El Camino Real

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Summary

El odio está en la naturaleza del hombre, ese es un hecho irrefutable. Basta con que un solo hombre odie, para que este envenene a toda la humanidad. Consumida por la ambición y codicia de unos pocos, la tierra se desangra en una guerra inesperada, mientras una entidad observa en la distancia. Maliciosa, sus entrañas se nutren con cada lamento, con cada pérdida, con cada gota de sangre derramada. Atrapados en una vorágine de odio interminable y cegados al terror que se aproxima, los hombres ignoran que su camino a la dominación de la tierra, los llevará inevitablemente a perderla para siempre. Tal vez sean aquellos ajenos a esta obsesión por la tierra, los que consigan oponerse a su trágico final.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

El odio está en la naturaleza del hombre, ese es un hecho irrefutable.

Basta con que el odio se apodere de un solo hombre para que este envenene a toda la humanidad.


Los Arminios sabían bien qué era el odio, lo sabían de sobra. Lo sentían, creciendo muy dentro de ellos como la mala hierba crece en la tierra. Dolía, como un vil parásito devorándolos por dentro. Quemaba, como el metal arde en la fragua: ardiente y voraz.

Aun así, como el mismo acero se resiste a ceder ante el calor de las llamas, los Arminios también se resistían ante tan implacable sentimiento. Algo lo mantenía a raya, encerrado, oculto; apretando y sofocando, hundiéndose en lo más profundo de sus almas como flechas envenenadas.

¿Qué cosa podía enjaular tan poderoso sentimiento?

El alba llegó, y con él, la luz vivificante del sol matutino iluminó la tierra, las praderas, los campos, los pueblos y las ciudades. La oscuridad de la noche desapareció, dando paso al claro y despejado cielo del amanecer, haciendo que hombres y mujeres salieran de sus casas, forzados por el comienzo inevitable de un nuevo día.

El asentamiento de Cumbre Trigueña había sido edificado sobre una colina, bajo los dominios del duque Jaime Letternwood. Ancha y llana en la cima, con un manantial natural que suministraba el agua para el riego y el consumo de la población, la colina era perfecta para posicionar un asentamiento. Rodeada por extensos campos de trigo que daban el nombre al poblado, la Cumbre Trigueña era conocida por ser uno de los asentamientos más fértiles y prósperos de la región norte del reino.

Pero, ofuscada por el presente, esa imagen había quedado relegada al pasado, como solo un recuerdo de tiempos mejores. Excluida a meras memorias, la prosperidad daba paso a la miseria, que, como un grito desesperado, retumbaba cual eco en todas las tierras de la corona.

-Fue devastador -musitó casi sin fuerzas un lancero de la milicia-, realmente devastador...

-Los expulsamos muchacho, una vez más, y lo haremos otra vez. Lo haremos las veces que sea necesario -dijo Sir Orwin a su lado, en un intento por animar al lancero. Manchadas de sangre y tierra, sus prendas eran la clara evidencia del martirio que habían sufrido el día anterior.

-Sí, y aún así...-dijo el muchacho, apuntando con su lanza hacia las tumbas que se extendían frente a ellos, en un gesto que no demostraba más que un profundo pesar -, si no hubiese sido por usted y sus hombres, todos hubiésemos muerto.

Sir Orwin dedicó un vistazo amargo al lugar donde descansaban los muertos, permitiéndose un breve momento para imaginar la vida en la Cumbre en tiempos mejores.

-Esos saqueadores... cada día son más. En cambio nosotros nos desangramos con cada visita de esos hijos de puta - exclamó el lancero con tanto rencor, que este escapó de entre sus ojos en forma de ríos de agua salada que corrían por sus mejillas. El caballero miró al horizonte, pasmado, con los ojos puestos en la tierra revuelta de las tumbas, pero con la mente en algo ajeno. Entendía el dolor del muchacho, después de todo, bajo la tierra yacían los cuerpos de sus vecinos, familia y amigos. Aun así, aquella visión de pesadilla no significaba nada para él; no era su familia, no eran sus amigos. Algo más era lo que lo consternaba.

