Nuestras Malas Decisiones

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Summary

"He cometido equivocaciones. Hice cosas que no debí, muchísimas en realidad. Me gustaría decir que esta es una historia puramente de amor, porque fue lo que Cristóbal y yo queríamos que fuera, y porque me encantan esas historias; amo esas secuencias de sucesos que parecen coincidentes pero que en realidad son la prueba de lo ineludible que es el amor cuando este te tiene en la mira. Pero no es así. Creo que, más bien, es una historia sobre equivocaciones cometidas en un intento por sobrevivir, por proteger, por querer saber lo que es amar. Pero no creo que eso sea algo malo, solo éramos un puñado de chicos de diecisiete años.”

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

1: Tutor

He cometido equivocaciones. Hice cosas que no debí; muchísimas en realidad. Me gustaría decir que esta es una historia puramente de amor, porque fue lo que Cristóbal y yo queríamos que fuera, y porque me encantan esas historias; amo esas secuencias de sucesos que parecen coincidentes pero que en realidad son la prueba de lo ineludible que es el amor cuando este te tiene en la mira. Pero no es así. Creo que, más bien, es una historia sobre equivocaciones cometidas en un intento por sobrevivir, por proteger, por querer saber lo que es amar. Pero no creo que eso sea algo malo, solo éramos un puñado de chicos de diecisiete años.

Estoy totalmente consciente de que, probablemente, todo fue por mi culpa, quizá si yo no hubiera llegado todo habría seguido un curso normal. Me metí en problemas en mi viejo hogar y cuando mi madre me hizo irme a otro, arrastré todo conmigo. Ahora existe el precedente que erizó la piel del colegio al que llegué: la necrológica que informaba el homicidio de un masculino joven que se dirigía a un evento estudiantil.

Pero déjeme empezar por el principio. La causa generadora de todo el desastre que pasó probablemente sea más de una, pero comencemos por el día en que me llamaron para decirme que iba a ser el tutor de alguien que no sabía que iba a cambiar mi mundo por completo.


Un golpe en el hombro me despertó de manera abrupta. Un segundo me bastó para recordar que estaba en el colegio y que me había quedado dormido en la insoportable clase de Ecología.

—Te están hablado en la puerta —me dijo la compañera de clases que acaba de despertarme.

Limpié la saliva que estaba empezado a escurrirse de mi boca e inspiré hondo para luego mirar hacía la puerta. Me percaté de los rostros extrañados de todos, incluyendo a la docente y a la vigilante del colegio que estaba en el marco de la puerta con una hoja en su mano.

—Qué a gusto, ¿descansó bien? —preguntó la vigilante que tenía fama de ser una amargada.

—No, no, perdón —balbuceé sentándome derecho y tratando de disimular que no había dormido nada durante la noche.

—¿Eres Irving Noriega?

—Sí —respondí.

—Te hablan en Atención Estudiantil —informó la mujer como si fuera una orden del levantarse, y luego se dirigió a la docente —. Me lo voy a llevar, maestra, ahorita vuelve.

—Sí, lléveselo —respondió la docente —. De igual manera prefiero que se salga a tenerlo aquí dormido.

"Ridículas" pensé mientras caminaba hacia la puerta. Escuché también algunos murmullos a mis espaldas y supuse que estaban riéndose de la situación, o de mí. Aunque me dio igual, preferí pensar que por fin tenían una respuesta a la petición que había hecho en el departamento de Atención Estudiantil, algo bueno estaba pasando, los demás que se fueran al demonio.

Tardé casi cinco minutos en llegar al departamento de Atención, el colegio era enorme y se debía caminar mucho si querías ir a alguna de las oficinas, de hecho, estaba seguro de que aún no conocía todo el colegio, pues era el estudiante nuevo. Estaba en la primera semana de clases, cursando el penúltimo semestre. Había cursado los primeros cuarto en un colegio de mi pueblo, pero me había visto en la necesidad de mudarse con mi tía Claudia y mi primo Johan, por lo menos unos meses, o eso había dicho mi madre.

