TURNO

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Summary

La historia sigue la vida rutinaria de Sacharias, un joven que realmente no le encuentra mucho sentido a la vida, trabaja en un local de mala muerte, su Universidad está en constante paralización y vomitó al chico que conoció. No es más que una historia repleta de sarcasmos e ironías desperanzadas en el destello de alguien que la rutina lo consumió y quien sabe, tal vez entre su propio hastío el amor encontró.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Turno de la tarde.

Comida rápida Clar's.

Primer día de la semana.

Quinto Mes.

Sav.



Escuché la campana tintinear.

Una.

Otra.

Y otra vez.

Maldita vida.

Maldito trabajo.

Por qué no nací millonario.

- Bienvenido a Clar's ¿Qué desea llevar? - respondí con fingida amabilidad -

- Una malteada de azúcar - dijo el tipo mirando su celular -

- ¿Desea agregar algo a su orden? - seguí mi monólogo aprendido -

- No.

- Son 1200 - sonríe, sonríe, sonríe -

Vi que dejó la plata sin soltar ese estúpido aparato.

Como detestaba esto.

¿Por qué mierda seguía con éste trabajo? Tampoco es como si me gustará pagar la Universidad.

- A la derecha puede retirar su pedido.

El tipo se fue sin más.

Sin mirar. Sin responder.

- ¿Día difícil? - dijo Limin que acababa de llegar -

- Como siempre - bufé -

- Ánimo, hoy salimos temprano.

Rodé los ojos.

- Descansa cinco minutos, yo te cubro - contestó divertida, esa chica era jodidamente alegre -

- Gracias - sonreí con sinceridad -

Caminé por la zona de atrás, escuchando al jefe sermonear al chico nuevo.

Cerca de la cocina alguien maldecía porque se quemó con el aceite.

Al final de la puerta una chica coqueteaba con el repartidor.

Todo era ruido de conversaciones, máquinas, batidoras, helados y comida.

Un día común.

Salí por la puerta trasera, este jodido lugar aumentaban mis ganas de fumar.

Me deje caer en la pared de concreto que aún no terminaban de pintar, sostuve mi espalda en ese pasillo de dudosa higiene, un lugar que pocos podían pasar.

La zona restringida del personal.

Contemplaba los techos, amontonados.

Los gatos pelear.

Perros ladrar.

Bocinas sonar.

Di una calada honda. El sabor a frambuesa se enredaba por mi garganta.

Suspiré.

Repetí la acción.

Una.

Otra.

Y otra vez, escuchando el mundo andar.

Terminé el tabaco saborizado sin muchas ansias, la colilla la tiré en la tapa de pintura vacía, nuestro basurero improvisado.

Suspiré.

Piensa en el sueldo.

Piensa en el arriendo.

Piensa en las cuentas.

Piensa en el dinero.

Respiré antes de entrar.


Me recibió más ruido que había hace unos minutos atrás.

Ahora, unos niños lloraban, otros derechamente gritaban.

Padres peleaban, parejas enamoradas charlaban o simplemente se miraban.

Los adolescentes se reían demasiado fuerte.

Y jóvenes solitarios comían acompañados de audífonos.

Entré aun con sabor a frambuesa en la boca, volví sabiendo que el turno de la tarde era el peor de todos.

Observé al chico nuevo con los ojos rojos ¿llanto por el sermón del jefe? ¿Sería por rabia, impotencia, tristeza? Se veía más joven que todos nosotros.

La chica que coqueteaba ya no estaba.

El repartidor menos.

Me dirigí hacía el castaño.

-¿Mucho? – pregunté a Kai que tenía la mano quemaba bajo un grifo de agua –

-Pudo ser peor – contestó con resignación –

-¿Por qué no vas al médico?

-¿Para que lo cubra nuestro inexistente seguro? – replicó –

-Sí, puedes pagarlo con propias – me burlé –

Levanté mi mano en señal de retirada.

Divisé que, en las cajas, Limin lidiaba con un tipo que no paraba de coquetearla.

Dios… no faltan.

-¿Te ayudo mi amor? – interrumpí en un tono más alto de normal, tomé su cintura con confianza –

-Sí – respondió con una leve sonrisa –

-Toma un respiro – sonreí con toda la coquetería que tenía – yo me encargo.

Cuando la rubia se fue, me giré al cliente.

Demasiado estúpido.

Demasiado… cliente.

-¿Qué desea ordenar? – contesté con la típica voz fingida –

-La promoción tres – respondió con aspereza –

-¿Desea agregar algo más?

-Agrandar las papas.

-Son 2800.

Pagó con una tensión silenciosa, que idiota, Limin era mucho menor que yo y esté imbécil debía estar en sus cuarentas.

Gente de mierda.

-Al costado puede retirar – dije mordiéndome la rabia, convirtiéndola en sonrisas –

-Espero que comas bien con propinas, pendejo de mierda.

Sonríe.

Sonríe.

No dejes de sonreír.


-Gracias por salvarme – pronunció Limin, acercándome una bebida sin hielo – es la que te gusta.

-Gracias, aunque prefiero las papas.

-El jefe estaba en la freidora.

-Ese tipo no tiene nada más que hacer – respondí –

-Hoy se pasó con el nuevo – había un deje de lástima en su voz, ella siempre ha sido la más empática –

-Lo vi con los ojos rojos – admití –

-Pobre chico – susurró –

Moví lo hombros de respuesta, el sorbo fue demasiado dulce para un ambiente tan desagradable.

Hablando del demonio, observé al chico nuevo acercarse.

-Hola – saludó con cierta vergüenza –

-Hola Temi – la voz de Limin era animada – él es Sav. Sav él es Temi, el chico nuevo.

