ZETA : fragmented memories

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Summary

Z: Fragmented memories En las cloacas de Night City, cuatro soldados desechables -sin nombres, solo códigos- luchan por escapar de su pasado como armas de una corporación. Tras un accidente que dejó civiles muertos y sus mentes infectadas con recuerdos ajenos, el Equipo Z descubre que son piezas de un juego de ajedrez más grande a manos de un hombre llamado [REDACTED]. Perseguidos por la policía, cazarrecompensas y sus propias alucinaciones, deberán confiar en un ripperdoc sin escrúpulos que afirma poder ayudarles. Pero en esta ciudad, hasta los salvadores esconden dagas.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo l

Capítulo I - “Missing Memorias”

El orfanato se alzaba como mausoleo olvidado, paredes húmedas, frías absorbiendo los ecos de voces infantiles que ya no resonaban. Bajo la luz artificial de un verde pálido, las camas se alineaban en un dormitorio que parecía más tumba que refugio. Z-07, entonces apenas un niño sin nombre, yacía entre las sombras, su mente un lienzo borroso donde los recuerdos se desvanecían como humo. No recordaba nombres, solo susurros quebrados y un frío que calaba hasta el alma, un recordatorio constante de su soledad.

La cuidadora, una mujer de rostro endurecido por años de indiferencia, pasaba su mano por la cabeza del niño con un gesto mecánico. “Cuando crezcas, lograrás grandes cosas”, decía, su voz carecía de calor, y sus ojos miraban más allá de él, hacia un horizonte que no compartían. Z-07, en su inocencia, anhelaba su aprobación, sin sospechar que para ella no era más que otro número en una lista. El día de su cumpleaños, la puerta del orfanato crujió al abrirse, y la sombra de un hombre trajeado se proyectó sobre el suelo gastado. La cuidadora sonrió, una mueca vacía: “Feliz cumpleaños, niño”. En su corazón, sabía que lo estaba entregando a un destino que no comprendía.

El reclutamiento fue un torbellino de pruebas que rompían cuerpo y espíritu. Un escaneo ocular quemó las retinas de Z-07, las evaluaciones físicas lo dejaron temblando, y al final, un láser marcó su brazo con el código Z-07. Una voz digital, desprovista de humanidad, sentenció: “Apto para COPR. Transferencia autorizada a CRU-Z”. En un transporte blindado, Z-07 se sentó entre otros adolescentes, sus rostros vacíos reflejando el mismo vacío que él sentía. Éramos muchos, pensó, pero el mundo los devoraría uno a uno.

El campo de entrenamiento era un crisol de dolor y miedo. Un instructor, con venas hinchadas en el cuello, gritaba: “¡Un error y todos lo pagan!“, mientras apuntaba a un recluta que temblaba. Z-07 aprendió a pelear, sus nudillos sangrando tras cada combate, cada golpe una lección grabada en sangre. El dolor se convirtió en su lengua materna, un idioma que todos los reclutas hablaban con fluidez. En sus sueños, fragmentos de un pasado perdido lo acosaban, pero al despertar, solo quedaba la certeza del siguiente golpe.

Las primeras misiones cayeron como relámpagos. Un mapa digital destelló en el HUD de Z-07: “Objetivo: VIP crítico – Extraer”. En una de sus delirios, disparó contra un hombre herido, su sangre mezclándose contra el asfalto. El uniforme, supo entonces, era una máscara para justificar la matanza. Su rostro siempre oculto tras casco que lo suprimía, pero cada misión dejaba una cicatriz invisible en su alma. Z-12, siempre pragmático, apenas alzaba la vista; Z-14, metódico, revisaba su equipo, Z-08, en silencio, siempre al fondo. Pero Z-07 sentía el peso de cada vida segada.

Una noche, en un transporte, el equipo descansaba. Z-12 y Z-14 dormían, sus rostros relajados bajo la armadura, pero Z-07 permanecía despierto, atrapado en sueños que no reconocía como propios. Una explosión, una sala de cadáveres, y una figura femenina caminando entre llamas. ¿Era real o un fallo en sus implantes neuronales? No lo sabía, pero el eco de esa imagen lo perseguía.

Años después, en la actualidad, Z-07 un hombre endurecido, su rostro joven desdibujado por el trabajo. Dentro de su armadura, observaba Night City desde un transporte aéreo, una metrópoli de neón y podredumbre que no reconocía como hogar. Una voz digital cortó el silencio: “Objetivo: desconocido. Estado: Crítico. Clasificación: prioridad máxima”. Su visor mostró dos palabras: “OBJETIVO VIVO”, “NO IDENTIFICADO”. En su mente, una chispa de duda: ¿Qué significaba esto?

Una tormenta eléctrica azotaba el cielo cuando el transporte aterrizó en el helipuerto destrozado de un edificio corporativo en ruinas. Z-07 revisó su HUD: “Nombre: clasificado. Localización: nivel 12. Vivo… con suerte”. Z-14, siempre curioso, murmuró: “¿Qué será? ¿Un científico?“. Z-12, cortante, replicó: “No preguntes. Solo trabaja”. Z-08, el más joven, gruñó: “Esta mierda siempre es así con ‘cop-er’. Todo es un maldito secreto”. Las luces parpadeaban, y el aire con olor a ozono y metal quemado.

En el nivel 12, forzaron puertas hasta encontrar una habitación sellada. Dentro, una mujer, yacía inconsciente, su nuca conectada a un panel de control. “Objetivo localizado”, dijo Z-07, su voz firme pero cargada de incertidumbre. La mujer estaba herida, implantes expuestos, pero su pecho subía y bajaba débilmente. “Está viva. Apenas”, observó Z-14, su mente ya calculando riesgos. Z-07 preparó la camilla médica, activando el escaneo de identidad. El HUD falló: “IDENTIFICACIÓN FALLIDA – ENLACE NEURONAL ENCONTRADO – AUTOVÍNCULO EN CURSO”. El vehículo parpadeó, sistemas inundados: “TRANSFERENCIA EN CURSO… DATOS ENCRIPTADOS CARGADOS EN CRU-Z”.

La mujer convulsionó, sus ojos abriéndose en un blanco cegador. “¿Qué fue eso?“, susurró Z-07, su corazón acelerado. El transporte despegó en un silencio tenso. Z-14, inquieto, mencionó algo sobre la interfaz, mientras el visor de Z-07 mostraba: “Archivo insertado. Acceso denegado. Origen desconocido”. La mujer, aun inconsciente, tenía un LED rojo parpadeando en su nuca. En la mente de Z-07, una verdad se formaba: ella no los conocía, ni ellos a ella, pero sus destinos ya estaban entrelazados.