ATTRACTION

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Summary

En el oscuro mundo de la mafia rusa, ella es la Reina Roja, una mujer implacable, marcada por un pasado lleno de sombras. Él, el Rey Negro, es un hombre cuya obsesión por ella lo lleva a desafiar todos sus principios, dispuesto a poseerla a toda costa. Mientras él lucha con su deseo ardiente y su necesidad de control, ella juega un juego mortal de venganza, desafiando cada avance. En su lucha por el poder y el control, los límites entre el amor y la destrucción se desvanecen, llevando a ambos a un camino peligroso donde la obsesión puede ser más letal que cualquier guerra. ¿Podrá la Reina Roja resistir su influencia, o caerá en las garras de su pasión mortal?

Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1

CAPITULO 1


"Eslavas"


Caracas, Venezuela.


*

Dasha y yo llevamos horas siguiéndole el rastro a un político. Ese maldito parece una sanguijuela. Escurridizo, siempre un paso adelante, y no tenemos más opción que continuar. Desde que llegamos a Venezuela, hemos estado tras sus huellas, y ahora que lo tenemos al alcance, no podemos darnos el lujo de fallar. El muy cabrón acaba de entrar a un club, y no podemos esperar a que salga; no sabemos con exactitud a qué hora lo hará. Así que debemos entrar. Llevo meses tras su pista desde Moscú, y no voy a perder esta oportunidad.

Nos hemos infiltrado aquí como unas bailarinas de Inglaterra. Este es un club de strippers, y nuestras identificaciones falsas nos abren las puertas. Aunque estamos en territorio propio, los riesgos son altos. Si nos descubren, nuestras vidas no valen nada. En especial, con la mafia italiana presente acá.

Las luces del club parpadean en tonos rojos y azules, y el sonido de la música es tan fuerte que siento que mis tímpanos van a explotar. Entro al club con Dasha a mi lado. Las identificaciones se procesan, y nuestras identidades falsas se registran como "Las Eslavas". La atmósfera está cargada de miradas lascivas y murmullos, pero lo que más me incomoda es la mirada de Marco, quien, a pesar de estar rodeado de políticos y hombres de negocios, no puede apartar los ojos de Dasha.

Nos dirigimos al escenario con la confianza de dos depredadoras. Con cada paso, mis tacones suenan como un preludio a lo inevitable. Dasha lleva un short de cuero rojo, ceñido a su figura, y un top escotado que refleja destellos de luz, una peluca negra con flequillo y un antifaz de gata sexy. Se mueve con una sensualidad calculada, sabiendo exactamente cómo jugar con la mirada de los hombres. Yo, por mi parte, llevo un body de cuero negro que se ajusta a cada curva, detalles metálicos adornan mi figura, y una peluca rubia cae sobre mis hombros. Mis lentes de contacto verdes resaltan, y mi postura transmite una seguridad inquebrantable.

Bailamos, nuestras piernas se deslizan por los tubos al ritmo de "Different". Alternamos las miradas hacia Marco, observando cada uno de sus movimientos, aunque intentamos no ser tan obvias. Nuestro objetivo está a solo unos metros de distancia, y a medida que el tiempo pasa, la tensión se acumula. Marco está en una mesa privada, rodeado de tipos de traje y guardaespaldas. No hay dudas: somos el espectáculo de la noche. La ansiedad se me enreda en las venas mientras me esfuerzo por mantener la calma. Marco está a punto de caer en la trampa.

El animador nos presenta con un entusiasmo exagerado:

—¡Un aplauso para nuestras hermosas y sexys bailarinas! Las mejores de la noche: Morana y Lada, grita—.

El público responde con vítores y aplausos, pero mi atención está completamente centrada en él. Marco se levanta de la mesa, se acomoda el pantalón, y se nos acerca con esa sonrisa tan repugnante que me revuelven las tripas.

Ya cayó.

—Señoritas... —Nos saluda con un tono lascivo. —Nunca había disfrutado tanto de un baile como el de ustedes.

Me dan ganas de vomitar, pero Dasha, siempre impecable, le responde con una sonrisa encantadora mientras le guiña un ojo.

—Eso es porque como nosotras no hay en ningún otro lugar, señor—.

Mi piel se eriza al escuchar la respuesta, y trato de mantener mi compostura. La conversación sigue, mientras Dasha se muestra cada vez más seductora. —¿Cuál es su nombre? —le pregunta, casi susurrando.

