P R Ó L O G O
Cada año, sin falta, el cielo se abría y dejaba caer una roca espacial. No era un asteroide imponente, pero tampoco insignificante. Su impacto nunca causaba grandes destrozos, ni alarma entre los habitantes. Sin embargo, su caída era inquietante ya que aterrizaba en el mismo lugar: en las tierras del viejo Barton Orlian.
Los rumores se propagaban como el fuego. Nadie comprendía el propósito de aquellas piedras, y la gente del pueblo tejía historias en torno a su enigmático contenido.
—Tal vez el viejo Orlian sea un alienígena en misión secreta. —murmuraban algunos.
—Quizás esas rocas sean su alimento. —decían otros, entre risas nerviosas.
—¿Y si son portales de otro universo?
Pero Barton no prestaba atención a los cuchicheos. Aquel hombre reservado, de mirada profunda y manos curtidas por el fuego, no tenía interés en despejar dudas ajenas. Mientras los demás especulaban, él se ocupaba de su verdadera obsesión: extraer el extraño acero de cada roca caída, un material más resistente que cualquier otro en la Tierra. Y lo más importante: la pequeña piedra roja y ardiente que acompañaba cada asteroide. Barton la llamaba fénix, por su fulgor incandescente y su poder imposible de medir.
Con meticulosa precisión, el herrero aislaba una diminuta fragmentación de la roca y comenzaba su trabajo. Su taller, oscuro y silencioso, era testigo de la creación de armas de fuego que superaban cualquier otra conocida. La piedra fénix daba origen a balas de calor abrasador, capaces de devorar acero en segundos. Su tecnología era única, nacida de un secreto que solo él poseía.
Con el tiempo, su negocio prosperó. "Phoenix Society" se convirtió en una empresa codiciada, vendiendo armas a gente de poder y a corporaciones dispuestas a pagar precios exorbitantes por su letalidad. Pero Barton conocía el peligro que acechaba en cada sombra. Tarde o temprano, alguien lo buscaría, ansioso por arrebatarle su secreto.
Previó el día en que su empresa caería. Lo escribió en cartas selladas con su propio nombre. Advirtió el destino que le esperaba a sus armas si caían en las manos equivocadas. Sin embargo, había una verdad que guardó celosamente: la más poderosa de todas sus creaciones jamás podría ser encontrada. Solo él conocía su existencia... y solo él sabía dónde estaba.
El día llegó. La empresa fue desmantelada, las armas robadas. Pero tal como Barton había previsto, su mayor creación nunca fue hallada.
¿Qué arma había ocultado?
—¡Maldito seas, Barton!
El golpe resonó en la oficina cuando Rhadrek Valtheron, con el rostro contraído por la ira, barrió con todo lo que había sobre su escritorio. Sus manos temblaban de frustración.
Las cartas que había estudiado desde la muerte de Barton seguían siendo un enigma indescifrable. La clave debía estar ahí, en alguna línea, en algún mensaje oculto... Pero por más que buscaba, por más que releía, la respuesta le evadía.
—Señor Valtheron, por favor, relájese. —pidió su asistente, con nerviosismo evidente.
Rhadrek apretó los puños. Él lo tenía todo: la empresa, las armas, el conocimiento. Pero lo que más anhelaba, lo que le obsesionaba desde el día en que leyó las primeras palabras de Barton, seguía fuera de su alcance. La única arma verdaderamente imparable.
Y Barton, aunque muerto, no se lo había dejado fácil.
Pero Rhadrek no se rendiría. Algún día, aquella creación sería suya.