SANGRE DE PLATA

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Summary

El mundo no está hecho de luz y oscuridad. Es una vasta extensión de sombras grises, donde los monstruos llevan coronas y los santos esconden colmillos. Yo lo sabía mejor que nadie. Había pasado años persiguiendo vampiros por callejones oscuros, hundiendo estacas en corazones que ya no latían, coleccionando colmillos como trofeos. Creía que entendía las reglas del juego: ellos eran los depredadores, yo la cazadora. Hasta que ella apareció. Selene. No era un vampiro cualquiera. No era un simple monstruo sediento de sangre. Era algo más antiguo, más peligroso. Algo que no tenía nombre en los libros de cacería. La primera vez que la vi, supe que estaba perdida. No por miedo. Sino porque, al mirar sus ojos dorados, reconocí la misma sed que ardía en mí. Ella no me persiguió por los tejados. No intentó desgarrarme la garganta. Solo sonrió, como si ya conociera cada secreto que escondía bajo mi piel. —"¿Crees que cazas por justicia, Valeria?" —susurró, su voz un eco de mil noches sin luna—. "O solo porque es más fácil perseguir demonios que enfrentar los tuyos." Y entonces, en ese instante, comprendí la verdad: Yo no era la cazadora. Era la presa. Y esta historia no es sobre cómo maté a un monstruo. Es sobre cómo me convertí en uno. “Sangre de Plata” es una historia de transformación, traición y sed. Una danza entre una cazadora que olvidó su origen y una diosa que nunca dejó de buscarla. ¿Puede el amor florecer entre enemigos? ¿O solo está destinado a consumirse en llamas?

Genre
Lgbtq
Author
Yeri
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

"LA ÚLTIMA CAZA"

El corría como si el diablo lo persiguiera.

Y en cierto modo, así era.

Mi panigale v4 rugió como un animal herido cuando tomé la curva cerrada. El viento nocturno azotó mi rostro, trayendo consigo el olor a salitre del puerto y ese aroma metálico que siempre precede a la sangre. Delante de mí, la silueta del vampiro corría de manera errática, su traje de diseñador hecho jirones ondeando como banderas de derrota, sus colmillos sobresaliendo como agujas. Otro rico aburrido que quiso ser inmortal. Patético.

—¡No tienes por qué hacer esto! — gritó, lanzándose a un callejón apenas iluminado por un faro parpadeante.

Aceleré, sintiendo cómo las ruedas de mi moto - negras como las alas de un cuervo, con sigilos antimagia brillando tenuemente - perdían tracción momentáneamente sobre el asfalto mojado.

Al detenerme, mis botas chapotearon en un charco de agua sucia. El vampiro se giró, revelando unos ojos completamente inyectados de sangre que brillaban con un resplandor sobrenatural en la penumbra.

—P-pero yo no maté a nadie — tartamudeó, mostrando sus colmillos que parecían demasiado grandes para su boca.

Mi mano se deslizó hacia la fornitura que cruzaba mi pecho, donde llevaba todo mi arsenal: cinco cuchillos de plata, dos dagas forjadas con la plata más pura (regalo de mi difunto mentor), dos Glock con balas benditas, y las clásicas estacas de plata que nunca fallaban.

—Mentira — señalé su bolsillo, donde asomaba un reloj de oro manchado de rojo oscuro. —Ese perteneció a tu última cena.

El vampiro atacó primero, moviéndose con esa velocidad sobrenatural que siempre me hacía sentir un paso atrás. Esquivé su garra por centímetros, sintiendo el aire moverse contra mi piel cuando pasó rozando mi cuello. Mi cuchillo encontró su muslo, clavándose hasta el hueso.

—¡Te voy a despedazar! — Aulló con dolor, pero eso era parte de la rutina. Arranco un tubo de metal de la pared como si fuera papel.

—Por fin algo de diversión — sonreí, ajustando el grip de mis dagas.

La pelea se intensificó. Golpes, esquives, sangre que salpicaba las paredes mugrosas del callejón. Esquivé su golpe y le hundí el codo en la tráquea. Cuando se dobló, le alcé la barbilla con la bota.

—Aquí tienes tu vida eterna —dije, y le clavé la estaca en el corazón. Sorprendentemente no se desintegro como siempre lo hacían, aulló aún mas de dolor. —Maldita plata de baja ley

Se retiro la estaca del corazón y estaba aún más furioso, me ataco con más fuerza, me tomo del cuello me intento clavar la estaca que se había retirado del corazón, y comenzamos a forcejear, logre soltarme de su agarre, empuñe de inmediato el grip de ambas dagas, y luchamos, lo corte en la espalda con mis dagas y así continúe por sus piernas hasta que cayó en el piso de rodillas. Empuñe otra estaca y nuevamente se la clave en el corazón.