La encargada del departamento de Atención Estudiantil se llamaba Lorena Marín según una pequeña placa metálica de su escritorio. Era muy joven, probablemente no tenía ni los treinta años. Aún contaba con mucha motivación y unas ganas de resolver el mundo, que más bien se le podría llamar “ganas de hacer bien su trabajo”. Era aplomada y gentil, tuvo mucha facilidad para retomar el tema que tenía pendiente conmigo y con un kardex en la mano comenzó la conversación:

—Irving Noriega, promedio de noventa y ocho —dijo sorprendida, yo no quise envararme, pero honestamente me enorgullecía mi desempeño académico —. Me queda claro que tienes derecho y tendrías bien merecida la beca que nos estás solicitando. Pero lamentablemente este colegio no cuenta con becas por promedio, es un colegio privado.

—Entiendo.

—Sin embargo, dado que te esforzaste en tener estas notas en tu colegio anterior, o al menos eso me imagino —decía con elocuencia cautivadora, hasta sentí que me hablaba como si fuéramos amigos —, traté de buscar alguna forma de conseguirte una beca, o algo que represente ingresos.

—¿Y encontró algo?

—Sí, no he dado inicio al trámite porque primero necesitaba proponértelo, ya que es más una especie de actividad que una remuneración por tus buenas notas, pero investigándola a fondo me di cuenta que es muy buena, e incluso el dinero que se otorga es más que el de cualquier beca.

"La acepto, señorita Marín, solo dígame dónde firmo" pensé, no me importaba lo que fuera, si podía conseguir dinero legal siendo menor de edad iba a tomarlo.

—¿De qué se trata? —pregunté como si estuviera dudoso de la oferta.

—Existe un programa del colegio que consiste en que estudiantes de excelencia se conviertan en tutores de otros que no estén dando un buen desempeño académico —explicó despacio.

"O sea, de los más pendejos" pensé al entender el eufemismo de “otros que no estén dando un buen desempeño”.

—¿Sería entonces cumplir con ciertas horas de tutoría con alguno de mis compañeros?

—Sí —respondió —, y además de eso tendrás una gratificación mayor si al final del semestre el estudiante que se te haya asignado resulta con notas altas.

De inmediato creí que sería como hacerles el trabajo a los maestros, o las horas extra, más bien, porque resultaba que esas horas tendrían que ser fuera del horario escolar. La señorita Marín me dio más detalles del programa, mismos que escuché con atención a pesar de estar seguro de que iba a aceptarlo, pero también necesitaba hacer tiempo y así evitar volver a la clase de Ecología.

—Bueno —dijo la señorita tras comprometerme a llevar unos papeles firmados por mis padres o tutores—, mañana a las doce ven a la oficina para que conozcas al compañero o compañera del que serás tutor. Hoy antes de irme habré encontrado al indicado, ¿sí?

Concluí la conversación con una despedida y luego salí de la oficina, satisfecho. Llevaba a penas cuatro días en el colegio y ya estaba hallando la manera de resolver mis inquietudes. Sentirme autónomo me pareció cálido. Al parecer no era tan inútil como me habían hecho creer.

Caminando por el pasillo traté de evitar el contacto visual con la vigilante. Había tenido una mala noche y no quería más comentarios sobre haberme quedado dormido en clase. Caminé veloz, y al estar frente a la puerta de salida mi celular recibió un mensaje de texto. El número no estaba registrado, pero con tan solo ver el texto supe de quién se trataba. ”Por qué no me dijiste que te habías ido???? ya desbloquea mi número” decía, y casi por reflejo apreté el celular con los dedos. Un nudo se hizo en mi estómago, pero recordé que ya estaba lejos de aquel lugar, y lo más importante, lejos de esa persona. Eliminé el mensaje sin dudarlo, fingí estar tranquilo y luego me fui.

