Capítulo 1
Keila no lo notó la primera vez.
El sonido era sutil. Demasiado ajeno en la categoría de sonido. Una interrupción más que un ruido. Pero al tercer día, cuando apagó la luz del baño después de ducharse, volvió aparecer. No era el clic del interruptor. Era lo que venía justo después. Un zumbido leve, el cual cada vez tenía que concentrarse menos para oír.
Volvió a encender la luz. El zumbido se hizo más evidente, como una membrana vibrando a través de su cráneo. Lo apagó, pero el sonido no se fue. Se volvió más tenue, si, pero permanecía. Inamovible. Como si la luz hubiera exhalado algo que no era aire, un residuo sonoro que se pegaba en los azulejos. Esperó unos segundos conteniendo la respiración, esperando que su cuerpo fuera el culpable de su incomodidad. Nada. El zumbido seguía. Mientras más se concentraba, sentía como eso lo envolvía todo.
No se lo comentó a nadie. Ni a Criss, que últimamente se invitaba sola a su departamento. Tampoco dijo nada a Narel, que aún le escribía con insistencia. A veces le dejaba emojis. A veces, párrafos largos que parecía haber borrado y reescrito varias veces antes de enviar. Ella los leía sin saber ya cómo responder.
Pensó que quizá era su oído. Buscó en internet un centro de salud donde pudieran atenderla con Fonasa. De esos que aparecen en las páginas medio desactualizadas pero que, con suerte, tienen una sala de espera tranquila. Llamó. Consiguió hora. Se esforzó como nunca para levantarse temprano del departamento que arrendaba y ponerse algo decente.
La doctora la llamó al box. Usaba un delantal muy blanco y no la miró casi nunca a los ojos. Le metió un otoscopio en la oreja y vio en una pantalla, como a pesar de tener restos de cera en el estrecho canal auditivo, estaba dentro de lo normal. La felicitó por haberse atendido, aunque su tono no parecía celebrarlo.
Keila decidió hacer caso omiso al desinterés que tuvo la doctora, cuando le comentó el problema del zumbido constante. Lo mencionó al inicio de la atención, y solo se retomó fugazmente en un “a veces es estrés, “cosas del sistema nervioso”. Frases como cápsulas que la doctora parecía haber dicho mil veces.
Salió del box con una orden para una audiometría. No entendió muy bien para que servía, ni si era urgente, ni si debía volver. Nadie se tomó el tiempo de explicarlo. Caminó hasta la salida del centro con los papeles en la mano, con las suficientes ganas de dejarlo tirado, pero sin la suficiente vergüenza para no hacerlo fuera del hospital. En el primer basurero que encontrara.
Sabía que no volvería. Cada vez que iba al hospital, algo dentro de ella de desinflaba. No por las respuestas que obtenía, sino por la energía que dejaba en esos pasillos. El eco blanco de los recintos médicos la perseguía horas después, y siempre salía más vacía que antes de entrar.
Volvió a su vida, al mismo ruido.
El zumbido se hacía más notorio por las noches. Ella dejaba algún video en su computador, sin verlo realmente, buscando que el murmullo de fondo disfrazara esa frecuencia sutil. También lo sentía al bajar al metro en la mañana de camino al trabajo. En ese descenso prolongado hacia el subsuelo, con el aire denso y eléctrico. Cuando limpiaba los ascensores o se quedaba sola en los pasillos de baldosas grises, después de que su cuadrilla era enviada a otro punto.
Limpiar las escaleras se volvió su parte favorita del día. No era por la tarea en sí, sino porque ahí estaba el ruido. Ruido real, reconocible. Suelas de distintos tamaños, niños corriendo y gritando, vendedores con bolsa crujientes, voces desordenadas que se fundían con el zumbido metálico del tren al frenar. El chirrido del fierro, los sonidos retro y suaves del sistema de megafonía. Había algo en ese caos que la envolvía como un capullo; la protegía. Como si todo ese alboroto tuviera la gentileza de acallar esa molestia que incrementaba al pasar de los días.
Si le tocaba trabajar en una estación poco transitada, mojaba la mopa con demasiada agua, más de la cuenta. Le gustaba el sonido sucio que hacía al chocar contra el piso. Ese rugido turbio de agua mezclada con tierra y detergente. Ya no le importaba si era higiénico. Pasar la mopa cochina directa a la parte sin estrujar le permitía no pensar en el zumbido. Por segundos. Aveces sólo por un parpadeo. Pero era suficiente.
