PRETORIANO DE RUNA

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Summary

La historia toma lugar en Runa, territorio Santo y Reino prospero contada de tres perspectivas. Pretoriano Lucius. títere del imperio maldito. Santa Runa. Representante de la Santa Fe. Rey Sev. Ultimo rey de Runa. El conflicto de poder entre los tres bandos conllevara al esparcimiento de la Fe, aumento de la autoridad militar y los engaños de mas allá del reino.

Genre
Fantasy
Author
RENE II
Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

—ACTO 1— CONTRINCANTES

—TRES BANDOS—1


El sonido de cada paso de madera sobre la piedra blanca resonaba en la habitación antes de ser eclipsado por casi seis pares semejantes en el pasillo contiguo; más apresurados, sirvientes corriendo con extrema prisa, al punto de que apoyarse en las paredes era necesario antes y después de perder el equilibrio, logrando evitar su caída o errores peores con su carga.


Los problemas principales: la limpieza, la decoración y los preparativos para la llegada del nuevo pretoriano. Las telas rojas, señalando la caída de una mano de Alba, eran cambiadas a blancas, motivo de alegría para todos; solo la mitad de la izquierda estaban removidas y del lado opuesto las blancas estaban siendo puestas.


La santa sintió su corazón llorar al despedirse de ese recuerdo que compartía su tristeza, pero mantuvo una sonrisa piadosa lo mejor que pudo. El recuerdo de la advertencia de Lasha dejaban claro que los ataques se intensificarían esa misma noche y un nuevo pretor era más que necesario si querían sobrevivir, según pudo suponer por el tono urgente de su voz.


Bajando las escaleras a la sala de oración, pudo notar cómo los pocos diáconos presentes enseñaban a los oradores sus últimas letanías para el ascenso de rango; el breve vistazo en el aún más breve paso la llevó a bajar al último piso, medio oscurecido como siempre con fuentes de luz particulares y muchas de carácter situacional.


Las cruces brillando iluminaban las zonas oscuras, simulando un sol llegando desde cada costado, como si una puerta impidiera su paso total; era tema de sorpresa común para los que presenciaban las oraciones y los muchos momentos de adoración. El brillo de las vidrieras multicolor iluminaba el pequeño estrado y las zonas más próximas, apenas brindando claridad.


La luz, solo eclipsada por los techos bajos a los costados en el fondo, donde estaban las salas de oración o confesión, variando en necesidad, y al frente la zona de donación de ofrendas, sean monedas o alimentos.


La verdadera noche lograba que los candelabros resaltaran en lo alto como la mirada juzgadora de los Ascendidos; aunque en ese momento, bajas en proceso de reemplazar sus velas, de cada una se derretía la base, borrando el símbolo del reino maldito y poniéndola en su pequeño cuadro para ser reutilizada.


La escena le era tan familiar que cualquier intento de emoción era más fingido que añorado y con ello la respuesta más clara del momento. Cuando llegó a las afueras de la catedral, notó los pocos escalones presentes y el carruaje esperándola para su llegada a la muralla del descanso.


El sol iluminaba todo: desde el camino, la llegada de gente entre oraciones y productos, los pocos niños jugando alrededor, las cambiantes casas, dependiendo del nivel de su facilidad económica o complicaciones, y los grilletes de negro en los cuellos de los esclavos cargando cajas y cajas de contenido posiblemente de alimento.


“Los días cada vez son más complicados”. —Suspiró mientras iba al lado opuesto de su ingreso a la ventana del carruaje y abría las dos puertas de madera—. Lo mismo por aquí —mencionó con aburrimiento.


El conductor no supo si responder con alegría o duda y decidió mantener el silencio; la forma de expresarse de la santa rara vez mostraba apatía, menos en un día como ese y en su mente le llegó el posible lamento del anterior pretor, con quien se especulaba por todos que tenía una relación más que de servicio a Alba.


La llegada a la puerta del descanso fue más bienvenida por todos, mientras los Oradores y Diáconos se ponían en posición, junto a la guardia blanca y con ello la joya de la corona en el recibimiento, Runa, con la vestimenta blanca con dorado y su porte sereno y regio.


—Santa, es agradable ver que se encuentra bien y bendecida por Alba —saludó con alegría bien contenida.

El rey se inclinó levemente, esperando que su nueva corona resalte lo suficiente para ser tema de charla.


