Capítulo 1
Lola
El pincel digital temblaba ligeramente sobre la pantalla de la tablet, justo encima del escote de una mujer que no existía fuera de aquella imagen. Bueno, en realidad sí existía, pero solo en mi cabeza —y a estas alturas, eso era casi lo mismo. La estaba dibujando con los labios entreabiertos, como si susurrara un secreto inconfesable, y las manos hundidas en el cabello oscuro y desordenado de un hombre sin rostro, una figura que solo cobraba vida en mi imaginación. Era una de esas ilustraciones de martes por la noche, cuando las ganas de crear chocaban con la pereza, y la inspiración era tan volátil como el café frío que olvidé en la mesa.
Sexys, intensas, un poquito cursis —como esas historias que me gusta contarme a mí misma cuando estoy sola. Como yo, cuando me enamoro, aunque con la ventaja de que aquí no estaba incluida la parte del trauma posterior que, por desgracia, venía con la versión real.
Estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas en esa postura que solo los que pasan demasiado tiempo frente a una pantalla conocen bien, como si mi cuerpo hubiera olvidado otra forma de sentarse. La tablet reposaba sobre mis rodillas, cálido por el contacto constante, mientras mis dedos trazaban líneas invisibles que daban vida a la imagen en la pantalla. Mi moño, una maraña de mechones rebeldes, llevaba ya tres días aguantando sin dignidad alguna, esa especie de corona improvisada que solo la desesperación creativa y el desinterés por la apariencia pueden justificar.
La escena era casi romántica, si lograbas ignorar los detalles menos poéticos que la acompañaban: una taza olvidada con restos secos de café negro, casi petrificado, yacía en la mesa de centro; la manta que solía envolverme ahora mostraba manchas pegajosas de chocolate derretido, recuerdo dulce y pegajoso de una tarde sin muchas ganas de levantarse; y un leve olor a pizza fría se colaba en el ambiente, mezclándose con la humedad tenue que traía la ventana entreabierta. Así era yo, una artista en su hábitat natural: desordenada, imperfecta y completamente absorbida por su pequeño universo.
Escuché la puerta de entrada crujir al abrirse, pero ni siquiera levanté. Era uno de esos sonidos familiares que ya no me sacaban de mi burbuja creativa, pero que igualmente traían una sensación de calma extraña, como si a pesar del caos, alguien estuviera ahí.
—¿Has cenado? —la voz de Darío llegó desde el pasillo, baja y sin prisa, pero con ese dejo de preocupación que siempre intentaba ocultar tras el sarcasmo.
Solté un suspiro y solté sin pensar:
—¿Contar galletas de dinosaurios como cena anula mi condición de adulta? —Mi voz sonó tan natural como un reproche divertido, porque a estas alturas, mis “cenas” eran un desastre.
La risa grave llegó antes que sus pasos. Finalmente apareció, con esa camiseta negra tan ajustada que parecía diseñada para resaltar cada músculo que, según mi cálculo, él ni siquiera sabía que tenía. Su pelo estaba un poco revuelto, como si acabara de levantarse de la silla frente al ordenador tras horas de programación. Siempre he pensado que es uno de esos hombres que parecen sacados de un anuncio de aftershave, incluso después de un día sin ducharse. Guapo, sí. Pero lo bastante imbécil como para no creérselo. O al menos eso me repetía cada vez que me sorprendía pensando en él más de lo que debería.
—Te traje ramen —dijo, alzando una bolsa de papel que olía maravillosamente a jengibre y especias.
—Te amo —le solté sin avisar, porque el ramen es el lenguaje universal del cariño, ¿no?
Me lanzó una mirada rápida, con una ceja alzada, ese gesto suyo que decía “¿En serio?”
—Solo por la comida —aclaré con una sonrisa ladeada.
—Claro —respondió, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos, como si ocultara algo entre la broma y la seriedad.
Nos sentamos uno al lado del otro en el sofá, como si fuera la coreografía perfecta que llevábamos practicando años. Yo aparté la tablet con cuidado, casi con reverencia, y él colocó la bolsa de papel entre nosotros, dejando los fideos humeantes justo en medio. Nuestro “nosotros” se reducía a eso: comida compartida sin complicaciones, sarcasmo crónico como idioma común, esas series de las que ninguno se atrevía a admitir la obsesión, y, de vez en cuando, sexo que desaparecía de la memoria al amanecer.
En teoría, éramos amigos. En la práctica… bueno, simplemente no le dedicábamos demasiadas neuronas a definirlo.
