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Entró en el casino justo antes de medianoche, cuando el juego entraba en ebullición. Ariadne lo había estado esperando sin retirar la vista de la entrada del vestíbulo de mármol blanco al salón de altas apuestas. Había temido no darse cuenta de que entraba, pero en aquel momento comprendió que aquello era imposible. Jeon Jugkook era, por decirlo sin rodeos, imponente.
Al preguntarle a Alain cómo lo iba a reconocer, éste le había explicado que Jeon era alto, moreno y atractivo, con un aura de dinero y sofisticación.
Sin embargo, al llegar al casino hacía una hora y cruzar las gigantescas puertas, se había hundido, pues la mitad de los hombres de la sala respondían a tal descripción.
El casino estaba en una isla de arena rosada y conjuntos residenciales en las Bahamas y sólo podían ser socios los jugadores más ricos de Europa, Asia y América. Todos los hombres que frecuentaban las mesas eran ricos y elegantes, y muchos de ellos, guapos.
Ariadne se llevó la copa de champán a los labios y bebió, mientras pensaba que «guapo» ni siquiera se acercaba a la descripción de Jeon Jungkook. Se preguntó cuántos hombres podrían elevar la temperatura estando quietos, como aquél.
La llegada de Jeon había causado conmoción. Los hombres lo miraban con disimulo y las mujeres lo evaluaban. Quizá otra persona no habría captado aquellas señales tan sutiles, pero los matices eran el negocio de Ariadne, pues de ello dependía su éxito en los juegos de mesa.
Aquella noche, también dependía de ello el curso de su vida.
No quería pensar en ello. Años atrás, en su época de desplumar turistas en Nueva Orleans, había aprendido que la única forma de ganar era no pensar en nada más que en las cartas, vaciar la mente de cualquier cosa que no fuera su perorata, el incauto y la velocidad de sus manos. Concentrarse en el convencimiento de ser la mejor.
Aquel modo de pensar todavía funcionaba. Había pasado de ser trilera en las calles a jugar al bacará y al póquer en entornos muy elegantes, pero su objejivo de ganar no había cambiado. Sabía que la clave era la concentración y guardar la calma. Aquella noche, sin embargo, le estaba costando serenarse.
Le tembló la mano al acercarse la copa a la boca. Era un movimiento apenas perceptible, pero demasiado para ella. Aunque una vez sentada a la mesa de póquer no fuera a beber, sabía que si aquel tic aparecía al agarrar las cartas, Jeon se daría cuenta. Suponía que, como ella, sabría leer el lenguaje corporal de su oponente.
Las habilidades de Jeon Jungkook eran legendarias. En el caso de los hombres, él era el hombre con quien jugar. En el de las mujeres, el hombre con quien acostarse.
Todas las mujeres de la sala lo sabían y Ariadne no pudo evitar una tenue sonrisa al pensarlo, puesto que aquella calurosa noche caribeña, Jeon Jungkook sería sólo suyo.
Volvió a levantar la copa, pero en aquella ocasión con mano firme. Dio un pequeño sorbo, suficiente para refrescarse los labios y la garganta, y siguió mirándolo. No había peligro de que él la viera, pues había escogido un hueco desde el que poder mirar sin ser vista. Quería tener la oportunidad de examinarlo antes de hacer su primer movimiento.
Era evidente que él estaba haciendo lo mismo antes de escoger mesa. Aún no se había movido, y seguía de pie en el arco entre el vestíbulo y la sala principal. Ariadne reconoció, a regañadientes, que se trataba de una entrada inteligente, pues había suscitado interés sin hacer nada.
Todas aquellas miradas evaluadoras de hombres estúpidamente ansiosos de ser su siguiente víctima. Todas aquellas sonrisas felinas de mujeres ansiosas de lo mismo, aunque de un modo diferente.
Ariadne La Jugadora comprendía a los hombres. Con un jugador con la reputación de Jeon, era normal querer sentarse frente a él para probarse a sí mismo. Aun en el caso de perder, siempre se podía dejar caer en cualquier conversación informal aquella vez en que se jugó contra él. Pero Ariadne la Mujer no comprendía en absoluto las sonrisas femeninas. Había oído hablar de la reputación de Jeon, cómo iba de una mujer a otra, cómo perdía el interés y se marchaba, dejando atrás una estela de corazones rotos. No comprendía por qué iba alguien a querer exponerse a aquello. Ariadne pensaba que los sentimientos eran peligrosos y poco prácticos, aunque debía admitir que Jeon Jungkook era un bombón.
Medía algo más de metro ochenta. Llevaba esmoquin negro sobre camisa negra de seda y pantalón también negro, que realzaban su cuerpo esbelto y musculoso. Tal y como había dicho Alain, tenía el pelo oscuro, pero no había mencionado sus ojos azules. Ella estaba demasiado lejos y, durante un segundo, imaginó qué sucedería si cruzara el suelo de mármol y se detuviera frente a él para mirarlo fijamente a los ojos.
Entonces frunció el ceño y se permitió otro trago de champán. Tenía una tarea que cumplir y no importaba el color de ojos de Jeon. Lo que contaba era lo que sabía de él y cómo utilizaría aquel conocimiento aquella noche.
Se lo consideraba uno de los mejores jugadores del mundo. Frío, impasible e inteligente, también era un hombre que no podía resistir un desafío, ya fuera una partida de cartas o una bella mujer. Por eso estaba ella allí aquella noche; Alain la había enviado para atraer a Jeon a una trampa.
Nunca había utilizado su aspecto físico para inducir a un hombre a querer ganarla a ella más que el juego, embaucarlo tanto que olvidara las combinaciones y posibilidades de la mano que tenía para que perdiera.
No se trataba realmente de hacer trampa; sólo era una variación de la habilidad que había desarrollado años atrás en su época de trilera: mantener al incauto tan fascinado por la verborrea y el rápido movimiento de manos que no se diera cuenta de que se había retirado la reina y había puesto otro rey.