—Igualmente, Seb. —Ofreció la misma muestra de respeto casi al mismo tiempo—. ¿Se encuentra usted bien de salud? —Algo más animada por encontrarse con una cara familiar, devolvió su mente al presente—. En la última batalla tuvo problemas, por lo que recuerdo.


—Mi condición ya no puede ser mejorada y este evento es demasiado importante como para poder dejarlo por heridas menores. —Sintió decepción que guardó muy dentro de sí mismo y atendió a sus propias palabras que cargaban la verdad que debía respetar—. Es la primera vez que un heredero de la casa Sol vendrá a Runa y es el tercer mural que se añadirá a la catedral. —Devolvió la mirada al camino con dificultad, en espera de saber algo más de la vida de la santa en el mural que llegaba—. Tengo entendido que usted cuenta con tres espacios vacíos aún en su catedral.


—Sí. —Fingió una sonrisa apacible, consciente de que su pasado volvía a recordarle su deber actual—. Fue una vida cuanto menos complicada de llevar.


—¿Quizá, por fin, veamos su coronación? —Espero poder hacer alguna charla con el tema—. Oí que es normal que el segundo o tercer mural lo porte.


—Ya somos dos, Rey. —No pudo impedir la incomodidad, pero sí pudo dejarla de lado rápido. —El tie…


La conversación se interrumpió al oír los tambores en lo alto de la muralla y las armas llegando en una marcha que simulaba ser pesada, o el golpe de los escudos y las espadas, que pronto se coordinaron con los pocos que tenían alrededor y más el ver cómo la armadura blanca con bordes dorados era visible en el horizonte justo al mediodía, como siempre se aclaraba en la procesión y las huestes llegando por detrás, ropa interna de un tono rojo y mantos blancos que solo cubrían el torso y bajaban como túnicas, lanzas de metal multicolor y variaciones de otros metales en hachas o espadas, sin un orden que cualquiera pudiera discernir.


Como todos anticiparon, en el mural que llegaba estaba su coronación, la figura de Runa envuelta en mantas blancas con bordes dorados y el brillo por detrás de su cabeza, un recuerdo de que las tierras tenían poco tiempo de ser santificadas y renombradas al menos para la santa, para el resto, era cosa de casi cuatro generaciones incluyéndolos.


En la base de ese trono estaba el anterior nombre, junto a una pequeña placa con detalles de los primeros colonizadores de aquel asentamiento y un recuerdo amenazante de lo que podría regresar a ser el territorio.


[Ruina] “Este territorio está maldito, monstruos bajo el manto de Yami, males en el viaje de Alba. Hoy ha muerto mi defensor y un pretor. Apenas quedamos poc…”.


Muchos leyeron las primeras partes del párrafo y se dedicaron a ignorarlo, centrándose en su lugar en la imagen brillante encima de la corona.


Continuando la costumbre, el Rey pasó a la cabeza de la fila derecha, dejando pasar a los herreros con sus armas más vistosas y más elegantes, otros con armas más robustas, pero bien pulidas, unos pocos con armas contundentes y poco cuidadas de aspecto, pero igual de útiles, y cerca del ingreso, las dagas o armas sin afilar. Los más empobrecidos solo llevaron lingotes de metal, en oferta de fabricar lo que el pretoriano quiera.


A la izquierda, la Santa dio paso a los diáconos, luego a los oradores y, posterior a ello, a los aprendices y, al final, los últimos tres, personas humildes de ropas incluso más simples, de tonos cafés o verdes poco vivos, en esperanza de ser escogidos como escuderos y poder formar parte de la Santa Fe; solo dos estaban por petición de la catedral en ausencia de los habituales guerreros escogidos.


A posteriori, notaron por fin cómo el camino era eclipsado por el paso de todos los guerreros y con ello el recuerdo de la procesión y una sorpresa incluso más visible: la armadura del pretoriano era de un blanco perla, solo tenía los bordes dorados y nada más, señal de pureza sí, pero al mismo tiempo la falta de afiliación.


“Este pretoriano será alguien interesante”. —La santa examinó con detenimiento hasta que llegó al frente suyo y se puso a caminar a su lado por la izquierda—. “Su vestimenta es demasiado simple”.


“Por favor, que escoja alguno de mis allegados”. —Contempló al pretoriano seguir caminando impasible entre las muchas armas—. “Puse mucho esfuerzo en que mis herreros participaran; si escoge alguno de ellos, estaré más que feliz”. —Los pensamientos se dejaron ver en el rostro de Sebastián, pero solo llegaron a ojos de sus súbditos—. “¿Por qué no se ha detenido aún?”.