Entonces empezó a usar audífonos. No porque quisiera escuchar música. No acostumbraba a hacerlo. Nunca sabía qué poner, se perdía entre nombres de artistas, y le costaba decidir que género colocar. Ahora le daba igual. Solo buscaba otro tipo de sonido. Eran tan irregulares los momentos violentos que solo podía intentar soportarlos.
Tenía apenas unos pocos discos, y uno de ellos era de Marea Negra, la banda donde Narel tocaba el bajo. Él decía que no le gustaba como sonaban. Explicaba constantemente que su instrumento era menospreciado y que en las maquetas, que algunos llamaban EP, nadie sabía ecualizar bien un bajo. O se escuchaba demasiado fuerte o no se distinguía en absoluto.
En los inicios, cuando apenas lo conocía, no sabía cómo reaccionar a sus quejas. Le parecía bonito el tono con el que hablaba de lo que hacía, aunque muchas veces pensaba que se lo inventaba todo. Ella le agradaba la banda, era tranquila, con sonidos acústicos y eléctricos. Algo escuchó decir de un integrante: rock indie. Intentaba prestar atención al sonido del bajo. A veces creía que lo escuchaba. Otras se convencía de que habían sacado el bajo de la mezcla y ella se lo inventaba todo en su cabeza.
Hasta que un día Narel le mostró con su bajo acústico. Ahí entendió. Llevaba semanas inventándose el sonido inexistente de una melodía de bajo. Una extraña combinación de las partes graves de la guitarra y la batería. En ningún momento escuchó los estrafalarios sonidos que Narel insistía en incrustar a la canción.
Luego, Marea Negra sacó su segundo EP. Se llamaba “Cierto Babel compuesto en Talía”. Feña, el vocalista, le explicó que “compuesto” significaba “conoció” en un dialecto ficticio que ellos mismo habían inventado. Keila no preguntó más. Asintió con la cabeza y dejó que eso flotara.
Este segundo disco no le gustó al principio. Era otra cosa. Más violento, más sucio. Gritos, distorsión, bajos que parecían arrastrarse como cadenas por un suelo metálico. Pero justamente por eso, por esa saturación extrema y esa mezcla desprolija de volumen, algo en ella hacía clic. Había una textura que simplemente la llenaba y no necesitaba comprender.
Ponía la música al máximo. Se colgaba la escoba al hombro como si cargara una cruz, y se inclinaba sobre la mopa hasta que el agua tibia le empapaba las zapatillas. Se habían vuelto momentos placenteros del día. Ahí el zumbido se sentía menos. No era que desapareciera, sino que pasaba a formar parte de algo más grande, más denso y permisivo. Dolía, si, pero al ser reconocible, para Keila ya era un alivio.
En los horarios diurnos, el zumbido se perdía entre la gente, el chirrido de los trenes entrando a la estación, el ruido rítmico de las escaleras mecánicas. Pero poco a poco, Keila comenzó a sentir que algo estaba cambiando. Los dolores de cabeza se hacían más agudos, más punzantes, como si cada vibración externa encontrara una grieta en su cráneo para alojarse. Ya no sabía si eran provocados por la música que intentaba usar como escudo o por el propio zumbido, que se volvía más intrusivo, más real.
Zumbido. A esa altura la palabra ya no era suficiente. Sentía que cobraba forma, que era una presencia. En ocasiones se volvía tan estruendoso que Keila tenía que detenerse, sentarse donde fuera, presionar los párpados con fuerza, quedarse inmóvil -los brazos colgando, los hombros caídos- esperando que la frecuencia descendiera. Ni siquiera era para aliviarlo. Solo una adaptación temporal, una forma de convivir con algo que ya no parecía querer marcharse. Cuando lograba una tregua momentánea, se levantaba y se retomaba lo que estuviera haciendo.
