Chains Of Gold

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Summary

Helena va a ser princesa. Aunque nunca fue lo que quiso para su vida, el destino estaba ya escrito. Luca es un forastero. Un criminal. Un don nadie, pero a la vez, dueño del mundo, aunque no es lo que desea. Ambos van a ayudarse mutuamente a formar la vida que realmente quieren... o capaz, solo se hundiran mas en sus demonios internos.

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Complete
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40
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n/a
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16+

Capítulo 1- La huída

Capítulo 1 - Huida

—¡Vamos, Zion, rápido! —exclamó Noah, mirando por encima del hombro mientras el eco distante de las sirenas de la policía rompía la tranquilidad de la noche.

El frío húmedo calaba hasta los huesos, y las calles adoquinadas brillaban tenuemente bajo la luz amarillenta de los faroles. El pequeño pueblo de Dunshire parecía dormido, pero ellos sabían que esa calma era solo apariencia.

Noah agarró el bolso negro con el botín, sintiendo el roce del cuero contra su mano temblorosa. No había tiempo para dudar. Salió por la puerta trasera de la vieja tienda, con Zion pisándole los talones.

—¡Al auto, ya! —gritó Aria, saltando ágilmente un muro bajo, apenas perturbando unas hojas secas. Noah y Zion la siguieron con rapidez.

El motor del coche rugió y se alejaron por las calles estrechas, bordeadas de pequeñas cabañas y jardines descuidados. La niebla comenzaba a levantarse del lago cercano, cubriendo de misterio el paisaje.

Cuando llegaron a un callejón alejado, frenaron bruscamente y se detuvieron. Respiraban con dificultad, sus rostros pálidos mostraban la mezcla de miedo y adrenalina.

—Noah, ¿qué hiciste? —preguntó Gia con voz tensa—. Dijiste que habías cortado la alarma.

—Lo intenté —respondió frotándose la nuca—. No sabía que estaba activa, en el sistema aparecían desconectadas.

Zion bufó, pero no había tiempo para reproches.

Aria los miraba nerviosa, sus ojos grandes recorrían la oscuridad que los rodeaba y se dio cuenta que algo faltaba

—Chicos… -automáticamente todos la miraron- ¿Y Luca? —preguntó en voz baja.

Mientras tanto, en el segundo piso de la vieja joyería que acababan de entrar, Luca observaba desde la ventana con una mezcla de fastidio y resignación.

—Ay, genial... —murmuró con ironía, mientras las sirenas se acercaban como si estuvieran en una película policial de bajo presupuesto—. Solo falta que llueva.

Y como si el universo quisiera burlarse de él, una gota gorda le cayó justo en la frente. Bufó.

—Perfecto.

No esperó más. Sin pensarlo dos veces, se lanzó por la ventana. El suelo mojado lo recibió con un golpe seco que le sacó el aire.

—¡Auch! ¡Gracias por nada, gravedad! —soltó, entre dientes.

A pesar del impacto, sus músculos entrenados amortiguaron la caída. Se levantó casi al instante, sacudiéndose el polvo y la dignidad, y echó a correr por callejones que no conocía. El pavimento resbaladizo y la humedad no ayudaban, pero su instinto le gritaba que no se detuviera.

Las sirenas, cada vez más cerca, le taladraban los oídos. Giró apenas la cabeza para asegurarse de que nadie lo seguía, pero justo en ese momento, unos focos lo encandilaron y su cuerpo salió disparado al suelo.

Golpe seco. Dolor inmediato.

Luca soltó una maldición entre dientes.

—¡¿En serio otra vez al suelo?! ¿Qué soy, una alfombra?

El dolor punzante en la cadera se mezcló con un nuevo sabor metálico en la boca. Se tocó la nariz y confirmó lo que ya imaginaba: sangre.

—Esto se está volviendo ridículo...

Intentó ponerse de pie, pero algo —o, mejor dicho, alguien— se le acercó rápido. Una figura esbelta, con el rostro en parte cubierto por un pañuelo negro, apareció frente a él. Dos rizos castaños escapaban del pañuelo, bailando con la brisa.

—¡Perdón! No te vi... —dijo ella, con voz entrecortada pero claramente preocupada.

Helena se agachó un poco, con delicadeza. Le apartó un mechón húmedo del rostro mientras lo miraba con intensidad.

—Saliste de la nada... ¿Estás bien?

Luca se tensó. Bajó la mirada al instante, intentando ocultar su rostro lo mejor que podía. No podía permitir que alguien lo reconociera, no así, no en ese estado. Un error podía costarle más que una simple persecución.

—Estoy bien —dijo, forzando una voz firme mientras su mente gritaba lo contrario. Los ojos azules que tanto solían brillar con burla ahora reflejaban un destello de miedo contenido.

