo más voy a tener que seguir luchando?
Maritza y Percy intercambian miradas preocupadas, el pastor Becerra se rasca la barba y se acomoda en su asiento.
—Todo depende de ti, Aidan—, responde con serenidad—. Puede llevar meses, incluso años, pero lo crucial es que no te rindas. Es valioso ver que estás comprometido en enfrentar esta lucha contra el espíritu de homosexualidad. Sin embargo, recuerda que no estás solo en esto. Aquí contamos con pastores que han dedicado años de sus vidas a ayudar a personas con tu misma situación. Hemos visto cómo muchos jóvenes han logrado liberarse de estas cadenas y han construido hermosas familias. El enemigo intentará desanimarte, pero debes saber que puedes cambiar. Nada es imposible para Dios. Estoy seguro de que triunfarás, pero todo depende de tu perseverancia y tu fe.
Aidan siente una oleada de impotencia que amenaza con hacerle derramar lágrimas. Ha soportado cuatro largos años de intentos por cambiar, y esta lucha le ha llevado a padecer ansiedad y ataques de pánico de forma constante. Su mayor deseo es encontrar finalmente la paz y liberarse de esta batalla interna. Sin embargo, la noticia recién recibida contradice sus esperanzas: le dicen que debe continuar combatiendo contra su orientación sexual, y lo que es aún más desalentador, desconoce por cuánto tiempo más deberá cargar con este peso. Se pregunta con angustia cuánto tiempo deberá permanecer allí. ¿Un año? ¿Dos? ¿Cinco?
Aidan solo asiente con la cabeza, sintiendo que no tiene más opción que aceptar. La presencia de sus padres en la habitación lo obliga a acatar las palabras del pastor, consciente de que su padre podría cumplir con la amenaza que le hizo antes de ir a Cieneguilla.
—Te admiro mucho, Aidan, por haber enfrentado esto solo —, continúa el pastor—. Aunque habría sido beneficioso que les hubieras compartido tu lucha desde el principio, especialmente considerando que tus padres son pastores. Ellos podrían haberte brindado apoyo desde antes. Pero, en última instancia, lo importante es que ahora lo saben. Tal vez no se enteraron de la mejor manera, pero creemos que todo tiene un propósito, y ese propósito te ha llevado hasta nosotros para encontrar salvación. Recuerda que Dios ya te ha perdonado.
El pastor intenta calmar la situación que surgió cuando los padres de Aidan se enteraron de la orientación sexual de su hijo de la manera más inoportuna. Hace apenas una semana, Aidan y Favio, un amigo de la escuela, estaban disfrutando de una partida de PlayStation en la habitación de Aidan. En ese momento, Percy y Maritza habían salido a realizar una predicación en la iglesia. Aunque Aidan nunca sintió amor romántico por Favio, sí reconocía su atractivo físico, y para colmo, también compartía la misma orientación sexual que él.
Al tener diecisiete años, siendo virgen, con todas las hormonas alborotadas, no resistió más y comenzó a tocar a su amigo. Favio no se negó y le siguió el juego, ambos se tocaban hasta llegar a besarse, y la situación hubiera llegado a más, si no hubiera sido porque la prédica de sus padres fue cancelada, por lo que volvieron a su casa y encontraron a su único hijo besando a alguien de su mismo género.
Sus padres botaron a Favio y le prohibieron la entrada a la casa de por vida. Después tuvieron una conversación con Aidan, en la que él les confesó de que había intentado cambiar su sexualidad pero que era imposible. Les dijo que, a pesar de ser gay, jamás se apartaría de Dios, no obstante, sus padres no aceptaron eso, explicándole que alguien homosexual no puede seguir siendo fiel a Dios porque está viviendo en pecado.
Después de que Percy y Maritza pasaran por una etapa de crisis, tomaron la decisión de llevar a su hijo a Camino a Libertad, la mejor comunidad cristiana del Perú que realiza terapias de conversión.
Ahora allí está, a punto de ingresar a un lugar en donde lo ayudarían a cambiar su sexualidad.
