La Luna Llora por Ti | kooktae

Summary

Para Jungkook, que le enseñó a la luna a llorar, y a mí… a amar incluso en la ausencia.

Genre
Romance
Author
VAN
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

ÚNICO

Por Kim Taehyung

“Hay amores que no se explican. Solo se sienten. Y a veces, incluso después del final, siguen latiendo en algún rincón del mundo.”

Él se enamoró de alguien que no buscaba amor, alguien que se sentaba solo en el parque, con los auriculares puestos y los ojos perdidos en la nada, alguien que había aprendido a sobrevivir sin esperar nada de nadie.

Él, en cambio, era todo lo contrario.

Lleno de ganas de amar, de dar, de construir algo que durara más allá del miedo. Y, contra toda lógica, se encontraron; uno con la piel llena de cicatrices, el otro con las manos listas para curar.

Se enamoraron lento, se pelearon fuerte, se reconciliaron suave, y se prometieron cosas que no sabían si el mundo les iba a permitir cumplir.

Él le dijo una vez:

—Si nunca aprendiste a quedarte en un lugar, a confiar, a amar sin huir… yo te voy a mostrar que puedes. Que no todo el amor duele, que hay alguien dispuesto a esperarte, a darte seguridad.

Y el otro solo lo miró como si acabara de descubrir el lenguaje.

Esa es la historia que él cuenta.

La de un amor que floreció entre los silencios, las canciones compartidas y los miedos enfrentados de a dos.

Una historia como tantas. O como ninguna.

Y ahora que lo pienso… sí. Esa historia era la mía.

Yo fui el que se enamoró.

Yo fui el que aprendió a no tener miedo.

Yo fui el que eligió quedarse incluso cuando todo temblaba.

Y él… él fue la razón por la que el mundo tuvo sentido.

Todavía lo es.

Hay días en los que me levanto con el corazón lleno de flores. Como si todo en el aire llevara tu perfume y el sol me mirara con tu misma dulzura. Son días raros, lo admito, porque la mayoría del tiempo me despierto con ese hueco sordo, pero pesa. Sin embargo, cuando florecen esos días, te siento cerca, casi como antes, asi como si aún estuvieras.

Hoy es uno de esos días.

Me levanté temprano, hice café —como te gustaba, bien cargado, sin azúcar— y puse música suave en el fondo. La taza sigue ahí, esperando que la tomes. Y yo… sigo hablando como si fueras a entrar en cualquier momento por la puerta, despeinado, con esa sonrisa idiota que me hacía querer besarte y matarte al mismo tiempo.

El departamento huele a lavanda. ¿Sabes? Todavía uso ese suavizante solo porque me recuerda a ti. Las plantas que cuidabas están más vivas que nunca.

Parece que incluso ellas te siguen esperando.

Me acuerdo de la primera vez que te vi. Tenías los auriculares puestos, estabas sentado al borde de la fuente del parque, moviendo el pie al ritmo de una canción que jamás descubrí. Te quedaste mirándome como si me hubieras estado esperando toda la vida. Y yo, que siempre fui torpe con los comienzos, solo te devolví la mirada.

Pero tú sonreíste.

Y fue entonces que algo en mí se quebró para hacerse nuevo.

Nos enamoramos lento, como quien aprende a caminar por primera vez, te costaba abrirte y a mí me costaba confiar; pero nos tuvimos paciencia, me enseñaste a ver belleza en lo simple: en una caminata sin destino, en el silencio compartido, en tus dedos enredados en los míos en medio del subte lleno. Yo te enseñé a soltar de a poco ese miedo que te arrastraba desde la infancia, ese que te decía que todo lo bueno era prestado.

—No estoy acá de paso, no vine a darte amor solo por un rato, no soy alguien que se va cuando todo se pone difícil, no soy algo temporal, no soy algo que vas a tener que devolver cuando te acostumbres a mí.—te dije una vez.

Y tú me miraste como si por fin creyeras que algo, alguien, podía quedarse.

Tuvimos nuestras peleas, claro. Hubo días de portazos, de lágrimas, de orgullo inflamado, pero siempre volvíamos. A veces en silencio, a veces con cartas dejadas sobre la almohada, a veces con flores robadas del parque.

