UNA DE CAL Y OTRA DE… ¡QUE TE JODAN!
El pescado empezó a pegarse en la sartén justo cuando Pablo soltó la bomba.
—He conocido a otra.
No alcé la vista y no por falta de ganas, sino porque no comprendí a qué venía esto, si estábamos hablando de otro tema banal. Aun así, mi cerebro se quedó en bucle con esa palabra.
¿Otra qué? ¿Otra receta? ¿Otra serie de Netflix? ¿Otra forma creativa de joderme la existencia?
—¿Un nuevo fichaje en la oficina? —pregunté, intentando rescatar la cena mientras el olor a quemado me raspaba la nariz.
—Raquel, hablo de una mujer. Una compañera del trabajo.
El silencio que lo precedió, fue de esos que no perdonan. De los que se te hunden bajo las costillas y te arañan las entrañas.
—¿Todo bien con ella? —insistí, girando el pescado como quien intenta ocultar que el suelo se abre bajo sus pies.
Y entonces lo escupió, sin mirarme, igual que si hablara con el gotelé de la pared.
—Hace tiempo que tú y yo… Nosotros, no funcionamos. Y… Necesito que firmes los documentos del divorcio. Será lo mejor para ambos.
Ahí sí lo fulminé, con ese tipo de gesto que no mata, pero descuartiza. La sartén seguía echando humo.
Yo también.
No grité y tampoco creo haber llorado en ese momento. Salí de la cocina con los nudillos blancos y la mandíbula apretada, buscando una explicación que nunca llegó. Solo recuerdo que él ya estaba en la puerta, con la maleta hecha, las llaves del coche en la mano… y Álex abrazado a su pierna, preguntándole por qué tenía que irse a esas horas, sin entender absolutamente nada.
Ahí supe que la galletita había dejado de ser galletita y que el bizcochito había encontrado otro Cola-Cao donde mojar el churro.
¡Seré idiota! Me lo creí todo sobre la familia perfecta. Vistos desde fuera éramos como un anuncio de detergente, clichés hasta la náusea. Las cenas en pijama, los domingos de dibujos animados y cereales, los “pastelito”, los “galletita”, las putas rutinas que te hacen sentir segura. Todo era mentira. O, peor, era real… hasta que dejó de serlo. Y eso es una guarrada, porque no lo ves venir ni de lejos.
Retrocedamos unos cuantos años.
Yo, medio islandesa por parte de madre —con el tipo de piel que se quema con tan solo asomarse el sol— y toledana por parte de padre. En el pueblo, para todos, siempre fui “la guiri”. A pesar de que llegué con diez años dominando el castellano mejor que muchos, crecí oyendo la misma cantinela; que si no me parecía a papá, que si “menudos genes raros”, que si “vaya pinta para ser de aquí” … El pueblo y sus críticas a lo considerado distinto…
Y tú lo intentas. Intentas encajar, suavizar el acento, reírte de los chistes que no entiendes, comprarte ropa que no es la tuya, decir “tía” como si no se te oxidara en la boca, comenzar de cero con amigos y cultura nueva. Pero no cuela. Nunca cuela.
Entonces apareció Pablo.
El primero que no me preguntó de dónde era, sino a dónde iba. El primero que me escuchó hablar sin analizarme; sin parecer necesitar subtítulos. Con él, por fin, me sentí “de aquí”. Y me enamoré como se enamoran las imbéciles que llevan toda la vida buscando un sitio, con el alma abierta y los ojos cerrados.
En resumen. Nos reímos, follamos, montamos muebles de IKEA que casi nos llevan al divorcio mucho antes de casarnos. Y luego, boda. Y luego, Álex.
El niño que lo cambió todo.
El niño que me hizo pensar que ahora sí, que esta era mi vida, mi sitio, mi gente.
—¿Recuerdas cuando prometimos que nunca usaríamos la palabra divorcio? —dije después, cuando volví a entrar en la cocina. Él ya no estaba. Únicamente quedaba el sobre blanco sobre la mesa y miles de preguntas atascadas en mi cabeza sin respuestas.