El pastor Becerra detalla los protocolos que seguirán a lo largo de la terapia de conversión de Aidan. Este proceso engloba actividades como clases con pastores, asistencia a predicaciones, participación en alabanzas y la realización de tareas asignadas por los pastores.
Al finalizar la explicación, el pastor Becerra extrae un contrato y un bolígrafo de su cajón, solicitando a Maritza y Percy que lo firmen. Maritza toma su tiempo para leer el contrato antes de estampar su firma, en tanto que Percy lo firma de inmediato.
Una vez terminado los papeles, el pastor acompaña a la familia a salir de la oficina, en donde se topan con Paulo otra vez. Aidan saca su celular, pero de inmediato es intervenido por Paulo.
—Podrías entregarme tu celular por favor —, solicita Paulo al castaño.
Aidan abre los ojos como platos.
—¿Por qué?
—Una de las normas era que no se debía traer ningún dispositivo electrónico —dice Paulo sin dejar de sonreír, lo cual solo pone más incómodo a Aidan.
—Entiendo, pero pensé que sí podía quedarme al menos con mi celular —dice Aidan.
—Podrás usar el celular solo para llamadas los fines de semana, bajo supervisión —dice el pastor Becerra.
—No hagas más problema Aidan y entrega el celular —ordena Percy a su hijo.
—Pero ni siquiera voy a poder escuchar música —reclama Aidan con fastidio.
—Aceptamos reproductores de música—dice el pastor Becerra.
—¿Todavía los venden? —pregunta el joven.
—Varios de aquí lo tienen —dice Paulo—, en la próxima visita tus padres te pueden traer uno.
—No —dice Percy con voz autoritaria, Aidan se lo queda observando con decepción—. Estoy seguro de que parte del factor por el que sigue siendo homosexual es por la música que escucha, todas esas canciones hablan de sexo y de gays.
—Pero…
—Olvídate Aidan —dice su padre—. Este tiempo que vas a estar aquí es justamente para que te desintoxiques de la contaminación de este mundo gobernado por el diablo.
Aidan podría pasar horas debatiendo el tema, pero comprende que no tiene ninguna posibilidad, ya que se enfrenta a una abrumadora mayoría de cuatro personas en contra suya. A regañadientes, cede su teléfono celular a Paulo, sintiendo que le han arrancado una parte de sí mismo. La perspectiva de pasar tanto tiempo sin acceder a sus redes sociales le resulta desalentadora.
Paulo coloca con cuidado el celular en una de las casillas adosadas a la pared y luego se dirige hacia la familia para despedirse de Percy y Maritza.
—Paulo te va a guiar a tu cuarto mientras que acompaño a tus padres al auto —dice el pastor Becerra,
Maritza toma la iniciativa al despedirse de su hijo, envolviéndolo con sus brazos y depositando un tierno beso en su mejilla. Aidan responde al abrazo de su madre, inclinando su cabeza y apoyando su frente en su hombro.
—Te amo cielo, sé que lo lograrás. Todo lo puedo…
—En Cristo que me fortalece —Aidan termina la frase, la cual su madre se la ha repetido desde que era un niño.
Percy se acerca a su hijo y lo abraza, aunque su abrazo es un poco más contenido en comparación con el de Maritza. Aun así, Aidan corresponde al gesto abrazándolo. Después de separarse, Percy se acerca al rostro de su hijo y le dice:
—No olvides de lo que hablamos. No cambiaré de opinión.
—Lo sé papá.
Percy acaricia tiernamente el cabello de su hijo, compartiendo un gesto de cariño. Luego, Percy y Maritza se dirigen hacia la salida, pero no sin antes brindarle un último adiós a su hijo. Aidan les responde agitando la mano en un gesto de despedida.
Una vez que solo están Paulo y él, el pelirrojo se va hacia donde está la maleta de Aidan y la agarra.
—Sígueme, te llevaré a tu habitación.