Los pensamientos de ambas partes no hicieron sino congeniar en la idea de que el pretoriano era extraño, y la ausencia de un nombre en la armadura no hizo sino preocupar a las personas. Los casi ciento setenta pasos fueron silenciosos por la tierra apenas húmeda, pero interrumpidos por una marcha más que clara de un paso compartido por todos los que ingresaban y solo detenida por la entrada.


La santa entregó la daga a la joven chica con apenas un escudo de madera, pintado de blanco en el centro y negro el borde metálico medio cuadrado y la madera de color rojo; se inclinó y siguió por detrás a la santa.


Por su parte, el Rey tomó el lingote, algo menos alegre que su llegada, pero al mismo tiempo agradecido de que el objeto no fuera pesado.


La procesión continúa hasta la plaza central, donde todas las tropas que defendían Runa, tanto la guardia blanca como los guerreros del rey, se mantuvieron firmes con gran orgullo.


Todos estaban atónitos al ver cómo el pretoriano ascendía por los escalones de madera a la plataforma y aún más al ver gente humilde al lado de figuras tan importantes como el rey y la santa. Un silencio expectante se apoderó del lugar a la espera del discurso, las promesas y juramentos de protección del territorio santo, la seguridad de que los problemas se resolverían, como muchos otros habían jurado en el pasado.


Cuando empezó, tanto sus acompañantes como el propio público voltearon la mirada al pretoriano, sacándose el casco, revelando un rostro, cuanto menos entrañable, una clara cicatriz que parecía hundir el cachete y parte del cuello, claro festín de algún animal afortunado, y la ausencia de la parte superior de la oreja a la izquierda, al lado contrario de la cicatriz, cosa que por un momento llevó a todos a dudar de cómo se resolverían las cosas o si respetaría los juramentos que pronto haría.


—Gente de Runa, soy Lucius; mi llegada no es de su agrado y no espero que lo sea. —Sabía muy bien del insulto que estaba mandando y la ausencia de las maldiciones fue incluso más preocupante—. Mi juramento: proteger a la gente dentro de estos muros; mi deber está con la Santa y el Rey. —Extendió las manos como intentando ejemplificar el hecho, indicándolos por detrás, como ofreciendo una buena vista del paisaje—. Las máximas autoridades aquí presentes, pero muy en el fondo de mi ser, siento que Alba me ha dado la oportunidad de probarme a mí mismo y también. —No supo en qué momento bajó las manos, algo menos animado, y se recobró con fuerza devolviendo la mirada a su público—. Siento que en realidad me mandó aquí en deber de augurar paz para con mi gente; por ello, aquí y en presencia de todos quiero dejar clara una cosa. —La voz medio fuerte hasta la mitad del discurso pasó a solo ser Sebera y en un tono más profético—. Juzguen, ¿soy digno de servirles? —Levantó la mano opuesta al casco y formó un puño.


Todos, sorprendidos o conmocionados, no entendieron qué pasaba, pero los primeros rastros de aplauso de los esclavos y guerreros que llegaron con el pretor empezaron a animar el ambiente.


Como un detonante del fervor, los murmullos de auténtica seguridad que se elevaban poco a poco a un fervor casi religioso, comenzando a atraer la atención de tantas criaturas más lejos de las murallas que pronto se abalanzarían contra las murallas, en su deseo salvaje de devorar a las presas dentro de la jaula de piedra blanca, mientras un guerrero de escamas negras contenía a los más impacientes de entre los suyos o ejecutándolos en función de su descontrol, fuera por hambre o por instinto sanguinario.


La ovación de la gente no hizo sino despejar toda duda y los pocos conmovidos empezaron a orar a Alba, mientras más y más gente daba un saludo más cortés, los dedos alejados cuanto se podía el uno del otro y ambos ojos tapados por la mano opuesta, dando señal de una vista eclipsada de luz y medio agachados. Las plantas degustaron de los más ingenuos o más pequeños animales del bosque, antes de seguir los grupos más grandes, rumbo a las piedras blancas de nuevo, maravillados de cómo se repetía el ciclo de nuevo.


Los tres nobles entre la multitud no mostraron sino desagrado por cómo parecía dejar sus deberes oficiales de lado en pos de querer ganarse al pueblo, más propio de un rey que de un pretor, pero el fervor que llegaba en respuesta solo podía ser equiparado a las palabras de la santa.


