SELENELION LOS NUEVE REINOS

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Summary

Habían pasado cuatro años desde que me marché y ahora regresaba para volver a encontrarme con todo lo que dejé atrás. Para encontrarme con sus ojos que no habían parado de cazarme en sueños, cuando le dejé solo y destrozado. Anhelaba que todo volviese a ser como antes, pero como podría serlo si ya ninguno éramos los de antes. Tendré que enfrentarme de nuevo al amor descontrolado, a la guerra y a la muerte para poder recuperar todo lo que perdí. Que la luna llena y el sol me guíen. Todo acaba pasando y todo acaba llegando.

Status
Ongoing
Chapters
20
Rating
5.0 6 reviews
Age Rating
18+

VOLVER, VERTE Y REMOVERTE

VOLVER, VERTE Y REMOVERTE

Abrí la puerta de nuestra casa para encontrarle tumbado en la campa entre las flores de la primavera. Estaba solo vestido con sus pantalones de deporte. Debía de haber salido a correr y descansaba allí recuperando el aliento y disfrutando de los primeros rayos de sol del día. Era toda una visión.

Estaba tumbado boca arriba, con los brazos cruzados tras la nuca. Su apacible y masculino rostro estaba en completa calma. Su pelo azabache estaba húmedo de sudor y por sus pectorales y abdominales podían apreciarse gotitas que brillaban bajo la luz del amanecer. Quería unirme a él en esa paz que destilaba. Beber de él y saciar mis ganas de recorrer cada centímetro de su férreo cuerpo con mis manos.

Sus labios me esperaban a escasos metros, necesitaba besarlos. Cuanto los había echado de menos. Cuanto había echado de menos sus manos sobre mi piel, sus caricias, sus besos, todo.

En cuanto atravesé el umbral de la puerta los rayos de sol calentaron mi piel confortándome al instante.

Avancé despacio intentando no perturbar su calma. Fue imposible porque nosotros éramos dos imanes que irremediablemente acababan uniéndose, éramos dos planetas orbitando el uno hacia el otro atraídos por su gravedad.

Se giró para contemplarme con sus preciosos ojos color miel en cuanto di el primer paso. Se incorporó y sonrió de medio lado. Era él hombre más atractivo que había visto jamás.

Y todo mío. Pensé.

Y todo nuestro. Mi loba.

Nuestro. Dijo el Ljosalfar en mi interior, la criatura de luz.

Me acerqué a él notando como las líneas doradas comenzaban a dibujarse irremediablemente por todo mi cuerpo.

Su sonrisa de medio lado se convirtió en una sonrisa pícara, entornó sus ojos seductoramente y se pasó la lengua por el labio inferior.

Yo ya ardía en anticipación.

La pequeña distancia que aún nos separaba era asfixiante, ahora que me miraba, que le tenía tan cerca casi corrí a sus brazos. Parecía que mi vida dependiese de alcanzarlo, de acortar esa distancia.

Me coloqué a horcajadas sobre su regazo y por fin nuestros cuerpos conectaron. Aspiré su delicioso aroma, olía al campo por las mañanas cuando sale el sol y aún esta mojado por el roció, a hojas verdes de primavera y a frambuesas silvestres. Olía a todo lo que yo amaba. Cada célula de mi cuerpo despertó, como un oso en primavera tras un largo invierno. Mi cuerpo parecía haber estado hibernando y su tacto era el único que conseguiría despertarme, sacarme de mi letargo.

Le besé sin poder contenerme más. Que delicioso placer, cuanto había anhelado besarlo, sentir sus labios, la electricidad que me provocaba solo con aquel contacto. Ni siquiera entendía como pude sobrevivir lejos suyo. Lo necesitaba como el respirar. El tiempo que pasamos separados fue la mayor de las torturas.

El beso aumento de intensidad y lo acompañamos de caricias y de un deseo incontrolable. Su lengua lo tomaba todo y sus manos viajaban ávidamente por mi cuerpo dejando un ardiente deseo por cada centímetro de la piel. Se detuvo un instante en sus caricias para agarrar mi camiseta y arrancármela del cuerpo, impaciente, deseoso de más, descontrolado, indómito.

