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A veces, el alma guarda silencios que ni el tiempo puede borrar. Y a veces… esos silencios suenan como un piano al otro lado de una puerta cerrada.
Airas llevaba mucho tiempo esperando. No sabía exactamente cuánto, pero lo sentía en el peso de cada nota no tocada, en la ausencia tibia de su propia voz. No podía marcharse. No aún.
Había algo roto en él… algo que solo podía sanar si encontraba a alguien capaz de escucharlo de verdad.
Y entonces, llegó Eduard.
No fue una gran entrada. No hubo luz ni revelación. Solo un cruce de miradas en un lugar que parecía un sueño, y luego… un eco persistente.
Una pequeña conexión.
Suficiente.
Y aunque Eduard todavía no lo supiera, ese beso significaría el inicio de algo más profundo.No fue un gesto impulsivo ni una fantasía del momento.Fue una llave.
Un puente.
Una grieta suave que se abrió entre lo que era real… y lo que había estado esperando serlo.
Y ahora, Airas estaba allí, más presente que nunca, aguardando al otro lado.
Eduard aún no comprendía del todo lo que ocurría. Tampoco por qué el sonido de aquel viejo piano lo seguía, como si lo llamara en voz baja desde otra habitación, desde otra vida.
Pero Airas lo sabía desde el principio.
A veces, no necesitas conocer a alguien para sentir que ya lo llevabas dentro.
Y a veces, basta una sola presencia para que un alma atrapada recuerde que aún puede ser libre.
Esta no es una historia de comienzos claros ni de certezas.
Es una historia tejida con pausas, con miradas, con silencios que hablan más fuerte que las palabras. De cómo dos almas que apenas se rozaron… empezaron a encontrarse en medio del eco. Y, tal vez, de cómo un alma, al fin, encontró el camino de vuelta a sí misma.