Prólogo: libélula
Observar una libélula emprender el vuelo es ser testigo de un fenómeno fascinante.
Ver cómo un insecto de apariencia frágil ejerce control sobre su propio cuerpo con movimientos erráticos y meticulosamente impredecibles, siendo capaz de flotar en el aire con una pericia innata luego de pasar la mayor parte de su vida dentro del agua, hace que los seres humanos queden conmovidos por un milagro más de la naturaleza.
Eso fue lo que pudo apreciar un muy joven Byun Baekhyun luego de perderse entre las maravillas del inmenso jardín de su hogar, quien con las rodillas raspadas y el rostro manchado de barro anotaba sus descubrimientos —impresionantes para un niño de diez años— en una vieja y gastada libreta, tal y como había observado a su padre hacer cuando una idea intrigante se hospedaba en su cabeza.
Desde antes de nacer, la estrella de Baekhyun aparentaba ser una bendición prometedora. Antes de que el mundo lo supiera, los cielos le concedieron el destino de pertenecer a un mundo rodeado de arte y color, pues sus padres: Byun Youngwoon y Seo Joohyun, él escritor y ella pintora, durante años fueron reconocidos en el mundo del arte a sus sobresalientes trayectoria.
Fue un niño anhelado desde el inicio del famoso matrimonio. Sus padres le suplicaron incesantemente a la luna durante años por su llegada, sin embargo, por más que lo desearon, el camino no fue sencillo.
Por más de diez años, las estaciones siguieron transcurriendo hasta evidenciarse en el cabello y rostro de ambos sin obtener ningún resultado que pudiese al menos jugar un poco con su fe. Siendo así que, lo que al inicio fue el sueño posible de una joven pareja, poco a poco se transformó en el anhelo quimérico de un matrimonio que luego de cumplir su primera década juntos, decidieron tratar con cuidado para no desgastar ese amor tan profundo que mutuamente llegaron a profesarse durante lo que pareció toda una vida juntos.
Una parte de ambos nunca se rindió, ellos sabían que la madre luna era sabia y su anhelo se cumpliría en el mejor momento. Así fue como una tarde de septiembre de 1998 el corazón de ambos se iluminó en cuanto vieron que por fin tenían lo que tanto habían pedido: una prueba positiva.
En esa temporada de cosecha supieron que el cielo era capaz de premiar un hogar que había esperado pacientemente aquella llegada.
El embarazo de la omega fue recibido de las mejores maneras posibles, reflejándose profundamente en las creaciones de ambos. En todos los rincones de su hogar y galerías que exhibían su trabajo brillaba la magia de una cálida espera.
A pesar de que su médico de cabecera les había explicado puntualmente los peligros de un embarazo a su edad, aquellos momentos fueron tan reconfortantes para la creciente familia como la tenue brisa de otoño que los llenaba de vida.
Tan fresca y dulce, sin saber que la frescura era un aviso de que el invierno podría estar más cerca de lo que pensaban. Nadie sabía que en la madrugada del 6 de mayo de 1999 sería el momento en el que las intensas ráfagas de un invierno atípico apagarían la creciente ilusión de una primavera que comenzaba a florecer en la habitación de un hospital.
La vida de la pintora Seo Joohyun culminó tres horas después de lo que fue uno de los partos más complejos de aquella jornada, llevándose junto con ella el último latido cálido que tendría el corazón del padre de quien hace unos momentos había sido nombrado Byun Baekhyun.
Cuentan las leyendas más antiguas entre los licántropos que solo existe un motivo por el que una persona, sea alfa u omega, podría sobrevivir a algo tan devastador como el fallecimiento de su pareja destinada: su familia.
Durante sus años universitarios, KangIn —como había elegido firmar en el mundo artístico— había encontrado fascinante el estudio del mito y lo usaba como inspiración para sus obras más profundas.
Su estilo estaba profundamente influenciado por el romanticismo, que acompañado de la nostalgia del mito, logró conquistar las mentes de quienes en su momento eran lectores de nicho; sin embargo, su más grande victoria fue cuando consiguió entrar en el corazón de Seohyun mediante la profunda devoción por ella que plasmó entre sus líneas.
Antes de que siquiera pudiera ser consciente, en esos años de universidad su mente no dejaba de visitar el recuerdo de aquella chica risueña con la que esporádicamente compartía trayecto entre los pasillos de la facultad. Una omega con aroma a palo santo tan místico y único como su personalidad.
E irremediablemente, se convirtió en su musa durante décadas.