—¿Otra chica desnuda sin ojos? —preguntó Darío, echando un vistazo de reojo a la pantalla de mi tablet.
—Están cerrados. Está en éxtasis —respondí, dándole un codazo que terminó siendo más suave de lo que pretendía.
—Ah. ¿Como tú anoche?
Me atraganté con un sorbo de caldo. Tosí, con la garganta ardiendo, y una risa forzada se escapó entre las tosidas.
—Idiota —le lancé, medio molesta, medio divertida.
Él se encogió de hombros con una sonrisa ladeada, claramente orgulloso de sí mismo, como si hubiera ganado alguna batalla invisible.
Yo, por mi parte, fingí no sentir el calor que empezaba a subirme por el cuello, esa mezcla incómoda de vergüenza y algo mucho más intenso, más peligroso. Lo peor de Darío no era lo que decía, sino cómo lo decía. Esa voz suya, baja, tranquila, con ese deje de indiferencia calculada, como si nada realmente importara en el mundo salvo esa pequeña broma a mi costa. Y ahí estaba yo, justo ahora, sentada a su lado, imaginando su mano deslizándose bajo mi camiseta, el roce leve y prohibido, un fuego que sabía que no debía encender.
Respiré hondo, tratando de calmar mi mente revoltosa, y tragué saliva con esfuerzo. Otra regla mental para la lista de cosas que debía evitar a toda costa: no lo mires mucho rato cuando estás vulnerable, hambrienta o con la regla. Y, sí, esa noche tenía las tres. Como para que el universo conspirara en mi contra.
Me concentré en el ramen como si fuera un manual de supervivencia. Tragué los fideos con esa mezcla de gula y resignación que solo se siente cuando sabes que comer es más seguro que hablar.
—¿Vas a ignorar lo que dije? —preguntó él, alzando una ceja mientras removía el caldo con los palillos.
—¿Lo de anoche? No, lo archivé en mi carpeta mental de “cosas que no analizaremos jamás”. Está justo al lado de “cuentas sin pagar” y “cosas que dije borracha”.
Él se rió, esa risa baja y corta que siempre me daba ganas de o bien besarlo o bien lanzarle el bol a la cara. No estaba segura de cuál impulso ganaba, lo cual decía mucho de mí y poco de mi autocontrol.
—Podrías agradecer que tengo buena memoria —dijo, dándome un empujoncito con la pierna.
—¿Buena memoria? Si no fuera porque tu teléfono te recuerda hasta que tienes que respirar, vivirías en un universo paralelo sin tiempo ni espacio. Como los gatos. O los políticos.
—Pero con abdominales —replicó, y levantó ligeramente la camiseta, lo justo para mostrarme que, efectivamente, seguían ahí.
Desvié la mirada con tanta rapidez que seguro me gané un esguince de dignidad.
—Eso es trampa —murmuré, haciendo como que buscaba una servilleta y no mi dignidad perdida bajo el sofá.
—Lo nuestro es trampa desde el principio.
Esa frase me dejó congelada, como si alguien hubiera abierto el congelador y metido mi alma dentro. Lo dijo en tono ligero, casi como una broma más, pero el subtexto estaba ahí, latiendo como una alarma silenciosa.
No dije nada. Solo mordí un trozo de alga con más rabia de la necesaria y me concentré en masticar mis emociones. Tenían sabor a jengibre, picaban un poco y se atascaban en la garganta.
Silencio otra vez. De esos que no incomodan, pero te sacuden un poquito por dentro.
Darío bajó la vista al bol.
—¿Quieres ver un capítulo de Mi vecino es un asesino en serie? —preguntó al fin, como si nada.
—Oh, sí. Hoy tocaba uno de Kansas que escondía los cuerpos bajo las escaleras, ¿no?
—Exacto. Un clásico del género: psicópata con cara de contable.
—Lo nuestro, pero con menos trámites y más sangre.
Darío se dejó caer en el sofá con la naturalidad de quien lo considera una extensión de su cuerpo. Se acomodó con el bol en una mano y el mando en la otra, ese equilibrio perfecto que solo él parecía dominar sin volcarlo todo encima. Levantó una pierna, la apoyó en el borde de la mesa como si estuviera solo en su cueva, y empezó a hacer zapping con la precisión quirúrgica de alguien que ya sabía exactamente qué buscar, pero se hacía el interesante.
