Capítulo 1

(AÑO 1200, D.C.)
La sangre cubría el verde del prado y el humo impedía la visibilidad, los “guerreros de Cristo” estaban ganando la batalla. La impotencia invadía a Jetzell, dándose cuenta que ni aun con su ayuda la aldea lograría sobrevivir. Sabía lo que sucedería al caer el último hombre ante los cruzados, no habría piedad para las familias encerradas en sus jacales; mayormente mujeres y niños.
Se movió veloz entre la ofensiva, usando su espada divina solo para abrirse camino ante quien tratara de impedírselo, fuera de un bando u otro. No estaba tomando partido, simplemente buscaba proteger a los inocentes que correrían la misma suerte de los caídos sin siquiera poder defenderse, solo luchaba contra lo que creía injusto; aun cuando tanta barbarie se llevara a cabo “en nombre de Dios”.
¿Cómo Dios aprobaría semejante iniquidad? Los hombres, de una religión u otra, se peleaban por territorios, defendían sus creencias y no eran capaces de ver que el omnipresente era solo uno; el Dios de los cielos que había creado el mundo, el mismo que ahora permanecía imparcial observando cómo el ser humano destruía poco a poco su creación, sin hacer nada para impedirlo… y ella no estaba de acuerdo.
He ahí su falta divina: su amor a la humanidad había alcanzado tal grado, que no fue capaz de permanecer al margen de las barbaries en la tierra y eso le costó la expulsión del reino de los cielos. No solo perdió sus alas, perdió la fe en la justicia divina y abrazó la creencia de los hombres, de que era más seguro conquistar la equidad por uno mismo, ya sea a través de la violencia.
Fue así como asumió su destierro a la tierra con la cabeza en alto, condenada a vagar eternamente entre los hombres y a vivir como ellos. Sin ser una divinidad; pero obligada a ocultar sus diferencias con la raza humana a través de los tiempos, siglo tras siglo, sufriendo al verlos morir por distintas causas sin poder hacer nada para impedirlo; ese fue su peor castigo.
(AÑO 2023)
El bar estaba abarrotado. Cada fin de semana, como de costumbre, había karaoke y se llenaba no solo con personas del pueblo; el buen ambiente y la deliciosa comida ligera que también tenía en la carta, convertía al “Apocalypse” en una de las mejores opciones para las noches de sábado de toda la región. Adiara, la propietaria del sitio; tenía su morada justo encima del local. Terminaba de arreglarse cuando escuchó un barullo inconfundible: de nuevo había peleas. Frunció el ceño y agarró la escopeta que reposaba junto a su cama, enfilando de prisa hacia las escaleras.
―¿Qué rayos está sucediendo, Diana? ―preguntó a la chica que servía tras la barra, viendo como todos se dirigían en masa hacia la calle.
―Hay pelea, un tipo ebrio molestó a una chica y esta acabó torciéndole los dedos; inusual pero cierto, creo que se pelearán en la calle ―respondió la empleada y mano derecha de la jefa sin dejar de pulir vasos con un trapo.
―Mientras no me hagan desmadres aquí adentro, no me importa; ¡pero que sea una chica a darle una paliza a un borracho; eso sí que no puedo perdérmelo! ―dijo Adiara sin soltar el arma y dando enormes zancadas hacia la salida.
En frente del antro había todo un conglomerado de personas con los ánimos exaltados. Un tipo de aproximadamente uno con ochenta de estatura, permanecía en el suelo lamentándose mientras se sujetaba un brazo, al parecer lastimado y no dejaba de lanzar improperios hacia la chica vestida enteramente de negro, que permanecía de pie muy cerca de él.
―¡Que te jodan, mujerzuela! ―otro sujeto salido del tumulto, se abalanzó contra la forastera con la intención de agarrarla del cabello; pero en lugar de conseguirlo solo pudo ver ondear la larga trenza frente a sus ojos antes de recibir un fuerte puñetazo en la nariz.
―No quiero problemas, voy de paso ―la misteriosa mujer abrió los brazos, mostrando su desinterés en continuar aquel circo―, comeré algo y abandonaré el local.
Mas al parecer, aquel era un pueblo de misóginos enaltecidos que no perdonarían el espectáculo que acababa de dar…
―¡Creo que habrá que enseñarte que en este pueblo al menos, los hombres se respetan! ―exclamó un tercer atacante, abalanzándose hacia ella con algo filoso en las manos, mas no llegó a lograr su cometido, deteniéndose de súbito tras el estruendo de un disparo cercano― ¡¿Qué diablos?!
Adiara saltó al centro del círculo formado por los deprimentes espectadores, escopeta en mano.
―¡Ok! Terminó este circo, no quiero más problemas en mi puerta; quienes estén dispuestos a calmarse serán bien recibidos con una ronda de whiskey gratis, quien no, que no atraviese esa puerta o me veré obligada a echarle… de la forma que sea.