Pocos habían perdido la vida en el último ataque, pero esa defensa le había supuesto al poblado un precio impagable. Los campos de trigo habían sido arrasados y las reservas para el invierno habían desaparecido. No había quedado nada. La situación era crítica, y a pesar de que los hombres de armas de Sir Orwin constituían el grueso de la defensa, no había comida suficiente para todos. La mano de obra calificada escaseaba casi tanto como el pan, y, con la prioridad de las reparaciones puesta sobre las defensas y el campo, a falta de mantenimiento, el poblado poco a poco cobró un matiz diferente. La naturaleza recuperaba territorio, brotando de entre la piedra de caminos y muros de casas abandonadas, en tan mal estado que algunas viviendas amenazaban, hace tiempo, con derrumbarse. Tras los campos sin cultivar, marchitos y desmembrados, sobre las matas de pasto asomaban los huesos de vacas, cabras y cerdos, sacrificados ante la incapacidad de poder alimentarlos. La otrora opulenta Cumbre Trigueña se mostraba ahora como un pueblo fantasma: pálido, demacrado, moribundo.

Destellos provocados por el choque del sol contra el acero aparecieron centelleantes en el horizonte. Detrás, figuras de docenas de jinetes avanzaron en dirección al poblado, levantando nubes de polvo ante el traqueteo del galope de sus corceles. Sobre ellos, un estandarte ondeaba en el aire, altivo. El blasón del rey se erguía imponente en el cielo violáceo del amanecer. Los murmullos comenzaron a sonar en las calles del pueblo: advertencias, lamentos, maldiciones y lloriqueos. Sabían lo que les aguardaba con la llegada de aquellos jinetes, y esperaban lo peor. La ira emanó de repente, ardiendo en los ojos iracundos del campesinado, al ver pasar, una vez más -como ya en tantas otras ocasiones, año tras año- a los enviados del rey, exigiendo hombres que lucharan en el este. Ya no tenía sentido, aunque siquiera pensar que alguna vez lo tuvo era llanamente inconcebible.

Hace cuatro años, cuando comenzó el reclutamiento, los primeros en viajar con el ejército real habían sido voluntarios. Lord Estern, hijo y heredero de Lord Jaime Letternwood, marchó con setecientos hombres respondiendo al llamado a las armas de su rey. En el camino, guerreros de todo el continente se sumaron a su comitiva: mercenarios, caballeros, guerreros veteranos y ciudadanos libres en busca de gloria.

El tiempo transcurrió y la guerra en el este no hizo más que acrecentar su crudeza, por lo que la corona ordenó el reclutamiento de la leva. Una nueva fuerza se formó en el territorio, más grande que la anterior, pero considerablemente más inexperta: soldados recién entrenados sin apenas equipo, campesinos, labradores y pescadores. Aquella fuerza, formada por Lord Jaime, constaba de mil hombres que viajarían al este para luchar en la vanguardia, donde serían masacrados.

Dos años más pasaron en un suspiro y el rey no pretendía detenerse, con lo que la leva continuó reclutándose año tras año. Desmembrando a la población lentamente, parte por parte.

Vestidos de acero de pies a cabeza, los caballeros arminios se presentaron en Cumbre Trigueña con presencia ominosa. Sus armaduras esmaltadas color rojo granate refulgían impolutas al contacto con los rayos dorados del sol, y la figura del Árbol de Mil Ojos descansaba inerte en medio de sus corazas, al igual que en el blasón real de la familia Belrose.

—Sir Orwin el Rojo, su señor nos dijo que estaría aquí —dijo el jinete que iba a la cabeza del grupo, con voz ronca y apagada.

-Discúlpeme Sir, pero no lo reconozco bajo todo ese acero -mencionó Sir Orwin, mientras golpeteaba con las manos la brigantina azul que llevaba puesta.

-Sir Martial Maxwell -se presentó el caballero levantando el visor de su casco granate, dejando al descubierto un rostro hosco e inexpresivo. Sir Orwin lo saludó con un gesto de la cabeza y el caballero cerró su visor, con el metal de este despidiéndose en un chasquido impaciente.

-¿Dónde esta el alcalde de este pueblo? -preguntó.

-Muerto -respondió Sir Orwin al instante -Mis hombres y yo acudimos en ayuda de la Cumbre después de su llamado, pero la batalla de todas formas se ha cobrado algunas vidas.-

Con un gesto del brazo le enseñó al caballero las consecuencias de aquel ataque, pero este apenas les dedicó un breve vistazo.