Entré a mi aula con perfil bajo, solo abrí la puerta y con la mirada en el piso caminé hasta mi asiento. Mi grupo era muy aburrido, en esos cuatro días no pude conocer a nadie, aunque tampoco alguien se había interesado con conocerme a mí. Sin embargo, en el salón contiguo, había gente más... interesante. En esa aula estaban algunas de las personas involucradas en todo este embrollo.

"Qué tal tus vacaciones?” escribió un joven por un mensaje de WhatsApp a un contacto registrado como “A”, y luego lo envió. Aún sentado en el pupitre, alzó la mirada y vio cómo el celular le vibraba a un chico sentado casi hasta enfrente del aula, era de cuello pálido y cabello castaño que casi rozaba el rubio. El chico miró el mensaje y luego lo ignoró, volvió a guardar el celular sin ninguna reacción.

—¿Podrían repetirlo allá atrás? —solicitó una voz difusa.

Los ánimos del joven se fueron para abajo al ser testigo del desinterés. Bajó la mirada y deseó no haber enviado ningún mensaje; que aquel contacto no respondiera sus mensajes era común, lo que le decepcionaba era que él continuaba esperando que fuese distinto.

—Le estoy hablando, allá atrás —continuó la voz difusa mientras el joven seguía preguntándose qué estaba mal con él —, ¿alguien me puede decir si el joven de camisa blanca trae audífonos puestos?

Un veloz golpe en el hombro lo hizo volver a la realidad y de inmediato alzó la cabeza.

—Te hablan, Cris —le dijo su compañero de a lado, Ever.

—¿Perdón? —preguntó alarmado — discúlpeme, maestra, no escuché.

—¿No durmió?, ¿no comió?, ¿trae audífonos? —quiso saber la maestra — Le hablo y parece que está en su mundo.

Sí lo estaba, y no era un mundo muy apacible realmente.

—No, discúlpeme —notó que todos lo estaban mirando extrañados, y se puso nervioso —¿Qué me preguntó?

—Repítame la etimología de algunas palabras que acabo de decir.

El joven estaba casi en blanco, había prestado poca o nula atención en las clases pasadas, y esa no era la excepción. Sin embargo, confiaba en que no era un idiota, algo podía sacarse de la manga.

—Claro —balbuceó mirando a la pizarra y vio que era inútil porque no había nada escrito en ella —, la palabra hipopótamo; hippos significa rio, y potamos significa caballo. Entonces, hipopótamo sería: Caballo de río.

—Al revés —le corrigió Ever mirándolo de soslayo.

—¿Qué?

—Es al revés —interrumpió la maestra —. Hippos es caballo, potamos es río. ¿Cuál es su nombre? —preguntó molesta, no estaba segura si debía dar un regaño porque algo de correcto hubo en la respuesta.

—Cristóbal —respondió él, avergonzado.

—¿Cristóbal qué más? —la mujer iba a hacer alguna especie de anotación en el listado.

—Cristóbal Betancourt —informó nervioso, creyendo que tal vez a largo plazo esa anotación lo perjudicaría en algo.


Aquella tarde Johan y yo fuimos a comer hamburguesas. Agradecía que mi primo se esforzara por integrarme a la ciudad, a esa nueva vida que tendría. Tal vez tendría que ir a la universidad ahí si los planes de mi madre tomaban más tiempo del que planeaba. Pero lo importante era no volver al pueblo donde no había nada para mí, nada más que personas indeseables y traumas, aunque sí me importaba no convertirme en una carga para mi tía y para Johan. Mientras le daba una mordida a la hamburguesa levanté la mirada para verlo, estaba devorándose la hamburguesa doble que había pedido. No pude evitar sonreír agradecido por tenerlo. En toda mi vida, probablemente solo él había sido mi amigo.

—Más tarde iré al gimnasio —me comentó Johan tras tragar el enorme bocado de comida —. Hace mucho que no practicamos, honestamente extraño entrenar contigo, ¿me acompañas?

