El Chico y la Lluvia
Hay cicatrices que nadie ve, pero que dictan cada paso que damos.
El chico y la lluvia.
El sol comenzaba a filtrarse entre las cortinas de la habitación de Olivia. Era martes, día de horneado, su favorito. No cocinaba bien, pero le encantaba intentarlo.
Se levantó de un salto, con cuidado de no despertar a sus compañeras de cuarto. Levantándose el camisón, se puso las pantuflas y fue directo al baño. Se miró en el espejo, como venía haciendo en los últimos días. Seguía viéndose muy niña. Sus compañeras de quince años ya hablaban de citas y mostraban cambios en sus cuerpos que Olivia todavía no veía en el suyo. No le dio demasiada importancia y siguió cepillándose los dientes.
Al regresar a la habitación, supo que tendría que despertar a sus compañeras, o la hermana Catherine entraría molesta.
—Emma, ¡despertate! Es día de horneado, ¡vamos! —le dijo mientras tiraba de una de sus piernas.
—Dejame, Oli, no quiero ir —murmuró Emma, adormilada. “Claro”, pensó Olivia, “se quedaron hablando de chicos toda la noche y ahora no se pueden levantar.”
Mientras Olivia terminaba de ponerse el uniforme, la hermana Catherine apareció. Su caminar sereno solo anunciaba que el grito estaba por llegar.
—¡Emma! ¡Siempre pegada a la almohada, arriba, vamos! —exclamó la hermana. Emma, asustada, cayó directamente al suelo.
Olivia pasó a su lado, sonriendo con un pequeño “te lo dije” y un guiño cómplice, antes de seguir a la hermana Catherine.
Sus compañeras decían que era demasiado obediente con las monjas, pero a Olivia no le importaba. Era su manera de agradecerles que la hubieran recibido, becado y cuidado, alejándose de los hogares de acogida que conoció hasta sus seis años. En el convento, era feliz. Y cada mañana lo confirmaba.
—¡Oli, esperame! —escuchó a lo lejos. Olivia se dio vuelta apenas y vio a Emma corriendo hacia ella, la mochila a medio colgar.
—¿Siempre tenés que hacer tanto lío para levantarte? —le dijo, sonriendo—. Quiero creer que trajiste los apuntes de biología, ¿no?
Emma palideció.
—Oli, por favor, compartime los tuyos. Te lo recompenso, te bordo lo que quieras en el taller. Sabés que soy buena —suplicó mientras apuraba el paso.
Olivia sonrió y aceptó. Emma había llegado un año después al convento y desde entonces se habían vuelto inseparables.
A lo lejos, divisaron a un muchacho alto con una bolsa en la mano. Era Owen, el hijo del panadero, compañero de escuela. Las hermanas solían insinuar que hacían buena pareja desde que, en segundo grado, Olivia le había regalado un dibujo de ambos cocinando. Ella no lo recordaba, pero las monjas se encargaban de revivir la anécdota cada vez que podían.
—Hola, Emma. Oli —saludó Owen, mirando de reojo a Olivia—. Traje unos sándwiches para el almuerzo.
Olivia agradeció mientras seguían caminando. La escuela quedaba a solo una cuadra del convento. Antes de entrar, recordó de pronto que había olvidado pasar a buscar el regalo de cumpleaños de la señorita Song: unas flores encargadas en la florería de la señora Rene.
—Chicos, discúlpenme, vuelvo en diez minutos. Me olvidé el regalo de Ms. Song —se excusó mientras corría en dirección contraria.
Después de esquivar bocinazos, dos perros que la persiguieron y varios tropezones, llegó finalmente.
—Doña Rene, disculpe la demora. Espero que las flores estén listas —le dijo con una sonrisa cansada.
—Claro, Oli, acá las tengo. El negocio está difícil, así que te agradezco haber confiado en nosotros —respondió la mujer. Olivia no podía evitar pensar en lo sola que estaba: sin su esposo, con sus hijos viviendo en la ciudad, la señora Rene había quedado prácticamente sola en St. Francisville.
—Más tarde vendré a tomar un té, si no le molesta. Es día de horneado en el convento, le traeré algunas masitas.
Se despidió rápidamente. Tenía apenas diez minutos antes de que cerraran las puertas de la escuela. Se detuvo un instante para guardar la billetera en el bolso. Al girarse de golpe, chocó con algo.
O mejor dicho, con alguien.
Cayó sentada al suelo, las flores quedaron desparramadas. Su primer reflejo fue recogerlas antes de que alguien las pisara. Gateó torpemente hasta tenerlas en sus manos y, solo entonces, levantó la vista.
Unos ojos azules, helados, la observaban en silencio. No le ofreció el brazo para ayudarla, ni pidió disculpas. Solo la mirada fija y el silencio.
El chico era alto, mucho más que ella, aunque no parecía mucho mayor. El cabello oscuro le caía ligeramente sobre la frente, dándole un aire desprolijo pero imponente.
Olivia se incorporó torpemente, intentando acomodar el ramo.
—Discúlpame, venía apurada y no te vi —dijo, usando el tuteo, sin pensarlo.
Nada. Silencio.
Empezó a sentirse incómoda. Con un leve gesto de cabeza, se alejó apurada. No podía llegar tarde.
A la distancia, el muchacho siguió observándola hasta que desapareció de su vista.