—Marco. —Responde él con una sonrisa que me pone los pelos de punta. —¡Y sí, de eso no hay duda!.

Es un asco. Pero no tenemos tiempo para perderlo. Tenemos que actuar.

—Un placer, Sr. Marco—Contestamos al unísono.

Marco, confiado, nos propone ir a una suite privada. La excusa es sencilla: "Un momento a solas, para conversar". Y sabemos que es lo que realmente quiere, pero no podemos permitir que se nos escape. Llevamos meses tras él, y estamos a punto de obtener lo que necesitamos.

El club no es solo para espectáculos; las suites privadas están diseñadas para negocios turbios, orgías y cualquier cosa que los hombres de poder busquen en la oscuridad. Nos adentramos en la habitación, que está insonorizada, lo que nos da algo de tranquilidad, aunque no demasiada. Marco está como un perro sin correa, y su sonrisa es la de alguien que acaba de ganar el premio mayor.

Dasha le sirve una copa de champaña mientras se sube a su regazo. La mueca de repulsión se apodera de mi rostro mientras me acerco por detrás y le empiezo a dar un masaje. Cada toque es un recordatorio de lo que estamos dispuestas a hacer para conseguir la información.

—¿Suele frecuentar este lugar, Sr. Marco? —Pregunta Dasha mientras se restriega contra él. Su tacto es tan calculado como el mío, pero su cuerpo habla el lenguaje que más le interesa.

—Sí, cada dos semanas. —Responde él, algo embriagado. —Vengo con mis colegas, a despejar la mente del trabajo.

—Debe ser un hombre muy ocupado. —Comenta Das, mientras deja que su pierna roce la de él. La repulsión que siento no tiene nombre, pero mi rol esta noche no es seducirlo. Mi rol es asegurarme de que él hable, de que revele lo que necesitamos saber y agradezco por eso.

—¿A qué se dedica, Sr. Marco?—Le pregunto, intentando que su respuesta sea tan detallada como sea posible.

—Oh, linda, por favor, llámame Vani, eso de "señor" me hace sentir viejo, —dice, y me da asco escuchar su voz.

—Me dedico a muchos negocios por aquí y por allá. Uno debe trabajar duro para tener una vida llena de lujos. Y, claro, para tener a mujeres tan hermosas como ustedes a nuestros pies—.

Mis ojos se clavan en él con desprecio, pero no puedo perder el foco. Necesito que hable más.

—¿Qué te trae a Oz, Vani? —pregunta Dasha, mientras él acaricia su cuerpo, ignorando el gesto de incomodidad que trato de disimular.

—Tratamos temas delicados. Los clubes son buenos lugares para cerrar negocios, y nada mejor que tener putas bailando mientras lo hacemos. Estamos considerando hacer inversiones grandes aquí, de mucho dinero—.

Mis dedos pulsan el collar donde tengo el micrófono oculto. Todo lo que dice es importante, pero no es suficiente. Todavía falta mucho por descubrir.

Mientras Dasha sigue con la farsa, yo sigo grabando, guardando cada palabra, cada gesto, en mi memoria. Sabemos que Marco no dirá todo, pero cada pieza encaja. La verdad está cerca, y cuando lleguemos al final, no habrá escapatoria para él.

Tras varias horas de conversación, el ambiente se va tornando más íntimo. Marco, completamente embriagado por su propio ego y la copa de champaña, parece haber olvidado su desdén hacia nosotras. Nos aseguramos de que se sienta cómodo, pero seguimos alerta, cada palabra y movimiento están calculados para no levantar sospechas. La misión está a punto de terminar, pero aún necesitamos asegurarnos de que no hay cabos sueltos. Cuando la noche avanza y las luces del club parpadean con fuerza, es el momento de despedirnos. No podemos permitir que se alargue más, ya que el riesgo de que algo salga mal es demasiado alto.

Caminamos tras él, hacia la mesa donde se encontraba. Nos damos cuenta de que no es el único italiano. Ahí están Valentino Conti, Leonardo Zanoli y Alessandro Santoni, otros tres italianos importantes, todos trabajan para el capo principal. Nos despedimos como si fuésemos dos putas más, con la seguridad de que no levantamos sospechas. La adrenalina sigue corriendo a mil por hora mientras salimos por la parte trasera del club.

No podemos dejar de mirar atrás. Cada sombra, cada sonido nos pone al límite. Al llegar al coche, Adrik y Yakov ya nos esperan, listos para llevarnos al aeropuerto. El escape está hecho, pero no podemos relajarnos. El verdadero desafío empieza ahora.