Helena notó el temblor en sus manos. No insistió con palabras, pero su gesto habló por ella. Con suavidad, tomó el mentón de Luca y lo hizo mirarla. Por un instante, el mundo pareció detenerse. Los ojos de él, azules como dos espejos del cielo justo antes del anochecer, cuando todo lo que es luz empieza a ponerse en duda. Su cabello oscuro, ahora mojado, caía por su frente.

Y ahí estaba: una calidez escondida tras capas de sarcasmo y murallas de ironía. Helena sintió una vibración extraña en el pecho, como si su corazón reconociera algo que su mente aún no entendía.

Luca, en cambio, se sintió vulnerable. Y no le gustaba. Nada.

Apartó la mirada de golpe y se incorporó con torpeza, retrocediendo un paso.

—Tengo que irme —susurró, ya no tan sarcástico, ahora algo más seco. Como si esa conexión fugaz lo hubiese descolocado más que el golpe.

Helena abrió la boca para decir algo, pero él ya se estaba alejando. Sus pasos mojaban los adoquines húmedos mientras su silueta se desdibujaba en la noche.

Helena se quedó inmóvil unos segundos, el pañuelo ondeando levemente por el viento. Algo en su interior sabía que no había sido un encuentro más. Y que ese chico, de ojos azules y lengua filosa, iba a cambiarle algo. Aunque todavía no supiera qué.

La puerta se abrió de un golpe brutal, rebotando contra la pared.

—¡¿¡En serio!?! —gritó Luca, entrando como una tormenta.

El portazo sacudió la casa y su voz, cargada de rabia y ansiedad, atravesó el silencio como una daga. En la sala, sus amigos se quedaron congelados, las miradas entrelazadas, el estómago apretado.

Gia fue la primera en reaccionar. Caminó directo hacia él, con los ojos abiertos de angustia.

—Estaba preocupada por vos, Luca —murmuró, abrazándolo con fuerza—. Tenés sangre… ¿qué pasó?

Luca la apartó con un gesto seco, sin intención de herir, pero con una bronca que no podía esconder.

—No estarías preocupada si no me hubieran dejado tirado como si fuera descartable —espetó, girando hacia el living con pasos pesados.

Se dejó caer en el sillón como si el mundo pesara encima, hundiendo la cabeza entre las manos. Sus dedos se aferraban al cabello con desesperación. El aire se volvió denso, como si cada palabra no dicha se clavara en las paredes.

Noah habló en un intento por calmar las aguas.

—Lo importante es que pudiste escapar…

Pero Zion no lo toleró.

—¡NO! ¡Lo importante es que no tendríamos que haber escapado! —bramó, su voz quebrada por la furia y el miedo.

El silencio que siguió fue tan tenso que parecía que la casa contuviera el aliento. Aria, que hasta ahora no se había movido, se atrevió a preguntar con un hilo de voz:

—¿Cómo escapaste?

Luca soltó una carcajada amarga.

—Ah, ¿ahora sí les interesa?

Zion no lo dejó responder. Se acercó de golpe, lo agarró de la remera empapada y lo levantó con fuerza.

—¡¿Saliste corriendo?! —gritó.

—¡¿Qué querías que hiciera, Zion?! —rugió Luca, con los ojos encendidos—. ¡¿Me quedaba a tomar un café con la policía?! ¡Me dejaron solo! ¡SOLO! ¡No me iba a esconder como una rata!

Zion apretó la mandíbula, lo sostuvo unos segundos en el aire y lo soltó con brusquedad, dejándolo caer de nuevo al sillón.

—Mil veces lo hablamos, Luca. No se corre. Segunda regla. Segunda. —Su voz sonaba como la de un padre al borde del colapso—. Hoy zafamos. Pero mañana... mañana tal vez terminamos todos presos.

Todos miraron a Luca. Él tragó saliva con esfuerzo. El sudor en la frente, la sangre seca en el rostro, el pecho subiendo y bajando sin control. El sarcasmo se deshacía en sus labios. Lo único que quedaba era un pibe al límite.

—Me vio una chica —dijo, sin rodeos. Nadie respiró—. Me atropelló. Se bajó a ayudarme. No sé cuánto me vio la cara, pero no sospechó. Mantuve la cabeza gacha. No la dejé ver bien. Estoy casi seguro.

Casi.

Aria soltó el aire como si lo hubiese contenido por horas. Fue hacia la habitación donde todos sus planes eran armados. Freno en la puerta y le indico a Luca que deje allí su bolso con lo que pudo robar. Luca asintió sin hablar. Tiró el bolso sobre la mesa de trabajo, donde se acumulaban otros objetos de sus últimos “trabajos”. Nadie dijo nada mientras él subía las escaleras, paso a paso, como si cada uno pesara toneladas.

Al llegar a su habitación, cerró la puerta sin fuerza. Se dejó caer de espaldas en la cama y miró el techo. Los latidos seguían retumbando en sus oídos.