Su voz interna desaparecía. Y el solo hecho de darse cuenta de eso le dolía más que cualquier cefalea. La ausencia de ese murmullo íntimo que la había acompañado siempre le dejaba un eco hueco. Pensar le costaba. Sentía como si cada intento de reflexionar generara un roce dentro de su cráneo. La música, ya lejos de ayudarla, la agitaba. Era peor aún cuando la empresa la derivaba al taller de mantención: un lugar vasto, metálico, donde el silencio era absoluto y el eco amplificaba cualquier mínima vibración como un alarido.
Antes, ese lugar, era un momento tranquilo del trabajo. No conversaba mucho con sus compañeros, su equipo no era cercano, al menos no con ella. Por lo que el taller era un espacio seguro. Donde evitaba cualquier conversación rutinaria, saludos incómodos. Solo estaba ella limpiando, y el silencio que, lamentablemente, ahora la torturaba. Sentía el agudo zumbido como si una aguja minúscula le vibrara dentro del oído medio. Perforando, revolviendo. Y lo peor era que no podía huir de eso. Porque en ese silencio absoluto, donde cualquiera podría hallar calma, Keila encontraba su peor reflejo. El silencio le devolvía una imagen sonora de su propio deterioro.
En casa, garabateaba frases sin sentido, palabras sueltas, dibujos absurdos. Cualquier cosa. Se concentraba en el sonido seco y real del lápiz rozando el papel, ese crujido leve que no era un zumbido, que no era silencio. Siempre con su computador y su volumen encendido a 80, lo más alto que había medido que podía usar antes de que algún vecino se quejara por el citófono.
Duró semanas conteniendo el zumbido, como si lo tuviera entre manos todo el tiempo. Intentando evitar que se escapara, que le rasguñara los dedos. Hasta ya no soportar y dejarlo pasearse por la habitación un buen rato. Antes de que la volviera loca y tuviera que encerrarlo de nuevo entre su manos. Vivía con esa presencia, y cada vez, era más complicado convivir con ella.
Una mañana, con el celular entre las manos, lo miró distinto. Un pedazo de objeto opaco, de bordes firmes e imposibles. El rectángulo negro era una lámina de vidrio y circuitos. Encendió la pantalla por inercia. Los colores brotaron, y no podía entender algo que siempre le pasaba desapercibido. Unos subpíxeles palpitaban en patrones microscópicos. Era como si tuvieran una coreografía, sostenida por impulsos eléctricos. No podía evitar encontrarlo violento.
Le costaba sostener la mirada. Cada color parecía vibrar a un ritmo levemente distinto. El verde, como un insecto eléctrico. El azul, como chasquidos de hielo. El rojo, solo algo tibio, pero punzante. Ya no los podía diferenciar como colores, solo frecuencias. Y ese zumbido sordo, emanaba a la superficie. Se dio cuenta de que cada aparato a su alrededor -el celular, el computador, incluso la ampolleta inteligente que Criss le había regalado- contenía ese mismo temblor.
Eran artefactos pensados para ser invisibles. Pero ahora la cercaban. Y todo ese sistema de luz, ruido y vibración, se le adhería al cuerpo. Como un lenguaje incomprensible, solo entendió que estaba encerrada por todos los ángulos.
Por el momento, lo que más le incomodaba estaba justo frente a ella. El celular. El computador. Los otros artefactos parecían estar siempre al acecho, aunque estuvieran en silencio, irradiaban algo.
Encendía el celular solo si no había otra opción. Dejó de contestar llamadas, mensajes. El ícono de última conexión permanecía inmóvil.
Y esa ausencia no pasó desapercibida para Criss.
La conocía desde los días en que compartían cuadernos, auriculares y excusas para no entrar a clases. Y con el tiempo había aprendido a leerle el ritmo: Keila era de ciclos. A veces desparecía por días, otras por semanas. Luego resurgía, como si nada.
Pero esta vez era distinto. No era solo el silencio. Era el modo en que se había ido. Sin esa pereza que la acompañaba. Solo una ausencia dura, fría.
Había dejado de responder incluso con stickers, y eso -que parecía una tontería- le encendió una alarma.
No le escribió de nuevo. No quiso forzar. Pero empezó a pensar en ella cada vez que miraba el espacio vacío de sus conversaciones. Cada vez que recibía llamadas de Gabriel, o mensajes de Narel. Cada vez que volvía a su casa, cada vez que se acostaba con Marla. Simplemente no salía de su cabeza. Supo que no quería seguir esperando.
Hasta que decidió ir a verla.