En el coche, me quito el vestuario de eslava, sintiendo una ligera relajación al deshacerme de esa falsa identidad. Saco mi MacBook que está debajo del asiento y empiezo a manipular las cámaras de seguridad y el sistema del club, borrando cualquier rastro de nuestra presencia. Cada segundo cuenta. Mientras avanzamos hacia el aeropuerto, reviso la grabación que logramos obtener. La información es mucho más valiosa de lo que esperábamos. Sabemos que esta grabación puede acabar con la mafia italiana, pero también puede destrozar a la Bratva si cae en las manos equivocadas.

Lianozovo - Moscú.

*

El avión aterriza en Moscú mientras el sol apenas comienza a iluminar el cielo. El frío nos golpea con fuerza, pero la adrenalina sigue fluyendo. La misión fue más peligrosa de lo que esperábamos. Hemos obtenido información clave, pero lo que está en juego es mucho más grande. Aunque la pudiésemos usar para sacar a la mafia italiana y destronarla de la cabeza de la pirámide de una vez por todas, también es algo que si sale a la luz nos destruirían.

Al llegar a la base ya Alexandr nos espera. Cuando le contamos sobre el complot italiano, sus ojos se agrandan. Se pasa una mano por el cabello, pensativo, y su rostro se endurece.

—Esto es más grave de lo que pensaba —dice, su voz grave llena de preocupación. —Si la mafia italiana toma el control de Sudamérica, las consecuencias serán devastadoras. Tenemos que actuar antes de que lo consigan—.

Dasha no duda ni un segundo. –Queremos ser parte de la solución, —dice, su voz firme.

—Sabemos cómo trabajan. Podemos infiltrarnos de nuevo, esta vez en su territorio.

Mi mirada se fija en la pantalla de mi MacBook, las cámaras de Las Vegas empiezan a mostrar lo que necesitamos. El plan está tomando forma. Pero las palabras de Alexandr son un recordatorio de lo que nos estamos jugando.

—Están bien posicionados, tienen poder. Esto es más que solo infiltrarse. Necesitarán apoyo y una muy buena estrategia, y no puedo garantizar que les resulte fácil—.

—Lo sabemos. —Respondo con determinación—. Es por eso que debemos ir con la legión para llevar nuestro plan acabo, si permitimos la venta de armas y la distribución de drogas en nuestro propio territorio se nos vendrán encima las otras mafias y buscarán la forma de desestabilizarnos, se romperá el acuerdo y se desatará una guerra que por años hemos evitado.

El ambiente se tensa.

—¡Bien! —dice Alexandr—, que vaya solo la legión y si fallan en esto, considérense muertos—.

El plan está decidido. Viajaríamos a Galena con la legión: Adrik, Sergei, Yakov, Dominik, Ivanka, Klara, Dasha y yo. Solo los mejores. No podemos fallar, la presión es demasiado alta. La guerra está a punto de comenzar, y estamos al frente.

***

Me dirijo a mi pent-house en Rublevka, cuando vislumbro un Ferrari negro, estacionado en la entrada. Mi paso no se detiene, aunque el automóvil me llama la atención de inmediato. El sonido de mis tacones resonando en el pasillo de mármol frío mientras me acerco a la entrada. Camino hacia el ascensor, mi dedo presiona el botón de mi piso sin vacilar. Las puertas se abren con un suave deslizamiento, y la oscuridad que domina mi hogar solo es interrumpida por la luz difusa de la ciudad que se filtra a través de las ventanas. En el lobby, una figura se recorta en la penumbra, sentada en el sofá. Su presencia es palpable, casi insoportable. No necesito ver más para saber quién es. Esa energía, ese perfume, lo reconocerías en cualquier parte del mundo.

Sin hacer un esfuerzo, enciendo las luces. Allí está, como esperaba: Dominik.

Sentado en el sofá, sus piernas separadas, su postura relajada, pero hay algo en su mirada que siempre es un recordatorio de que no hay nada casual en él. Sus ojos me devoran mientras me acerco.

—¿Cómo entraste? —pregunto, más para provocar que por verdadera curiosidad.

—Tú misma sabes la respuesta, Auri—.

