Los Cuervos del Campo

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Summary

Un joven que huye de su pasado se pierde en el bosque y queda inconsciente. Al despertar descubre que su vida ha cambiado por completo tras ser rescatado por un peculiar hombre. En la calma del campo comprenderá que la soledad no es el único camino… quizás el amor también pueda salvarlo.

Genre
Lgbtq
Author
K_Crow
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

El Explorador del Campo

El café comenzaba a gorgotear, provocando que un delicioso olor amargo se extendiera por toda la cocina, despertando a cualquiera que pudiera olerlo; mientras tanto, en el comal se tostaban unas rodajas de pan con un poco de mantequilla.

Un muchacho algo despeinado, corría a darle vuelta a las rodajas mientras masticaba unas roscas de jamón. Para no quemarse con la cafetera que chillaba indicando que el café estaba listo, tomó una servilleta de cuadritos algo deshilachada y, con mucho cuidado la puso en la mesa y se sirvió una gran taza de café humeante.

—¡Camila, ven…! —exclamó mientras servía en un plato unas hojas de lechuga y fruta que colocó sobre un pequeño mantel.

Desde la puerta trasera venía una gallina dando brinquitos, haciendo que algunas plumitas blancas cayeran al suelo. Con un aleteo, se subió sobre el mantelito y esperó a su dueño para comer.

El desayuno de hoy era café molido con panela, rodajas de pan de masa madre con mantequilla, jamón de cerdo ahumado y una porción de manzana; todo se veía tan delicioso que incluso la pequeña gallina se robó un trocito de pan que se había desprendido.

Después de haber comido, el joven tomó su capa roja, sus botas algo polvorientas, su gran sombrero de paja y, para protegerse del sol, su habitual máscara de cuero.

La temporada de cosecha de zanahorias estaba en su mayor apogeo, por lo que recolectar la mayor cantidad posible era importante para que no se pudrieran por la humedad. Sin embargo, para una sola persona, hacer todo este trabajo era muy agotador, por lo que él siempre contrataba a algunos niños del pueblo que buscaban trabajo en sus días libres.

—¡Señor Red! —Gritaban los niños al unísono para que pudiera escucharlos.

—¿Cómo amaneció? ¿Escucha mejor?—preguntaba Tomás, uno de los más pequeños del grupo.

—Creo que hoy... —Red se dio unos golpecitos del lado izquierdo de la cabeza para comprobar si tenía dolor— ¡Hoy no me duele y escucho mejor!

—¡Ja! Ya vio, mi mami tenía razón, comer muchas papas ayuda a curar el oído.

Red asintió mientras abrazaba al pequeño; no le gustaba mentir, pero tampoco quería que Thomas se decepcionara de los consejos de su mamá. Después de todo, su sordera no era una simple infección, sino la secuela de un accidente. De todas formas, ya se había acostumbrado a las molestias, aunque a veces el dolor lo volvía un poco torpe.

—Ustedes, ¿ya desayunaron?

¡Sí!—Respondían al unísono.

—Entonces ¡a trabajar! —exclamó entusiasmado mientras repartía las herramientas y les entregaba unas botellas con agua helada.

—¡Señor! —Lo detuvo Thomás de nuevo.

—¿Sí?

—Qué bonita su máscara —señaló el pequeño.

—¿En serio? … gracias. —Red se sentía un poco avergonzado, ya que en la mañana la había estado remendando porque se le había olvidado encargar una nueva en el pueblo y no podría hacerlo hasta dentro de unos días.

—¿Cuándo me va a regalar la mía?

—Ah, pues…

—¡Ay, Thomás! Dejá de molestar y vení a trabajar —interrumpió uno de los chicos.

—¡Ya voy! —exclamó el pequeño, dejando a Red con la respuesta a medias. Ahora que lo pensaba, no era la primera vez que el pequeño le preguntaba; sin embargo, no podía darle una respuesta porque la máscara que portaba era un elemento que se heredaba y su significado iba más allá de un accesorio.

Después de haberles entregado algunos guantes, canastos y sombreros para protegerse del sol, comenzaron el arduo trabajo. Como días antes había llovido, la tierra aún se encontraba suave, lo que permitía removerla más rápido. Así que, mientras los pequeños hacían competencia para ver quién cosechaba más papas y zanahorias, Red iba preparando la composta y el fertilizante para la tierra.

Ya para el mediodía les hizo sonar una campana como señal de que era hora de parar; al escucharlo, corrieron con los canastos casi llenos. El almuerzo ya estaba listo. Esta vez eran papas cocidas en cuadritos con mayonesa casera y perejil, ensalada de tomate y cebolla, acompañada con un poco de guiso de res y un delicioso refresco de melón. Los niños sin pensarlo tanto, comenzaron a devorar la comida, mientras que Red lavaba las verduras; él comería después.

Luego de una buena paga y un poco de la cosecha, los niños se despedían alegres.

—Señor Red ¿va a querer que vengamos mañana?

—No, así estamos bien, deben descansar.

—Bueno, entonces nos vemos en unos días. Si va a salir, no regrese muy noche porque se mira que va a llover.

—No se preocupen, voy con Camila.

Finalmente, los niños se fueron perdiendo por el sendero que conducía al pueblo; para eso, ya eran casi las tres de la tarde, lo que aún le podría dar algo de tiempo para recorrer la montaña.

Con un chal más abrigado, salió con Camila en hombros, su gallina que se comportaba más como una niña que como una mascota. Siempre lo seguía cuando recorrían el campo, ya que cazaba algunos insectos y también le avisaba de peligros cercanos o le indicaba sobre senderos seguros.

Durante su recorrido, Red se iba subiendo a algunos árboles; muchas veces era para poder ver sus cultivos desde la lejanía, ya que siempre pensaba que debían verse bonitos y ordenados para los visitantes, aunque realmente no hubiera ninguno.

Cuando podía, tomaba del suelo las pequeñas ramitas u hojas que tuvieran formas curiosas y las metía en un pequeño diario que siempre llevaba colgando de su cinturón.

Esta vez iba con más precaución de lo normal; había mucho fango y era fácil resbalarse, pero Camila parecía disfrutarlo bastante, ya que para la mitad del recorrido estaba llena de lodo hasta la cresta.

Así se fue todo el camino, intentando no caerse, marcando con ramas áreas donde era muy profundo el lodo, se trepaba a los árboles e intentaba saltar de uno en uno, hasta que, por un momento, Camila salió disparada como un rayo entre los senderos, haciendo que Red se quedara paralizado tratando de comprender qué estaba sucediendo.