Lo abrí. Sí, era verdad. Todo legal y listo. Frío. Impersonal. Firmado por el abogado que nos ayudó con los papeles de la hipoteca y que ahora certificaba el final de una historia de amor como quien firma la baja médica de una gripe.
No lloré. Aún no. Primero revisé qué día teníamos que presentarnos en el juzgado, luego metí el pescado carbonizado en la basura y después me senté frente a los papeles. Solo entonces me rompí.
No fue un drama de película, ni hubo música melancólica de fondo. Simplemente ese llanto contenido y seco, de cuando sabes que no sirve de nada, planteándome cómo iba a afrontar esta nueva realidad.
Esa noche —y las siguientes— dormí con Álex. No quería que preguntara por papá. No quería dar explicaciones que no tenía. Le puse su pijama de dinosaurios, le leí dos cuentos y me quedé abrazada a él hasta que se durmió.
Mientras lo abrazaba, pensaba en bucle, a modo de que eso fuese a solucionar algo, ¿cómo se puede romper algo que parecía tan sólido? ¿Fue culpa mía? ¿Fui demasiado madre, demasiado poca mujer? ¿No lo vi venir? ¿O lo vi y me hice la loca porque la alternativa era el miedo a perder mi zona de confort?
Reflexioné en todas las veces que me dijo que me quería. En cómo me tocaba el pelo cuando me quedaba dormida en el sofá viendo alguna serie. En su forma de reírse cuando Álex hacía alguna de sus preguntas imposibles.
¿Era todo mentira?
¿O fue verdad… hasta que dejó de serlo?
Después pensé en los otros momentos, los que se convertían en silencios, los que nos llevaban por diferentes caminos, aquellos que no me importaban porque ya estaba acostumbrada.Las noches sin beso, los cruces sin palabras… los gestos de cansancio.
No verlo venir era estar completamente ciega.
Las semanas siguientes fueron un torbellino.
Me mudé con mis padres y ellos, a su vez, decidieron volverse al pueblo para darnos nuestro espacio. Pablo se quedó con lo que fue nuestro hogar —o lo que quedaba de ello después del timo de la constructora— una casa que prometía vistas al campo y olor a libertad, y terminó siendo cemento, polvo y pleitos judiciales. Pero era “nuestra casa”. Era nuestro plan. Nuestro sueño hipotecado.
Ahora solo me quedaban los restos de ese puzle al que le faltaban la mayoría de piezas.
Mi madre, para intentar animarme, me preparaba sopa como cuando era niña. Mi padre se limitaba a decir: “Todo pasa, hija. Todo pasa.” Y me abrazaba torpemente. Ese tipo de abrazo que dan los hombres que no saben hablar de sentimientos, pero los tienen metidos en cada arruga de la frente.
Mientras tanto, fingía. Fingía fuerza. Fingía que podía con todo, y la verdad, es que no podía con nada.
Y sí, reconozco que hubo momentos en los que imaginé venganza al estilo dramón de Hollywood.
No firmar, joderle la custodia, hacerle la vida imposible... pagar a un asesino a sueldo… Pero no lo hice. Porque una cosa es estar rota… y otra muy distinta ser una hija de puta vengativa sin amor propio.
Y, porque Álex, no se merece eso. Se merece paz y una madre que no se convierta en un monstruo solo porque el padre se volvió gilipollas con la crisis de los cuarenta.
Así que, aquí estoy.
Treinta y siete años, un divorcio encima, el corazón hecho migas y una lista de la compra donde he apuntado: “champú, leche, cereales de chocolate, dignidad”.
Sí, estoy rota. Pero también estoy de pie. Porque lo más jodido de todo no es llorar por cada esquina a escondidas, sino hacerlo sabiendo que no te queda ni una puta excusa para justificar el drama.
Y eso, amigas, ya es una victoria para mí.
Pablo, si estás leyendo esto —que lo dudo, porque dudo que sepas leer algo más que tus excusas baratas— te digo algo desde lo más hondo de mi galletita partida:
¡QUE TE JODAN!