-¿Y usted? ¿Viene a reforzar la defensa de la Cumbre junto a sus hombres? -preguntó al jinete con ironía.

—Somos hombres del rey, Sir. Eso es trabajo de los hombres de los Letternwood -respondió el caballero con tono seco, demostrando que aquel comentario no le había causado gracia alguna -, solamente cumplimos las órdenes de su majestad.

El jinete extendió un pergamino enroscado a Sir Orwin, y este observó el papel con ojos entornados.

-Creí que los caballeros protegíamos al indefenso, no que éramos recaderos de reyes.

El caballero no respondió, simplemente lo observó a través de la rendija oscura en el visor. El pergamino cambio de manos y Sir Orwin vio el sello de los Letternwood impregnado al papel. Lo rompió sin prisa, y apremiante, su contenido emergió de la carta tan pronto como sus ojos se posaron atentos sobre él.

-¿Un nuevo reclutamiento? -escupió Sir Orwin casi con repulsión, clavando su mirada en el caballero, pero mudo, este simplemente lo observaba a lomos de su corcel cual armadura viviente.

-¿La corona aumentará la edad máxima a sesenta años y disminuirá la mínima a los dieciséis?

-Son palabras de su señor Jaime Letternwood, no de su alteza -gruñó Sir Martial, delatando el ínfimo ápice de paciencia que le quedaba. La desaprobación en los ojos de Sir Orwin era palpable, y el descontento estalló al instante. La indignación pronto habia brotado de las gargantas del campesinado, en forma de reclamos y protestas que poco a poco alteraban a los garañones de los jinetes.

-¡Nos acaban de atacar hace menos de una semana, hijos de puta! -gritaron alrededor.

-¡Todavía estamos llorando a nuestros muertos, bestias!

-¡Nos morimos de hambre! ¿Aun así el rey quiere que peleemos su guerra?

Nerviosos, los corceles comenzaron a agitarse ante los reclamos del pueblo, que poco a poco, se cerraba en torno a los enviados del rey como las fauces de una bestia. De pronto, una piedra voló por el aire e impactó de lleno en el acero esmaltado de Sir Martial, haciendo que este desenvaine su espada junto al resto de caballeros que comandaba.

-¡Sir Orwin! -rugió la armadura viviente con el acero refulgente de su espada apuntando al cielo

-¡Controle a estas bestias o lo haremos nosotros!

Sir Orwin mostró su palma enguantada a los campesinos que se acercaban, en un gesto pacífico que solo buscaba apaciguar el conflicto. Pero cual carga heroica de un general, la primera piedra lanzada fue seguida a la batalla por sus iguales, y una decena de piedras y objetos cayeron sobre los jinetes como una tormenta encolerizada. Sorprendido, Sir Orwin volteó hacia la muchedumbre y ordenó que se detuvieran, pero aquello en vez de extinguir las llamas del odio, pareció haberlas avivado aún más. Dos hombres de la milicia se lanzaron hacia uno de los caballeros que flanqueaba su formación, lo jalaron de su montura y uno de ellos apuñaló al caballo justo en el vientre. El animal relinchó, y el alarido de dolor posterior a su caída recorrió el poblado como un eco de pesadilla.

-¿Han perdido la razón? ¡Basta por favor! ¡Deténganse!

Sus gritos se perdieron en el aire, ofuscados por el rugido de la Cumbre Trigueña que ardía furiosa. Sabía que no había forma de evitarlo, pero debía intentar. Pero como un relámpago aterriza en la tierra destruyendo todo a su paso, un destello infernal emanó de entre la rendija oscura en el casco de Sir Martial, y sus esperanzas se evaporaron en el aire. De un color verde irreal, casi diabólico, la luz en los ojos de Sir Martial ardía como el fuego mismo, pero carecía por completo de su calor. La luz jade vociferó una orden muda, y la Cumbre entera -a excepción de Sir Orwin- hizo su voluntad. Cayendo de rodillas al suelo, el pueblo entero pareció haber perdido la vida en ese instante, desplomándose en el suelo como muñecos de trapo. Sometidos por la luz, hombres y mujeres miraban al suelo sin emitir palabra alguna: encorvados, sofocados y aterrados. No podían ganar, y lo sabía, todos lo sabían. La gente común nunca podría contra el poder divino de aquellos en los que corría la sangre de los Uthjar primigenios. Aquel poder, conocido como el Terror de Jade, no era más que un abismo inmenso e interminable que separaba a la gente común y los marginaba a una posición de inferioridad y servidumbre por el resto de sus días. Implacable, aterrador y definitivo.