Y entonces la mente empezó a traicionarlo.

Zion, hace 18 años.

En el patio del orfanato en Solara, un pequeño pueblo a unas cuatro horas de Dunshire. El único chico que no lo había mirado como un bicho raro. El primero que le ofreció un pedazo de pan sin pedir nada a cambio. Hermanos desde ese momento. Inseparables.

Zion era el líder. Aunque ninguno lo hubiera votado, aunque nunca se hicieran elecciones. Tenía ese aire que hace que los demás te sigan sin preguntar. Su rostro era duro, masculino, pero lo que marcaba diferencia eran los ojos: oscuros como una noche sin luna, pero con esa intensidad de quien ha vivido cosas que no cuenta.

Zion no necesitaba hablar. Bastaba con que entrara a una habitación y ya sabías si estabas bien… o jodido.

Luca le tenía respeto, pero también le cargaba la espalda. Porque lo conocía desde siempre, y sabía que a veces Zion cargaba con más de lo que podía, solo por no dejar que nadie más lo hiciera.

La adopción conjunta. La costurera con manos ásperas, pero caricias suaves. El obrero que siempre olía a tierra y a trabajo honesto. Padres que duraron poco, pero amaron mucho.

Después, la calle. El frío. El hambre. La desesperación de ser adolescente sin futuro. La sensación de dejar de vivir, y comenzar a sobrevivir.

Noah llegó una noche de tormenta, con los nudillos ensangrentados. Nene rebelde, escapando de sus padres. Nunca conto de donde venia, y era lo mejor. El recuerdo te devuelve a aquellos infiernos. Era el más chico y el más brillante. Tenía esa cara de niño que todavía no había entendido del todo lo feo del mundo, aunque lo había visto todo. Ojos azules como el cielo, cada tanto el color de cabello cambiaba, y todo le quedaba bien. Luca lo miraba a veces y pensaba que, en otro universo, Noah habría sido un inventor en vez de un ladrón. Le tenía cariño. El tipo de cariño que te hace proteger a alguien, aunque nunca se lo digas.

Aria, poco después, sin familia. La casa era suya. De su abuela, en realidad. Pero cuando murió, Aria se aferró a estas paredes como si fueran la última cosa del mundo que no le fallaría. Luca la respetaba. Ahí vivían. Callada, afilada, exacta. Su belleza era algo que dolía si se la miraba mucho tiempo, y sus ojos… sus ojos eran dos espejos rotos que no querían que los miraras de frente. Azules también, pero no como los de Noah. Eran más fríos.

Gia, la última en unirse, con esa mirada intensa y enamorada que solo tenía para Zion. La mente. La calculadora humana. Inteligente, precisa, brillante hasta el punto de dar miedo. Sus ojos eran agudos, casi clínicos, pero cuando se reía con ganas —cuando de verdad lo hacía—, parecía una chica de otro mundo. Como si no hubiera nacido en el barro como los demás. Luca confiaba en ella, aunque jamás se le ocurriría mentirle. No porque se enojará, sino porque lo descubriría en cinco segundos y le haría sentir estúpido.

Y así, sin pensarlo, nacieron ellos: cinco nombres sin rostro. Ladrones que robaban sin lastimar. Una familia clandestina. Invisibles. Irreconocibles.

Luca los quería, los quería más que cualquier joya que podría robar.

Pensó en cómo llegaron todos juntos ahí. Con Aria abriéndoles la puerta, diciendo que lo único que no entraban ahí eran los secretos.

La casa olía a madera vieja y a café recalentado. Siempre olía así, como si el tiempo no pudiera avanzar del todo entre esas paredes. A veces, cuando todo estaba en silencio, parecía que esa casa respiraba.

Frente a la puerta por donde entraron, el cuarto de estar aparecía con su aire rústico, casi detenido en otra década. El sillón de cuero marrón —gastado, con la piel agrietada como si también tuviera recuerdos— daba la espalda a la escalera. Enfrente, los dos sillones individuales se miraban de reojo, como si jamás pudieran estar de acuerdo en nada. Entre ellos, la vieja mesa ratona tenía marcas de vasos, ralladuras, quemaduras chiquitas de cigarro. Huellas. La tele ni grande ni chica, como todo ahí: suficiente, pero sin exceso.

Más allá del living, una pared tapaba la cocina, aunque todos sabían que estaba ahí. Se escuchaba el golpeteo de una gotera cuando llovía fuerte. A la izquierda, la puerta de madera marcada con una cruz, que se transformó en el cuarto de planes.

Los quería. A su manera, los quería. No como hermanos. Tampoco como familia.

Eran lo que quedaba. Lo que uno elige cuando no queda nada.

Y eso, para Luca Maddox, era suficiente.

Hasta esa noche.