Nikolai se desplomó, convulsionando. Sus ojos se volvieron hacia mí, súplicas mudas, antes de estallar en un geiser de ceniza.

Ceniza…

Como siempre.

El forcejeo final fue brutal. Sus garras me rozaron el cuello, dejando un fino corte que ardía como si me hubieran untado hielo seco en la piel.

Rebusqué entre los restos aún calientes, separando un colmillo perfecto de la pila de huesos quemados. -Veintidós-. El reloj lo tiré a un charco cercano. No coleccionaba recuerdos ajenos, solo trofeos de mis cacerías.

La Brújula de San Miguel pesaba más de lo habitual esa noche cuando la saqué de su funda de cuero. El bronce envejecido estaba frío al tacto, los sigilos grabados en su superficie apenas visibles bajo la luz de la luna.

Al insertar el colmillo de Nikolai, el mecanismo interno cobró vida con un click satisfactorio. Las púas de azabache trituraron el hueso vampírico como dientes ansiosos, y de pronto:

El ojo de bronce en la tapa se abrió, revelando un iris azul eléctrico

La inscripción “Quis ut Deus” (“Quién como Dios”) brilló como si estuviera al rojo vivo

La aguja de plata giró bruscamente hacia los muelles

La aguja de hueso giró siete veces antes de detenerse

—Mierda — el corte en mi cuello palpitaba al recordar las palabras del vampiro moribundo. Siete humanos en 48 horas. Este nido era más activo de lo que pensaba.

Mi moto resopló al encenderse, los sigilos en sus ruedas brillando débilmente. El viaje a los muelles fue corto pero intenso, cada bache en el camino enviando oleadas de dolor desde mi herida.

Era una noche de luna llena, el barrio de los muelles era de aspecto abandonado por las noches. Calles adoquinadas, faroles rotos, olor a lluvia reciente y sangre fresca.

El vampiro adolescente estaba demasiado ocupado bebiéndose a su víctima como para oírme llegar.

Yo lo observé desde la sombra de un arco, ajustando el grip de mi daga de plata. El tipo—un humano de unos treinta—ya estaba pálido, los ojos en blanco, pero todavía respiraba. Bueno, eso lo hacía más fácil. No tendría que cargar con un cadáver.

Salté desde el tejado.

El vampiro—un mocoso con cara de adolescente eterno—alzó la cabeza demasiado tarde. Mi daga le atravesó la mano, clavándolo contra la pared. Él gritó, colmillos al aire, mientras su presa se desplomaba.

—¡Cazadora de mierda! — escupió cuando finalmente me vio, su voz quebrada por el miedo y la rabia.

Le sonreí.

—Sí, sí. “Eres especial, nadie te entiende, bla bla bla” —dije, imitando su voz de niñato—. Ahorra el drama. - ¿Quieres que te firme la estaca, como recuerdo? – le pregunte sarcásticamente antes de terminar el trabajo.

Y le clavé la estaca en el corazón.

Se desintegró en un montón de ceniza grasosa. Busqué entre las cenizas y hallé el colmillo, otro más para la colección.

Cuando todo terminó, cubrí al humano moribundo con su propia chaqueta. —No es mi trabajo consolar moribundos — murmuré, aunque la amargura de otra muerte prevenible se instaló en mi garganta como un nudo.

Fue entonces cuando la sentí.

Un escalofrío reptó por mi columna vertebral antes de que mi cerebro procesara el peligro. Mis músculos se tensaron antes de que mis ojos encontraran la fuente: allá, arriba, en el campanario de la capilla abandonada, una silueta delgada de mujer apoyadas en la cornisa, como si la gravedad no aplicara para ella, observaba desde las sombras.

El viento cambió de dirección, trayendo consigo un aroma que me paralizó:

Rosas marchitas

Vino tinto añejo

Algo metálico que hacía palpitar el corte en mi cuello

—Matar niños vampiro debe ser emocionante —resonó la voz, suave como terciopelo, pero con un filo que me hizo cerrar los dedos alrededor del grip de mis dagas. —Aunque te faltó estilo.

—Bájate y te muestro cómo se cazan adultos —gruñí, aunque cada músculo gritaba huye.

La herida en mi cuello ardió de repente, como si alguien hubiera pasado un dedo ensangrentado sobre ella. Instintivamente, llevé la mano libre hacia el corte.