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El día en la escuela pasó rápido. El bullicio de la cocina no la dejaba concentrarse en las cantidades de la receta. Olivia siempre había tenido mala memoria; quizás eso era lo que más la complicaba al momento de cocinar.
Aquel martes horneaban para la cena comunitaria, donde las personas sin un plato de comida se acercaban al convento a cenar. Olivia amaba colaborar. Siempre pensaba en lo afortunada que era por tener un techo, abrigo y comida caliente.
Cuando los panecillos salieron del horno, guardó un par en su morral y se dirigió rápidamente a la salida. Le había prometido a doña Rene llevarle algunos, y no quería fallar a su palabra. Mientras cruzaba el patio, la hermana Catherine le pidió que pasara por el mercado a buscar algunas verduras, y le entregó la bicicleta para cargar las bolsas.
A Olivia no le gustaba andar en bicicleta. Se consideraba torpe, y sólo la usaba como apoyo para transportar cosas.
La tarde transcurrió entre charlas y risas con doña Rene. Le sirvió té, jugo, y hasta le regaló un ramo de flores frescas. Olivia amaba las flores; las sentía como pequeñas caricias de la vida.
De regreso, paró en la verdulería para completar el encargo. Mientras acomodaba las bolsas en la canasta de la bicicleta, escuchó el primer trueno. Al asomar la cabeza, comprobó que la lluvia había comenzado a caer con fuerza.
Suspiró, acomodó las cosas lo mejor que pudo y comenzó a caminar bajo la tormenta. El agua le pegaba en la cara, el viento le agitaba el pelo, y la ropa húmeda empezaba a pegarse incómodamente a su cuerpo.
No fue hasta dos cuadras después que percibió los primeros silbidos detrás de ella. Decidió ignorarlos. Faltaban apenas cinco cuadras para el convento. Sin embargo, los pasos se oían cada vez más cerca.
Intentó subirse a la bicicleta para apurarse, pero resbaló en el asfalto mojado y cayó pesadamente al suelo. El golpe le dolió en la rodilla, pero apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando tres hombres ya la rodeaban.
—¿Te ayudo, linda? —preguntó uno, con burla—. Es tarde para que una muchacha decente ande por la calle, ¿no te parece?
Olivia los miró, espantada, aferrándose con fuerza a las flores de doña Rene. Buscó con la mirada, desesperada, pero no había nadie cerca. Logró ponerse de pie como pudo, se apartó la lluvia de los ojos y trató de huir.
—¿Adónde vas tan rápido, mocosa? —exclamó otro de los hombres, tomándola de los hombros con fuerza—. ¿Por qué no nos divertimos un rato?
—Déjenme ir, por favor... soy chica —suplicó Olivia, con la voz quebrada.
—Justamente por eso —respondió el hombre, acercándose más, con una sonrisa asquerosa—. Te voy a enseñar un poco de la vida.
Olivia cerró los ojos, sintiendo el corazón golpearle en el pecho. La respiración le ardía en la garganta, la piel empapada se le erizaba de frío. El asco la paralizaba.
Desde la vereda de enfrente, entre las sombras, un muchacho observaba la escena. Al principio no le importaba realmente; el mundo era injusto, lo sabía mejor que nadie.
Pero entonces la reconoció.
La chica de las flores. La misma que lo había chocado aquella tarde.
Estaba temblando, empapada, arrinconada por los hombres. Sintió un nudo en el estómago. Sin pensarlo demasiado, cruzó la calle decidido.
Se acercó rápidamente al que la sujetaba y lo derribó de una patada certera.
—No deberías haberte metido en lo que no te llaman, imbécil —gritó otro, abalanzándose sobre él.
Olivia intentó arrastrarse lejos, en shock. El muchacho peleaba con frialdad. Esquivaba golpes con precisión casi automática. Sabía dónde golpear para derribarlos. A cada movimiento, sus gestos eran secos, rápidos, medidos.
Tras varios minutos, los agresores, maltrechos y furiosos, huyeron no sin antes lanzar insultos y amenazas.
El joven se giró y la vio aún en el suelo. Frunció el ceño. “¿Por qué no se fue?”, pensó.
Olivia temblaba mientras intentaba ponerse de pie. Sus ojos buscaron los de él: eran los mismos ojos azules que había visto esa tarde.
Sin decir palabra, el muchacho recogió la bicicleta y las verduras caídas, colocándolas nuevamente en la canasta.
—Te acompaño —susurró, comenzando a caminar con la bicicleta al lado. Luego se detuvo al notar que ella seguía quieta—. ¿Te vas a quedar ahí toda la noche?
Olivia se sobresaltó, y a paso lento comenzó a seguirlo, manteniendo una distancia prudente. No confiaba en él. No sabía por qué la había ayudado. Y, sobre todo, no quería que supiera dónde vivía. Pero tampoco tenía opción.
Caminaron las cuatro cuadras restantes en silencio. El único sonido era el de la lluvia golpeando el asfalto.
Al llegar a la puerta del convento, Olivia frenó.
—Muchas gracias... acá me quedo —murmuró, apenas audible, mirando el suelo—. No sé cómo agradecerte tu ayu...
Pero antes de que pudiera terminar la frase, el muchacho ya había apoyado la bicicleta contra la pared y comenzaba a alejarse.
Olivia quedó inmóvil, con la palabra atascada en la garganta.