Estábamos famélicos, sedientos, habíamos vivido en un desierto asolador donde nada conseguía alimentar o hidratar nuestras almas y ahora que por fin estábamos juntos necesitábamos saciar nuestra sed y hambre el uno del otro. Todo mi cuerpo temblaba, se estremecía y se derretía al sentirnos de nuevo. Era un coctel de sensaciones. Sus manos me enviaban sacudidas de placer que hacían que se me pusiese la piel de gallina. Sus besos enviaban descargas por mi columna vertebral y notar su deseo y su anhelo me inundaba de mis propias ganas de poseerlo.

La tela se rasgó en sus manos y la apartó de mí para que ya nada se interpusiese entre nosotros. Piel con piel. Sintiéndonos uno por fin. Juntos. Dos mitades que completan un todo.

El deseo de tenerlo era tal que comenzaba a abrasar mi interior. Yo era un volcán en ebullición a punto de estallar y de sacudir los cimientos de mi cordura con aquel calor tan ardiente. Con aquella lava que amenazaba con brotarme por cada poro de mi piel.

Entonces tuvimos un momento para retomar el aliento y contemplé como él ya no estaba en control y su animal lo tomaba. Sus iris color miel habían tornado en los ojos azules de su lobo y su atractivo rostro ahora se dibujaba anguloso y con facciones de su animal interior.

Intenté calmar el fuego que se desataba en mi interior pero fue imposible, perdí el control.

Las uñas afiladas en mis manos ya buscaban como acabar con el hombrelobo frente a mí. Sin comprender que él era mi mitad y mi todo. Quien me completaba.

Eriksen me miró con asombro y… y con rechazo.


Me desperté empapada en sudor con el corazón palpitando en la sien, más agotada que cuando me fui a dormir. Parecía que la cabeza me fuese a estallar, todo mi cuerpo estaba contracturado. Me incorporé e intenté recobrar el aliento. Estaba segura de que había estado gritando en sueños de nuevo.

Necesitaba salir a despejarme o me volvería loca. Había sido el sueño más vivido que había tenido hasta el momento, cuanto más nos acercábamos más reales parecían y más intensos se estaban volviendo. En este último casi había sentido su piel, sus manos. Aún ardía mi cuerpo por lo que habíamos hecho en sueños.

Salí de la tienda donde habíamos dormido y anduve por aquel paraje desolado, el yermo. Habíamos acampado allí, esperando al amanecer para emprender nuestra última etapa del viaje.

Habían pasado cuatro años.

Cuatro años desde que me marché.

Demasiado tiempo. Demasiado dolor.

Anhelaba ver el océano en sus ojos de lobo y el color miel en los de su humano. Lo anhelaba y a la vez lo temía.

El peor momento que vivimos, todo lo que pasó y el dolor que le provoqué al marcharme se había quedado tatuado en mi alma al igual que lo hicieran los mejores momentos que pasamos juntos. Ambos recuerdos compitiendo por el primer puesto.

Solo esperaba que él hubiese conseguido encontrar el equilibrio y recordase la promesa que nos hicimos de que nuestro amor sería sempiterno.

Que recordase lo que le dije antes de partir, que acabaría encontrando el camino de vuelta, que siempre volvería a él.

Su rostro cuando me fui, el dolor en sus ojos, era una imagen que no había conseguido olvidar en todos estos años.

¡Joder! Que necesario fue que me marchase y a la vez, cuanto la cagué al hacerlo.

- Nunca te había visto tan nerviosa pequeña. -dijo el rudo y gigantesco hombre que venía directo hacia donde yo estaba.

No tenía fuerzas suficientes para asentir o responderle con alguna estupidez. Quizá vomitaría si lo hacia. Sentí su enormísimo y pesado brazo sobre mis hombros como una manta y lo agradecí apoyando mi cabeza en su pecho.

Se echó a reír con esa voz de oso que tenía y su pecho retumbó acunándome en su vibración. Él nunca me había visto vulnerable como me veía ahora y le parecía de lo más gracioso.

¿Pero como no sentirme así? Si estaba a punto de volver, de verle y de que todo se me removiese por dentro.