Él se pone de pie con una lentitud calculada, su figura desbordante llena la habitación. La sonrisa en sus labios es tan peligrosa como tentadora, un contraste entre la ternura y la amenaza implícita en cada uno de sus gestos. Se acerca con la misma seguridad de siempre, y antes de que pueda reaccionar, me recoge en sus brazos con una facilidad que me resulta casi desconcertante. Su beso en mi mejilla, un roce ligero, no es nada más que una fachada, pero yo lo conozco. No hay nada inocente en ese gesto.

—Te extrañé mucho —susurra, su voz tan profunda que retumba en mi pecho, como un eco persistente que se niega a desaparecer. Su mano se mueve con una lentitud exasperante hacia mi rostro, apartando un mechón blanco que se me había soltado. El calor de su cercanía lo siento en cada rincón de mi cuerpo, pero no puedo dejar que eso me afecte.

Una parte de mí siente el tirón de la contradicción, la idea de que él pueda extrañarme, una emoción que jamás debería haber llegado a su corazón. Pero no le permitiré que vea esa vulnerabilidad en mí.

—Dudo que me hayas extrañado —respondo con un tono calculado, mi mirada fija en la suya. Su sonrisa no pierde fuerza, pero sé que algo cambia. La sombra de un conflicto interno aparece en sus ojos. Algo se está quebrando, pero no es mi deber reconocerlo.

—Esa es una emoción que no deberías sentir, Dominik —le digo, como una sentencia que me pesa tanto como a él. No porque quiera rechazarlo, sino porque sé el peligro que implica ceder a algo que va más allá de lo que somos. No somos aquellos que pueden permitirse el lujo de ser humanos. Nadie en nuestra posición lo es.

La reacción de Dominik es silenciosa, pero su rostro refleja una comprensión amarga, como si entendiera el peso de mis palabras, aunque no las acepte.

—No sé cómo entraste sin que me enterara —inquiero. El juego de siempre, el de mantener las distancias y las apariencias. —Mi sistema de seguridad es infalible. Nadie debería haber pasado sin alertarme.

Dominik sonríe, esa sonrisa que siempre ha sido su carta de triunfo, una que sabe que puede usar para desarmarme.

—No eres la única hacker en el equipo, nena. Puedo hackear tu sistema de seguridad en un parpadeo, y ni siquiera sabrías que lo hice —responde con una confianza que roza la arrogancia, como si todo en este mundo estuviera a su alcance.

—Ahora, cuéntame, ¿cómo te fue en la misión? Dasha me dijo que tenemos que viajar dentro de unos días a Galena.

—Va a ser una misión suicida, lo sabes. Pero eso es lo que somos, ¿no? Nacimos para esto, para la muerte y la destrucción.

—Intensa —resoplo, el cansancio pesando sobre mi cuerpo, pero más aún sobre mi alma. Coloco mi bolso sobre una silla cercana y me dirijo a la cocina para servir un poco de café.

El líquido caliente se desliza por el borde de la taza, y el aroma a café me envuelve, pero no logra disipar la pesadez de lo que acabo de vivir. Tomo un sorbo, dejando que el calor me recorra, y luego dejo caer mi cuerpo sobre el sofá, mirando las luces de la ciudad que parpadean fuera de la ventana.

—Debemos infiltrarnos en el territorio del capo italiano, arruinar todo lo que están planeando. No sé si él está al tanto de lo que los de la Sacra Corona Unita están tramando, pero sería un idiota si no lo estuviera. Lo que intentan hacer es un juego bajo. Acabar con él, traficar armas y drogas en nuestro territorio. Crear una nueva pirámide . Conseguir toda esta información fue... agotador.

Dominik asiente, pero su expresión se ha endurecido, como si la gravedad de la situación no lo sorprendiera, pero sí lo preocupase. Él sabe que nada en este mundo es seguro, pero hay algo más en su mirada. Algo más que el profesionalismo que se ve en su rostro. Ese fuego que nunca se apaga.

Dominik fue uno de los primeros en conocerme cuando me integré a la Bratva. Tres años mayor que yo, su historia es un reflejo del caos que ambos compartimos. El Pahkan lo sacó de las calles después de que quedara huérfano, mientras que yo, simplemente, fui arrancada de mi familia por las mismas manos que ahora intentan exterminarnos.

—¿Te sientes bien? —me pregunta, su voz ahora teñida de algo más cercano a la preocupación. Pero no es la preocupación de un amigo, es la de alguien que teme perder algo que no puede tener, aunque nunca haya tenido el coraje de admitirlo.