Yo fingí mirar la pantalla, pero no podía evitar que se me fuera la vista. A su clavícula asomando bajo la camiseta. A sus dedos largos sujetando el tenedor como si fueran parte de él. A ese gesto que hacía con la boca cuando se concentraba, apenas una línea apretada y seria que nada tenía que ver con la sonrisa idiota de hace un momento.
Tragué saliva. Otra vez. Ya iba por la tercera sin necesidad de líquido.
—¿Por qué tarda tanto en cargar esto? —gruñó, golpeando el botón de “menú” como si eso fuera a acelerar el Wi-Fi.
—Porque vives en el siglo XIX, Darío. Lo siguiente es que salgas a soplarle al router.
Él me miró de reojo, con esa expresión que usaba cuando intentaba no reírse pero igual le temblaba un poco la comisura del labio.
—O puedes venir a soplar tú —murmuró, sin levantar mucho la voz.
Lo ignoré. O hice el esfuerzo monumental de parecer que lo ignoraba, que en este tipo de dinámicas viene a ser lo mismo.
El programa por fin apareció en la pantalla y él se relajó aún más, como si la gravedad tuviera un trato especial con su cuerpo. Se hundió en el sofá como si pensara quedarse ahí a vivir, con el bol apoyado en el pecho y el mando ahora a mi lado, entre los dos, como una frontera invisible.
Y yo... bueno, yo seguía mirando de reojo, como una idiota con carnet. Como si no me supiera el guion de memoria y aun así esperara que, esta vez, el final fuera distinto.
Habían pasado dos capítulos enteros y probablemente tres asesinatos brutales cuando me di cuenta de que ya no estaba prestando atención a nada que ocurriera en la pantalla. Mis piernas estaban enredadas bajo la manta, mi cuerpo en modo fetal de supervivencia menstrual, y una leve punzada me recordaba que mis ovarios estaban en huelga, exigiendo derechos laborales y chocolate suizo.
Los restos del ramen seguían en la mesa como testigos silenciosos de nuestra convivencia disfuncional. Darío había dejado el bol medio ladeado, con un par de fideos resecos colgando del borde, como si eso no violara todas las leyes básicas del respeto humano. Pero lo ignoré. Igual que ignoré que él se hubiera estirado un poco más hacia mi lado, lo justo para que nuestros brazos se rozaran “por accidente” cada vez que él cambiaba de postura. Ajá. Seguro.
Yo estaba acurrucada en mi esquina del sofá como un gremlin malhumorado, pero el calor que sentía no tenía nada que ver con la manta ni con los calambres. Era hormonal. Era corporal. Era... él.
Y él, claro, ni idea. O eso me hacía creer. Seguía mirando la pantalla con cara de estar muy metido en la historia, aunque lo conocía lo suficiente para saber que llevaba por lo menos media hora sin procesar un solo dato. Cada tanto, se pasaba la mano por el cuello o se estiraba como gato satisfecho, y yo... yo sentía que tenía la libido instalada en los párpados. Todo me parecía demasiado. Demasiado calor. Demasiado roce. Demasiada piel a la vista. ¿Por qué tenía que tener esas malditas venas marcadas en los antebrazos? ¿Quién le dio permiso?
—¿Estás bien? —murmuró de pronto, sin apartar la vista de la tele.
—Sí. No. O sea, estoy en fase “si me hablas me irrito, pero si me ignoras también”.
—Perfecto. Fase clásica. ¿Quieres chocolate o que me calle?
—Ambas. En ese orden.
Él se rió suavemente, y su risa me hizo odiarlo y desearlo a partes iguales. Luego giró apenas la cabeza para mirarme.
—Estás rara —dijo, con ese tono que parecía una burla pero que en el fondo escondía curiosidad.
—Estoy hormonal. Y tú estás muy cerca.
—¿Quieres que me aleje?
Pausa. Ay.
Mis labios se fruncieron, como si estuviera calculando el nivel de sinceridad que mi dignidad podía soportar.
—No —dije al final, con voz más baja de lo que hubiera querido.
Él asintió despacio, sin decir nada más, pero volvió a quedarse quieto. Tranquilo. Casi respetuoso. Lo cual, irónicamente, solo empeoraba todo.
Porque si se hubiera acercado de golpe, yo habría reaccionado con una buena dosis de sarcasmo y patadas. Pero así... así, tan quieto, tan paciente... me dejaba con espacio de sobra para pensar. Y ahí, en mi mente, era donde el desastre solía empezar.
