Fuga Prohibida

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Summary

Cuando el pecado sabe a sangre y arde como fuego… termina cobrándose en carne. Megan lo tiene todo, y al mismo tiempo, nada. Hija de una familia demasiado ocupada para notarla, forja su camino entre las sombras de los Halloway: un juego donde cree dictar, moviendo piezas y sacrificando corderos… hasta que… Un extraño de ojos afilados y acento marcado. Recomendado por aquella isla pecaminosa. Reviviendo el encuentro que nunca debió suceder. Siguiendo la agenda del destino, los años llegan con una sorpresa, una que no es amigo de nadie. El pasado nunca fue suyo, y ahora, el peligro se cierne sobre ellos, ocultando una verdad que podría devorarlos. Y es que, como dicen, algunos secretos son demasiado brutales para dejarlos atrás.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Prólogo

Megan

Ibiza

Un paraíso para muchos.

Prisión dorada para mí.

El cielo empieza a arder en tonos anaranjados mientras la brisa cálida, casi pegajosa, azota mi rostro al salir al balcón. La isla emerge frente a mis ojos, y con ella, el ruido de una ciudad que nunca descansa. Apoyo los codos en la baranda, posando la vista en adolescentes escapando de casa, haciéndome bufar al ver cómo desaparecen en los vehículos que esperan con la falsa promesa de libertad.

Entre mis dedos, una hoja doblada contiene lo que este lugar vende mejor: escape. Observo la línea de polvo que reposa en su superficie, prolongando el segundo que no cambia nada, antes de inclinarme y aspirar. El ardor se arrastra por mi nariz cual preludio de olvido. Echo la cabeza hacia atrás y aprieto los párpados, recordando el porqué de continuar.

Veinte minutos de falsedad.

Destrozo el papel, lanzándolo a la cesta al volver a mi habitación.

Nadie notará nada. No es que importe lo que haga.

Mi celular vibra sobre el escritorio, sacándome de mi burbuja. Ni siquiera necesito ver la pantalla para saber que es Emma. Nunca lo olvida, aunque han pasado casi seis años. Su mensaje de felicitación logra arrancarme una sonrisa, aunque mi pecho aprieta con fuerza cuando recuerda mi supuesta partida universitaria.

Ojalá fuera inteligente como ella…

Mi respuesta se forma sola, como todas las que le doy cuando necesito que me crea. Algo tonto, una broma, algún emoji: lo necesario para mantenernos en la superficie.

Una vez frente al espejo, mi reflejo me observa con descaro, negándose a parecer una adolescente rota. El vestido de lentejuelas abraza mi cuerpo, haciendo relucir lo bronceado de mi piel, como si lo hubieran hecho para mí.

Entro en los tacones y estoy lista.

Lista para ser vista, no reconocida.

Me cuelgo la bolsa al hombro antes de salir con cuidado de no hacer sonar los tacones. El segundo piso es tan estrecho que tres pasos me hacen llegar a las escaleras. Bajo como lo he hecho cien veces, escuchando las voces de mi madre y tía desde la cocina, que aprovechan la ausencia de mi padre.

Bufo, no es que suelan estar.

Cruzo por la sala sin que me vean, recibiendo el calor de la ciudad. Mareada, pero determinada, echo a andar por la acera. Río con fuerza, deleitada con la sustancia al agudizar cada sentido que me lleva a aquella paz artificial, casi felicidad.

—Vamos, eres mayor —sonrío para mí misma—. Hoy nadie puede decirte qué hacer.

Una vez lejos de casa, levanto la mano, atrayendo al primer taxi que veo.

—¿A dónde?

Sonríe por el retrovisor mientras me acomodo.

—Al Golden Dragon.

Apoyo la cabeza en la ventana durante el trayecto, pensando en lo absurdo que es todo esto, en cómo basta con mencionar de quién soy hija para que las puertas se abran.

Ese es el poder que tiene un hombre.

Uno que nunca está…

Golden Dragon alberga herederos con secretos, hijos de políticos, la clase de rostros que sonríen en revistas, pero se destruyen en privado, vendiendo la ilusión de ser intocables.

Cuando se detiene, el edificio brilla cual joya envenenada. Es justo como lo imaginaba: dos pisos, todo luces, neón y arrogancia. Bajo del taxi. Dos filas serpentean, una llena de adolescentes nerviosos y vestidos prestados. Tomo una bocanada, llenándome de seguridad, aunque las piernas me tiemblan. Me acerco a la entrada con alfombra roja.

Lo único que me separa del club es el chico frente a mí, quien muestra una identificación y entra sin problema. Llega mi turno. Saco la identificación que mandé a confeccionar hace un par de años, figurando como mujer de veintiún años y vida nueva. No tengo necesidad de mentir para entrar, ya no más, pero no quiero que mi presencia en este lugar llegue a los oídos equivocados. El guardia me la arrebata con un gesto seco. Es grande, de mirada helada y traje hecho a medida. Me recorre de arriba a abajo con desconfianza profesional. No duda de que escondo algo.

Levanto el mentón. Que sepa que no me intimida.

—¿Cherry Pooh McCallister?

Asiento con decisión ante su ceja enarcada.

—Así es, muy estadounidense de mi parte, ¿no te parece?