—No sé —respondí apenando —. No practico desde los doce, me vas a dar una paliza.

—Sería la primera que te dé —Johan sonrió y se llevó la pajilla de su refresco a la boca para dar un sorbo —. Cuando éramos niños nunca conseguí ganarte, o por lo menos nunca sentí que gané alguno de nuestros combates.

—Ya no practicó artes marciales, Johan. Preferiría incluso inscribirme a tus clases para volver a acordarme.

—Le enseño a niños menores de diez años, Irving.

—Los creería capaces de ganarme —bromeé—. Estoy muy oxidado para pelear. Pero me sigue gustando la UFC, cuando quieras nos ponemos a ver algunos combates.

Johan asintió emocionado, recordando la infancia donde practicábamos artes marciales mixtas y nos gustaba competir entre sí. En algún punto de nuestras vidas, previo a nuestros episodios más caóticos, habíamos sido rivales, primos y mejores amigos al mismo tiempo. Y él esperaba volver a tener esa complicidad y conexión conmigo luego de haber sido separados por más de cuatro años.

Tenía fe de una tarde tranquila, pero al beber de mi vaso, una vibración repentina en el bolsillo me hizo dar una mordida a la pajilla. Inspiré hondo, saqué el celular con discreción y fue justo lo que temí, otro mensaje de ese número. ”Irving a donde te fuiste??" Decía el mensaje, y lamenté no haber bloqueado ese número desde la mañana.

—¿Todo bien? —preguntó Johan —como que te cambió la cara.

—Sí, todo bien —mentí de inmediato, y volví a tomar refresco.


"Todo muy bien" le respondieron a Cristóbal en la tarde, mientras él y su familia estaban sentados en un comedor innecesariamente grande. Preparó los pulgares para responder de inmediato, pero ni siquiera fue su dignidad lo que lo detuvo, sino su falta de ideas para responder aquel mensaje tan cortante. Ese contacto nombrado como ”A” pensó que más bien debería registrarlo como ”No Le Envíes Nada Más”, pero no sabía cómo dar el primer paso para soltar a ese chico.

Mientras, la trabajadora doméstica terminó de servir los platos de comida y comenzó a tomar sus cosas para ir a casa, pero un hombre le ofreció quedarse a comer con ellos. Ese había sido el padre de Cristóbal, un hombre de barba encanecida como una expresión severa marcada en su rostro, principalmente en su entrecejo. Sin embargo, luego de agradecer, la mujer prefirió seguir su costumbre de retirarse a su hogar a las cinco de la tarde. Tomó el resto de sus pertenencias y se despidió de toda la familia, asegurando que los vería el día de mañana.

Tras esto, el hombre miró despacio a todos en la mesa. Su esposa lucía bien, como siempre, una mujer refinada y bien vestida. Luego vio a Allison, su hija, algo rebelde, que igual era por la edad, pero que creía que llegaría a ser como la madre. Y finalmente su hijo Cristóbal, alguien en quien tenía muchas expectativas y planes pero que últimamente había notado disperso, extraño, y del que había recibido una noticia a medio día.

—¿Qué tal te va en tus clases, Cristóbal? —preguntó luego de un rato, cuando ya todos hubieran dado varios bocados a la comida.

Cristóbal levantó la mirada del plato, extrañado, porque su padre no era alguien que conversara mucho.

—Bien, apenas es la primera semana del semestre.

—¿Alguna clase que se te dificulte?

—Aún no sé, es la primera semana.

—¿Y ha estado complicada?

—No me lo ha parecido —las respuestas eran categóricas, pues por el tono de su padre, Cristóbal sintió las preguntas como parte de un interrogatorio.

—No te lo ha parecido —repitió el hombre, con un tono desagradable que parecía estar reteniendo un regaño.