Nadie respondió, los sujetos implicados en el altercado se fueron alejando y los demás fueron regresando al antro. La chica de negro se acomodó su chaqueta y se dispuso a ir por su motocicleta; cuando sintió el agarre en su brazo que la hizo voltear dispuesta a defenderse una vez más.
―¡Calma! ―Adiara bajó el arma y enarcó las cejas―. Puedes pasar a comer algo… en mi local no permitiré más malos tratos y menos hacia una mujer; tranquila.
El contacto de su mano sobre el brazo de la desconocida, que solo buscaba apaciguar el ánimo y dar confianza, no pasó desapercibido para ninguna de las dos. Una extraña sensación las invadió a ambas; mas supieron disimularla muy bien.
―Gracias.
Desde su puesto detrás de la barra, Adiara preparaba algunas bebidas y de vez en cuando su mirada se escapaba, como atraída por un imán, coincidiendo con la de la forastera vestida de negro; quien había ocupado una de las mesas del fondo. Aquel aire misterioso que envolvía a la desconocida le provocaba curiosidad y la vez inquietud, una mezcla de emociones contrastantes que revoloteaban inquietas en su interior.
―¿Quién es? ―le preguntó Diana en voz baja cuando al seguir el rumbo de su mirada se topó con los penetrantes ojos oscuros de la foránea.
―Ni idea ―Adiara centró su vista en el coctel que preparaba.
―Ese aire “dark” la hace ver bastante sexy, ¿no crees? ―la rubia esbozó una pícara sonrisa, devorando descaradamente a la desconocida con la mirada.
―Por Dios, Diana, contrólate ―Adiara sonrió también; más su sonrisa se vio interrumpida de imprevisto por una lacerante punzada de dolor en las sienes―. Mierda ―se llevó ambas manos a la cabeza, masajeando el lugar adolorido―. Termina de preparar estos cocteles y llévalos a la mesa seis.
―¿Todo bien, Adi? ―toda la atención de la entretenida chica regresó, centrándose en su amiga y jefa.
―Sí, es solo una de esas jaquecas que últimamente no me dejan en paz. Iré por una pastilla. Tú ocúpate del bar, ¿sí?
―No te preocupes, yo me encargo ―contestó mientras Adiara se alejaba rumbo a las escaleras que conducían hacia el plano superior. Luego se volteó y tremendo susto se llevó al encontrarse cara a cara con la foránea misteriosa―. Ay, por Dios ―mas de inmediato sus labios dibujaron una tonta sonrisa―. ¿Se le ofrece algo más?
La desconocida deslizó fugazmente la vista hacia las escaleras y luego la llevó al frente, posándola en la rubia sonriente. ―La cuenta, por favor.
―¿Ya te vas? Es temprano aún. Por cierto, yo soy Diana ―le extendió una mano por encima de la barra―. ¿Y tú eres...?
La chica de cabellos muy negros levantó una ceja, sosteniendo la mirada de la coquetona. ―Jetzell, mi nombre es Jetzell.
―Uy, que nombre más… original ―se mordió el labio inferior―. Y dime, Jetzell; ¿de dónde eres?
―De muy lejos…
―¿Y qué te ha traído hasta este fin del mundo?
En verdad le resultaba exasperante aquella rubia con su palabrería, no siendo ella de mucho hablar. ―Estoy solo de pasada ―sus ojos volvieron a deslizarse hacia las escaleras―. Diana, ¿cierto? ―inquirió, llevando la vista de nuevo al frente y la chica asintió un par de veces sin dejar de mostrar sus dientes―. Necesito un lugar para pasar la noche antes de retomar el viaje temprano en la mañana, ¿acaso hay algún motel, hostal; algo por aquí cerca?
La chica la miró de arriba hacia abajo sin recato y volvió a sonreír picaresca. ―Te invitaría a casa, pero… vivo aún con mis padres y comparto habitación con mi hermano menor; así que te tocará ir a la posada, un par de calles hacia la derecha cuando salgas, linda.
Jetzell subió las cejas, mostrándose en verdad sorprendida por la actitud conquistadora de aquella jovencita que no pasaría de los veinte; más un poco también le divertía. Sacudió la cabeza y colocó un billete sobre la barra antes de retirarse.
―Gracias, Diana; quédate el cambio ―le guiñó un ojo y caminó hacia la salida, sintiendo las miradas indiscretas de casi todos sobre sí.
Ya en la calle fue por su motocicleta, se colocó los guantes y agarró el casco; pero justo cuando iba a colocárselo, un escalofrío recorrió su espalda, haciéndola voltear la mirada y hallarla ahí, en lo alto… la dueña del bar que fumaba un cigarrillo en la ventana. No tuvo reparo alguno en sostenerle la vista de vuelta antes de prender su máquina, algo en aquella mirada le provocaba una extraña sensación; algo en aquella mujer la inquietaba.