Prologo
El suelo estaba seco, pero ya no por mucho.
Una capa de tierra marrón empezaba a enrojecer bajo los cuerpos tirados, algunos enteros, otros como si los hubiera reventado una tormenta de carne.
Al centro, Rakaro.
No un gorila común. Un monumento de músculo y cicatrices, una aberración con los nudillos reventados de tanto aplastar huesos humanos. Tenía los ojos inyectados en sangre y la boca chorreando una mezcla espesa que ya ni era saliva. El aliento le salía caliente como caldera, y el pecho subía y bajaba con un ritmo irregular, como si lo mantuviera en pie una furia prestada.
Ya había matado a noventa y nueve.
Sin armas. Solo con lo que tenía a mano: garras, puños… y dientes.
Sobre todo, los dientes.
Despedazó orejas de un mordisco.
Desgarró mejillas.
En un momento, masticó un dedo como si fuera una ramita. Lo escupió. Y luego volvió por más.
El último hombre estaba de pie. Aunque eso era una forma amable de decirlo.
Tenía el brazo colgando como cuerda mojada, el hombro dislocado, el rostro partido por un codazo que lo había dejado viendo doble, o triple.
Pero seguía allí.
Temblando.
No por valentía, sino porque el cuerpo no sabía si colapsar o seguir.
Rakaro lo miró. No como un rival. Como una cosa pendiente.
Escupió un diente humano. Dio un paso.
Y el hombre, en vez de retroceder, se lanzó.
No gritó.
No pidió ayuda.
Solo levantó el brazo que todavía le respondía y lo metió entero en la boca del gorila.
Rakaro no se lo esperaba.
Nadie lo esperaba.
La mandíbula de la bestia se cerró de inmediato, por instinto.
Pero el tipo empujó. Hasta el codo.
Más allá del dolor.
Hasta donde el aire no podía entrar.
Apretó el puño.
Y se quedó allí.
Rakaro reaccionó tarde. Se sacudió como un toro en llamas. Golpeó al hombre en el torso. Luego en la cabeza. Le rompió las costillas con las puños.
Pero el brazo seguía dentro.
Bloqueando la garganta.
Aplastando el flujo de aire.
Rakaro lo mordió.
Los dientes rompieron hueso.
El sabor a sangre llenó su boca.
Pero no podía respirar.
El cuerpo empezó a doblarse.
La fuerza, a fugarse.
El hombre ya no sentía el brazo. Solo sabía que estaba ahí, enterrado en el monstruo.
Cada vez que Rakaro lo sacudía, el hombro crujía un poco más.
Las piernas del hombre se vencieron.
Pero no soltó.
Rakaro cayó de rodillas.
Gargajeó, con espuma rojiza saliéndole por la boca.
Un último espasmo.
Uno más.
Y se desplomó, con el brazo humano todavía atorado en su garganta.
El hombre quedó tirado debajo, con el pecho aplastado y la cara mirando al cielo sucio.
No lloró.
No sonrió.
Solo respiró una vez.
Y se acabó.
La arena quedó en silencio.
Ni un grito.
Ni una ovación.
Solo cadáveres y el viento.
Y en medio de todo, el cuerpo descomunal del gorila muerto.
La boca entreabierta.
Y, dentro, un brazo partido… todavía aferrado a la muerte.