Tú decías que las flores te daban miedo porque morían muy rápido, en cambio, yo te las regalaba igual, porque así era el amor: bello, frágil, efímero. Pero real.

Nunca fuimos perfectos, pero tú me enseñaste que no hacía falta.

Nos gustaba viajar sin rumbo, a veces subíamos a trenes solo para ver hasta dónde llegaban; una vez terminamos en un pueblo diminuto donde no había nada más que una panadería y una iglesia. Comimos pastelitos y jugamos a imaginar que éramos otras personas. “Si no nos conocíamos antes, ¿creés que aún así nos encontraríamos?”, preguntaste. Yo te respondí que sí. Que incluso si te volviera a ver por primera vez, volvería a enamorarme.

Guardé cada carta tuya, cada papelito, incluso los que dejabas pegados en el espejo con frases tontas: “No olvides tu sonrisa”, “Hice café pero te lo bebí”, “Te extraño aunque estés en la otra habitación”.

Hoy los leo como si fueran sagrados.

Como si al repetir tus palabras pudiera acercarte de nuevo.

Y así pasan mis días: hablando contigo en voz baja, sintiéndote en los espacios, recordándote en los detalles. Hay algo tan profundamente triste pero también tan lleno de amor en eso. En seguir amando aunque ya no estés.

O tal vez sí estás. No como antes, no de la forma en que quisiera. Pero estás.

Y eso me alcanza.

Hoy fui a nuestro rincón en el parque, el banco de madera sigue ahí, con la pintura descascarada. Me senté un rato, escuché nuestras canciones, y cerré los ojos. Casi pude sentir tu cabeza en mi hombro, tu risa, tus manos frías metiéndose en el bolsillo de mi campera.

—¿Y si envejecemos juntos?—me preguntaste una tarde, mirando el cielo anaranjado.

—Entonces prometo seguir amándote incluso cuando me olvides el nombre—te respondí.

Hay algo que nunca te dije. O tal vez sí, pero no con estas palabras: tú fuiste mi hogar. Esa sensación que no se puede explicar pero se reconoce, fuiste la primera persona con la que no quise escapar, el único al que le habría dado mi historia sin censuras, con cada herida abierta y cada sombra arrastrada.

Y ahora… ahora te escribo estas palabras como si fueras a leerlas.

Como si estuvieras por entrar.

Como si estuvieras escuchando.

Como si esto no fuera lo que es.

Porque te juro, Jungkook, que si pudiera hacer retroceder el tiempo, lo haría, no para evitar lo que pasó, sino para volver a mirarte, para memorizar aún más tu voz, para abrazarte ese día un poco más fuerte, para decirte una vez más lo que ya sabías, pero que igual necesitabas escuchar:

Que te amo.

Ya no sigo enojado contigo cariño, ahora puedes estar tranquilo.

Llevé las flores que te gustaban, blancas, simples, sin moño. Las dejé con cuidado, justo al lado de tu nombre, leí en voz baja el grabado en la piedra, pasé los dedos por la fecha y me quedé un rato en silencio, dejando que el viento me despeinara. Y la luna, alta y brillante, me miraba como si llorara con nosotros.

Como si también te extrañara.

Como si supiera que todavía te hablo todas las noches.

Como si supiera que aún te espero.

Porque la verdad, Jungkook, es que no hay día en el que no piense en ti.

Y aunque el mundo siga girando sin ti, aunque todo parezca seguir igual… yo sigo buscándote en cada cosa.

Y cada vez que alguien me pregunta por qué todavía no dejo ir, yo solo sonrío y digo:

—Porque todavía lo amo.

Y si alguna vez te preguntas —donde sea que estés— si fuiste suficiente, si alguien te amó de verdad, si tu vida dejó huella…

La respuesta soy yo.

Este amor.

Esta espera.

Porque hay amores que no mueren, solo aprenden a vivir en el silencio, en una taza de café servida para dos, en una planta que florece sola, en un nombre susurrado cada noche antes de dormir.

En la luna.

Que todavía llora por ti, amor.

Y yo… yo todavía te hablo como si fueras a volver.

Porque en el fondo, no te fuiste nunca.

FIN