La voz
Alguien me ha dicho siempre que a nadie le importa lo que pienso, que las personas no leen para descubrir lo ajeno, sino para reconocerse e identificarse, que buscan palabras que les devuelvan su propia tristeza, sus heridas familiares, su nostalgia de siempre, que la curiosidad, esa hambre por entender cómo funciona una mente distinta, está muriendo si no es que ya está muerta.
Me lo han repetido una y otra vez: tu forma de ver la vida no interesa, ni al poeta más triste , ni al pintor más roto, ni al escritor más perdido. Porque, ¿para qué cargar con la miseria de otro cuando cada quien arrastra la suya?
Y, sin embargo, yo lo haría.
Siempre he pensado que hay algo fascinante en mirar cómo funciona una mente ajena, no para consolarme ni para sentirme menos sola, sino para ver hasta dónde puede estirarse la percepción humana, porque en esas diferencias, existe algo demasiado valioso para dejarlo pasar.
Pero cada vez que intento convencerme de que podría, esa misma voz vuelve.
Me lo susurra, me lo grita, me lo repite incluso mientras duermo, no se detiene, nunca se detiene.Y aunque a veces intento convencerme de que ya no está… siempre vuelve.
Quién sea… o lo que sea.