—¿Vas a bajar a darme lecciones o prefieres que vaya yo? — reté, sabiendo que mi voz sonaba más segura de lo que me sentía.

Se rió.

Ese sonido me recorrió como corriente eléctrica: cada carcajada fue un latigazo de hielo que se derretía contra mi piel, dejando a su paso una quemadura fantasmal. Mis piernas temblaron sin mi permiso.

Cuando saltó, el tiempo pareció ralentizarse:

Sus botas no hicieron ningún ruido al impactar contra el pavimento

Su abrigo de cuero ondeó como alas negras antes de acomodarse perfectamente alrededor de su figura

El anillo de plata en su mano humeó levemente al rozar su propia piel

Ahora que estaba frente a mí, pude ver cada detalle:

Piel: Más blanca que la luna llena, con un brillo nacarado que habría sido cegador a la luz del día. Como los glaciares que había visto en fotografías de la Antártida: hermosos y mortales.

Cabello: Negro como tinta derramada, ondeando en una brisa inexistente. Me recordó a serpientes listas para atacar.

Ojos: Dorados como monedas antiguas, con pupilas felinas que se contrajeron al mirar la sangre que se escapaba de mi herida, de inmediato cambiaron a dos rubís.

Labios finos pero voluptuosos, teñidos de un rojo oscuro como la sangre, como heridas recién abiertas, curvados en una sonrisa que prometía mil muertes lentas.

Cejas arqueadas como alas de cuervo.

Vestía un abrigo de cuero negro con detalles victorianos, un pantalón de piel negro, botas militares.

—Oh, cazadora... — susurró, inclinándose ligeramente hacia adelante.

Fue entonces cuando lo noté:

Era más baja que yo (por unos 10 cm), pero su presencia llenaba el callejón como una tormenta.

Su perfume se intensificó, haciéndome tragar saliva involuntariamente.

Mis cicatrices antiguas comenzaron a palpitar, como si recordaran viejas heridas.

—Oh, Valeria... —dijo, como si ya conociera mi nombre—. Todavía no estás lista para mi nivel.

Mierda.

No era un vampiro cualquiera.

Era ella.

El aire se cortó como un cuchillo cuando sus palabras me alcanzaron:

—Deberías taparte esa herida, Valeria. La noche está llena de alimañas... aunque ninguna tan hambrienta como yo—

Sus ojos, dos rubíes malditos, brillaron con una luz que no pertenecía a este mundo. Fue entonces cuando sentí el frío.

Un gélido espiral surgió de mi fornitura, quemando incluso a través del cuero. Al sacar la brújula, el metal aulló en mis manos enguantadas:

El cristal se quebró en forma de telaraña sangrienta

La aguja de plata se dobló hacia mi pecho como un dedo acusador

La de hueso giró frenética hacia Selene antes de partirse

La de azabache se derritió, dejando cicatrices negras en el bronce

—Parece que mi brújula está rota — Escupí sangre al suelo, notando cómo el líquido hervía al contacto con las baldosas. —Apunta a dos direcciones a la vez—

Selene sonrió. Entre sus dedos pálidos, un colmillo familiar brillaba bajo la luna.

—Nada está roto — Sus uñas trazaron runas invisibles en el aire. —Solo estábamos jugando al escondite—

El colmillo cayó con un clink antinatural. Al recogerlo, vi la verdad:

Muescas perfectas formando un símbolo que reconocí demasiado tarde:

El mismo que llevaba tatuado mi mentor antes de morir

El mismo que Selene tenía grabado en su anillo de plata

—¿Sorprendida? — Sus colmillos brillaron. —Los vampiros firmamos nuestras obras... y nuestras presas—

Le arrojé el colmillo directo a su rostro. Selene lo atrapo sin esfuerzo, y con sus dedos lo pulverizo.

—Me has estado rastreando — Mi voz sonó ronca, envenenada.

—No — Selene sopló, dispersando el polvo del diente pulverizado que ahora brillaba como luciérnagas vampíricas. —Te preparé.

Las partículas flotaron entre nosotros, formando un mapa de todas mis cacerías. Cada ubicación, cada muerte... un paso más cerca de este momento.

El último vestigio se desvaneció cuando comprendí en el silencio que siguió:

Mi última caza como humana había terminado.

Había sido el cazador, el arma y el cebo.

Y ahora la presa.

Lo que Selene quería que fuera... acababa de comenzar.

Esta era la clase de depredadora que inspiraba leyendas.