La pantalla seguía iluminando la habitación con flashes intermitentes de crímenes recreados con bajo presupuesto y efectos de sonido sospechosamente parecidos a una licuadora rota. Pero Darío no se movía. Seguía ahí, a mi lado, con la cabeza apenas inclinada hacia atrás, como si el sofá fuera el sitio más cómodo del universo y no una trampa emocional que compartíamos hace años sin atrevernos a mirarla de frente.
Yo intentaba concentrarme en la serie, lo juro. Pero su respiración tranquila, el leve vaivén de su pecho, el calor que irradiaba su cuerpo tan cerca del mío, eran más fuertes que cualquier asesino en serie de medio pelo. Y para colmo, la manta nos cubría a los dos. Manta compartida. El eufemismo moderno del “nos estamos metiendo en problemas”.
Me removí un poco, como quien busca una mejor posición para sus calambres, pero en realidad solo estaba intentando no pegarme más. Ni tocarlo más. Ni rozar su muslo con el mío. Spoiler: fracasé.
—¿Quieres que me aparte? —preguntó otra vez, con esa voz tranquila que usaba cuando se ponía en modo “no te presiono, pero te estoy leyendo como un libro abierto”.
—No. Me molesta que estés tan cómodo, eso es todo —dije, encogiéndome un poco más en mi rincón, como un bicho bola con dignidad.
—Perdón por no sufrir lo suficiente en tu presencia —dijo él, poniendo los ojos en blanco, pero sin moverse ni un centímetro.
—Podrías disimular. Hacerte el incómodo. Fingir que la estás pasando fatal por mi culpa.
—¿Como tú cada vez que me ves sin camiseta?
—Eso fue una vez. Y fue porque me distraje. Había luz directa y estabas sudado, fue una trampa evolutiva.
—Claro. Culpa de la biología.
Me eché a reír, aunque el dolor en la parte baja de mi abdomen me recordó que estaba en modo fragilidad. Me apreté la manta contra el estómago y apoyé la cabeza contra el respaldo, cerrando los ojos un segundo.
Darío no dijo nada. Solo bajó el volumen de la tele con un clic suave, y después escuché cómo dejaba el mando sobre la mesa.
Silencio.
Silencio cómodo.
Silencio que no pedía explicaciones.
Sentí su mano moverse muy despacio, apenas rozando el borde de la manta, y por un momento creí que iba a tocarme. Pero no. Solo la acomodó un poco mejor sobre mis piernas, como si me arropara. Como si supiera que eso —justo eso— era lo que podía darme ahora.
Y no otra cosa.
Mi pecho se contrajo un poco. Maldita regla. Maldito Darío. Maldita yo, que no podía dejar de pensar que a veces, solo a veces, lo quería más de lo que debería.
—Bueno, me voy a dormir —solté de pronto, como quien anuncia una evacuación de emergencia.
Darío me miró, alzando una ceja. —¿Ya? ¿No quieres saber si al final el tipo de Kansas escondía también a su suegra bajo las escaleras?
Spoiler: sí. Pero prefiero vivir con la intriga.
Me destapé de golpe, demasiado rápido para parecer casual, y casi tiro la manta al suelo. Sentí el bajón térmico como una bofetada, pero era eso o seguir ahí sentada mientras mi útero hacía origami y mi mente escribía fanfics protagonizados por sus brazos.
—¿Estás bien? —preguntó, con ese tono neutro que en él siempre tenía trampa.
—Sí. Solo... cansada. Hormonal. Tú sabes.
Me levanté sin mirarlo, recogí mi bol vacío porque el acto de hacer algo me mantenía en pie, y lo dejé en la encimera de la cocina como si fuera una obra de arte rota. Todo en mí gritaba huida estratégica: la forma en que me pasé la mano por el moño sin arreglar nada, el pijama de osos amorfos que decía “no me mires” pero en realidad quería decir “hazlo igual”.
—¿Quieres ibuprofeno o algo? —dijo desde el sofá, sin moverse, pero siguiéndome con la voz.
—Quiero dejar de ser mujer durante veinticuatro horas. ¿Eso se consigue en Amazon?
—Solo en versión Prime.
No respondí. Caminé hacia el pasillo sin girarme, sabiendo que si lo hacía, si lo miraba justo ahora, tal vez no me iría. Tal vez me sentaría otra vez. Tal vez haría algo estúpido como decirle ven conmigo.
Así que no lo miré.
Solo cerré la puerta de mi cuarto con más suavidad de la que me habría gustado admitir. Porque a veces la única forma de mantener la calma era poner una barrera física entre mi cuerpo y mis ganas.
Y Darío, últimamente, era ambas cosas al mismo tiempo.