PRÓLOGO
Gabriela! — Recuerdo a mi tío Pedro gritar mi nombre con emoción tras darle la noticia de que me casaría con Daniel. Recuerdo como me cubría con euforia dando besos en mi cabeza por lo feliz que estaba. "Felicidades mi chiquita, sé que tus padres estarían muy felices por ti."
No podía con la gran alegría que estaba sintiendo, por fin me podría casar con el amor de mi vida, Daniel.
Mi boda fue sin dudas espectacular, asistieron mis amigas de toda la vida y mi única familia, mi tío Pedro. Observaba a la familia de mi marido celebrando con felicidad. Mi luna de miel fue en la ciudad ó en aquel entonces el Distrito Federal donde vivía toda la familia de mi esposo.
Sin duda todos ellos fueron tan lindos conmigo al principio. Pero conforme pasaban los días cada vez dejaron ver más sus verdaderas actitudes, recuerdo la primera vez que Daniel me golpeó. El como supliqué ayuda a su madre y a sus hermanas, pero ninguna ayudó.
Me sequé las lágrimas y fingí estar bien por un par de días, quería pedir ayuda al único ser que jamás me lastimaría, pero cual sería mi sorpresa enterarme que mi tío Pedro estaba hospitalizado. Deseaba tanto ir a verle, sabía que no sobreviviría y que no podría verlo otra vez, era una sensación tan extraña dentro de mí. Me fue negado el poder verlo por última vez, fui encerrada y privada de mi libertad.
El día que mi tío murió se me hizo saber por la madre de Daniel, desconsoladamente las lágrimas comenzaron a brotar, sentía que se había muerto algo dentro de mí. Pedía a Dios por ayuda, oraba todo el tiempo. Pero en esta ocasión oré porque recogiera el alma de mi tío y él pudiera estar en el reino de los cielos.
No me alcanzó el tiempo para terminar mi oración, él había vuelto borracho, recuerdo como me sometió en el piso y como se recostó encima de mí, desgarró mi ropa y comenzó a meterme su miembro dentro mientras me tapaba la boca para que yo no pudiera gritar. "¿Por qué tengo que vivir esto, Dios?" pensaba sollozando.
Él me dejó saber que había terminado cuando me golpeó en el rostro. Mi corazón estaba hecho pedazos y solo pedía poder morir en ese momento.
Los meses pasaron y fruto de esa violación nació mi hijo. Jeremy. Agradezco que su padre no haya querido ponerle su apellido. Deseaba tanto poder protegerlo del mal hombre que era Daniel, agradecía que la vida se haya cobrado con la muerte de su madre.
Con los años tuve mayor libertad para estar en la casa debido a que Daniel no es alguien que se valiese por sí mismo, tuve que encargarme de trabajar de lavandera para poder darle lo poco que podía a Jeremy, gracias a mi esfuerzo podía encargarme de mantenernos.
Habían pasado ocho años y me dejaba golpear por Daniel con tal de que no tocara a mi niño, aunque no todo el tiempo podía defenderlo. Recuerdo la promesa que Jeremy me hizo: "Un día tendré dinero mami y nunca nos volverán a pegar." Sollozaba en silencio.
Una mañana cuando dejé a mi hijo en su escuela la maestra de su salón me interceptó para pedir hablar conmigo.
—¿Ha ocurrido algo, maestra? — Pregunté.
—Así es Gabriela, aunque no sé como puedo decirte esto— Guardó silencio.
— ¿Decirme qué?
— Hace ya unas semanas que he visto que unos niños han comenzado a molestar a Jeremy. Se burlan de él por su estatus económico, Gabi. Es por esto que no sabía como decirlo.—
—Ya veo, estaré atenta a mi hijo, él no me ha dicho nada. Por favor maestra, cuide de mi niño.— supliqué.
—Por supuesto Gabriela, él es un niño maravilloso y él más listo de todos mis alumnos, te aseguro que cuidaré y diré cualquier cosa que ocurra.— Mencionó sujetando mi mano con delicadeza.
Saliendo de la escuela le pedí que me acompañara al mercadillo. Solo compraríamos veneno.
—Jeremy mi príncipe, ¿podrías ir por un par de tomates? Por favor. — Le dije acariciando su suave cabello negro.
—Sí, mami. Traeré los más grandes que encuentre.
Jeremy era un niño tan divino. Me preocupé cuando después de comprar el veneno él todavía no había vuelto, así que corrí tanto como pude al puesto de verduras.
Sentí tanta impotencia de ver a mi niño con sus manos rojas. Me puse roja del coraje. —Maldita rata— gritó el señor de las verduras levantando el fierro con el que golpearía a mi hijo. Sin dudarlo corrí hacía él y lo empujé con todas mis fuerzas. —Con mi hijo, No. — Grité.
Cuál sería mi sorpresa de ver a Daniel atrás del señor observando con furia. Llegamos a la casa, él me golpeó tanto que no me pude levantar para defender a mi príncipe. Nuevamente la impotencia vino a mí.
Jeremy pataleaba y protegía su cuerpo con sus manitas.
—Con que te gusta tomar cosas que no son tuyas, ¿verdad?— Gritó. —Yo te enseñaré a que respetes lo que no es tuyo.—
Golpeó con la hebilla de su cinto a Jeremy.
—Te odio, ojalá te mueras.— Gritó mi niño.
—¿Qué me has dicho?—
Daniel seguía golpeando a Jeremy.