El rostro no auguraba ninguna confianza, semejante marca de vergüenza para la mayoría que conocía, aunque fuera un poco del tema guerra; los guerreros deben tener un rostro inmaculado, se desea en las escrituras, y solo había dos personas en Runa que sabían el origen de dicho mal. La primera la veía revestida de luz desde la catedral a lo lejos y aun así tan visible a su vista como si estuviera delante de esa plataforma; el otro, en cambio, tenía la atención fija en la mujer de luz a pesar de que había empezado a aplaudir para incitar a todos en el inicio.


Ambos lados no hicieron sino sentir lo mismo, compartiendo un mal presentimiento que rápidamente se convirtió en repulsión, pero la cabeza de cada uno de los bandos se quedó entre indiferente y sorprendida, pero no cambió mucho la estructura social; la desconfianza ya se había sembrado en los más inteligentes entre la multitud al no poder recordar los juramentos de un pretor y los poderes amenazados de la nobleza y la catedral.


Para el momento de partir, ambos se pusieron a los respectivos costados en esperanza de ganarse el favor del pretoriano, pero en la mente de los escalones más bajos, un destello de deseo de control sobre los movimientos del pretor, fuera cual fuera el lado escogido.


A la izquierda, Runa con camino al templo, esperando a escoltar al nuevo pretoriano a sus aposentos dentro de la catedral; todos listos y contemplando a la nobleza en el lado opuesto, mientras la armadura blanca era seguida por sus dos elegidos, mirando al frente, a la muralla, a la espera de la orden del pretor.


A la derecha, el Rey, listo para guiarlo al palacio con un banquete digno de recordarse, mucho material listo para ser distribuido y tratar mejor el tema refuerzo de cada casa; mientras veían a los diáconos, parecían algo preocupados y cómo el casco de blanco y dorado evitaba de nuevo ver el rostro del nuevo pretoriano.


La sorpresa llegó nuevamente a ambas facciones, cuando ambos caminos fueron dejados de lado y continuaba rumbo a la entrada, y ambas autoridades, claramente superadas en los pocos sentidos que tenían del momento, notaron cómo el lugar se eclipsaba de oscuridad a pesar del brillo radiante del mediodía.


El paso por fuera de la plataforma lleno de certeza, la caída poco más alta que un esclavo no le hizo titubear al dar los siguientes pasos hacia el público; los otros dos sorprendidos vieron el problema y decidieron bajar por las escaleras para darle alcance.


La gente estaba igual de atónita; no era ninguna sorpresa que el templo fuera el más escogido y ambas partes comenzaron su viaje de regreso a sus respectivas residencias, conscientes de que el nuevo pretoriano sería un dolor de cabeza, pero ninguno podía dar pruebas o señal de ello; solo el tiempo sabría darles la razón o reprochárselo si decidían hablar.


El herrero tuvo miedo por un momento mientras caminaban sin detenerse; de haber sabido que eso pasaría, hubiera traído un arma anteriormente forjada, por más que fuera usada; incluso su martillo le parecía algo más útil y, por su parte, notó a la guerrera a su lado con el mismo nerviosismo.


—Di-disculpé, ¿sabe a dónde vamos? —Con el lingote en mano procuro imitar el andar del Rey tras recogerlo del piso de aquella plataforma de madera.


—No. —Se preocupó de la túnica manchada de polvo que portaba.


—Tropas en marcha. — Lucius dio la señal olvidando que no tenía arma usando su mano para imitar el filo.


Abrió la palma a su límite para imitar la orden de los guerreros que usualmente tenían alguna montura, conteniendo bien la impaciencia, mientras los guerreros continuaban su camino rumbo a las murallas blancas, que en ese momento parecían plomas y la oscuridad de las nubes empezaba a imperar.


Solo en ese momento los dos se detuvieron, esperando recibir órdenes, en especial porque se ponía frente a ambos, siendo lados completamente opuestos.


—Chico, ¿dónde está tu herrería? —Dirigió una mirada examinadora que no se notó por el casco.


—P-por aquí, mi señor. —Señaló, mientras esperaba no llevar demasiada conmoción a su familia.


—Disculpe, mi señor. —La escudera ya veía el momento de su ejecución si decidía no luchar—. ¿Por qué no escogió ir con ninguno de los dos líderes?


—Escudera, ¿tienes nombre?


—No, mi señor. —No supo si Alba la ayudó o quizá Yami la reclamaba.