Una musa que de un momento a otro abandonó la calidez de sus brazos para acompañar a la luna hasta el momento en que les concedieran el placer de volver a encontrarse, que en el interludio lo había dejado con el corazón en ruinas y un hijo que lo hacía latir de un amor tan doloroso, capaz de quemar de la misma forma en que el viento de invierno quemaba la piel.
Durante los primeros años de vida de Baekhyun parecía como si el alma hubiese abandonado su cuerpo, la pena lo había consumido tanto que el calor había abandonado su cuerpo.
Sus acciones eran mecánicas, solo sabía mover sus dedos sobre el teclado sin llegar a nada en concreto, obligándose a sí mismo a hacer lo único que podía hacer para ignorar el presente: escribir. El simple hecho de mirar a su hijo, tan parecido a la mujer que más amó en su vida lo mantuvo en aquella espiral descendiente por lo que fueron más meses de los que muchos hubiesen deseado, entre ellos, Choi SooYoung, su editora.
—Youngwoon, tu hijo te necesita—. Dijo la beta mientras sostenía en su regazo al regordete bebé que parecía demasiado entretenido revolviendo el cabello castaño de la mujer. —He intentado ayudarte de todas las maneras que tengo a mi alcance, pero no podemos seguir así. No puedes seguir así.
La amistad que había mantenido por años con la pareja había sido tan sólida que naturalmente se convirtió en una de las pocas personas que procuraba visitar con regularidad aquella casa. Sooyoung fue de las primeras personas en notar la ausencia de la omega en el hogar, incluso podía jurar que una semana después de lo ocurrido el color de los cuadros que colgaban de las enormes paredes se había desvanecido notablemente.
Estaba preocupada por ambos, en especial por el pequeño de apenas seis meses que no tenía la culpa de nada y que si las cosas seguían igual, no tardaría mucho en perder a ambos padres.
—¿Qué quieres que haga, Sooyoung?— respondió cansado, apartando la vista como si la mirada atenta de ambos le quemara las retinas.
—Baekhyun necesita a su padre—. Su voz salió como la mayor parte de las veces, un par de decibeles arriba de lo que necesitaba, presa de su impotencia. —No quisiera que las cosas fueran así, pero tienes que seguir adelante, no puedes seguir bebiendo como si solo estuvieras tú en este barco.
—¡Eso intento!— revolvió su cabello con una mano, claramente exasperado —Pero no sabes lo difícil que es sentir este lazo y saber que a ambos nos hace falta—. Detuvo sus palabras por un instante, respirando hondo para disipar el nudo que se formaba en su garganta. —He intentado ser fuerte, ¿pero cómo lo hago si veo en sus ojos el mismo brillo que tenían los de ella?
Hubo muchos rumores que se difundieron en su momento sobre el supuesto rechazo que el señor Byun sentía por su hijo. Algunos de ellos llegaron a los oídos del mismo Baekhyun y alcanzó a creerlos en su momento, pues el recuerdo de su padre en su infancia se asemejaba más al de una figura inflexible que castigaba con severidad el descuido en todos los aspectos.
La imagen que tenía de su padre era un cúmulo de contradicciones que coexistían entre sí.
No podía entender cómo alguien tan poético y expresivo en papel podía ser tan reservado y torpe al entablar una conversación con él en la mesa. Durante años, conoció más de su padre a través de sus libros que de su propia voz.
Siempre fue un hombre de pocas palabras, de pocos abrazos, pero de una presencia tan constante como la sombra bajo el sol de la tarde. Su presencia no quemaba ni entorpecía sus pasos, era el reflejo de un amor menguante dispuesto a aferrarse al único trocito de tierra firme con las únicas maneras en las que sabía hacerlo: una protección demasiado descuidada cuando se trataba de la seguridad y el bienestar de su hijo.
Aún recuerda la manera desproporcionada en que su padre podía reaccionar a algo tan común como una caída en bicicleta, donde muchas veces dolía más el castigo físico que el accidente en sí.
Con el paso del tiempo entendió que durante todos esos años existió un hombre temeroso y profundamente asustado debajo de esa imponente armadura de padre estricto y rígido. El momento en que descubrió eso llegó durante su adolescencia, cuando junto con los cambios propios de la edad se presentó su género secundario: un omega.
Aquella noticia hizo palidecer al adulto, pues había sido uno de sus miedos recurrentes, porque sabía que en un mundo como en el que existían, su pequeño hijo tendría las de perder.
Y aunque no lo demostrara la mayor parte de las veces, su hijo siempre sería su pequeño.