-Hola – respondí sin tanto ánimos – ¿Ya te agarró el jefe?

Hizo una mueca.

-No es personal – solté antes de dar otro sorbo – es un hijo de puta, te acostumbras.

Escuché el tintinear de la puerta, no miré.

-Mira quién es – se burló Limin, cuando levanté la vista me paralicé –

-¿Lo conoces? – preguntó el nuevo –

-¿Conocerlo? Espetó la rubia – esté idiota – me apuntó – un día se emborrachó tanto que le hizo un show a ese chico, un completo extraño. El joven muy amablemente lo llevó al hospital cuando se desmayó.

-Me voy a tomar mi descanso – contesté con naturalidad, intentado huir del bochorno –

-Oh no – susurró con malicia Kai, que ni cuenta me di cuando llegó – no huiras, todos queremos ver la escena – tenía tomado mi uniforme –

-Son unos malditos… - maldije con asco –

La discusión fue interrumpida por el chico al que, estando borracho vomité.

-Hola – saludó con serenidad –

Tenía una voz suave, incluso relajada.

Todos devolvieron el saludo, excepto yo.

Yo miraba la pared.

Que vergüenza.

Dios… por qué siempre vuelve.

Tragué saliva, recordando difusamente que vomité sobre su ropa, después de quién sabe qué hablé.

Dijeron que me tomó en brazos y me llevó al hospital.

Dicen, yo no recuerdo nada más allá de vomitar y llorar.

Por qué…

Tomé el puente de mi nariz, por qué mierda hice le hice eso a un completo extraño.

Más encima tiene el descaro de venir a conversar con los demás.

Con todo el mundo menos conmigo, porque yo, como la persona que soy escapo cada vez que aparece.


El viento frío de la tarde golpeaba en una brisa con olor a smog.

El cigarro apenas brillaba en la oscuridad del pasaje, atrás de los techos se veía la ciudad iluminada por departamentos y tiendas.

Al final si me pude liberar de la humillación, justo necesitaban cambio para la caja, así que arrastré al nuevo en mi huida con la excusa de “capacitar”.

Terminé mandándolo de vuelta con el dinero mientras yo venía a fumar.

No podía recordar bien esa noche, pero aún tenía el sabor a vomito en la boca, la vergüenza y el arrepentimiento.

¿Para qué voy a dejar que me humille el resto si me puedo humillar solo?

Suspiré.

Di otra calada de nicotina saborizada, esperando que eso quitara el amargor en la boca.

-¿Sav? – dijo una voz que provenía desde la puerta de metal –

Al girar me encontré con el nuevo.

Tenía una mirada limpia, tranquila, alguien que recién empezaba a conocer el mundo.

-Hola nuevo, siéntate

-No… creo que paso – dijo mirando con asco la tapa del basurero, me reí – Limin dijo que… ¿¡Eso es un ratón!? – apuntó aterrado a una bola peluda –

Se me escapó una sonrisa.

-No, es un gato, no estamos tan mal.

-¿No estamos? – repitió –

-A la tienda de al lado la clausuraron por ratones – moví mis hombros –

-¿Y no es posible que sí al lado habían ratones, aquí pueden haber?

Daleé mi cabeza, esté chico me causaba una mezcla de diversión y rendición.

Me recordaba a mis hermanos.

Di un salto de la tapa en la que estaba sentado para tomar al gato negro.

-¡Oye no! – gritó, cuando confirmo que no era un ratón, sonrió –

-Es nuevo – lo volví a dejar en el piso – ni siquiera sabe maullar, le damos comida.

Apunté con el cigarro la tapa de un envase plástico con pollo frito.

-¿Cómo se llama? – preguntó mientras lo acariciaba –

-Aún no tiene nombre, pensábamos bautizarlo como mini Clar’s.

-¿El nombre de la tienda? – su voz sonó increíblemente decepcionada –

-Limin hizo la misma cara cuando dijimos el nombre, al final ella se encargará de ponerle un nombre menos “denigrante” – hice las comillas con mi mano –

-Ah… - contestó sin verme, jugaba con el animal –

Realmente se veía joven, ¿Qué edad tendría?

-¿Es tú primer trabajo?

-Sí.

-¿Estudias? Me dijeron que trabajas medio día.

Asistió, jugaba con un hilo que sabrá Dios de dónde lo sacó y si para empezar era higiénico. El gato lo seguía.

-¿Dónde?

-En la secundaria Hanill.

Me atoré con mi propio humo.

-¿Estás bien? – está vez se giró para verme, parecía preocupado –

-Sí… - dije tosiendo - ¿Secundaría? ¿Qué… edad tienes?

-Dieciséis.

Pestañeé, procesando si eso era legal.

-¿Eso… es legal? ¿No es como explotación infantil?

-Tengo un permiso de mi mamá.

-¿Y por qué decidiste arruinar tu vida siendo tan joven? – pregunté con genuina curiosidad –

-Quiero una consola.

Tuve que procesar unos minutos lo que acababa de decir.

¿Una… consola?

-Espera niño, deja ver sí entendí, ¿Sigues en la secundaria y vienes a trabajar por una… consola?

Asistió orgulloso.

-¿El resto de los chicos saben? – sentía que se me formaba una sonrisa –

-No, no lo había dicho hasta ahora…

-Esto les va a encantar.

Apagué el cigarro en la tapa antes de saltar, lo lancé al tarro de pintura para apresurarme a entrar.

Esperaba todo, una historia deprimente, algo esforzado, no sé, un abandono familiar, pero ¿Una consola?

-¿Sav? – Lo escuché detrás de mí - ¡Sav! – gritó –

Lo ignoré.

Una consola…

Se me escapó un resoplido divertido.

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