PROLOGO
"¿Qué tienen en común una primavera bañada en rayos dorados de sol y el contraste helado de un manto de frío y niebla, como si todo hubiera desaparecido sin dejar rastro?"
Un soldado, que aún permanecía sobre su corcel, desvió la mirada hacia él, con el rostro grave.
—Es la misma niebla que... —dijo en voz baja, como si temiera dar nombre a lo que acechaba en la oscuridad—. Cubre todo el reino, de un extremo al otro.
El general, al escuchar, frunció el ceño, con su mirada fija en el horizonte.
—¿Cree usted, sabio guerrero, que sean las cenizas del volcán?
—No, mi señor. Las cenizas no causan tal frío ni cubren el aire de esta forma... —El soldado se quedó pensativo, como si algo muy oscuro acechara más allá de lo que podía ver. Observó a los campesinos, sus rostros pálidos, sus cuerpos temblorosos—. Es... como si...
Un silencio sepulcral cayó sobre ellos. Uno de los aldeanos, incapaz de soportar más la presión, corrió hacia el general, pero fue detenido por un golpe brutal de un soldado. El hombre cayó al suelo, su rostro chocando contra el barro, donde rompió en gritos y sollozos.
—¡Díganlo de una vez! —gritó el aldeano, entre lágrimas y desesperación—. ¡Esa niebla es la culpable de que nuestros rebaños hayan desaparecido!
Un silencio mortal siguió sus palabras, antes de que el general rugiera, lleno de ira.
—¡No solo han desaparecido los de esta aldea, maldita sea! ¡Todos los reinos han sufrido lo mismo!
El sonido de su voz resonó con tal fuerza que, de repente, el cielo pareció estremecerse. La tierra tembló, y algo extraño y profundo pareció agitarse en lo más profundo de la niebla.
—¿Qué demonios es ese ruido? —murmuró el general, sus ojos se fijaban en el cielo oscuro. Guardó silencio y, después, con una mirada decidida, se volvió hacia uno de los soldados.—Cumple esta orden, sin que el rey lo sepa. Envía un cuervo mensajero a otro reino. Tenemos una bestia que se alimenta de ovejas.
—¿Esa es la conclusión, mi señor?
—¿Acaso tienes otra? —El tono del general fue cortante, casi violento. Sacó su espada y, con paso firme, avanzó hacia el borde de la niebla—. Evacúen esta parte del reino. Yo entraré solo.
—Pero mi señor...
—¡Es una orden!
Sin más palabras, se internó en la espesa niebla, donde la visibilidad se reducía a nada. El aire era frío y húmedo, y el olor a sangre y putrefacción lo envolvía a cada paso. Valles y bosques que meses atrás habían sido verdes y llenos de vida, ahora yacían marchitos y muertos. Cada paso que daba se sentía como un pantano que lo tragaba. No había rastro de luz, solo oscuridad. Solo un deseo urgente de encontrar algo... algo que lo guiara.
Y lo encontró. Llegó a una aldea antigua, consumida por llamas, y... ese olor, que lo reconoció al instante.
—¡¿Cómo pudieron hacer esto?! —gritó, desconcertado y furioso. En ese instante, un estremecedor golpe sacudió la tierra bajo sus pies.
El soldado se lanzó hacia una vieja casa, buscando refugio entre los restos de su estructura, donde no pudo evitar escuchar los pasos que se acercaban. Algo grande, inmenso, estaba cerca. Miró hacia el exterior, y lo vio. Un hombre que medía más de tres metros de altura, su apariencia grotesca y aterradora, cubierto con una armadura rota y harapos raídos.
—Tú... eres el consentido de mi hermano, ¿verdad? —su voz fue un rugido ensordecedor que lo hizo taparse los oídos—. ¡¿Por qué no vienes?!
Los ojos del guerrero se abrieron con horror. No podía creer lo que veía, lo que escuchaba.
—No... no eran osos... —balbuceó, sintiendo como su cuerpo se llenaba de un terror helado. —Eran... gigantes.
El pánico recorrió su cuerpo como un veneno. Miró hacia el gigante, y vio cómo sus ojos reflejaban algo mucho peor que la muerte misma. Algo que no podía comprender, algo tan antiguo como la oscuridad misma. El soldado, sin poder controlar su cuerpo, sintió como sus piernas flaqueaban. Cada rastro de esperanza desaparecía, como si nunca hubiera existido. La palabra que quería gritar se había esfumado. El miedo lo paralizaba, y la imagen de ese ser tan monstruoso lo devoraba por dentro.
Al tocar la tierra, el suelo que pisaba se hundía bajo el peso de sus garras. Su piel, gris como la niebla, era un reflejo de la oscuridad, mientras que sus ojos ardían como llamaradas de fuego eterno. Cada rebaño que cruzaba su camino desaparecía en su boca, como si nunca hubieran existido, borrados de la memoria del mundo.
—¿Quién puede destruir semejante horror? —rugió el gigante, su voz retumbando como un trueno en el aire.—Consentido de Esgatron
El guerrero no lo pensó ni un segundo más. Corrió, sin mirar atrás, sin querer enfrentarse a lo que acechaba tras él. Su espada cayó al barro, y ni siquiera lo notó. Sus pies lo llevaron sin rumbo, atravesando la niebla, sin saber si regresaba por el mismo camino.
Finalmente, llegó a la cima de una colina, y desde allí, miró el reino que alguna vez había sido un lugar hermoso. Ahora solo era un mar de niebla, un vacío profundo que lo engullía. Trataba de razonar, de entender, cuando una llamarada se precipitó desde los cielos, cayendo con furia sobre el reino. El suelo tembló, y el volcán, encendido como nunca antes, parecía ser una victima mas de su verdadero enemigo
El guerrero retrocedió, incapaz de apartar la vista de la catástrofe que se desataba ante él. Viendo cómo la montaña ardía, cómo las llamas lo arrasaban todo, la desesperación lo invadió. La furia del volcán no era nada comparada con lo que esa niebla había desatado.
—¡¿Qué he visto?! —gritó, pero la respuesta no llegó. A su corazón, llevándolo el temor a morir, hacia la única caverna que pudo encontrar, buscando refugio. Allí solo quedaba el eco de su grito. Un grito de horror que resonaba como un lamento, un auxilio que jamás llego lejos de su reino....