—Llora, ¿Por qué no lloras?— Finalmente se detuvo.
—Me voy con los muchachos, más les vale tener este cochinero limpio.— Mencionó azotando la puerta.
Por fin pude ponerme de rodillas, mi príncipe corrió a mí y me abrazó. Él era tan divino. Pronto corrió por el poco alcohol que teníamos y un algodón para poder curarme.
—Jeremy, ¿Por qué no me contaste que te molestaban en la escuela?—
Él seguía oprimiendo el algodón en mis heridas.
—No quería preocuparte mami.
Sonreí.
—Mi dulce niño, te amo. Y te aseguro que pronto saldremos de aquí.—
Él me sonrío.
—No te preocupes mami, yo me voy a encargar de que ya no nos hagan daño.— Dijo solo para después besarme la frente.
Yo ya tenía planeado deshacerme del maldito de Daniel. Lo envenenaría, pues él siempre dejaba un vaso de cerveza en el refrigerador. "Las chelas frías saben mejor" siempre decía.
Así que subí el veneno a lo más alto del gabinete. Cuando nos fuimos a dormir Jeremy y yo, ambos nos abrazamos. Me desperté en la madrugada solo para darme cuenta de que no tenía a mi hijo. Escuché ruidos en la cocina. "¿Podría ser?" la idea de que quizás Jeremy planeaba hacer lo mismo que yo me invadió en la cabeza, pero no podía ser verdad. Volví a cerrar los ojos y desperté horas más tarde con los gemidos ahogados de Daniel seguido de un silencio.
Lloré por haber vuelto a mi pobre hijo en un asesino, "debí ser yo" me repetía. Por la mañana marqué a la policía para informar lo sucedido. Para mi fortuna acudió solo una mujer, que por mis moretones no se creyó el cuento de que había sido envenenado antes y solo llegó para morir en casa. Ella me recomendó huír del estado y empezar de nuevo, ella prometió encargarse de la situación.
Así lo hice, cuando Jeremy se despertó le pedí que empacara en su mochila lo más rápido posible. Volvería al lugar que me vió crecer, volvería a la casa de mi tío Pedro.
Finalmente ambos llegamos a Torreón, Coahuila. ese día limpié lo que pude mientras Jeremy se entretenía por allí. De pronto escuché voces. "Órale, no había visto a alguien tan pálido."
Era la voz de un niño, así que me asomé para ver quien era.
"Diego, eso no se dice."
La voz de una mujer, me acerqué a la puerta.
—Mucho gusto, soy Gabriela, la mamá de este niño— Mencioné desacomodando el cabello de Jeremy.
—Un placer Gabriela, yo soy Laura. La mamá de Diego.— Estiró su mano.
Respondí con un pequeño apretón.
—Quería invitarte a comer esta noche en mi casa, no tengo amigas en el vecindario y ustedes son nuevos.— Dijo sonriendo.
—Agradezco el gesto Laura.— Pensé que sería bueno para Jeremy. — ¿A qué hora será?— Pregunté.
Ella sonrío aún más.
—A las nueve, si les parece bien.— Respondió nerviosa.
—Me parece perfecto.
La cena fue maravillosa, Laura, su marido e hijo fueron maravillosos y por un momento me hicieron sentir feliz y despreocupada.
La noche no podía terminar sin una tragedia, caí al suelo por un fuerte dolor en el pecho.
Laura me llevó al hospital mientras su esposo cuidaba a los niños.
El doctor me realizó análisis solo para darme la noticia de que el dolor en el pecho fue debido a un paro cardiaco ocurrido por tener fuertes emociones.
—No se preocupe señora, si logra sobrellevar sus emociones esto no pasará más que de esta ocasión, pero en caso contrario puede desarrollar una enfermedad cardiaca. Si eso llegara a pasar. Necesitará estos medicamentes.— Dijo entregandome las cajas de ellos.
Me llevé las manos a la cabeza.
— Doctor, lo siento pero no tengo dinero para pagarlos.—
—No se preocupe señora, soy amigo de Laura, digamos que esto va por parte de la casa.—
Él me dió los medicamentos y regresamos a la casa donde los niños estaban jugando.
Le pedí a mi hijo que se despidiera para regresar a casa, Laura me acompañó a mi puerta y Jeremy entró como un rayo.
—¿Te puedo pedir una cosa?
Le pregunté.
—Lo que sea, Gabriela.
Respondió.
—No le cuentes de esto a nadie, y si algo llegara a sucederme. Por favor cuida de mi pequeño.
Más que un favor, era una súplica.
—Así lo haré, pero verás que esto no es nada y que no pasará del susto.
Sabía que trataba de consolarme.
—Gracias, Laura, sin ti esta noche hubiese sido fatal.
—No tienes nada que agradecer. Somos amigas, aunque nos hayamos conocido hoy.
Le sonreí y nos despedimos de un abrazo. Jeremy me estaba esperando en un par de sábanas que había colocado en el piso al no tener una cama. Me sonreía con inocencia y felicidad.
Nos recostamos y él se acurrucó junto a mí, coloqué mis brazos de manera que lo rodeará por completo.
—Mami, el vecino me ha dicho que soy el niño más guapo que ha visto.
—Es porque así es, eres todo un príncipe. Pero no es hora de que los príncipes hablen es hora de que ellos duerman.
—Lo sé. Descansa, mami.
—Descansa, Jeremy.