Sir Martial Maxwell descabalgó de su montura, y la armadura lo siguió con el canto metálico que acostumbraba. Pintado de jade y granate, el caballero avanzó entre la multitud como una figura de ensueño. Radiante como el sol del verano más cálido, pero sumamente abominable. Parado frente a los hombres que habían apuñalado al corcel, el caballero ondeó su espada al viento cual estandarte en el campo de batalla.

-Han atacado a los enviados del rey, plebeyos -la voz de Sir Martial escapó de su casco como el rugido de una bestia hambrienta -Y eso se paga con la muerte.

Su espada dibujó un rápido trazo en el aire, para luego detenerse a escasos centímetros de aquellos a los que buscaba ajusticiar. Con ambas manos, el caballero apretó con decisión el mango de arma, mientras observaba a los hombres bajo él como un elefante ve a una hormiga en su camino.

-¡Sir Martial! -escupió Sir Orwin desesperado -¿Es esto necesario?

El caballero volteó el rostro hacia él, pero no respondió.

—Han perdido a su gente Sir. Están hambrientos y desesperados.

-Atacar a los enviados del rey es atacar al rey mismo -Decretó Sir Martial en un tono que no mostraba interés alguno en escuchar una réplica. Aun así, Sir Orwin respondió.

-No le pido que perdone sus crímenes Sir, le pido que muestre clemencia con los débiles e indefensos.

Ambos caballeros se miraron por un momento. Pero aunque solo uno llevaba el rostro descubierto, Sir Orwin se percató de que el ejecutor estaba meditando sus palabras. El silencio lo consumió todo a su alrededor, como si el mundo entero hubiese desaparecido a sus espaldas, dejándolos varados en un abismo inocuo que no parecía tener fin. Pero justo cuando Sir Orwin creyó haber conseguido el indulto para ambos hombres, una risa tétrica escapó maliciosa del casco del caballero.

—No se le muestra clemencia a la plebe, Sir. Se la castiga—musitó el caballero, justo antes de decapitar a uno de los hombres con el blandir inevitable de su espada. Atónito, Sir Orwin solo pudo observar en completo silencio cuando el acero volvió a morder la carne, cercenado la cabeza del otro hombre con precisión absoluta. Aterrados hasta la médula, nadie protestó ante el terror que se ejecutaba con completa impunidad frente a ellos. Paralizados, el pánico los enjaulaba con barrotes firmes e inquebrantables, en un abrazo frío y definitivo.

El miedo... bien sabían los Arminios qué era este sentimiento, que no hacía distinciones entre hombres y mujeres, siervos y nobles. El miedo estaba presente en cada corazón, en cada mente, en cada cuerpo. En ese instante, un hecho desolador se cernió sobre la Cumbre como un destino apocalíptico.

Nadie se alzaría en armas contra el déspota que llevaba a la ruina las tierras donde nacieron y se criaron. Nadie lo haría, y ese hecho retumbaba en cada rincón del reino. Presente en cada lamento, en cada sollozo, en cada pérdida, en cada pesadilla, en cada día; cada día los Arminios vivían sabiendo que nunca nadie lo haría, nunca nadie los salvaría, nunca nadie podría.

Así vivieron los Arminios, por años. El miedo apagaba las llamas del odio. Pero el odio seguía ahí, inextinguible.


Una entidad observaba desde la lejanía, paciente. Lentamente obtenía lo que necesitaba, y se hacía más fuerte, más grande, más real. Lo que anhelaba pronto estaría cerca. Ansiosa, observaba en lo más profundo de sus almas. Se alimentaba. Se nutría.

En su interior, una fuerza chisporroteaba como lava ardiente. Una fuerza oscura, maligna, obscena y escabrosa que siempre estuvo ahí.

Hoy, después de tantos años, por fin podía dejarla salir.