Aidan sigue a Paulo mientras avanzan por el lugar hasta llegar al edificio de tres pisos donde se encuentran las habitaciones. Mientras suben las escaleras, Aidan nota que a Paulo le cuesta sostener la maleta, y le ofrece su ayuda. Sin embargo, Paulo aprieta la maleta con más fuerza en lugar de aceptar la ayuda.
—No te preocupes, yo puedo —dice Paulo.
Los tres ascienden al tercer piso, y Aidan observa el entorno desde esa altura. Desde allí, tiene una vista panorámica del lugar y divisa la piscina a lo lejos. La piscina, tal como el pastor le había mencionado, se presenta como un amplio y atractivo cuerpo de agua. Esta visión podría inspirarle a considerar la posibilidad de sumergirse en ella más adelante.
Aidan continúa caminando mientras que sigue contemplando el hermoso y silencioso lugar.
—¿Dónde están todos? —pregunta Aidan.
—El desayuno comienza a las diez, por lo que la mayoría se está alistando o quizás algunos siguen dormidos —dice Paulo, quien ahora suda por la espalda a seguir cargando la maleta.
Al llegar a la puerta 303, Paulo la abre, y de inmediato se desvela un cuarto que emana una atmósfera acogedora. En su interior, se encuentran dos camas cuidadosamente vestidas, cada una con su propio velador adornado por una lámpara y una Biblia. Dos pequeños armarios de madera añaden un toque de rusticidad al espacio, mientras que un escritorio se ubica en una esquina. Al igual que la oficina del pastor Becerra, las paredes del cuarto están decoradas con cuadros que exhiben versículos bíblicos.
En la cama izquierda, un joven de tez trigueña y cabello ondulado, de no más de quince años, se encuentra inmerso en la lectura de la Biblia. Al notar la presencia de Aidan, el muchacho le dedica una sonrisa tierna y amigable, en marcado contraste con la sonrisa de Paulo, que carece de esa autenticidad.
—Luis, él es Aidan, será tu compañero de habitación.
—Un placer —le dice Luis a Aidan entusiasmado.
—Igualmente —le contesta Aidan.
Paulo deja la maleta junto a la cama del lado derecho. Encima de la cama, hay una camisa blanca, unos jeans y zapatos negros. Aidan se acerca a donde está la ropa, agarra la camisa y la extiende para verla mejor.
—Ese es el uniforme, es obligatorio —dice Paulo.
Aidan pensaba que el uniforme sería peor, como usar ternos o algo por el estilo. Pero lo cierto es que le gusta el uniforme, se ve cómodo y cree que le va a quedar bien.
—Tienes más uniformes en tu armario —le dice Paulo—. Los domingos son días de lavados. Solo los fines de semana puedes usar tu ropa casual —Paulo voltea a ver al joven de cabello ondulado —. Luis, ¿serías amable de ayudar a Aidan en su primer día?
—Por supuesto, yo me encargo.
—Perfecto —Paulo se dirige a Aidan una vez más—. Luis te asistirá en familiarizarte con el lugar. Todos aquí asisten a las mismas clases y tienen horarios comunes para las comidas; comparten todo, así que no te preocupes. De todas formas, si tienes alguna pregunta o necesitas algo, no dudes en decírmelo.
—Está bien, muchas gracias.
Paulo hace un gesto de despedida con la cabeza mientras se dispone a abandonar la habitación, pero de repente se detiene en seco y da la vuelta.
—Por cierto, las puertas aquí no tienen pestillo por motivos de seguridad, de vez en cuando hay supervisiones en los cuartos —dice Paulo y por fin sale de la habitación.
Esa información perturba a Aidan, ya que nunca había experimentado que le arrebataran semejante nivel de privacidad. Sin duda, anticipaba una dura batalla para adaptarse a ese lugar, que parecía volverse cada vez más extraño.
—Espero que pases un excelente primer día —le dice Luis.
Aidan extiende sus labios dibujando una sonrisa falsa. Ya que duda de que eso pueda suceder.
“Estoy atrapado”.