—Sí —respondo sin dudar, aunque mi cuerpo grita lo contrario. Estoy agotada, pero no por la misión. Hay algo en mi interior que se revuelca, algo que no puedo nombrar ni compartir. Mi mirada se desvía de la suya, buscando evitar que vea lo que no quiero que vea.

Nos sentamos en el sofá, el aire entre nosotros denso, cargado de algo más que las palabras que intercambiamos. La conversación sigue, pero ahora la incomodidad crece con cada sílaba, con cada mirada. Hablo de lo que ocurrió en Caracas, de las sombras en las que nos movimos, de los momentos en los que la muerte estuvo a un paso de nosotros. Pero, mientras lo hago, me doy cuenta de que Dominik no está solo escuchando. Está absorbiendo cada palabra como si fuera un lamento, como si cada fragmento de mi relato lo tocara de alguna manera más profunda.

—Me alegra que estés de vuelta —dice en voz baja. Se ha acercado más de lo que debería, y sé que no es solo por la preocupación por la misión. Algo más está pasando. Algo que nunca ha sido dicho, pero que ha estado flotando entre nosotros desde el primer día.

Lo miro, y ambos sabemos lo que se esconde en ese espacio entre nosotros. Es un vínculo que hemos ignorado durante demasiado tiempo, una tensión que siempre estuvo allí, pero que ninguno de los dos se ha atrevido a reconocer. Un vínculo que desafía las reglas de la Bratva, que desafía lo que se supone que debemos ser.

—Gracias, Dom —respondo en un susurro, sintiendo que mis palabras no son suficientes. Hay algo más en mi voz, algo que no puedo ocultar, ni él puede ignorar.

La noche avanza y el ambiente se vuelve cada vez más cargado, como si algo fuera a quebrarse. Dominik da un paso hacia mí, y por un instante, el mundo se desvanece. El aire entre nosotros se vuelve denso, peligroso. Él se acerca, pero no hay palabras. La respiración se entrelaza. Y en ese momento, sé que cruzaremos una línea que ya no podrá deshacerse. Pero no soy yo quien dará el primer paso.

No esta vez.

Luego de un rato, me levanto del sofá al ver que ya es casi media noche y el trabajo no espera. Mañana será otro día, y debo estar preparada. Me dirijo hacia mi habitación, con Dom pisándome los talones. A pesar de que mi espacio personal es algo que valoro, la verdad es que me he acostumbrado a su presencia. La mayoría de la organización vive cerca de mí, en el pent-house, pero él, especialmente, sabe cómo invadir mis horas de soledad. De vez en cuando, cuando el tiempo nos separa, viene a pasar la noche conmigo. Como ahora.

Él se sienta en el borde de mi cama, su mirada fija en mí. No dice nada, pero su silencio habla por él. Como siempre, está esperando que le dé una señal. Algo más. Yo, por el contrario, prefiero mantener mi distancia. Me despojo de la ropa con calma, como si deshacerme de cada prenda fuera un pequeño acto de desobediencia, y me dirijo al baño para tomar una ducha larga y caliente. La soledad de ese momento es lo único que me pertenece. Es el único espacio donde aún soy yo, y no una pieza más en este juego sucio.

—Tomaré una ducha y luego prepararé la cena —le digo desde el umbral del baño, sin mirarlo, mi voz vacía, casi distante.

—No te preocupes, ve a ducharte, yo me encargaré de todo —responde con ese tono firme que siempre tiene, como si su voz pudiera hacer que el mundo se alineara a su voluntad.

Gracias al cielo, porque cocinar no es lo mío.

Él sale sin decir más, dejando una sensación extraña en el aire. La puerta se cierra tras mí y el ruido del agua cae como una sentencia. Me meto bajo el agua caliente, el calor envolviendo mi cuerpo como una caricia, pero no es suficiente. Me echo shampoo en las manos y lo distribuyo sobre mi cabello, con la misma rapidez con la que aclaro mis pensamientos, borrando cualquier rastro de lo que no quiero recordar. Luego, aplico una mascarilla para matizarlo, porque mi cabello blanco es lo único que aún me da algo de calma. Lo cuido porque es uno de los pocos atributos que la vida no me ha arrebatado.

Mientras espero que mi cabello se hidrate, aprovecho para depilarme las piernas, las axilas, y la zona íntima. Todo bajo control. Todo en su lugar. La ducha, como siempre, es mi refugio, mi forma de exorcizar los demonios del día. El estrés, el trabajo, la organización. Todo se desvanece por un momento, pero sé que no durará. Pronto estaré de vuelta en la pesadilla.

