Prólogo
A veces, una sonrisa es todo lo que hace falta para encender un fuego.
Una sonrisa sin intención, sin peso… sin culpa.
Una que no promete, pero que abriga.
Una que no ama, pero reconforta.
Él era eso.
Perú, un beta amable, de brazos tibios y ojos que hablaban antes que su voz.
Sonreía sin saber que sus gestos podían clavarse en la piel ajena como pequeñas astillas dulces.
Abrazaba como quien arropa un recuerdo.
No por amor, sino por naturaleza.
Y él,Japón... solo estaba ahí.
Silencioso, agachado, siempre un paso atrás del mundo.
Con los dedos manchados de grafito y una libreta demasiado delgada para contener todo lo que callaba.
Hasta que un día, alguien lo miró.
Y no fue cualquier mirada.
Fue Perú quien le recogió los papeles.
Perú quien le dijo: “son hermosos”.
Perú quien le sonrió, cálido, honesto, sin reírse de sus trazos.
Y en ese momento, sin saberlo,
el lápiz dejó de dibujar el mundo… y empezó a dibujarlo aél.
Desde entonces, cada gesto, cada anécdota, cada carcajada, fue quedando sellada en una hoja.
Un cuaderno tras otro, repleto de sonrisas que no eran para él,
pero que él reclamaba como suyas.
De abrazos que envolvían a todos por igual,
pero que al tocarlos, le hacían creer que había sido elegido.
Porque para quien ha vivido en la sombra demasiado tiempo,
un poco de calor puede parecer sol.
Y así empezó:
Con una sonrisa compartida.
Con un abrazo en plena carrera.
Con palabras suaves que jamás prometieron nada…
pero que alguien interpretó como todo.
Porque el amor, a veces, no nace del deseo.
Nace del malentendido.
De no saber diferenciar una mano amiga de una caricia.
De no entender que no todo lo cálido es correspondido.
Y mientras uno ofrecía ternura sin malicia,
el otro escribía en su mente una historia distinta.
Una historia de arte, de pertenencia… de obsesión.
Lo que para uno fue amistad,
para el otro se convirtió en destino.
Un destino que llevaría un nombre grabado en la esquina de una hoja.
Ese nombre.
Su título.
Cálido Muso.