Una sonrisa lenta se dibuja en sus labios. Mi piel se eriza a medida que ladea el rostro, averiguando la mentira.

—Ah, es que yo soy europeo —comenta, aligerando el tono—. Pero como no sé de nombres exóticos, mejor no opino.

—¿¡Exótico!?—me indigno—. ¿¡Insinúa que mi nombre es ridículo!?

—¿Yo? —se desentiende—. Jamás. Suena memorable, si no es que, de caricatura esquizofrénica.

Coloco la mano sobre mi pecho, ya metida en el papel, sin dejar de sostenerle la mirada.

—¡Qué grosero! —exclamo, lo suficientemente alto como para que la música no opaque mi voz—. ¡Y yo que pensé que los europeos eran refinados!

—Lo somos, digamos que a veces —debate sobre qué palabras usar—… nos traiciona la sinceridad.

Nos quedamos unos segundos en una especie de duelo silencioso. Él aún sostiene mi identificación, evaluándome mientras desnuda cada capa de mi fachada. Así que le devuelvo la mirada, como si no tuviera nada que ocultar, aunque todo en mí se base en una mentira.

—¿Y bien? ¿Necesitas también una muestra de ADN o vas a dejarme entrar antes de que se me derritan los tacones?

—Solo digo que si ese es tu nombre falso —acerca la identificación lentamente—… me muero por saber el real.

—Entonces muérete de ganas —susurro al empujarlo y pasar junto a él, sin perder el paso ni la compostura.

—Cuidado, Cherry Pooh —dice detrás de mí, su voz baja, casi divertida—. Algunos nombres pesan más que una identidad falsa.

Me congelo un segundo.

—Y algunos guardias hablan demasiado —respondo sin girarme.

Cuando estiro la mano para recuperar el documento, su pulgar roza el mío.

—Procure no romper tantas reglas, señorita Romanova.

El color abandona mi rostro, obligándome a tragar grueso mientras un escalofrío me sacude la espalda. Aprieto el bolso contra mi pecho, sosteniendo lo que me queda de calma al obligarme a cruzar la puerta sin voltear el rostro. Mi corazón se desboca, trato de mantenerme en pie, pero él sabe quién soy.

Y eso lo cambia todo.

Me adentro en la pista como si el latido frenético en mi pecho pudiera confundirse con el bombo del reggaetón. Dejo que mi cuerpo actúe solo, entrenado por las interminables playlists de Emma. Bailo con la multitud, imitando su desenfreno, como si pudieran absorber mi miedo y devolverme otra versión de mí, una que no tiembla.

Termino en la barra, donde el barman me sonríe, ajeno a la línea que acabo de cruzar.

—¿Puedes darme tequila? —pregunto, tratando de sonar despreocupada.

—Lo que quiera, señorita —responde con un guiño.

Empiezo a pensar que los que sirven tragos nacen con lengua y sonrisa afilada. Son peligrosos... pero encantadores.

Basta, estás drogada… ¡Pronto, serás una borracha!

En un parpadeo, tengo el vaso frente a mí, y la botella al lado como una promesa.

—Avíseme si necesita algo más.

Asiento, dejando que se aleje.

Bebo. Es fuego líquido. Asqueroso. Adictivo.

El segundo trago me arrastra fuera de la barra y de vuelta al ritmo húmedo de la pista. La música me atrapa por la cintura, y dejo que mis caderas respondan, sinuosas, como si no me pertenecieran del todo. Bailo con los ojos entrecerrados, la respiración más ligera, el pulso más rápido. Me hundo. Me pierdo. Por un instante, casi lo consigo.

Hasta que lo golpeo.

Una muralla de calor y músculo, envuelta en tela negra. El choque me hace rebotar, pero su cuerpo no se inmuta. Tan solo puedo sentir como la música baja dos tonos y las luces se hacen más lentas.

Entonces, se gira.

Y el aire cambia.

El mundo parece inclinarse hacia él, reconociendo que le pertenece. La intimidad nos atrapa, densa en mis pulmones, que no consiguen atrapar una sola bocanada. Y él… no reacciona de inmediato. Se dedica a observar, con esa calma letal que solo tienen los hombres acostumbrados a tenerlo todo. Me escanea con la mirada, pero nada parece convencerlo..

Él está decidiendo qué hacer conmigo.

Tiene una mandíbula cincelada con la arrogancia de quien sabe lo que provoca. Su barba es apenas una sombra, invitando al roce que se transforma en vicio.

—¿Está bien? —pregunta. Su voz es fuego bajo la piel, con un acento que se enreda entre mis costillas sin siquiera pedir permiso.

No respondo enseguida. ¿Cómo podría? Estoy paralizada.

—Lo lamento —acierto a decir, luego de unos segundos. Mi voz se apaga, pero no parece interesado en mis disculpas.

Entonces, me sorprende con una sonrisa ladina, quemando la boca de mi estómago.

—Podría compensarme con un baile.

Extiende la mano, y sé que no debería… pero ya lo hice. El roce de sus dedos es una descarga, un pulso ardiente que recorre mi piel expuesta, marcándome, reclamándome.

Me descubro atrapada entre yemas ásperas que arrastran mi resistencia como si nunca hubiera existido. La mentira que me sostiene se tambalea, mientras su tacto me exige que me rinda a esta noche, a este instante, a él.