Después de un rato, me envuelvo en una toalla y camino hasta mi closet. El lugar es amplio, casi como una extensión de mi alma: ordenado, calculado, frío. Aquí, todo tiene un propósito. Todo está en su lugar, desde las prendas claras en sus estantes hasta el compartimento secreto donde guardo mis armas. Es un santuario oscuro, hecho a medida, donde la fachada se mezcla con la necesidad de control. No soy sólo una modelo, soy mucho más que eso, aunque a veces me pregunto qué me queda de mí misma. Elijo un pijama nuevo de seda de Dior, parte de una de mis últimas colecciones. La suavidad del material contra mi piel me hace sentir... casi humana, por un segundo.

El aroma que llega desde la cocina hace que mi estómago ruja de hambre, un recordatorio cruel de que sigo viva y que no he comido en muchas horas. Sigo respirando, pero por poco. Cruzo la habitación y llego a la cocina. Allí está Dom, terminando de lavar los platos. Observo sus movimientos, cada gesto, cada acción tan calculada, tan perfectamente ejecutada. El sonido del agua cayendo, la luz cálida de la cocina, todo parece jugar a favor de esa atmósfera tensa que siempre existe entre nosotros. La cocina es su territorio, el único lugar donde parece no cargar con el peso del mundo.

Lo miro en silencio. No es sólo un mercenario. Es algo más. Algo más que me atormenta, que me consume. En su cuerpo musculoso, en su mirada oscura, hay un fuego que me atrae como un imán. Lo sé, y lo sé bien. Dom es peligroso, pero es imposible apartar la mirada de él.

Es un hombre de 1.92 cm, con un cuerpo que parece hecho de roca, tatuajes que reflejan las batallas que ha librado. Su cabello y barba poseen un brillo ardiente, como las llamas de un fuego eterno. Su mirada, intensa y penetrante, parece desafiar al mundo entero. Pero no es sólo eso. Es su presencia. Cada paso que da, cada movimiento que hace, parece dejar una huella imborrable. Las chicas de la mafia roja suspiran por él, y yo... yo no soy diferente. Pero no es algo que quiero admitir. No lo hago.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunta, su voz baja, rasposa, como si supiera lo que está haciendo. La sonrisa en sus labios es peligrosa, juguetona. Como si estuviera desnudándome con la mirada.

—Siempre me ha gustado lo que me como —respondo con frialdad, aunque el deseo está ahí, latente. No puedo mentir, ni siquiera a mí misma. —Y cómo no gustarme si estás... buenísimo. Las rojas babean por ti.

—Al igual que tú, Auri —dice, y su tono cambia. Hay algo en su voz que hace que mi piel se erice. Todos se mueren por tenerte, pareces una diosa. —Pero, ¿sabes qué es lo que más me enorgullece?

Lo miro, sabiendo lo que va a decir. Ya me lo ha dicho antes, pero siempre me lo repite, como si necesitara que lo escuchara. Como si necesitara asegurarse de que nunca lo olvide.

—¿Qué? —pregunto, con un tono que es mezcla de curiosidad y desafío.

—Que eres mía —dice, y su tono es implacable, su sonrisa arrogante, un recordatorio de lo que cree que tiene derecho a poseer. Se acerca, y sin previo aviso, planta un beso en mis labios, profundo, demandante, como si quisiera marcarme, dejarme su sello.

Me aparto un poco, manteniendo la calma, a pesar de la rabia que comienza a hervir en mi interior.

—¿Ah, sí? —No te equivoques, Dom, no soy ni seré propiedad de ningún hombre. No soy de nadie.

—Eso lo veremos —responde, sus ojos ardiendo con una promesa peligrosa.

Comemos en silencio después de eso, la tensión entre nosotros palpable. Hablamos del viaje que se avecina, de los planes, de lo que ocurrirá si las cosas salen mal. Pero lo que realmente está flotando en el aire, lo que nos consume, es esa maldita conexión que nunca pedí, pero que ahora no puedo ignorar.

***

(No me aguanté, espero les guste esta historia. Estoy trabajando poco a poco en ella así que ténganme un poquito de paciencia por fis. Por favor dejen sus votos y comentarios, me ayudarían mucho. Soy nueva en esto, no soy escritora profesional así que por favor absténganse de malos comentarios. Besos... ¡Las quiero! FELIZ NAVIDAD❤💋)