Cristóbal soltó el cubierto y lo dejó caer sobre el plato. Su madre y su hermana levantaron la mirada también, ya conocían el ritual de discusión que esos dos tenían. Entonces miró fijamente a su padre, si tenía algo que decirle que lo hiciera de una vez. No tenía ganas de jugar al interrogatorio, o de descifrar el motivo de su aparente disgusto.

—No, no me ha parecido una semana complicada —reiteró Cristóbal —, ¿por qué?, ¿Qué pasa?

—Pasa que cuando estaba por salir del despacho recibí una llamada del colegio —respondió dejando caer su cubierto sobre el plato también, y mirando a su hijo de la misma manera —. No has terminado la primera semana de clases y ya me están pidiendo que ponga más atención en ti.

Cristóbal recordó de inmediato a la profesora de la clase Etimologías. “Esa hija de perra” pensó enfurecido.

—¡Ay! Ya sé de qué hablas, pero fue una tontería, solo no respondí lo que la profesora quería oír.

—Pero eso fue suficiente para que te metieran a un programa para niños pendejos, Cristóbal, ¿no te avergüenza? —dijo su padre elevando el tono de voz.

—Sin groserías —solicitó la madre con neutralidad y en voz moderada.

—¿Qué? —Cristóbal no entendió.

—Sí, la encargada de Atención Estudiantil me dijo que la anotación de la profesora sobre ti la hizo indagar en tu historial y por lo visto tus notas del semestre pasado no ayudaron. Que no tuviste buen desempeño en nada, que todas tus notas rozaron la repetición de curso, y esta primera semana solo está apuntando a que serás igual. O sea, la mujer esa no te llamó pendejo nomas porque no sería correcto.

Cristóbal sintió un hueco en el estómago. Nadie mejor que él sabía que el semestre pasado se había ido por el caño, llegó a reprobar casi todo y pudo recuperarlo con exámenes extraordinarios, pero no contaba con ninguna nota por encima de setenta. Había sido un semestre confuso. Y sabía que aquella mala temporada tenía un nombre y un rostro: el de un chico llamado Alanis. Sin embargo, también comprendía que era inadmisible explicar que todo había sido por una mala racha sentimental.

—Este semestre no va a ser igual, papá —se limitó a decir, con un nudo en la garganta —. Lo prometo.

—¿Qué programa mencionaste, Fernando? —preguntó la madre de Cristóbal mientras limpiaba su boca con una servilleta.

—El colegio tiene un programa donde alumnos de excelencia se hacen tutores de alumnos con malas notas —le explicó Fernando Betancourt a su esposa —. Alguno de los estudiantes solicitó el programa como tutor y el estudiante ideal resultó ser tu hijo.

—No necesito ese programa —intervino Cristóbal.

—Ah, ¿no? —el padre de Cristóbal no quería dar margen a replicar, estaba decepcionado —, ¿entonces qué chingados necesitas?, ¿que te dé con el cinturón en las nalgas como cuando eras un niño? Vas a tomar ese programa sí o sí, o desde aquí con el celular te cancelo ese viaje que tienes planeado con Ever en diciembre. Ever sí tendrá viaje porque imagino que no es como tú, ¿qué promedio consiguió él? Se la pasan juntos, no entiendo por qué no te contagia su sentido de responsabilidad.

El hueco de su estómago se convirtió un piquete que subió a su pecho. Ever no tenía lugar en la conversación, pero siempre era la pieza indicada para recordarle su insuficiencia.

—Mañana a medio día irás a Atención Estudiantil, voy a querer que saber quién será tu tutor —ordenó su padre para cerrar la discusión, volvió a tomar el cubierto de su plato y se dispuso a comer.

A Cristóbal se le quitó el hambre, pero no quiso levantarse e irse, eso solo sería otro motivo para que su padre fuera tras él y buscar otro pleito. Prefirió tomar el cubierto de su plato para juguetear con la comida hasta que todos se levantaran, mientras giraba una sola idea en su mente: saber qué idiota había solicitado ese programa de mierda.