—Veré que te pongan uno cuando el problema termine; por ahora dime tus capacidades. —Limito un poco su paso para no adelantar a ninguno de los dos, a uno por guía y a la otra por cortesía.


—¿Disculpe? —Con tantas interpretaciones dudaba de responder.


—Forma de pelear, armas destacadas. —Indico con los dedos, sin esforzarse mucho en ejemplificar—. Si conoces alguna preferencia, ahora es el momento de aclarar tu nuevo armamento.


—Ya entiendo, mi especialidad es la daga y la espada corta. —Por instinto elevo la daga que incluso había olvidado de dónde vino, pero continúo con prisa a elevar el escudo y ponerlo por arriba del mentón—. Mi escudo principalmente lo uso para ataque o prevenir flechas.


—¿Qué más? —Asimilo la información con rapidez, de tanto trabajar con la guardia blanca, mercenarios y más.


—S-soy buena robando, mi señor. —No supo por qué lo dijo, pero el arrepentimiento era fuerte.


—¿Qué más? —Desconcertado, mas no sobresaltado, continuó, repitiendo la pregunta.


—N-nada más, mi señor, mi experiencia ante Alba es muy poca. —Un destello de sorpresa la hizo dudar.


—¿Ante Yami también? —Había oído muchas veces esa pregunta y por primera vez la estaba usando, no muy seguro del significado que podría darle la gente.


—F-fui esclava; acompañaba banquetes con cánticos principalmente. —Se tomó del brazo derecho, logrando ocultar el desagrado de esos días—. Me gané mi libertad al salvar a mi anterior dueño.


—¿Qué más? —Entendiendo un poco mejor el concepto, repitió por si acaso.


—Nada más, mi señor. —Ya no sabiendo ni qué pensar, decidió guardar silencio.


—Si sobrevivimos, te empezaré a enseñar. —Imagino a una guerrera ágil, no a una capaz.

Las casas destartaladas por fin dieron lugar a una herrería un poco menos grande de lo esperado, pero consciente de que sería fácil de recordar. Por detrás, las tropas seguían su camino rumbo al final de las murallas y un par de esclavos se quedaron haciendo de puntos de referencia para guiarlos en caso de perderse.


—Aquí es mi señor, está un poco desordenado, así que pido paciencia. —Retiró el atasco con el gancho y abrió la puerta en su totalidad.


—Paciencia es lo último que puedo darte; tenemos prisa, llama para que entremos. —Tarde notó cómo la puerta se abría y un pedazo de metal sonaba raspando madera.


—Pase, por favor. —Ya no sabiendo qué más decir, se limitó a ir al mostrador, como tantas veces había visto hacer a su padre con los clientes.


Luego de pasar, como la oscuridad parecía total, la antorcha fue prendida y con ello se reveló una cantidad pobre de armas y escudos, mientras notaban cómo agacharse era en parte necesario para no chocar con las cosas colgando, mangos de madera curiosamente cuidados.


—Escoge el arma que gustes y ponla en la mesa. —Contempló cada espada y su apreciación bajo otro nivel al ya deplorable que esperaba y comenzaba a lamentar la decisión.


Muchas necesitaban mantenimiento o un filo para considerarlos armas, mientras otros materiales de madera tenían entre desgastes como grietas o problemas de quemaduras, pero la curiosidad de Lucius lo llevó a tomar un par de mangos colgantes y los bajó, mientras balanceaba, sintiendo el peso equilibrado.


“Sin duda para martillos de guerra”. —Dio por finalizada la búsqueda—. Herrero, ¿cuánto tiempo te tomará afilar estas varas?


—E-esas son para martillos; afilarlos tomaría mucho tiempo. —No le gustaba la idea de entregar algo de metal, en especial al ser un trabajo que nunca terminó.


—No te pido un filo deslumbrante, pido un filo, chueco o curvo; la idea es que genere cortes en la piel del enemigo, nada más. —Puso ambas barras en la mesa sin cuidado.


—Bueno, no mucho, quizá al anochecer. —Calculo con prisa, no sabiendo cómo lo tomaría la familia.


—Y escoge alguna espada más para mí. —Sacó la prueba que le habían sugerido.


—A la orden, mi señor. —Tomó una barra y corrió al horno; para su agrado, ya estaba prendido.


Runa Santa del territorio de mismo nombre.

30 años de servicio en su templo.

Usualmente vestimenta blanca máxima autoridad en Runa.